El fin de la condena

Amelia y Victoria aún no han cumplido los diez meses. Son dos hermanas gemelas dulces, tranquilas y sonrientes. Desde hace unas semanas sus manos diminutas pretenden agarrar todo, aunque se frustran cuando no lo consiguen; y ahora que comienzan a gatear, el mundo (su pequeño e inocente mundo) comienza a quedárseles pequeño. Inmersas en un presente continuo, apenas han tenido tiempo todavía para atesorar muchos recuerdos, aunque gracias a sus pequeñas rutinas cotidianas no tienen problema en identificar como suyo todo lo que les rodea. Hay pocas cosas tan tiernas como el verlas acurrucarse contra sus padres cuando tienen sueño, aparte de ver cómo  sonríen cuando presienten que ellos están cerca.

Amelia y Victoria son tan pequeñas que aún no saben que un tatarabuelo suyo fue enviado a luchar a Filipinas para defender el poder colonial de España. En los cuatro años que estuvo allí vio morir a sus compañeros y tuvo que matar a desconocidos cuyo único delito había sido, en origen, pretender que Filipinas tuviera los mismos derechos que cualquier otro territorio español; fue apresado en una emboscada, encarcelado, torturado y condenado a muerte en nombre de un país que jamás se lo agradeció. Mientras esperaba que llegara el día de su ejecución se prometió a sí mismo que no moriría. No fue fácil, pero lo consiguió: escapó, regresó a España -donde todos le daban por muerto-, fue a casa de su novia, la besó delante de todo el pueblo y pidió su mano a sus padres. Tras formar una familia, el resto de su vida lo pasó solicitando una pensión que nunca le fue concedida mientras los gobernantes que habían llevado el país a la ruina se alternaban en el poder en un sistema bipartidista que continúa hoy, más de un siglo después. “En momentos como este”, le decían, “España necesita héroes que sepan dar hasta la última gota de sangre si fuera necesario”. Nunca fue reconocido oficialmente como “héroe”, pero las fiebres tropicales que sufrió en Filipinas le hicieron crónica una enfermedad del hígado de la que terminó muriendo años después.

En plena Guerra Civil, una bisabuela de Amelia y Victoria dio a luz un niño muerto mientras su marido luchaba en el frente. Las únicas palabras que dijeron los facultativos fueron “un rojo menos”. Deseosos de salvar a España de la “amenaza comunista”, dejaron el cadáver del bebé tirado en el suelo del aseo de la habitación. Ella consiguió aguantar varios días sin asearse ni limpiarse los restos de sangre para no tener que ver cómo se pudría lentamente aquel hijo con el que tantos planes había hecho durante el embarazo. Fue en el Hospital Santa Cristina de Madrid, que años después se haría tristemente célebre por los casos de niños robados. La complicación del parto complicó las posibilidades para quedarse embarazada de nuevo. Por eso fue tan grande la alegría cuando años después nació una hermosa niña, abuela de Amelia y Victoria. La carestía durante la guerra les impidió alimentarla debidamente, pero se prometieron a sí mismos que a su hija nunca les faltaría lo necesario. Fue España quien les impidió cumplir su promesa dejando a la niña sin padre: al acabar la guerra, él fue internado en un campo de concentración por haber defendido la democracia. Consiguió el indulto meses después gracias a que durante la contienda ayudó a algunos amigos franquistas a no ser capturados por los leales a la República. A cambio, le ofrecieron que trabajara como carcelero y torturador de los suyos para poder dar de comer a su familia. Nunca llegó a aceptarlo y, tras mucho suplicar, logró un simple trabajo de pintor de brocha gorda que apenas disfrutó porque la tuberculosis que contrajo en el campo de concentración se lo llevó por delante unos meses antes de que su hija hiciera la comunión vestida de luto.

