Los pergaminos de colores de don Miguel

Corrían los despreocupados años ochenta. Se inauguraba el Cristóbal Colón, el colegio público en el que pasé los últimos años de mi EGB. Muchos de los alumnos estábamos orgullosos porque no solo estrenábamos cartera y zapatos sino también un colegio nuevo. Era, además, el primer colegio de integración de Alcalá de Henares, lo que le añadía un toque de exclusividad aunque muchos no tuviéramos claro qué significaba eso. Fue en ese colegio donde me enamoré de la chica por la que aprendí francés, pero sobre todo fue el colegio en el que don Miguel me hizo amar para siempre la escritura.

Se llamaba Miguel Gallego, pero todos le llamábamos don Miguel. Tenía fama de serio pero también de buena persona. Era el profesor de Lengua Española o como se llamara por aquel entonces la asignatura. Nos explicaba cosas como el sintagma nominal y las oraciones concesivas, pero lo que a todos nos volvía locos eran los concursos de escritura que organizaba en clase cada vez que el temario indicaba que había que explicar alguna noción de expresión escrita. Don Miguel explicaba la teoría y después nos invitaba a ponerla en práctica en casa. Decía, por ejemplo, «las características de la descripción son esta, esta y esta. Hala, ¿quién se anima a hacer una descripción para la semana que viene y hacemos concurso?» Y nosotros íbamos escribiendo descripciones, narraciones, diálogos, fábulas, poemas o lo que tocara para leerlos en voz alta en clase unos días después.

Una vez leídos, votábamos a mano alzada para decidir los tres mejores. Los tres que más nos habían gustado. Libremente. Más allá de cuestiones literaria, estéticas o teóricas. Algunas veces votábamos al más gracioso o al que más tonterías dijera, pero don Miguel siempre se mantenía al margen, respetando nuestra decisión. «Votos para el cuento de Julio. De acuerdo», se le oía decir. «Votos para el cuento de Patricia. De acuerdo». Tan solo intervenía cuando había demasiados voluntarios para leer. Cuando eso sucedía, solía elegir a quien casi nunca se presentaba para aprovechar su motivación y que todos tuviéramos las mismas oportunidades.

Después de la votación, a los ganadores les esperaban los pergaminos de colores de don Miguel: unos simples folios blancos en los que había impreso en color una orla imitando un pergamino antiguo. Los azules eran para el primer premio, los rojos para el segundo y los verdes para el tercero. Eran unos pergaminos especiales porque en aquella época no existían las fotocopias en color (los hacía con una ciclostil en sus ratos libres con ayuda del conserje), pero sobre todo eran maravillosos porque eran los pergaminos en los que teníamos que pasar a limpio nuestros textos para luego colgarlos en la pared. Ese era el único premio del concurso: algo escrito por nosotros a la vista de todos y puesto de largo gracias a esos pergaminos tan coloridos.

Escribir era una tarea voluntaria, pero, y esto es algo que todavía me sorprende al recordarlo, nunca faltaron candidatos para los muchos concursos que hicimos durante esos años. Y todo para conseguir uno de esos pergaminos. A ser posible, por supuesto, el azul.

Yo me recuerdo encerrado en mi habitación estrujándome la cabeza para escribir algo realmente bueno. Con el tiempo aprendí algunos trucos que solían funcionar: convertir a mis compañeros en protagonistas del relato para ganar sus votos, por ejemplo, o leer poniendo voces distintas a cada uno de los personajes para que nadie se distrajera demasiado. Había cierto prestigio en juego, pues ganar el concurso era un modo fantástico de ser aceptado entre los demás. No por ser el más listo o el más divertido, sino porque mientras leías en voz alta podías ver quién sonreía con tu texto, o quién bostezaba o quién se emocionaba. Y sobre todo porque a veces a algún compañero le gustaba lo suficiente tu texto como para votarte aunque ese mismo día hubierais discutido en el recreo.

