Historia de España en 70 minutos

El próximo viernes 28 de enero, a las 12.00 horas, se estrena en el Teatro La Galera de Alcalá de Henares la obra “Historia de España en 70 minutos”. Se trata de un espectáculo teatral en el que se repasa la historia de nuestro país desde la Prehistoria hasta nuestros días en un tono lúdico, objetivo y didáctico.

En el espectáculo, escrito y dirigido por Ernesto Filardi, tres actores interpretan a 70 personajes históricos en un continuo proceso histórico, aunando el tono didáctico y el lúdico.

La obra estará en cartel hasta el 4 de febrero los martes, jueves y viernes a las 10.00 y a las 12.00 para centros educativos. El  viernes 4 y el sábado 5 de febrero, además, se representará a las 20.00 horas para público general.

Para reservas de grupos, se puede contactar con el Aula de Teatro en el 91 883 28 69.

Isabel – (Entrando) ¡Pero si yo lo único que quiero es estar contigo!

Fernando – Isabel, eres la reina de Castilla, yo el de Aragón, y tenemos que pensar en el país.

Isabel – Yo es que te veo la carita y me vuelvo loca. ¡Ay, Fernando, qué guapo eres!

Fernando – Isabel… Isabel… Escúchame.

Isabel – ¿Todos los aragoneses sois así de guapos? Porque es que cada vez que te veo…

Fernando – Mira, Isabel, llevamos 700 años de guerra y esto tiene que acabar de una vez.

Isabel – Eso es verdad.

Fernando – Cristianos contra árabes, árabes contra cristianos, cristianos contra cristianos, árabes contra árabes, cristianos que se hacen árabes, árabes que se hacen cristianos, los judíos por ahí en medio para terminar de liarlo todo…

Isabel – Vale, pues entonces tenemos que hacer las cosas bien. Vamos a unir nuestros ejércitos y será más fácil vencer a todos.

Fernando – ¿Y qué más quieres que hagamos?

Isabel – (Ruborizándose) Hombre, pues…

Fernando – No, tonta, digo que cómo hacemos para que después no haya más guerras.

Isabel – ¡Ah, eso! (Suena el teléfono. Isabel lo coge.) ¿Sí? No, Colón, ahora no puedo, que estoy con otras cosas. Venga, sí, luego me llamas. (Cuelga.)

Fernando – ¿Quién era?

Isabel – Nada. Un pirado que dice que la tierra es redonda.

Fernando – ¿Y qué quiere?

Isabel – Que le deje dinero para irse en barco a las Indias por el otro lado. ¿Qué te estaba diciendo?

Fernando – Lo de la paz.

Isabel – ¡Ah, sí! Pues que primero convencemos a los cristianos para que nos llevemos todos bien.

Fernando – Sí.

Isabel – Luego, todos juntos, ganamos a los árabes y les decimos a ellos y a los judíos que, o se hacen cristianos o se tienen que marchar de España.

Fernando – Pues como prefieran marcharse la hemos liado, porque los judíos son los que llevan el comercio, y los árabes son los que cultivan y son mano de obra.

Isabel – ¿Pero qué dices? ¡Con lo bien que se está en España! Se hacen todos cristianos y ya está.

Fernando – ¿Y si dicen que se hacen cristianos pero es mentira?

Isabel – ¡Hijo, qué de problemas pones! ¡Pues implantamos la Inquisición, que en Italia y en Francia funciona muy bien desde hace tiempo!