El principal sueño de esa hija (abuela de Amelia y Victoria) fue siempre estudiar. No lo pudo cumplir, pues necesitó trabajar para ayudar a su madre, viuda de un rojo en la posguerra. Con el tiempo, además, se vio obligada a emigrar para buscar un futuro mejor. Ya en su nuevo país conoció al abuelo de Amelia y Victoria: un joven que, huyendo de su destino de capital de provincias (según el cual, si buscaba una formación debía elegir entre falange o seminario), terminó recolectando tabaco. Ninguno de los dos superó nunca el dejar a sus familias en España. Como todos los emigrantes de la historia, tuvieron que escuchar mil veces que volvieran a su país y dejaran de quitar el trabajo a la gente honrada que lo merecía más. Quizás por eso se sentían especialmente satisfechos enviando algo de dinero cada mes: sabían que, gracias a su esfuerzo diario, los suyos podían vivir un poco más desahogados y comprarse una casa decente. En su frío país de acogida descubrieron también que el único modo de gobierno que habían conocido era en realidad una dictadura. Movidos por el sueño de construir una España mejor, ambos participaron activamente en comités de lucha antifranquista. A la muerte del dictador, ambos regresaron. Él militó en un célebre sindicato del que fue expulsado por firmar una circular interna en la que se ponía en duda la necesidad de que el líder nacional tuviera chófer, y en un no menos célebre partido de izquierdas del que fue apartado para dar paso a unas nuevas generaciones que afirmaban en privado que la cultura no era más que un lujo para los burgueses mientras gritaban en público que la cultura nos haría libres.

Algo peor le fueron las cosas a la otra abuela de Amelia y Victoria, hija de familia tan numerosa como pobre, que llegó a compartir habitación con sus padres y sus cinco hermanos. Ocho personas en una mísera habitación sin ningún tipo de ayuda social. Alguno de ellos tenía que dormir en un baúl porque, según dice todavía sonriendo, “creíamos que eso era lo normal”. Pero había que esforzarse por el bien de España, farfullaba el dictador mientras su esposa atesoraba joyas y más joyas. Por su parte, el que años después se convertiría en su marido, abuelo de Amelia y Victoria, jamás pudo ir al colegio porque a los cinco años ya trabajaba como pastor. Ahora que está prejubilado, por fin ha conseguido cumplir su sueño de matricularse en un curso de educación de adultos, aunque los actuales recortes en educación le hacen pensar que tampoco ahora lo podrá cumplir. Hay que apretarse el cinturón, dicen desde arriba, porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Cada vez que escuchan eso recuerdan que ellos no han hecho más que vivir dignamente, sacrificando el ver crecer a sus hijos para poder darles una cama y una mochila escolar en lugar de un baúl y un cayado. Aún así, no dudan que mereció la pena: cada aprobado de los chicos, cada foto de fin de curso, fue para ellos mucho más satisfactorio que el dinero nunca cobrado de tanta hora extra.

Los cuatro abuelos de Amelia y Victoria tienen muchas cosas en común. La principal es que siempre hicieron lo indecible para que sus hijos tuvieran la educación universitaria que ellos no pudieron tener. La mejor formación posible para poder aspirar a un trabajo digno, decían, convencidos de que la consigna iba a cumplirse a base de repetirla. Una consigna en la que sus hijos confiaron ciegamente, y se esforzaron durante años para cumplir con su parte.

El padre de Amelia y Victoria tiene dos carreras y un doctorado. La madre, una carrera y un máster oficial. Ambos hablan varios idiomas y tienen experiencia laboral internacional en puestos de docencia y gestión. Hace años, él perdió el trabajo en cierto ayuntamiento popular días después de pronunciarse públicamente en contra de la guerra de Irak. Hace meses, ella tuvo problemas para conseguir el derecho a la asistencia sanitaria mientras estaba embarazada de Amelia y Victoria. De nada sirvió aportar documentos que demostraban que llevaba años trabajando para varios ministerios difundiendo la Marca España en el extranjero: su contrato era de becaria y, por tanto, llevaba sin cotizar más de cuatro meses. Confiando en el nuevo mensaje lanzado desde arriba, también intentaron hacerse emprendedores. Pero la subida desproporcionada del IVA cultural y la costumbre de la administración de pagar con varios meses de retraso sumieron a su empresa en una situación bastante insostenible. Todo esto les ha obligado a vivir con los padres de ella desde antes del parto en una habitación que comparten con Amelia y Victoria. Una habitación para cuatro en la que no caben dos cunas y una cama de matrimonio. Hay espacio suficiente para que nadie tenga que dormir en un baúl, pero saben que no pueden seguir así: los algo más de cuatrocientos euros del subsidio por desempleo no serían suficientes para volver a emanciparse.