No sé si por aquel entonces ya se hablaba de educación transversal, pero no tengo la menor duda de que don Miguel sabía muy bien lo que estaba haciendo. A pesar de mantenerse al margen, o quizás precisamente por eso, los concursos no eran solo una práctica para la clase de Lengua a través de la expresión escrita y la expresión oral. Nos estaba enseñando sin que nos diéramos cuenta a esforzarnos para dar lo mejor de nosotros mismos. Nos estaba enseñando a hablar en público contando algo escrito por nosotros y no simplemente memorizado. Nos estaba enseñando a escuchar y a participar. Nos estaba enseñando la satisfacción propia por el trabajo bien hecho y la admiración por el de nuestros compañeros. Nos estaba enseñando que nosotros éramos capaces de crear. Nos estaba enseñando que querer es poder. Nos estaba enseñando que teníamos poder de decisión y que nuestra opinión era tan importante como la de los demás.

Teníamos trece años y no podíamos saber que nos estaba enseñando el valor de la Democracia. Y fue una enseñanza que nunca se nos olvidó.

Terminó el colegio y yo seguí escribiendo. Nada más terminar el instituto estrené mi primera obra de teatro. Don Miguel estaba entre el público, pero con la emoción del estreno no pude apenas hablar con él. Recuerdo su sonrisa al darme la enhorabuena, aunque no recuerdo si llegué a saber cómo se enteró del estreno. Pero allí estaba, viendo en escena unos personajes que decían frases escritas por un alumno suyo.

Algunas veces mi madre se encontraba con don Miguel por la calle. Ya estaba jubilado y siempre preguntaba por mí. En una de esas veces, poco antes de marcharme a vivir a otro país, mi madre le contó que yo había ganado un premio nacional de poesía y se puso muy contento. Antes de irme, le dejé a mi madre algo para él por si acaso alguna vez volvía a encontrárselo: un ejemplar del libro con una dedicatoria en la que le agradecía sus clases y sus pergaminos de colores. Mi madre buscó su dirección y su teléfono para dárselo en persona. Me dijo que don Miguel se había emocionado y que le pidió que me diera un fuerte abrazo. Cuando me lo contó, yo también me emocioné y me prometí que algún día le llamaría para darle ese abrazo. Pero no pudo ser. Ayer me enteré de que don Miguel falleció hace poco más de un mes. Tranquilamente, en su cama. Cerró los ojos y no los volvió a abrir.

Alguien me dijo una vez que el sino de los profesores de primaria es ayudar a los niños a situarse en el mundo y luego ser olvidados por esos alumnos, porque ese mundo nos sumerge de nuevas personas e ilusiones pero también de prisas y rutinas. Pero no quiero pensar eso. Porque yo jamás me olvidé de don Miguel, y sé que muchos de sus alumnos tampoco le han olvidado.

Todo el mundo ha tenido muchos profesores pero pocos maestros. De los que no solo te enseñan el temario sino también te dotan de herramientas para enfrentarte a la vida. Nunca pude agradecerle en persona sus clases, su pasión por la educación. Nunca le pude decir que sus concursos me convirtieron en el escritor que ahora soy. Pero él fue mi primer maestro. Y a partir de ahora me perseguirá siempre el remordimiento de no haber tenido tiempo para escribirle o llamarle o acercarme a su casa para que pudiera saber que cada vez que escribo un texto –este, por ejemplo- me planteo si sería merecedor de uno de sus pergaminos de colores. Del color que fuera.

Aula Colegio

Anuncios

La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Invitación de boda

“Sebastián y Mercedes se complacen
en invitarle a su esperado enlace
que se celebrará…” Cierras la carta.
Respiras. Te emocionas y sonríes.
La semana pasada aquel muchacho
que te llamó señora, hace dos días
te encontraste una cana, y ahora esto:
el primer matrimonio de una amiga.
La vida avanza a pasos de gigante
y tú sientes que estás perdiendo el tiempo.

Te miras al espejo y te preguntas
quién eres, dónde ha ido aquella niña
que casi no recuerdas. Sientes vértigo.
¿Quién será Sebastián? ¿Ese de gafas?
¿Cuánto hace que no llamas a Mercedes?
¿Irás sola? ¿Con Luis? ¿No es demasiado?
¿Algo precipitado? ¿Te da miedo?
¿Es verdad que de bodas salen bodas?
¿Quieres casarte? ¿Es pronto? ¿Y tener hijos?
¿Te vas a quedar sola, vieja y fea?
¿Morirás rodeada de cuatro o cinco gatos?

