La media vuelta

Ya se muere la tarde, ya me marcho
con ciento ochenta grados tras mi espalda
y restos de neumático en mis pasos.
Ya has probado otros labios con un dueño
que espero haya sabido comprenderte
(quererte como yo es más complicado
por mucho que te marches por el mundo)

Sólo era una canción. ¿Por qué tuviste
que hacer caso precisamente a esa
de todas las que habíamos vivido?

Valses, boleros, rumbas, rocanroles,
y tuvo que ser esa.
Detesto las rancheras, Jose Alfredo.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

La carta de Olivia

Estimado duque Orsino:
quisiera que el escribiros
esta carta
sea, más que un desatino,
un buen modo de deciros
que estoy harta

de vuestras torpes misivas,
vuestras salidas de tono
y embajadas,
vuestras formas agresivas
y miradas con encono
desbordadas.

Sé que vuestros sentimientos
hacia mí son delicados
y sinceros,
pero vuestros movimientos
son crueles, maleducados
y groseros.

¿A qué vienen los insultos,
las descalificaciones
inauditas?
¿A qué los textos ocultos,
las quejas y reprensiones
gratuitas?

¿A qué vienen los reproches,
la insolente bofetada
que desprecia?
¿No entendéis que por las noches
me hacéis sentir humillada,
sola y necia?

¿Cómo queréis pretender
convertiros en el dueño
de mi mano?
Sin duda debéis creer
que el amor es como un sueño
de verano.

Decís que vuestra alma siente
que me alejo y que lamenta
mi crudeza;
me hiere profundamente
ver que no tenéis en cuenta
mi tristeza:

mi hermano ya está en la gloria
y yo sólo pienso en llanto,
pena y duelo;
el dolor me trae memoria
de mi padre y no levanto
ningún vuelo.

Por supuesto que pretendo
recuperar el arrullo
de mi risa,
pero ahora sólo entiendo
que he de hacerlo con orgullo
mas sin prisa.

Con esto, vuestro tormento,
vuestras cartas, vuestro llanto
y embajada
fracasarán, y lamento
que estéis preocupándoos tanto
para nada.

Si queréis hacerme fuerte,
fresca, juvenil, dichosa
y radiante,
si queréis gozar la suerte
de convertirme en la esposa
más amante,

olvidad lo que os enoja,
no penséis más en lo malo
y, en esencia,
dejando atrás la congoja,
disfrutadme si os regalo
mi presencia.

Así que, Orsino, mi amor,
(no pienses que el sustantivo
va a otra parte
más que no sentir rubor
teniendo como objetivo
tutearte)

para reírnos de todo
y evitarnos el tormento
del olvido,
mímame; mas, sobre todo,
aplícate bien el cuento
que te pido:

En todas las relaciones
de amor existen derechos
y deberes.
No te exijo obligaciones,
pero sí mostrar con hechos
que me quieres.

(Es un poema mío sobre una obra de teatro que me encanta. Premio al que la adivine sin consultar en google.)

Antígona

Los últimos años han sido turbulentos. Sólo los más ancianos recuerdan al soberbio rey Layo, a quien una profecía anunció que su hijo le daría muerte, convirtiéndose en rey.

Aterrorizado, Layo ordenó que su hijo recién nacido fuera pasto de las bestias. Sin embargo, el niño fue recogido por un pastor que le crió como a su propio hijo.

Años después, Edipo se había convertido en un joven fuerte y valiente. Un día, en un cruce de caminos, se encontró con el rey Layo, a quien no conocía. Discutieron, y Edipo mató a Layo. Se cumplía así la profecía.

Tras derrotar a la esfinge que aterrorizaba a Tebas, Edipo fue proclamado nuevo rey de Tebas y casó con Yocasta, esposa de Layo y madre, por tanto, del propio Edipo.

Los cónyuges, desconociendo el parentesco que les unía, engendraron a dos niñas, Antígona e Ismene, y a dos niños, Etéocles y Polinices. Al descubrir la verdad, Yocasta se dio muerte sobre el lecho en el que había concebido de su marido otro marido y de su hijo otros hijos. El rey Edipo, por su parte, se sacó los ojos.

La joven Antígona, tras lavar, velar y honrar el cuerpo de su madre, acompañó a Edipo en su destierro, hasta que, ya viejo, murió en la lejana Colono.

Ya son muchos los años en camino
con este pobre ciego de mi brazo.
Ya son muchos los años que su abrazo
es la cara feliz de mi destino.

Ya son muchos los años que el divino
augurio nos castiga con su mazo.
Pero aunque sean miles, no rechazo
a un rey que ahora es mendigo clandestino.

