Mis lecturas del 2016

Nunca me había planteado escribir sobre lo que he leído a lo largo de un año, ni siquiera había hecho nunca recuento de los libros que iba leyendo. Pero una buena parte de lo que he leído durante 2016 ha sido gracias a recomendaciones de otra gente, así que aquí está mi lista por si acaso ayuda a alguien a descubrir algún libro que le haga feliz.

Siguiendo la idea de Molinos, desde el 1 de enero fui recopilando mis lecturas en un tablero de Pinterest para no olvidarme de ningún libro a final de año. Por si os apetece echar un ojo, el tablero es este. Han salido unas cuantas lecturas, casi setenta. No sé si más o menos que otros años porque, como digo, este es el primero en que llevo la cuenta. También sé que el número es alto porque algunos de los libros son novelas cortas o relatos. Hay también alguna obra de teatro, que por su naturaleza se leen en unas pocas horas. No he incluido lo que he ido leyendo a mis hijas porque eso añadiría fácilmente otros doscientos libros más al tablero, pero tengo el propósito de hacer uno exclusivo de lecturas infantiles para el 2017.

Antes de entrar en detalles sobre mis mejores lecturas del año hay algo que quiero destacar: lo mucho que he disfrutado este año leyendo libros escritos por mujeres. No es que no leyera a autoras antes, pero iniciativas como esta, esta o esta me ayudaron a plantearme que debía incluir más variedad en lo que leo. Y gracias a ello me he dado cuenta de lo mucho que me he ido perdiendo estos años. La ficción fantástica escrita por autoras, por ejemplo. Un género que nunca me había entusiasmado -nunca fui capaz de terminar de leer El señor de los anillos, por ejemplo, y los libros de George R. R. Martin los leo con bastante sufrimiento- y que en manos de escritoras me parece algo más atractivo.  No tiene que ver con sensibilidad femenina ni esos estereotipos tan manidos, sino con una serie de temas y obsesiones diferentes a las que aparecen en esos mismos libros escritos por hombres. No estoy seguro de explicarme muy bien y tampoco este es el lugar para divagar sobre ello, así que si os interesa profundizar en esto que digo os propongo que leáis Un mago de Terramar de Ursula K Leguin y después el prefacio que escribió la autora para una edición posterior del mismo libro. Sí, el prefacio después para evitar destripes de la trama, no hay de qué.

Por esa misma razón he buscado conscientemente una paridad de lecturas autor/ autora. Alguien podrá pensar que la paridad en esto o en cualquier otro asunto es un invento del demonio, pero a mí me ha funcionado de maravilla a la hora de obligarme a leer más mujeres. A partir de ahora es posible que ya no necesite la paridad porque ya se ha creado en mí cierta rutina de leer a escritoras, pero para llegar a ello reconozco que me he tenido que “obligar” un poco. Y lo contento que estoy por haberlo hecho.

A raíz de esa variedad, mi propósito para el 2017 es hacer lo mismo pero incluyendo libros de otras nacionalidades. Este año me lo he pasado en grande leyendo ficciones de India, Nigeria, Vietnam, Jamaica… y tengo la impresión de que, al igual que me pasaba con el tema de la literatura de autoras, necesito seguir incidiendo en lecturas que no vengan solo de Europa y Norteamérica (también Latinoamérica, claro, porque el idioma común ayuda mucho; pero la verdad es que solo suelo leer autores de cuatro o cinco países de habla hispana aparte de España y quisiera cambiar eso). Si alguno de vosotros os animáis a hacer lo mismo, os pido que vayáis compartiendo conmigo vuestros descubrimientos literarios asiáticos, africanos y demás.

Dicho esto, los mejores libros que he leído en el 2016 son los siguientes. El orden es aleatorio.