Ahora que Amelia y Victoria ya han crecido lo suficiente, sus padres se marchan con ellas a buscarse la vida en un país que valore un perfil como el suyo. No lo hacen por impulso aventurero ni consideran que lo suyo sea movilidad exterior. No. Ellos tienen muy claro que lo que van a hacer es emigrar. Emigran, sí, porque es la única posibilidad real que tienen hoy por hoy para poder dar a Amelia y Victoria, al menos, una habitación propia dentro de unos meses. No se sienten especialmente desgraciados, pues saben que historias así son tan comunes en España hoy en día que es muy posible, amable lector, que usted o alguien de su familia haya pasado por alguna situación similar. Tampoco sienten que vayan a vivir peor que lo hicieron sus padres, pues ambos han tenido todas las comodidades que ellos ni siquiera pudieron soñar.

No se sienten desgraciados. No. Pero los padres de Amelia y Victoria –al igual que sus abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos…- sí están cansados de sentirse fracasados en un país en el que no parece haber lugar para ellos. Porque el fracaso es la peor de las soledades posibles, y ambos han leído lo suficiente para saber que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ninguno de los dos quiere pasarse a pensar si esa estirpe condenada es la suya, la de sus antepasados, o la de miles de españoles anónimos que están abandonando el país con historias similares a las suyas. Ahora, tras más de cien años de fracasos y derrotas personales, ambos emigran con la ilusión de poder librarse, por fin, de esa condena. Les gusta pensar que, en el país que les acoja, Amelia y Victoria podrán tener todas las oportunidades que en este se les están negando.

 

Rompiendo la condena(Foto: Imprav Images)

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Don Quijote

Para José Manuel Lucía Megías

 

Yo vivía en un lugar que era como cualquier otro,
rodeado de costumbres, de semáforos y normas.
Es posible que tú fueras mi vecino
o viviéramos a cientos de kilómetros. No importa,
porque en esta historia “yo” podrías haber sido “tú”.

Yo vivía tan tranquilo, sin problemas,
porque no me interesaban las noticias
ni su torpe inmunidad reglamentada.
Yo era de esos que pensaba que las cosas son así
y qué voy a hacer yo si no soy nadie
y total para qué voy a hacer yo nada si, total,
no se puede hacer nada.

Un día me encontré con un amigo al que habían despedido:
su empresa prescindió de 400 empleados alegando un descenso en los ingresos
mientras que sus directivos terminaron repartiéndose
un 20% más de beneficios.
“Eso no puede ser cierto”, respondí, “lo habrían dicho en las noticias”
(me dio un poco de vergüenza admitirle que yo nunca las veía).
“No me creas si no quieres, pero esa es la verdad”.

Llegué a casa aquella noche, encendí el televisor,
y no decían nada en ningún sitio de la empresa de mi amigo.
Pero se me ocurrió buscar en Google
y encontré más de cien páginas que confirmaban la noticia.
Quise leerlo todo, porque no me lo creía
(una página me hizo entrar en otra y otro enlace y otro clic)
y cuando me di cuenta habían pasado ya tres horas.
Pero seguí leyendo. Ese día y muchos más.
Leí sobre el origen de la crisis en la banca americana,
leí que los responsables nunca habían ido a juicio,
leí que muchos gobiernos ayudaban a los bancos
con dinero que debía ser gastado en escuelas y hospitales,
leí que se recortaron los derechos de todos los ciudadanos,
leí que muchas familias se quedaron sin ningún tipo de ingreso,
leí que en todo el mundo había 30 millonarios
que ganaban más dinero que 52 países en un año,
30 millonarios que tenían más que mil millones de personas en el mundo.
Leí, leí, leí, leí, leí,
y no conseguí encontrar la respuesta a mi pregunta,
la pregunta que debiéramos hacernos
antes de que sea tarde.