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La chica por la que aprendí francés

Este año ha sido el 25 aniversario del colegio Cristóbal Colón, donde estudié 6º, 7º y 8º de EGB. Entre las muchas actividades programadas, el ejercicio máximo de nostalgia fue hace unas semanas, con una fiesta encuentro de alumnos de estos 25 años. Desde el colegio se pusieron en contacto conmigo por si estaba interesado en echarles una mano con la organización. Como me cuesta poco apuntarme a un bombardeo, allí que me presenté. Lluvia de ideas, planificación, reparto de tareas… Ya había pisado alguna vez el colegio en todo este tiempo, así que la sorpresa no fue tanta. No pasó lo mismo cuando, desde el AMPA (nunca dejarán de hacerme gracia estas siglas), me dejaron acceder a las fichas de antiguos alumnos, en un intento de recordar nombres y apellidos de ex compañeros de clase para procurar localizarlos vía facebook, google o similar. Y allí, entre listas y listas, apareció el nombre de la chica por la que aprendí francés.

Debía ser 1987. Principios de 8º de EGB. Desde el año anterior, o quizás antes, yo no podía dejar de pensar en el azul sonriente de sus ojos. Se llamaba Ana. Ana Isabel, para ser más exactos, pero lo dejaremos en Ana. No me detendré en adjetivos, pues mis recuerdos no son demasiado nítidos. Si a mi timidez compulsiva de entonces le añadimos nuestros irreconciliables gustos musicales (a mí me llamaban Mozarín y ella compraba discos de Europe y Bon Jovi por Discoplay), me será más fácil explicar por qué jamás me atreví a decirle, por ejemplo, que era en ella en quien pensaba mientras practicaba en casa los valses melancólicos de Chopin que tenía que preparar para el Conservatorio. Imagino que sería vox populi en el patio lo pillado que estaba por ella, pero, como digo, nunca se lo dije en voz alta.

Era el principio de 8º, pues, y ese año, por primera vez, se ofreció francés como asignatura extraescolar. Mi padre, que era el presidente del APA, llegó un día a casa diciendo que quizás se tenía que cancelar el curso porque sólo se había matriculado una chica: Ana. Como podéis imaginar, no tardé ni un minuto en decirle que yo me quería apuntar. Creo recordar que utilicé como excusa algo de la música clásica (por aquel entonces yo quería ser director de orquesta), porque no podía desvelarle mis verdaderos motivos: por un lado, yo estaría a solas con ella, aunque fuera con un profesor al lado; por otro, ella no se llevaría el disgusto de que se cancelara el curso. Quién sabe. Quizás ella iba a clase obligada por sus padres y por mi culpa tuvo que ir.

En fin, durante un año, quizás menos, Ana y yo fuimos juntos a clase de francés. Mis recuerdos siguen siendo tan difusos que de hecho ni siquiera le pongo cara al profesor, así que no puedo describir lo felices que fueron aquellos tiempos. Imagino que lo fueron, por supuesto. Pero no quiero mentir en una historia como ésta. No me parece justo añadir algo sólo para hacerlo más literario. Al menos, no en este caso.

Terminó el curso. Acabó el colegio, por tanto, y comenzó el instituto. Ana y yo no fuimos al mismo, y jamás la volví a ver. Pero no se acaba aquí la historia, porque llegó el momento de hacer la matrícula. Y mi padre, que me estaba ayudando a rellenarla, vio la casilla de “Segundo idioma: Francés”, y la marcó. Yo le dije que no, que lo borrara. Que no quería apuntarme. Su respuesta fue algo así como: “Hemos estado un año pagándote esas clases. ¿Qué es eso de que no quieres aprender francés?”

¿Qué podía hacer? ¿Reconocerle que les había mentido durante un año? ¿Reconocerle, además, que su hijo era un cagoncete que no fue capaz en un curso entero de aprovechar la situación para hablar a una chica mirándole a los ojos?

El resultado, por supuesto, fue tomar clases de francés durante tres años. De primero a tercero de BUP. Para más inri, el francés de tercero lo suspendí (me suspendieron, podríamos decir, pero es una larga historia que no merece la pena ser contada aquí), y estuve todo el verano yendo a clases de refuerzo. Llegué a odiarlo como se odia a un enemigo feroz, y me maldije cientos de veces por culpa de esa historia que, con los años, me parecía una tontería de niños bobos.