Tranquila, que tampoco es para tanto.
Aún no has decidido qué te vas a poner
ni en qué color: azul cielo nublado,
verde falsa esperanza, rojo sangre,
morado porvenir, negro futuro,
amarillo envidiosa sin remedio…

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Yo no tengo la culpa

Yo no tengo la culpa. De pequeña
me leíais cuentos cada noche,
y yo me imaginaba un bosque, un mar,
un caballo que hablaba, una gaviota…
y un día, de repente, no me leísteis más
y yo me quedé triste en el mundo de siempre.
¿Qué queríais que hiciera? ¿Que llorara?
Pues no, mamá, me da igual que te enfades,
me chilles o me quites la linterna:
apagaré la luz cuando yo quiera.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Liturgia anual

Crecer es, ante todo, conocerse
dándose a conocer a los demás,
y ya estás en edad de preguntarte
qué imagen quieres dar a todo el mundo:
romántica, rebelde, independiente,
si buscas provocar o ser parte del grupo.
Tardaste una semana en decidirte
entre actores, paisajes, monumentos,
grupos de pop, de rock, fotos abstractas,
películas, caballos o gatitos.

Los adultos que piensan que los jóvenes
no tienen ni principios ni valores
olvidan con frecuencia una liturgia
privada, imprescindible y minuciosa
que debe repetirse cada año:
tijeras, pegamento, algunas fotos,
plástico de forrar y una carpeta.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Mobbing

Hola puedes subir a mi despacho
sé que estás ocupada será sólo
un momento quisiera comentarte
algo a solas ¿café? ¿sí? ¿con azúcar?
no hay leche ¿no te importa? ¿qué tal todo?
¿tus padres bien? no tienes hijos ¿no?
bueno vamos a ver cómo lo digo
hay crisis inminente ya lo sabes
y tenemos que hacer algún ajuste
pequeño no queremos sustos pero
vamos a recortar algunos gastos
habíamos pensado en despedirte
pero estamos contentos y por eso
queremos que te quedes con nosotros
después de lo que te hemos enseñado
no queremos perderte pero claro
la crisis llega y llega para todos
como comprenderás es necesario
que hagas un sacrificio poca cosa
si vas a compararlo con lo nuestro
es sólo que tendremos que pedirte
un poco más de carga laboral
quizás un cometido nuevo eso no quita
que sigas además con lo de ahora
no te pongas así mujer no es nada
será por poco tiempo dos añitos
o quizás tres ya ves qué son tres años
total no tienes hijos y seguro
que no estabas pensando ahora en tenerlos
con lo que se avecina ya me entiendes
no pongas esa cara escucha mira
voy a serte sincero tú no sabes
qué gran esfuerzo ha sido el de nosotros
lo hemos pasado mal durante días
hasta esta decisión no quiero tanta
responsabilidad pero qué quieres
somos una familia y hay momentos
en que hay que transigir con ciertas cosas
de veras que te envidio no es tan fácil
tener que hablar así a otro compañero
entonces todo claro no hay problema
te has quedado callada lo comprendo
tendrás que meditarlo con la almohada
nada mujer si luego te acostumbras
igual que a no cobrar las horas extra
sí sí tranquila estamos negociando
y ya sabes las cosas de palacio
van de aquella manera me permites
un consejo mejor deja las quejas
al jefe no le gusta y sufre mucho
con estas cosas ¿sabes? ¿no recuerdas
lo de Julián y Rosa? pues lo mismo
puede pasarte a ti así que hazme caso
y vuelve a trabajar me alegro mucho
de verte ¿no te tomas el café?
¿puedes lavar la taza cuando salgas?

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Preguntas

¿Cuántos días se tarda en ir al cielo?
¿Hay pájaros en China? ¿Comen pipas?
¿Por qué Papá Noel no tiene coche?
¿Antes de nacer yo os gustaba el queso?
¿Los lobos tienen casa? ¿Y los payasos?
¿Por qué dice papá siempre “puñetas”
y “cagoendiez”? ¿Quién hizo las canicas?
¿Los helados de qué planta los sacan?
¿Lo que sueño es verdad? ¿Los ogros rezan?
¿Por qué lloras a veces por las noches?
¿Qué significa “mustio”? ¿Y “requisito”?
¿Las legañas son buenas? ¿Cuántos días
quedan hasta mi cumple? ¿Y ahora cuántos?
¿Por qué corren los perros tras los gatos?
¿Cuando tú eras pequeña el mundo estaba
todo en color o sólo en blanco y negro?

 

(Foto: Sundaram Ramaswamy)

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)