Nuevo blog

Este blog surgió como un blog de poesía. Durante algo más de un año he ido colgando poemas de mis dos poemarios y alguno inédito. Desde hace un tiempo, sin embargo, he ido añadiendo artículos de tipo social y cultural. Me he sorprendido a veces diciéndome “no, no publiques esto porque tu blog es sobre poesía”, y me he preguntado cómo puede ser que yo mismo no esté seguro de querer escribir cosas en un blog escrito por mí y que además lleva mi nombre.

Durante mi estancia en Sicilia he comprendido que escribo poesía para explicarme cosas a mí mismo y que escribo artículos para explicarle cosas a los demás. O, si lo preferís, escribo poesía para intentar comprender cómo soy yo mientras que escribo prosa para intentar comprender cómo somos todos.

En estos días tan intensos que estamos viviendo mi cabeza está llena de ideas para poemas y de ideas para artículos. Según palabras de Lorca, “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas.” Eso es lo que pretendo hacer a partir de ahora. Pero para poder meterme bien en el fango sin miedo alguno a que mis azucenas pierdan su lustre he decidido crear otro blog.

Por eso, amigos, a partir de hoy este blog seguirá su rumbo poético. Si queréis, además, seguir mis reflexiones sociales, os invito a que entréis en  “Ven conmigo a buscarla

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Prometeo

Para Sergio Balsera.

He tardado dos mil años en saberlo:
el águila que me devora las entrañas
cada día
no es mi enemiga.

Yo era un hombre satisfecho de mí mismo,
de mi formación y mis principios.
Todo en mí era equilibrio, estructura y realidad
y resumí con ellos mi carrera y mi apellido.
Tuve la suerte de aprender lo que es el fuego,
y me propuse ser el hombre que lograra
dar su luz a los hombres y mujeres de este mundo.
Pensaba que esa era mi misión. La única posible.
Desdeñé cualquier otra alternativa.
Me esforcé, lo logré -eso me gusta pensar-
y fui castigado por ello.

(Habéis escuchado la historia en tantos labios
que no me detendré ahora a explicarla.
Quisiera, sin embargo, matizar algunas cosas.)

He tardado dos mil años en saberlo,
pero ahora sé que fue soberbia lo que hice:
soberbia el suponer que había sólo un fuego y era el mío,
soberbia el renegar de cada fuego de los otros,
soberbia el no admirar en cada sitio su color,
soberbia el olvidarme de reír,
soberbia el convencerme de que esa gran tarea
era lo único que yo necesitaba.

No es mi enemiga, no:
no puedo llamar “enemiga”
a quien me ha ayudado a comprender
que estaba equivocado.

Miradme bien. Estoy aquí, encadenado en esta roca.
Sólo me recordais por mi castigo, y ni siquiera
es para mí un castigo: es una bendición.
¿Por qué olvidais que también me regenero cada día?

No es mi enemiga, no:
también es un animal que me acompaña
con el que, a veces, juego.

He tardado dos mil años en saberlo:
la luz del fuego no es la única verdad que me acompaña.
También traigo conmigo la belleza de la sombra.

Parábola del padre que no podía cuidar a sus hijos


Desde la cálida impunidad de su púlpito, el padre Sopena no podía imaginar hasta qué punto la vehemencia de sus sermones cincelaba la personalidad de Arturito Garcés, que a sus imberbes once años no conocía más objetivo que aplicar el mensaje de Cristo en su día a día. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento y poner la otra mejilla eran, nunca mejor dicho, su padrenuestro. Ante la peculiar conducta de Arturito, la opinión de sus progenitores oscilaba entre la admiración orgullosa y el temor a que un niño tan repipi pudiera no valerse a sí mismo cuando ellos faltaran. Con todo, el mayor miedo de doña Catalina, sufrida madre de nuestro protagonista, era que el niño decidiera continuar su vocación espiritual por el camino del sacerdocio. Su preocupación fue en vano, ya que, durante el resto de su vida, Arturito nunca podría olvidar aquel día en que el padre Sopena habló del máximo milagro habido y por haber: la procreación, ese maravilloso sucedáneo de la creación del hombre a cargo de Dios Padre.

Con semejantes valores por montera no era de extrañar que, a los nueve meses exactos de su matrimonio, Arturo Garcés se convirtiera en un padre de familia modélico y respetado. Una lástima, eso sí, que el respeto no fuera suficiente para él: transcurrido el mínimo reposo necesario, su sacrosanta volvió a quedarse encinta. Una y otra vez. Y otra vez más aún. Y más de otra. “Vivimos en tiempos impíos”, solía decir, “y es necesario que alguien se aplique en la ilustre tarea de crear una nueva sociedad”.

