Aquiles

No soy feliz, ni lo seré venciendo.

(Julio Martínez Mesanza)


No soy el más humilde de los hombres.
Así es como aprendí a sentirme libre
en medio de la lucha, en el placer de la agonía del contrario.
No soy el más humilde de los hombres
y sé que entre las filas enemigas hay algunos que me admiran en silencio
y hay doncellas que aún aguardan que liquide esta batalla entre sus brazos.

Y yo, que soy el hombre al que tantos desearían parecerse,
he venido hasta aquí porque tú me querías aquí,
frente a esta ciudadela amurallada en cuya playa
aguardas cada día el justo pago de tu esfuerzo.
He dejado mi tierra por ti, mi palacio, mi gente,
el sueño sereno de una existencia tranquila y dichosa;
te he ayudado a soñar con la gloria que sé que mereces,
he luchado por ti mucho más
de lo que cualquier otro estaría dispuesto a pensar,
y la sangre que tiñe mis manos
es la misma que impide a la noche traerme el descanso.
Pero no pidas más si tu trato es injusto
y compensas mi esfuerzo con medias mentiras
que sólo pretenden calmar el dolor de una nueva derrota.

No voy a luchar más. Has de saberlo.

No soy el más humilde de los hombres, ya lo he dicho:
soy un hombre que sabe que existe la vida y que existe la muerte
porque he visto en los ojos de muchos suplicar una de ellas
y no quiero luchar, sino hacerte entender
que mañana,
cuando todo parezca perdido,
sentirás un clamor de mil ojos dolientes
que exigen saber la verdad de tus labios cansados
y, aunque intentes huir de sus reproches,
cuando todo parezca perdido
dirás mi nombre en medio de la lucha
y no te servirá de protección.

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Adán

Todo empezó -ya lo sabéis- con un susurro.
No había nada entonces que no fuera oscuridad.
Yo estaba en ningún sitio, acurrucado en el silencio,
desprovisto de mis manos, de mis sueños, de mi nombre.

Cuando se hizo la luz La vi llegar. No tuve miedo
y algo tibio en los labios recorrió todo mi cuerpo
(yo entonces no sabía que ese algo tenía nombre y que ese nombre era “sonrisa”).
Cuando estuvo a mi lado susurró aquella palabra
con que el mundo parecía responderle iluminándose a su paso
(sabéis que esa palabra no la puedo compartir).

Me tomó de la mano. Me miró. Me levanté
y empezamos a andar, Ella enseñándome al detalle
el nuevo paraíso que creó para ser nuestro:
un paraíso acorde con su boca y con sus dedos
ajeno a toda pena, a todo mal, a toda culpa.
“Todo lo que aquí ves es nuestro reino”,
me dijo acariciándome en el dorso de la mano,
“Haz lo que te apetezca sin dudarlo”.

Han pasado diez años que parecen un instante
en este paraíso en el que el único pecado es no mirarnos a los ojos.
Han pasado diez años y ahora escribo estas palabras
porque desde ese día yo -ya lo sabéis- soy su profeta
y he de cantar su nombre porque Ella me ha elegido para hacerlo.

Joan Sutherland

Debía yo tener 13 o 14 años, más o menos. Era la época en la que yo suspiraba por las esquinas al salir de clase de francés. Llegaba a casa y me refugiaba en el piano, en las piezas de Mozart que tenía que preparar para clase, y mientras los dedos trastabillaban yo soñaba que aquellas no eran teclas, sino plumas que se convertían en alas dispuestas a llevarme a un sitio lejano y mágico en el que la timidez fuera un grado y la melancolía una virtud. En aquel entonces, Mozart era para mí todo lo que una persona podía desear.

Fue gracias a él, por tanto, que llegué a la fascinación de la ópera, que me cautivó con sus arrebatados encantos pasionales y trágicos. Mientras la música sinfónica me parecía el caballero apuesto, decidido y sentimental en que yo quería convertirme algún día, la ópera fue la mujer madura en cuyos brazos quise descubrir los misterios que creía reservados para los elegidos por su gracia.

(Me costó años comprender que el arte no tiene que ver con una casta divina tocada por la mano de ningún dios, pero prefiero dejar esa historia para otro momento.)

En poco tiempo, y gracias al apoyo, al dinero y a la paciencia de mis padres conseguí hacerme con una colección de ópera bastante aceptable. Era tal mi obsesión que llegué a aprenderme óperas completas que iba cantando por la calle, que llevaba en el walkman, que escuchaba en diferentes versiones a altas horas en Radio 2. En carnavales me disfrazaba de Papageno, escribí poemas sobre personajes de ópera y una obra de teatro en la que aparecía una relación de amor anónima basada en la de los protagonistas de “La flauta mágica”, elegimos a Puccini para que sonara en el momento del beso en nuestra boda, bauticé a mis discos duros externos con nombres de personajes de óperas de Mozart… No miento, pues, si digo que la ópera ha sido y es un elemento importante en mi vida.

El pasado domingo calló para siempre una de las voces más fascinantes del siglo XX: la soprano australiana Joan Sutherland. No voy a detenerme en encontrar adjetivos que describan su voz, ni incluiré datos biográficos que deben ser fácilmente encontrables a un golpe de google. Prefiero dejar claro que ella fue una de las culpables de todo lo que acabo de contar. Sin su Lucia, su Olympia, su Marguerite, su Gilda, su Lakmé, su Turandot… no sabría explicar lo que ha sido mi vida, pues son, sin duda alguna, parte de su banda sonora.