Mr Gwyn, de Alessandro Baricco. No es un secreto que Baricco es, probablemente, mi escritor favorito. Cada vez que alguien me pide que le recomiende un libro, mi pregunta inmediata es “¿has leído Océano mar?”. También es posible que sea el único autor del que puedo decir que he leído casi su obra completa. Tenía pendiente Mr Gwyn desde hacía tiempo y… Qué tío el Baricco este, lo ha vuelto a hacer. Una trama sencilla que le sirve para desplegar una serie de dudas poéticas. Sin alharacas, sin ostentación alguna, al igual que los retratos que hace el protagonista. Y no digo más, porque la misma trama tiene un pequeño componente sorpresa que es mejor disfrutar en persona.

Claus y Lucas, de Agota Kristof. ¿Habéis oído alguna vez esa tontada de que todos los libros escritos por mujeres son de temas románticos, llenos de sentimientos y sensiblerías? A lo mejor hasta me lo oísteis a mí hace no demasiados años. Sí, todos tenemos un pasado oscuro y un machismo propio contra el que luchar. Bueno, pues la próxima vez que alguien os salte con eso le dejáis este libro para que le explote la cabeza con esta autora húngaro-suiza. Para leer con cuidado y sin fiarse del tono aséptico empleado desde el mismo arranque: es un libro duro como pocos, sin necesidad alguna de levantar la voz ni de americanpsychear con excesos de adrenalina. ¡No sabes nada, Easton Ellis!

Madre noche, de Kurt Vonnegut. No había leído nada de Vonnegut, y tampoco es que me llamara demasiado. Pero el bueno de Hugo Izarra -¡vuelve a twitter, maldito!- me recomendó que le metiera mano a este novelón sobre un espía americano durante la Segunda Guerra Mundial cuya misión es tan secreta que termina siendo juzgado por nazi. Es un libro loco pero no divertido, con tal desapego hacia la sociedad que a uno le dan ganas de echarse a llorar a carcajadas.

Temblor, de Rosa Montero. Otra recomendación, esta vez de mi amiga Cristina Blanco. Llevaba años pensando hincarle el diente gracias a ella, pero ha sido finalmente este año ya que con eso de obligarme a leer más autoras no quería retrasarlo más. Cristina, desde aquí te pido perdón por no haberte hecho caso antes. ¿Una ficción fantástica carente de ambiciones, luchas de poder a puñaladas y monstruos diabólicos? ¡Sí, se puede! Es un libro sobre la búsqueda de la identidad y de la ternura en un mundo cruel. Es muy posible que si lo hubiera leído hace veinte años mi vida hubiera sido diferente. Es de esos libros que, si lo pillas en la edad apropiada, te habla al corazón y te marca para siempre. A mí me ha pillado algo mayor, pero lo recomiendo como el que más.

Instrumental, de James Rhodes. La culpa de que me leyera este libro la tiene David Marzal. Su recomendación explicaba tan bien por qué hay que leer este libro que prefiero callarme para darle la palabra a él. Leed a Rhodes, por favor. Y hacedlo mientras escucháis la selección musical que el mismo autor ha hecho para cada capítulo.

Nada, de Janne Teller. Este lo encontré por casualidad. Por casualidad y porque soy un cotilla que me puse a echar un ojo al TL de una amiga y vi que @verofreire, a quien no conocía por entonces, le estaba recomendando este libro con tanta pasión que me lo apunté. Y qué suerte haberlo hecho. Imaginad una versión renovada de El señor de las moscas pero en humor cafre y escrito para adolescentes. Un libro que empieza como aquellos que leíamos de pequeños de El pequeño Nicolás y que termina pareciéndose a El extranjero de Camus. Un libro juvenil que podría resumirse como La panda de Snoopy meets Takeshi Kitano. Tanto al Kitano ridículo de Humor amarillo como al bruto de Hojas de fuego como al poético de Dolls. Un libro con el que me odié a mí mismo por mis ataques de risa incontenibles. Por cierto, ha sido prohibido en algunos institutos en medio mundo. No por eso es mejor o peor libro, pero tiene su aquel saberlo.