Aprendí francés, al fin. Terminé el instituto, tras haberme enamorado de otras cuantas compañeras. Comencé a hacer teatro. Dejé el piano. Fui a la facultad. Comencé a trabajar como profesor de teatro. Y llegó el pluriempleo, y conocí a la que hoy es mi mujer, y nos compramos un piso. Para poder pagarlo, durante unos cuantos meses trabajé haciendo visitas guiadas a Alcalá de Henares. Muchas de ellas en francés. Y durante años tuvimos que alquilar una habitación a estudiantes extranjeros que venían a aprender español. Muchos de ellos, franceses. No puedo decir que el francés se convirtiera en mi modo de subsistencia, pero sí que fue una tremenda ayuda en su momento.

No volví a verla, ya lo he dicho. Y pensé que en el encuentro de antiguos alumnos podría hacerlo. Me hacía ilusión, la verdad. No desde un punto de vista sentimental, por supuesto. Me apetecía tan solo verla, saber qué fue de su vida, si volvió a estudiar francés. Contarle esta historia mientras nos reíamos y decirle algo así como je vous remercie, madame. Explicarle que, al igual que Casciari comenzó a ser humorista gracias a Paola, yo aprendí francés por ella. Sin embargo, no acudió al encuentro. O no nos vimos. No sé. La busqué en facebook, en google, ya por curiosidad, pero tampoco hubo suerte.

Esta historia acaba así. De un modo (demasiado) prosaico. Lo siento si esperabais un final más acorde con un blog de poesía. Yo, de hecho, aún no sé por qué llevo semanas queriendo escribir este texto. Quizás para compartir con vosotros mis miserias infantiles. Quizás con la secreta esperanza de que llegue a leerlo. Quizás para demostrarme a mí mismo que, después de tantos años, ya no soy tan cagoncete.

Aunque sé que, una vez publicado, si me la encuentro algún día no seré capaz de mirarle a esos ojos que espero que sigan sonriendo.

El Barroco no es un coco

Algunos de vosotros ya conocéis el podcast llamado “La palabra con tapas“, que cada semana ¿hacen? ¿perpetran? Sergio y Fran. Se trata de un programa divertido y didáctico (sí, en efecto, se puede ser las dos cosas a la vez) en el que, entre otras secciones, se hace un repaso a la Literatura Universal.

La semana pasada asistí como invitado para hablar del Siglo de Oro Español, especialmente del teatro. Y nos dedicamos a destrozar mitos falsos, como que es algo aburrido, de difícil comprensión y machista.

Si alguien tiene media horita libre, sólo tiene que pinchar aquí:

http://www.ivoox.com/palabra-tapas-rompiendo-mitos_md_290106_1.mp3″ Ir a descargar

Huelga de poetas

España se ve afectada hoy por la segunda jornada de huelga convocada por el sindicato internacional de poetas PAA (Poetas que Aúllan al Amanecer) y que ha secundado la mayoría de los rapsodas del país. Pese al caos que ha generado el paro, las movilizaciones de protesta se están desarrollando sin incidencias. Únicamente dos poetas han sido detenidos a primera hora de la mañana por escribir unos versos de Machado en los cristales de una entidad bancaria.

Los principales afectados en Europa son precisamente los ciudadanos españoles que, sin poder acudir a fuentes fiables para construir metáforas, comparaciones y otras figuras retóricas, han visto muy mermada su capacidad para expresar sentimientos. “No sé, lo de esta huelga me deja más cabreado que… que… Vaya, que es una mierda esta situación”, se quejaba un ciudadano que no encontraba palabras para expresarse. Muchos jóvenes han optado por emplear emoticonos y hacer ruidos con las axilas para mostrar su desacuerdo con la huelga.

Puedes leer la noticia completa aquí.

(Aprovecho para recomendaros la lectura diaria de www.elmundotoday.com. Es una joya)

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