De su inmensa carrera, como podéis imaginar, no es fácil seleccionar una pieza. Yo me he decantado por el aria de Julieta “Je veux vivre…” del Romeo et Juliette de Gounod. Buscad en youtube y encontraréis maravillas. Os lo aseguro. Yo, desde este pequeño blog, escribo estas líneas para darle las gracias de todo corazón, porque nadie (excepto, por supuesto, la Castafiore) supo reírse como ella al verse tan bella en un espejo.

La media vuelta

Ya se muere la tarde, ya me marcho
con ciento ochenta grados tras mi espalda
y restos de neumático en mis pasos.
Ya has probado otros labios con un dueño
que espero haya sabido comprenderte
(quererte como yo es más complicado
por mucho que te marches por el mundo)

Sólo era una canción. ¿Por qué tuviste
que hacer caso precisamente a esa
de todas las que habíamos vivido?

Valses, boleros, rumbas, rocanroles,
y tuvo que ser esa.
Detesto las rancheras, Jose Alfredo.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

La carta de Olivia

Estimado duque Orsino:
quisiera que el escribiros
esta carta
sea, más que un desatino,
un buen modo de deciros
que estoy harta

de vuestras torpes misivas,
vuestras salidas de tono
y embajadas,
vuestras formas agresivas
y miradas con encono
desbordadas.

Sé que vuestros sentimientos
hacia mí son delicados
y sinceros,
pero vuestros movimientos
son crueles, maleducados
y groseros.

¿A qué vienen los insultos,
las descalificaciones
inauditas?
¿A qué los textos ocultos,
las quejas y reprensiones
gratuitas?

¿A qué vienen los reproches,
la insolente bofetada
que desprecia?
¿No entendéis que por las noches
me hacéis sentir humillada,
sola y necia?

¿Cómo queréis pretender
convertiros en el dueño
de mi mano?
Sin duda debéis creer
que el amor es como un sueño
de verano.

Decís que vuestra alma siente
que me alejo y que lamenta
mi crudeza;
me hiere profundamente
ver que no tenéis en cuenta
mi tristeza:

mi hermano ya está en la gloria
y yo sólo pienso en llanto,
pena y duelo;
el dolor me trae memoria
de mi padre y no levanto
ningún vuelo.

Por supuesto que pretendo
recuperar el arrullo
de mi risa,
pero ahora sólo entiendo
que he de hacerlo con orgullo
mas sin prisa.

Con esto, vuestro tormento,
vuestras cartas, vuestro llanto
y embajada
fracasarán, y lamento
que estéis preocupándoos tanto
para nada.

Si queréis hacerme fuerte,
fresca, juvenil, dichosa
y radiante,
si queréis gozar la suerte
de convertirme en la esposa
más amante,

olvidad lo que os enoja,
no penséis más en lo malo
y, en esencia,
dejando atrás la congoja,
disfrutadme si os regalo
mi presencia.

Así que, Orsino, mi amor,
(no pienses que el sustantivo
va a otra parte
más que no sentir rubor
teniendo como objetivo
tutearte)

para reírnos de todo
y evitarnos el tormento
del olvido,
mímame; mas, sobre todo,
aplícate bien el cuento
que te pido:

En todas las relaciones
de amor existen derechos
y deberes.
No te exijo obligaciones,
pero sí mostrar con hechos
que me quieres.

(Es un poema mío sobre una obra de teatro que me encanta. Premio al que la adivine sin consultar en google.)

Antígona

Los últimos años han sido turbulentos. Sólo los más ancianos recuerdan al soberbio rey Layo, a quien una profecía anunció que su hijo le daría muerte, convirtiéndose en rey.

Aterrorizado, Layo ordenó que su hijo recién nacido fuera pasto de las bestias. Sin embargo, el niño fue recogido por un pastor que le crió como a su propio hijo.

Años después, Edipo se había convertido en un joven fuerte y valiente. Un día, en un cruce de caminos, se encontró con el rey Layo, a quien no conocía. Discutieron, y Edipo mató a Layo. Se cumplía así la profecía.

Tras derrotar a la esfinge que aterrorizaba a Tebas, Edipo fue proclamado nuevo rey de Tebas y casó con Yocasta, esposa de Layo y madre, por tanto, del propio Edipo.

Los cónyuges, desconociendo el parentesco que les unía, engendraron a dos niñas, Antígona e Ismene, y a dos niños, Etéocles y Polinices. Al descubrir la verdad, Yocasta se dio muerte sobre el lecho en el que había concebido de su marido otro marido y de su hijo otros hijos. El rey Edipo, por su parte, se sacó los ojos.

La joven Antígona, tras lavar, velar y honrar el cuerpo de su madre, acompañó a Edipo en su destierro, hasta que, ya viejo, murió en la lejana Colono.

Ya son muchos los años en camino
con este pobre ciego de mi brazo.
Ya son muchos los años que su abrazo
es la cara feliz de mi destino.

Ya son muchos los años que el divino
augurio nos castiga con su mazo.
Pero aunque sean miles, no rechazo
a un rey que ahora es mendigo clandestino.

El oráculo habló de larga peste,
criaturas sin nacer, muertos sin nombre,
plagas sin fin en cosechas de trigo…

pero nunca predijo nada de este
futuro que me acecha con un hombre
que es mi padre, es mi hermano y es mi amigo.

(El estreno de ayer fue un éxito. En el de hoy, que espero que sea mayor, quiero veros a todos.)