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie. Esta autora nigeriana ha sido uno de mis grandes descubrimientos literarios durante 2016. Estuve a punto de incluir en esta lista su novela Medio sol amarillo, sobre la guerra de Biafra. Pero finalmente he preferido dejar este librito que se lee en un ratito pequeño (50 páginas) y que da para reflexionar una semana. En Suecia una asociación lo ha empezado a regalar a los alumnos de instituto, así que es posible que las próximas generaciones de suecos ya no digan esa bobada de “Ni machistas ni feministas, todos iguales”.

Ramayana (versión de Ramesh Menon). Siempre me han encantado la mitología y la épica, desde que visité Japón me enamoré de Asia y algunos de nuestros mejores amigos aquí en Toronto son de la India. Es decir, que tenía todas las papeletas para quedarme rendido ante el Ramayana y el Mahabharata, los dos grandes poemas épicos hindúes, pero por algún motivo nunca me había acercado a ellos. La puerta de entrada al primero fue una versión infantil que eligieron Victoria y Amelia en la biblioteca, seguramente porque los colores de la portada eran muy vivos. Se convirtió en su libro favorito, es posible que se lo leyera unas cincuenta veces por lo menos y meses después siguen jugando a ser Rama, Sita, Ravana o Hanuman. Así que cuando tuve ocasión me zampé una buena versión y cuánto lo disfruté. Tanto por la historia en sí como por haber entrado en la mitología hindú, que es tan abrumadoramente distinta a otras que conozco que me siento como un crío pequeño disfrutando de la fuerza de los mitos por primera vez. Es posible que sea el libro con el que más he dado la tabarra este año a todo el mundo, hasta el punto de que escribí todo esto para contar la historia por twitter. Si me queréis, leed el Ramayana. Y mejor que lo hagáis en el 2017, porque estoy seguro de que en mi entrada de “Mis lecturas del 2017” también os recomendaré el Mahabharata.

Big Magic, de Elizabeth Gilbert. Venga, a calzón sacado: soy fan total de Come, reza, ama. Del libro, eh. La película ni me la acerques, que me entran picores. ¿Que es un best seller con ínfulas de libro de autoayuda y trama típica de blanca rica desvalida que se enfrenta al mundo ella sola para acabar siendo feliz? Ajá. Me encanta esta mujer, qué le vamos a hacer. Y si la oís hablar es posible que la améis más todavía. Big Magic es un ensayo que pretende hablar de la creatividad pero es más que eso. Se trata de una charla desenfadada con el lector para decirle que se deje de bobadas y que si quiere hacer cosas lo mejor que puede hacer es ponerse a hacer cosas. Y de paso se cisca en la pose de malditismo de los escritores que tanto sufren por escribir, que buena falta le hace al mundillo literario universal.

El balcón en invierno, de Luis Landero. Tuve la suerte de ser alumno de Landero hace muchos años y recuerdo sus clases con mucho cariño. Por supuesto, me leí por entonces su excelente Juegos de la edad tardía, pero desde entonces ningún libro suyo me había capturado tanto como este. Un libro tierno, evocador y tramposo porque, como es costumbre en él, uno nunca termina de saber qué parte de esas memorias suyas son ciertas y cuáles ficticias, ya que tenemos claro que nos está engañando igual que a su familia la del pueblo cuando él se marchó a buscar suerte a Madrid. Pero hay tanto amor en esas mentiras y tanta precisión en el modo de contarlas que nos quedamos sonriendo y pidiendo más.

Dimensiones, de Alice Munro. Aquí hago un poco de trampa porque no es un libro sino un relato de su libro Demasiada felicidad, que no incluyo completo en la lista porque a mi juicio no puede competir en esta lista. Pero ese relato… Ay. No tengo la menor duda de que es el mejor relato que he leído jamás. Qué dolor y qué sutilidad y qué pureza y qué cabrona Munro para hacernos llegar hasta ahí. Si tienes hijos es muy posible que quieras leerlo con cuidado.

