Ombloguismo

Antes de nada, tengo que decir que el título de esta entrada lo he copiado. Dicho esto, vamos al grano: hace hoy un año que nació este blog. Así que… Lo siento mucho, pero hoy voy a mirarme al omblogo.

Un año de blog.

102 entradas. Las más visitadas, aparte de la página de inicio, son:

No deja de parecerme curioso que, siendo éste un blog de poesía, las páginas más visitadas sean artículos sobre teatro o textos en prosa. ¿Tendré que replantearme algunas cosas?

10520 visitas. No tengo claro cuántos usuarios únicos, pero no me parece mala cifra.

El día con mayor tráfico fue el 26 de mayo del 2010, con 320 visitas. La entrada sobre la nominación a los Premios Mayte triunfó.

Algo que me divierte mucho al revisar las estadísticas son las palabras o frases buscadas en google por las cuales ha llegado aquí la gente. Sobre esto, el ganador ha sido, por goleada absoluta, el término “caligrama”. Diferentes búsquedas, entre las que hay unas cuantas que quiero compartir porque no tienen desperdicio:

  • Caligramas de santos.
  • Caligrama del golpe de estado.
  • Caligramas fáciles.
  • 5 caligramas no protegidos.
  • Caligrama vanguardista.
  • Poesía para papa (sic) en caligrama.
  • El primer gallego en usar caligramas.

Es obvio que la entrada “De vanguardias y caligramas” ha provocado esto. Es curioso, porque en dicha entrada quise reflejar el repelús que me da que, hoy en día, poetas que se consideran “modernos” utilicen una forma creada hace un siglo. Es decir, que no me gustan los caligramas pero son los que me provocan más visitas.

En cambio, el poema “Keywords“, en el que bromeaba sobre estas palabras clave que la gente busca en internet, no ha conseguido ni una sola entrada. Qué mal ojo tengo.

Además de esto, hay otras palabras clave de búsqueda, entre las que destacan:

  • Aprendí francés solo. La crónica de por qué aprendí francés. Por cierto, sigo sin saber qué fue de la chica.
  • Papa con hijos. Sin comentarios.
  • Video Deborah Vukusic desnuda. Cuando se lo conté a mi amiga Déborah no sabía qué decir. Por supuesto, quien hizo la búsqueda no encontró aquí dicho vídeo.
  • Librería cuántas sílabas tiene. No sé cómo llegó aquí, pero quisiera contestar a quien hizo la búsqueda: cuatro.
  • Erótico. Así, a secas. No sé, me deja sin palabras que al buscar “erótico” aparezca mi blog. Qué cosas. Hablaré con los de google.
  • Extraño a mi ex-poema. No sé qué relación tiene con el blog, pero el concepto me gusta.

Y, por fin, mis tres favoritos:

  • Cómo hacer una foto a una cascada y que parezca espuma.
  • Cómo echar la cera en la cara.
  • Soñar con un gavilán que se come un pollo. Imagino que algo tendrá que ver con mi poema Garibaldi.

Y hasta aquí el ombloguismo. Es decir, por hoy ya no hablo más de mí. Pero sí de vosotros, de los que lo seguís, a los que os quiero dar las gracias mil veces. Porque los llamados “internautas” somos la razón de ser de los blogs. Y sin público el escritor no es nadie. Porque la poesía (y la literatura, el arte, la Cultura…) es un proceso de comunicación en el que son igual de necesarios el emisor y el receptor.

Gracias, por tanto. Seguiré escribiendo para que vosotros sigáis leyendo. Y viceversa.

Gracias

Gracias por el arroz y por la fruta, por el vino y el cacao.
Gracias por el sudor, por la nostalgia, por los trenes, por las manos,
por el adiós y por el sí, por la tormenta y por la brisa,
por los árboles, la furia, las canicas y los dados.

Gracias por el azul, por los botones, por la sombra,
gracias por el pecado, por la risa y las ventanas,
por las cunas, las farolas y las buenas intenciones,
por la duda, por el agua, por la miel y las costumbres.

Gracias por la ficción, por el después, por no saber,
gracias por los reencuentros en la calle, por el frío, las cometas,
por el pan, los aeropuertos, las cosquillas, los rumores,
por el vaho, las tostadas y las lágrimas sin dueño.

Gracias por las canciones, los espejos, los rincones.
Gracias por los tejados, los caprichos, las miradas y las olas,
por el ron, los escenarios, los paseos y los gatos,
por los libros, las caricias, por las mantas y los astros.