Así que salí a la calle
por si alguien me podía responder.

DQ

 

Nuevo blog

Este blog surgió como un blog de poesía. Durante algo más de un año he ido colgando poemas de mis dos poemarios y alguno inédito. Desde hace un tiempo, sin embargo, he ido añadiendo artículos de tipo social y cultural. Me he sorprendido a veces diciéndome “no, no publiques esto porque tu blog es sobre poesía”, y me he preguntado cómo puede ser que yo mismo no esté seguro de querer escribir cosas en un blog escrito por mí y que además lleva mi nombre.

Durante mi estancia en Sicilia he comprendido que escribo poesía para explicarme cosas a mí mismo y que escribo artículos para explicarle cosas a los demás. O, si lo preferís, escribo poesía para intentar comprender cómo soy yo mientras que escribo prosa para intentar comprender cómo somos todos.

En estos días tan intensos que estamos viviendo mi cabeza está llena de ideas para poemas y de ideas para artículos. Según palabras de Lorca, “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas.” Eso es lo que pretendo hacer a partir de ahora. Pero para poder meterme bien en el fango sin miedo alguno a que mis azucenas pierdan su lustre he decidido crear otro blog.

Por eso, amigos, a partir de hoy este blog seguirá su rumbo poético. Si queréis, además, seguir mis reflexiones sociales, os invito a que entréis en  “Ven conmigo a buscarla

Por qué hacemos esto

Desde hace días organizo en Palermo las movilizaciones de la #spanishrevolution, aquí llamada #italianrevolution. No hace falta que explique qué es esto, porque hace sólo una semana que ha comenzado y ya no se habla de otra cosa. Pero me parece oportuno hacer algunas puntualizaciones porque se están escuchando demasiadas descalificaciones sobre este movimiento. No soy quién para hablar en nombre de nadie excepto de mí mismo, así que hablaré en mi nombre para defender -no justificar, sino defender- lo que estamos haciendo muchas personas en los cinco continentes.

En primer lugar, hay que entender que esto no es una cuestion partidista sino social. Es cierto que tiene connotaciones políticas por el momento en que se ha producido, pero el alcance que se pretende va mucho mas allá. Nos hemos acostumbrado a escuchar cosas como “el hombre es un animal político” o “todo es política”. Pero esto no es verdad.

La política es un instrumento creado por la sociedad para protegerse y mejorarse. Somos nosotros, ciudadanos, quienes pagamos con nuestros impuestos para que alguien se encargue de que todo vaya bien. Igual que, por ejemplo, un portero en una comunidad de vecinos. Pero la clase política ha aprovechado el poder que nosotros le hemos dado para utilizarlo contra nosotros.

No olvidemos esto: más allá de partidismos o posicionamientos de un lado u otro, lo que la sociedad necesita es recordar que el poder es nuestro, que decidimos cederlo cada cuatro años a quien consideramos oportuno. Así lo dice la Constitución en su artículo 2: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.”

¿A qué viene entonces este tumulto en un momento así? ¿Es accidental que se haya producido antes de una convocatoria electoral? Por supuesto que no. Ante esta convocatoria, una buena parte de la sociedad se ha dado cuenta de que no se sienten representados por la clase política, y han decidido manifestar públicamente su impotencia a la hora de elegir a quién votar. No es casual que, desde hace meses, la clase política en general aparezca en las encuestas como uno de los cinco problemas más importantes en España. No confiamos en que la actual clase política pueda resolver nuestros problemas. Creemos que no están haciendo bien el trabajo por el cual les estamos pagando, y es por eso que se ha instaurado en España la noción de “votar en contra de” o “votar al menos malo” porque “todos son iguales”.