El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Este libro lo he dejado para el final de la lista porque, bueno, ha sido mi libro del año. Y Margaret Atwood el descubrimiento, lo que no tiene perdón de Dios sabiendo que vivo en Canadá y ella es una de las grandes autoras de por aquí. El caso es que para recomendar este libro uno corre el riesgo de caer en tópicos manidos: que si hay que leerlo porque es muy actual a pesar de haber sido escrito hace décadas, que si es una distopía más cercana que nunca… Pero no quiero contar nada para no destripar la historia, que es, eso, muy aterradora por lo cercana. Solo diré que dentro de poco se estrena la serie basada en el libro y me da que a muchos en Estados Unidos les va a dar qué pensar.

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(Hay otro libro más que me ha cambiado la vida este año, claro. Se trata de Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos. Pero con este libro no puedo ser objetivo ya que soy parte de él. Por eso no lo incluyo en la lista. Bueno, por eso y porque mis opiniones sobre él ya las escribí aquí)

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Los pergaminos de colores de don Miguel

Corrían los despreocupados años ochenta. Se inauguraba el Cristóbal Colón, el colegio público en el que pasé los últimos años de mi EGB. Muchos de los alumnos estábamos orgullosos porque no solo estrenábamos cartera y zapatos sino también un colegio nuevo. Era, además, el primer colegio de integración de Alcalá de Henares, lo que le añadía un toque de exclusividad aunque muchos no tuviéramos claro qué significaba eso. Fue en ese colegio donde me enamoré de la chica por la que aprendí francés, pero sobre todo fue el colegio en el que don Miguel me hizo amar para siempre la escritura.

Se llamaba Miguel Gallego, pero todos le llamábamos don Miguel. Tenía fama de serio pero también de buena persona. Era el profesor de Lengua Española o como se llamara por aquel entonces la asignatura. Nos explicaba cosas como el sintagma nominal y las oraciones concesivas, pero lo que a todos nos volvía locos eran los concursos de escritura que organizaba en clase cada vez que el temario indicaba que había que explicar alguna noción de expresión escrita. Don Miguel explicaba la teoría y después nos invitaba a ponerla en práctica en casa. Decía, por ejemplo, «las características de la descripción son esta, esta y esta. Hala, ¿quién se anima a hacer una descripción para la semana que viene y hacemos concurso?» Y nosotros íbamos escribiendo descripciones, narraciones, diálogos, fábulas, poemas o lo que tocara para leerlos en voz alta en clase unos días después.

Una vez leídos, votábamos a mano alzada para decidir los tres mejores. Los tres que más nos habían gustado. Libremente. Más allá de cuestiones literaria, estéticas o teóricas. Algunas veces votábamos al más gracioso o al que más tonterías dijera, pero don Miguel siempre se mantenía al margen, respetando nuestra decisión. «Votos para el cuento de Julio. De acuerdo», se le oía decir. «Votos para el cuento de Patricia. De acuerdo». Tan solo intervenía cuando había demasiados voluntarios para leer. Cuando eso sucedía, solía elegir a quien casi nunca se presentaba para aprovechar su motivación y que todos tuviéramos las mismas oportunidades.

Después de la votación, a los ganadores les esperaban los pergaminos de colores de don Miguel: unos simples folios blancos en los que había impreso en color una orla imitando un pergamino antiguo. Los azules eran para el primer premio, los rojos para el segundo y los verdes para el tercero. Eran unos pergaminos especiales porque en aquella época no existían las fotocopias en color (los hacía con una ciclostil en sus ratos libres con ayuda del conserje), pero sobre todo eran maravillosos porque eran los pergaminos en los que teníamos que pasar a limpio nuestros textos para luego colgarlos en la pared. Ese era el único premio del concurso: algo escrito por nosotros a la vista de todos y puesto de largo gracias a esos pergaminos tan coloridos.