El oráculo habló de larga peste,
criaturas sin nacer, muertos sin nombre,
plagas sin fin en cosechas de trigo…

pero nunca predijo nada de este
futuro que me acecha con un hombre
que es mi padre, es mi hermano y es mi amigo.

(El estreno de ayer fue un éxito. En el de hoy, que espero que sea mayor, quiero veros a todos.)

Hero

Hace unos días escribí sobre Leandro, dejándoos un soneto que se encuentra en Penúltimo momento. Pero me parecía injusto contar la historia desde el punto de vista de él y no el de ella. Leandro muere, es cierto, y Hero se arroja al mar desesperada. Ahora, imaginemos por un momento la impotencia de Hero viendo desde lo alto de la torre cómo su amor se ahoga en la tormenta.

Por mí nadas el mar que nos separa
siempre que el sol nos niega su cuidado.
Por mí buscas el buen morir al lado
de este dulce calor que nos ampara.

La situación es firme, injusta y clara:
yo, prisionera aquí; tú, enamorado,
intentas avanzar, necesitado
de que el futuro muestre mejor cara.

Alcanzo a ver el mar desde esta torre
y me siento vencida e impotente
con cada nueva ola que te hiere.

Mas, ya que no soy yo quien te socorre,
prometo alimentar eternamente
la llama que nos une y nunca muere.

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Leandro

En la mitología griega, Leandro era un joven que se enamoró de Hero, una sacerdotisa de Venus que vivía en Sestos, a las riberas del Helesponto, que es lo que hoy llamamos el estrecho de Dardanelos. El asunto no hubiera sido especialmente interesante para nosotros de no ser porque el vivía en Abidos, una población al otro lado del mar. Y es que el bueno de Leandro, que debía tener una espalda impresionante, se decidió a atravesar cada noche el Helesponto a nado para encontrarse con ella, que le aguardaba en lo alto de una torre con una antorcha encendida para hacerle de faro. Así lograron encontrarse varias veces, pero se desató una fuerte tormenta que duró siete días y Leandro, impaciente, no pudo contenerse más. Se echó a nadar, la antorcha se apagó, las fuerzas le fallaron, y las olas arrojaron su cuerpo a las costas de la ciudad donde vivía Hero, que no pudo soportar el dolor y se arrojó al mar desde lo alto de su torre.

Y, sí, como podéis imaginar, os cuento esto para que sirva de introducción a un poema. Se llama, en un alarde de originalidad, Leandro, y está publicado en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005).

Por ti nadaré el mar que nos separa
siempre que el sol nos niegue su cuidado.
Por ti buscaré el buen morir al lado
de este dulce calor que nos ampara.

La luna crecerá y hará más clara
la noche; pero yo, de ti prendado,
me guiaré por el brillo acompasado
que reluce en los rasgos de tu cara.

Sigue pues en tu empeño de adorarme,
alíviame el amor entumecido,
sáname con tus pálpitos traviesos,

pero no dejes nunca de alumbrarme
o se transformará el agua en olvido
y me ahogaré, olvidado de tus besos.

Leda

Hace unos días me contaron el origen de la expresión ab ovo. Por lo visto, hace referencia al huevo del que nació Helena de Troya, cuya belleza causó la guerra de Troya, cuya destrucción causó que Eneas hiciera un viaje larguísimo que supueso al fin la fundación de Roma.

Entre las innumerables leyendas de la mitología griega, siempre me ha llamado la atención la de Leda, madre de Helena de Troya, de Clitemnestra, de Cástor y Pólux. La buena de Leda, cuenta la leyenda, tuvo sexo con Zeus que se había transmutado en cisne, y a los nueve meses tuvo dos huevos de los que salieron sus cuatro hijos.

Podríamos cuestionar un poco esta leyenda, porque si Leda era tan bella como para que Zeus se prendara de ella ¿qué demonios hacía montándoselo con un cisne? ¿Fue la primera y única vez, o también le daba a los patos, faisanes y ánades que encontraba por la ribera del río Eurotas?

En fin, lo que yo quería era dejaros un soneto. Y aquí está:

Aunque de siempre fui patito feo
en cisne me trocaste al conocerte,
y huyendo del olvido y de la muerte
me cediste estas alas que aquí veo.

Renegando de todo lo que creo
en trono salvador quise ponerte,
mas no pensé en las vueltas de la suerte
ni en que llegase el fin de tu deseo.

Lamento que tu amor alas me diera
mientras el mío a ti no te dio tanto,
buscando desde entonces quien te quiera.

Pero al menos consuela mi quebranto
saber que mi pasión fuese sincera
aunque deba morir con este canto.

Nota: el poema original puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento”, publicado por Sial.