Todos son iguales. Esa es la frase clave. Cuando todas las opciones son iguales ninguna opción es válida. Cuando ninguna opción es válida no podemos elegir. Y cuando no podemos elegir, no hay una verdadera democracia.

Por pensar esto, algunas voces nos llaman antisistema. Por lógica elemental, si pedir una democracia verdadera es estar en contra del sistema, eso significa que el sistema no es verdaderamente democrático. Y un sistema que en el siglo XXI no es verdaderamente democrático es un sistema que necesita reformas. O, al menos, un replanteamiento.

Porque, lo repito una vez más, no estamos en contra de la política ni en contra de los políticos. Estamos en contra de estos políticos, porque pensamos que no nos representan. No queremos eliminar la figura del político, porque sabemos que es una figura necesaria. Tan necesaria, que queremos alguien digno para ostentarla.

Desde hace años, nuestros políticos han jugado al divide y vencerás. Por un lado, los que afirman que España se está rompiendo. Por otro, los que dicen “como vengan los otros vais a saber lo que es bueno”. Los partidarios de ambas opciones están tan enfrentados entre sí que es una utopía pensar que entre ellos pueda establecerse un dialogo cordial.

Frente a este divide y vencerás tan hostil como innecesario para la sociedad, de modo espontaneo ha surgido en España el sentimiento contrario: la unión hace la fuerza. Decenas de miles de personas en todo el mundo nos sentimos unidos por una idea comun. Una ilusión. Y de eso nos estamos encargando unos cuantos. De difundir lo que sucede, porque sabemos que aún quedan muchos miles de personas por unirse.

Los que estamos en Italia -y en Francia, y en Inglaterra, y en Holanda, y en tantos y tantos paises- no somos un ejemplo ni un modelo a seguir. Pero sí somos la prueba de que no es difícil conseguir que la sociedad se ilusione con un futuro mejor. Si yo puedo hacer lo que hago desde un piso de un barrio marginal de Palermo con una conexión a internet de prepago, ¿qué no podrán hacer con tantos medios y tanto dinero los políticos, a quienes se les paga por hacerlo?

Sólo se me ocurren tres opciones por las cuales los políticos no consiguen hacerlo: porque no saben, porque no pueden o porque no quieren. Desconozco cuál de las tres es la verdadera. Pero, sea cual sea, cualquiera de las tres les inhabilita para ostentar el cargo que tienen.

Recordadlo. Ellos no son nuestros jefes. Nosotros, ciudadanos, somos los suyos, porque somos nosotros quienes les pagamos. Nuestros empleados no están haciendo bien su trabajo, y tenemos derecho a exigir responsabilidades.

Comprendo que un movimiento de este calibre provoque todo tipo de opiniones, unas a favor y otras en contra. Siempre he intentado adoptar una actitud crítica en mi vida (es decir, la habilidad de obtener un criterio propio ante lo que sucede) y, como tal, estoy especialmente interesado en escuchar las opiniones críticas a este movimiento. Pero creo que las descalificaciones e insultos inhabilitan a quien los profiere, por muy coherente que sea su discurso. Es por eso que en mis líneas no encontraréis nada de eso. Y es por eso que os invito, por el bien de la sociedad de la que todos somos parte, a que a partir de ahora, sean cuales sean vuestros comentarios, dejemos el divide y vencerás de los insultos para adherirnos todos al la unión hace la fuerza del pensamiento crítico y constructivo.

Problemas en la comunidad

Hace años que tenemos portero en casa. Los vecinos nos dimos cuenta de que en la comunidad la convivencia era de todo menos pacífica, así que decidimos contratar a una persona externa que se encargara de la limpieza, el mantenimiento, evitar que entraran vándalos en los portales, sacar la basura… A cambio, el portero recibe un sueldo y una vivienda gratuita en nuestro bloque, por si hubiera alguna emergencia a horas intempestivas. Todos los vecinos, por tanto, pagamos mensualmente una cuota para que este señor se encargue de que todo esté perfecto.