Escribir era una tarea voluntaria, pero, y esto es algo que todavía me sorprende al recordarlo, nunca faltaron candidatos para los muchos concursos que hicimos durante esos años. Y todo para conseguir uno de esos pergaminos. A ser posible, por supuesto, el azul.

Yo me recuerdo encerrado en mi habitación estrujándome la cabeza para escribir algo realmente bueno. Con el tiempo aprendí algunos trucos que solían funcionar: convertir a mis compañeros en protagonistas del relato para ganar sus votos, por ejemplo, o leer poniendo voces distintas a cada uno de los personajes para que nadie se distrajera demasiado. Había cierto prestigio en juego, pues ganar el concurso era un modo fantástico de ser aceptado entre los demás. No por ser el más listo o el más divertido, sino porque mientras leías en voz alta podías ver quién sonreía con tu texto, o quién bostezaba o quién se emocionaba. Y sobre todo porque a veces a algún compañero le gustaba lo suficiente tu texto como para votarte aunque ese mismo día hubierais discutido en el recreo.

No sé si por aquel entonces ya se hablaba de educación transversal, pero no tengo la menor duda de que don Miguel sabía muy bien lo que estaba haciendo. A pesar de mantenerse al margen, o quizás precisamente por eso, los concursos no eran solo una práctica para la clase de Lengua a través de la expresión escrita y la expresión oral. Nos estaba enseñando sin que nos diéramos cuenta a esforzarnos para dar lo mejor de nosotros mismos. Nos estaba enseñando a hablar en público contando algo escrito por nosotros y no simplemente memorizado. Nos estaba enseñando a escuchar y a participar. Nos estaba enseñando la satisfacción propia por el trabajo bien hecho y la admiración por el de nuestros compañeros. Nos estaba enseñando que nosotros éramos capaces de crear. Nos estaba enseñando que querer es poder. Nos estaba enseñando que teníamos poder de decisión y que nuestra opinión era tan importante como la de los demás.

Teníamos trece años y no podíamos saber que nos estaba enseñando el valor de la Democracia. Y fue una enseñanza que nunca se nos olvidó.

Terminó el colegio y yo seguí escribiendo. Nada más terminar el instituto estrené mi primera obra de teatro. Don Miguel estaba entre el público, pero con la emoción del estreno no pude apenas hablar con él. Recuerdo su sonrisa al darme la enhorabuena, aunque no recuerdo si llegué a saber cómo se enteró del estreno. Pero allí estaba, viendo en escena unos personajes que decían frases escritas por un alumno suyo.

Algunas veces mi madre se encontraba con don Miguel por la calle. Ya estaba jubilado y siempre preguntaba por mí. En una de esas veces, poco antes de marcharme a vivir a otro país, mi madre le contó que yo había ganado un premio nacional de poesía y se puso muy contento. Antes de irme, le dejé a mi madre algo para él por si acaso alguna vez volvía a encontrárselo: un ejemplar del libro con una dedicatoria en la que le agradecía sus clases y sus pergaminos de colores. Mi madre buscó su dirección y su teléfono para dárselo en persona. Me dijo que don Miguel se había emocionado y que le pidió que me diera un fuerte abrazo. Cuando me lo contó, yo también me emocioné y me prometí que algún día le llamaría para darle ese abrazo. Pero no pudo ser. Ayer me enteré de que don Miguel falleció hace poco más de un mes. Tranquilamente, en su cama. Cerró los ojos y no los volvió a abrir.

Alguien me dijo una vez que el sino de los profesores de primaria es ayudar a los niños a situarse en el mundo y luego ser olvidados por esos alumnos, porque ese mundo nos sumerge de nuevas personas e ilusiones pero también de prisas y rutinas. Pero no quiero pensar eso. Porque yo jamás me olvidé de don Miguel, y sé que muchos de sus alumnos tampoco le han olvidado.