Gracias por los caballos y la lumbre, por la gloria y la ceniza.
Gracias por los zapatos, las esponjas, el carmín y la comedia.
Gracias por el dormir y el despertar, por la penumbra y por el alba.
Gracias a ti, amor, las cosas tienen nombre, esplendor y sentimiento.

 

Todo a mi alrededor deja su huella

Todo a mi alrededor deja su huella
repleta de futuro afortunado
mientras yo, prisionero del pasado,
vivo el presente en forma de querella.

No siempre sé avanzar: mi buena estrella
me abandonó, dejándome el recado
de que si quiero andar siempre a su lado
he de saber que el vértigo atropella.

Quiero sobrevivir, pero no encuentro
el ojal del botón de este “no puedo”,
la sinopsis de tanto sinsentido.

Y sin embargo, hay algo muy adentro
que, inmutable, elimina tanto miedo:
muy pronto sonreiré lo que he vivido.

 

 

(Foto: Montse Labiaga)

Mis labios

He salido de casa dejando mis labios
pudrirse en el fondo de una pecera.
Presiento que es ése su sitio, pues ya no me sirven.

No los echaré de menos.
No los necesitaré. Quiero cambiarlos.
Ya sólo repiten palabras y besos que no dicen nada.

Mis labios se pudren en una pecera
mientras busco indeciso el camino que me conduzca
hacia un mundo nuevo que sin ellos no sabré describir.

(Foto: Montse Labiaga)

Aquiles

No soy feliz, ni lo seré venciendo.

(Julio Martínez Mesanza)


No soy el más humilde de los hombres.
Así es como aprendí a sentirme libre
en medio de la lucha, en el placer de la agonía del contrario.
No soy el más humilde de los hombres
y sé que entre las filas enemigas hay algunos que me admiran en silencio
y hay doncellas que aún aguardan que liquide esta batalla entre sus brazos.

Y yo, que soy el hombre al que tantos desearían parecerse,
he venido hasta aquí porque tú me querías aquí,
frente a esta ciudadela amurallada en cuya playa
aguardas cada día el justo pago de tu esfuerzo.
He dejado mi tierra por ti, mi palacio, mi gente,
el sueño sereno de una existencia tranquila y dichosa;
te he ayudado a soñar con la gloria que sé que mereces,
he luchado por ti mucho más
de lo que cualquier otro estaría dispuesto a pensar,
y la sangre que tiñe mis manos
es la misma que impide a la noche traerme el descanso.
Pero no pidas más si tu trato es injusto
y compensas mi esfuerzo con medias mentiras
que sólo pretenden calmar el dolor de una nueva derrota.

No voy a luchar más. Has de saberlo.

No soy el más humilde de los hombres, ya lo he dicho:
soy un hombre que sabe que existe la vida y que existe la muerte
porque he visto en los ojos de muchos suplicar una de ellas
y no quiero luchar, sino hacerte entender
que mañana,
cuando todo parezca perdido,
sentirás un clamor de mil ojos dolientes
que exigen saber la verdad de tus labios cansados
y, aunque intentes huir de sus reproches,
cuando todo parezca perdido
dirás mi nombre en medio de la lucha
y no te servirá de protección.

Garibaldi

Antes te prefiero volando feliz

que mirando al cielo desde mis manos.

(Soraya Gonzalo)

Era sólo un polluelo. El más hermoso,
pero sólo un polluelo al fin y al cabo
que un buen día, tirado en el asfalto,
fue encontrado por alguien que apreciaba
su porte, su viveza, su plumaje.
Le llevaron a casa, le cuidaron
poniéndole de nombre Garibaldi,
le dieron de comer como a otro hijo
y en poco tiempo fue uno más de ellos
hasta el punto de que un día la madre
reconoció que aquello era un problema:
“¿Qué va a pasar el día que nos deje
para echar a volar? ¡Hagamos algo!”
El padre sólo dijo, imperturbable,
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
y calló, melancólico y seguro
con un deje de orgullo en la mirada.