El caso es que durante años la cosa ha funcionado bien, pero hace un tiempo que algunos vecinos manifestaron su descontento por los modos groseros y violentos de nuestro portero. Hicimos una junta ordinaria, tal y como tenemos estipulado en nuestros estatutos, y la mayoría decidió que debíamos cambiar de portero. Así se hizo, y, a pesar de que el nuevo apuntaba maneras, en los últimos meses está adquiriendo las mismas costumbres que su predecesor. Lo primero fue cuando decidió meter en su casa no solo a su familia, sino también a sus mejores amigos; como hubo algunas quejas, él alegó que son personas de su confianza que le ayudan a realizar sus tareas.”No es un capricho, es una necesidad”, nos decía, “no pueden imaginarse el desgaste que supone este trabajo. Por no hablar de lo importante que es dar buena imagen ante los demás porteros del barrio”. A algunos vecinos esto les pareció un escándalo, aunque otros dijeron que bueno, que todos los porteros hacen más o menos lo mismo.

Pero la gota colmó el vaso hace unos días. Resulta que, por una mala gestión de la empresa eléctrica, nos hemos quedado en todo el barrio sin luz. Se nos ha comunicado que se está trabajando en ello, que no se sabe cuándo se solucionará, e incluso ha habido bloques a los que hemos tenido que ayudar regalándoles unas velas. Mandamos a nuestro portero para que se enterara de todo. No sabemos qué sucedió en la reunión, pero cuando volvió nos exigió:

1. Que ahorráramos energía.

2. Que sólo utilizáramos el horno una vez por semana.

3. Nada de secador.

Y 4. Que como llevábamos mucho tiempo consumiendo luz por encima de nuestras posibilidades, la empresa eléctrica ha tenido problemas serios y que nuestra obligación era pagar una derrama para ayudar a solventar ese problema.

Además, nos dijo que si no teníamos cuidado era posible que en un futuro nos prohibiera utilizar la nevera. Nosotros sabemos que su familia y sus amigos, que viven en su casa con él, siguen consumiendo la misma cantidad de electricidad y de agua, pero a él parece darle igual: como sabe que el hijo del anterior portero está deseando quedarse con su puesto, cada vez que le decimos algo nos sale con eso de “cuidado, que como me vaya yo ya sabéis quién viene”.

El hijo del portero anterior, por su parte, es el dueño de la empresa de jardinería de la comunidad, cuyos empleados también se las traen: unos cuantos de ellos, seguramente siguiendo órdenes de arriba, vienen a limpiarse la tierra cada día a nuestro portal para después decir que han sido los familiares del portero, que tienen el bloque cada día más sucio. Sabemos que son ellos porque los hemos visto; pero cuando los vecinos vamos a ver a su jefe, éste se sale por las ramas y dice que la portería estaría mucho mejor con él, que nuestro portero está rompiendo el portal (no sabemos a qué se refiere con esto) y que las personas sensatas le apoyan porque son personas de bien. Así que los dos, el portero y el pretendiente a portero, están todo el día a gritos, enfrentados, sin hacer nada por la comunidad; y nosotros, los vecinos, seguimos a oscuras y cabreados unos con otros.

Dentro de unos días tenemos nueva junta, y hay unos cuantos vecinos que nos hemos juntado a hablar entre nosotros porque nos parece que esto no puede seguir así. Que no queremos seguir sin luz. Que no queremos que nos engañen ni uno ni otro. Que queremos un cambio. Pero un cambio de verdad. Sabemos que en la próxima junta se decidirá que el portero sea uno de los dos. No podemos hacer nada por evitarlo.

Pero nuestra idea va más allá: queremos conseguir que todos los vecinos de la comunidad nos reunamos para reescribir los estatutos: no queremos tener que esperar un año para hacer otra junta. Lo que queremos es cambiar las normas entre todos para recordarle a los candidatos que no son ellos quienen mandan. Que nosotros somos sus jefes, porque somos nosotros les pagamos. Y que si no hacen bien su trabajo, tenemos derecho a despedirlos en cualquier momento.