Todo el mundo ha tenido muchos profesores pero pocos maestros. De los que no solo te enseñan el temario sino también te dotan de herramientas para enfrentarte a la vida. Nunca pude agradecerle en persona sus clases, su pasión por la educación. Nunca le pude decir que sus concursos me convirtieron en el escritor que ahora soy. Pero él fue mi primer maestro. Y a partir de ahora me perseguirá siempre el remordimiento de no haber tenido tiempo para escribirle o llamarle o acercarme a su casa para que pudiera saber que cada vez que escribo un texto –este, por ejemplo- me planteo si sería merecedor de uno de sus pergaminos de colores. Del color que fuera.

Aula Colegio

Firma en la Feria del Libro de Madrid

Este sábado, 11 de junio, por la tarde, firmaré ejemplares de mi poemario La niña y el mar en la caseta 218 (Editorial Reino de Cordelia) de la Feria del Libro de Madrid, en el Retiro. Compartiré caseta con el gran poeta Luis Alberto de Cuenca.

Si queréis información sobre el libro, la podéis encontrar aquí.

A los que aún no tenéis el libro, os espero allí. A los que ya lo tenéis, os espero también.

 

 

Sensación

En tardes de verano me iré por los senderos
y pisaré la hierba mientras me araña el trigo;
sentiré, soñador, la frescura en los pies
y dejaré que el viento bañe mi tez desnuda.

No diré una palabra, no iré pensando en nada.
El amor infinito irradiará mi alma
y, como los gitanos, me iré lejos, muy lejos,
feliz entre los campos como si alguien me amara.

Sensation

Par les soirs bleus d’été, j’irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l’herbe menue:
Rêveur, j’en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,
Et j’irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, – heureux comme avec une femme.

(Arthur Rimbaud. Traducción: Ernesto Filardi)

Qué hacer esta semana

El próximo viernes, 23 de abril, los Reyes entregarán el Premio Cervantes al escritor mexicano José Emilio Pacheco. Con motivo de ese día, en la Universidad de Alcalá se celebra durante esta semana el Festival de la Palabra, cuyo programa completo podéis encontrar aquí. En el Aula de Teatro hemos decidido volvernos un poco locos, liarnos la manta a la cabeza y realizar una serie de actividades a las que, por supuesto, estáis invitados.

En primer lugar, y como ya os conté, todos los martes, jueves y viernes de abril, a las 10.00 y a las 12.00, el espectáculo didáctico “Que están respirando amor”. El viernes 23, por tanto, tenemos dos funciones.

El mismo 23, además, se realizará una visita poética nocturna a patiios de la Universidad. La visita, a la que hemos llamado “Ocios son de un afán que yo escribía”, está integrado en su totalidad por poemas de autores del Siglo de Oro que estudiaron en Alcalá y de poetas que han ganado el Premio Cervantes. La visita será a las 21.30, aunque nos han confirmado desde organización del Festival que ya se han cubierto las plazas.

Al terminar la visita, a las 00.00 horas, en el Teatro La Galera tendremos un Ambigú Literario. Imagino que muchos de vosotros sabréis que el Ambigú es un café teatro que se organiza en La Galera un jueves al mes, con consumición incluida, a las 20.00 horas. En este caso lo movemos al 23 y a una hora más canalla para reencontrarnos con la literatura de José Emilio Pacheco, de Juan Marsé y alguna que otra sorpresa.

Por último, el sábado 24, a las 20.00, función especial de “Que están respirando amor” para público general. Entrada libre, al igual que todos los actos del Festival de la Palabra.

Como veis, esta semana estamos hasta arriba. Pero estamos encantados.

¿Nos vemos allí?

Cambio de fecha

Por causas ajenas a nuestra voluntad, el estreno de “Que están respirando amor” no será el jueves 8, sino el viernes 9. Los horarios siguen siendo los mismos.

Y ya que actualizo el blog (o bitácora), os dejo un regalito: uno de los textos del espectáculo. Con ustedes, el señor Garcilaso de la Vega.

Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.