Tan solo un mes después, una mañana
hubo un gran alboroto en la familia
porque nadie encontraba a Garibaldi.
Los niños, pesimistas y llorones,
dejaron de comer. La pobre madre
dudaba entre acusar a su marido
o darle la razón como a los tontos
cada vez que el buen hombre repetía
“no hay que cortarle las alas a un pájaro.”
Pero ni ella ni nadie conocía
la verdad: hacía sólo algunas horas,
mientras todos dormían, inocentes,
el padre salió al campo con el pájaro
y le dijo, atusándole la cola:
“Echa a volar, que a mí me es imposible.”
Al volver hacia casa miró al cielo
y su orgullo lloró con gran ternura.

Pasó bastante tiempo. El suficiente.
Los niños casi ya no preguntaban
por Garibaldi. Sólo lo añoraban
y pensaban en él con estoicismo
aunque no comprendieran qué era eso,
hasta que un grito trajo la noticia:
“¡Mamá, papá, ha venido Garibaldi!
¡Vamos a hacerle un nido en algún árbol!”
Salieron hacia el patio, escopetados,
y lo vieron llegar, volando raso,
posándose en el hombro de su dueño
que sólo repetía para sí
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
mientras que, satisfecho y orgulloso,
veía en qué se había convertido
aquel polluelo chico pero hermoso:
un gavilán que, bello, inteligente,
valiente, luchador y responsable,
fue el motivo de orgullo de su casa,
fue el mejor gavilán que se haya visto.

Plegaria nocturna

No creo en ningún dios. Sólo en tus besos,
y no voy a cambiar aunque lo intentes:
condúceme al infierno de tus dientes
o al cielo de tu boca y sus excesos.

Sacúdeme el pudor de los confesos,
dame la dignidad de los dementes,
bórrame el porvenir de los prudentes,
concédeme la fe de los obsesos,

líbrame de la angustia y sus despojos,
prohíbeme el adiós, el no, el jamás,
despójame de miedos y reproches.

Prometo no cerrar nunca los ojos
sin haber recordado una vez más
el color de los tuyos. Buenas noches.

Adán

Todo empezó -ya lo sabéis- con un susurro.
No había nada entonces que no fuera oscuridad.
Yo estaba en ningún sitio, acurrucado en el silencio,
desprovisto de mis manos, de mis sueños, de mi nombre.

Cuando se hizo la luz La vi llegar. No tuve miedo
y algo tibio en los labios recorrió todo mi cuerpo
(yo entonces no sabía que ese algo tenía nombre y que ese nombre era “sonrisa”).
Cuando estuvo a mi lado susurró aquella palabra
con que el mundo parecía responderle iluminándose a su paso
(sabéis que esa palabra no la puedo compartir).

Me tomó de la mano. Me miró. Me levanté
y empezamos a andar, Ella enseñándome al detalle
el nuevo paraíso que creó para ser nuestro:
un paraíso acorde con su boca y con sus dedos
ajeno a toda pena, a todo mal, a toda culpa.
“Todo lo que aquí ves es nuestro reino”,
me dijo acariciándome en el dorso de la mano,
“Haz lo que te apetezca sin dudarlo”.

Han pasado diez años que parecen un instante
en este paraíso en el que el único pecado es no mirarnos a los ojos.
Han pasado diez años y ahora escribo estas palabras
porque desde ese día yo -ya lo sabéis- soy su profeta
y he de cantar su nombre porque Ella me ha elegido para hacerlo.

Cuando llegue la hora

Cuando llegue la hora estaré listo
para partir, sin miedo ni equipaje.
Me vestiré, feliz, mi mejor traje
consciente de que estoy aquí y existo.

Orgulloso de mí y de lo que he visto
pagaré sin dudar cualquier peaje.
Sé que tendré el suficiente coraje
para que no me inquiete un imprevisto.

Si vuelvo alguna vez a tocar fondo,
quizás mi corazón se desabroche
la maldita costumbre de estar triste.

Y tú, que no sabrás dónde me escondo,
querrás imaginarme cada noche
detrás de cada paso que no diste.

Cuando mi mente

Cuando mi mente, tranquila, reposa
pensando en tu mirada más traviesa;
cuando los dos, sentados a la mesa,
reímos al decirnos cualquier cosa;

cuando, en la ducha, piensas sigilosa
el modo de morderme por sorpresa;
cuando tu piel perfumada me besa
formando un remolino que me acosa,

comprendo que el amor no es un combate
donde deba humillarme al enemigo
ni un ejemplo jovial de escaparate,

sino un dejar de mirarme al ombligo
para que el verte alegre me delate
que el mundo es colosal si estoy contigo.