La lección mal aprendida

En este mismo instante, mientras lees estas líneas, hay un niño en una granja de Oklahoma, en Estados Unidos, que ve a su padre sonreír al recordar la noticia de que Osama Bin Laden ha sido asesinado y su cuerpo echado al mar. El padre mira al cielo, da las gracias a Dios – el suyo – y sus ojos se humedecen al recordar el rostro ilusionado de su hermana en el aeropuerto, rumbo a New York para conocer a sus futuros suegros. “Tú no la conociste porque aún no habías nacido”, dice a su hijo, “pero desde allá, en el cielo, tu tía te mira y te protege”. El niño, consciente de la emoción de su padre, se acerca, le toma de la mano, y le escucha decir que hoy el mundo es un poco más justo gracias a la muerte de un hombre malo. Tras unos segundos de duda, el niño le pregunta por qué dice eso, ya que matar –según le han explicado siempre- es algo malo. “Ellos empezaron primero, hijo mío”, contesta el padre. “Nosotros vivíamos tranquilos en nuestras casas, sin hacer daño a nadie, sintiéndonos felices de oler la tierra mojada después de la lluvia, y de pronto llegaron ellos, y con esos aviones malditos nos destrozaron la vida. Teníamos que matarlos para que nuestros muertos pudieran descansar, y ahora que ha sucedido esto no ha habido ningún jefe de estado de ningún país que haya condenado el acto. Ha habido unanimidad, ¿me entiendes? Por eso estoy contento: porque ahora ellos han perdido.” Esta noche ese niño dormirá tranquilo, pensando que el mundo –su mundo- es ahora más seguro todavía. No sabe que él tiene la suerte de estar con los buenos de esta historia.

En este mismo instante, mientras lees estas líneas, hay un niño en una granja de Afganistánque ve a su padre llorar al recordar la noticia de que Osama Bin Laden ha sido asesinado y su cuerpo echado al mar. El padre mira al cielo, pide clemencia a Dios – el suyo – y sus ojos se humedecen al recordar el cuerpo de su padre destrozado en el mercado de Kandahar, en una escaramuza entre rusos y americanos, antes del fin de la guerra fría. “Tú no le conociste porque aún no habías nacido”, dice a su hijo, “pero desde allá, en el cielo, tu abuelo te mira y te protege”. El niño, consciente de la emoción de su padre, se acerca, le toma de la mano, y le escucha decir que hoy el mundo es un poco más injusto a causa de la muerte de un hombre bueno. Tras un segundo de duda, el niño le pregunta por qué dice eso, si ese hombre del que hablan–según le han explicado siempre- se dedicaba a matar gente. “Ellos empezaron primero, hijo mío”, contesta el padre. “Nosotros vivíamos tranquilos en nuestras casas, sin hacer daño a nadie, buscando un futuro y un amor con quien compartirlo, y de pronto llegaron ellos y con esos tanques malditos nos destrozaron la vida. Teníamos que matarlos para que nuestros muertos pudieran descansar, y ahora que ha sucedido esto no ha habido ningún jefe de estado de ningún país que haya condenado el acto. Ha habido unanimidad, ¿me entiendes? Por eso estoy triste. Porque ahora ellos han vuelto a ganar.” Esta noche ese niño dormirá intranquilo, pensando que el mundo –su mundo- es ahora más inseguro todavía. No sabe que él tiene la desgracia de estar con los malos de esta historia.

Para ambos será una lección que forjará sus principios. Nunca nadie, por más que les expliquen en la escuela, les podrá convencer de que sus respectivos padres estaban equivocados. De que siempre hay otra opción ante la violencia de los otros. De que hasta los nazis tuvieron su Nüremberg. Hoy, sin embargo, ningún niño ha aprendido nada sobre la justicia, sino sobre la venganza. Y dentro de un tiempo, cuando tú hayas olvidado estas líneas, la lección que ambos han aprendido hoy supondrá la muerte de muchos otros inocentes, en cualquier parte del mundo, a manos de cualquiera de esos niños. Y entonces ya será muy tarde para recordar que esos otros inocentes habrán muerto por culpa de nuestro silencio y del de nuestros gobernantes.