Todos en la empresa sabían que la razón de las infinitas horas extra que hacía el señor Garcés era el poder mantener a su prole. Por eso no daban crédito cuando, cada año, les anunciaba que esperaba otro vástago. Y otro más. Y otro, y otro, y otro. Mientras que para el común de los mortales quince hijos es un infierno insoportable, el señor Garcés sólo pensaba en lo orgulloso que debería sentirse el padre Sopena al observarle desde el cielo.

Pero en el hogar no todo era tan rosado como pudiera parecer. Mientras la salud de Merceditas Aguirre de Garcés se debilitaba tras cada embarazo, los niños se lamentaban continuamente por no poder disfrutar de su padre. La ausencia continua de don Arturo hacía inviable una sobremesa de café y helado o una tarde en el parque. Los pocos familiares y amigos de Arturo y Merceditas se acostumbraron a no saber nada de ellos, y llegó el día en que casi nadie recordaba ya el nombre de los hijos.

Una noche, de vuelta del trabajo, don Arturo se encontró a un desconocido intentando entrar en su casa. Asustado por si se trataba de un delincuente que quisiera perturbar la paz del hogar, se enfrentó a él y le golpeó por la espalda. Lo último que dijo el joven antes de perder el conocimiento fue: “Papá, papá, que soy yo.” A la mañana siguiente, la policía se llevó arrestado a Arturo Garcés por abandono de sus obligaciones paternas. Durante la rutinaria sesión de inspección, los agentes descubrieron a doña Mercedes, embarazada de siete meses, con principio de parálisis cerebral, mientras, en el suelo y desnudos, dos menores (de tres y un año respectivamente) jugaban a lanzarse sus propios excrementos.

En los últimos dos años he escrito, interpretado, dirigido, presentado y coordinado algo más de 20 espectáculos teatrales distintos, aparte de mantener este blog y la publicación de un poemario. No me quejo de ello, por supuesto, y menos aún sabiendo cómo está el patio de mis compañeros de profesión. Sé que debo estar orgulloso de lo que he hecho, y lo estoy; porque, como dice J. A. Pérez, el privilegio es crear.

Sin embargo, echando la vista atrás, creo que necesito una fuerte dosis de autocrítica. No tanto con mi trabajo, sino con mi manera de afrontar el trabajo. Los que trabajan conmigo saben que me gusta utilizar la metáfora de que un proceso de ensayos es como un embarazo y, por tanto, un estreno es como tener un hijo. Bien. He tenido muchos hijos en este tiempo, y lo que quiero (y debo) hacer ahora es cuidarlos. Mimarlos. Vestirlos debidamente y sacarlos a pasear. Presumir de ellos. Hacernos fotos, y llevarlos a ver a sus amigos, y charlar con sus padres, y descubrir todos juntos lo grande y hermoso que es el mundo. Y tener más hijos, por supuesto. Pero no quiero tenerlos si no tengo tiempo para verlos crecer.

Llevo una semana dándole vueltas a esto. Tengo la tremenda suerte de poder hacerlo en Sicilia, donde soy feliz con mi chica yendo al mercado y cocinando para ella mientras me corrige cuando hablamos italiano. Aún estaré por aquí unas cuantas semanas, en las que tengo que darle muchas vueltas a la cabeza, plantearme cómo quiero que sea mi vida a partir de ahora: si quiero vivir para trabajar, o si quiero trabajar para vivir. Si quiero tener tiempo para mi familia, para mis amigos. Si quiero comerme el mundo o si quiero que el mundo me coma a mí.

Este blog seguirá abierto, por supuesto, y en los próximos días aparecerán nuevos textos. He cambiado unas cuantas veces la apariencia en los últimos meses y es posible que vuelva a cambiar más adelante. No lo sé. Ahora se trata de cambiar algo más profundo.

Mi cabeza está de mudanza. Avisados quedáis. Temedme, porque traigo nuevas ideas en mi maleta. Y alegraos por mí.

Ombloguismo

Antes de nada, tengo que decir que el título de esta entrada lo he copiado. Dicho esto, vamos al grano: hace hoy un año que nació este blog. Así que… Lo siento mucho, pero hoy voy a mirarme al omblogo.

Un año de blog.

102 entradas. Las más visitadas, aparte de la página de inicio, son:

No deja de parecerme curioso que, siendo éste un blog de poesía, las páginas más visitadas sean artículos sobre teatro o textos en prosa. ¿Tendré que replantearme algunas cosas?

10520 visitas. No tengo claro cuántos usuarios únicos, pero no me parece mala cifra.

El día con mayor tráfico fue el 26 de mayo del 2010, con 320 visitas. La entrada sobre la nominación a los Premios Mayte triunfó.

Algo que me divierte mucho al revisar las estadísticas son las palabras o frases buscadas en google por las cuales ha llegado aquí la gente. Sobre esto, el ganador ha sido, por goleada absoluta, el término “caligrama”. Diferentes búsquedas, entre las que hay unas cuantas que quiero compartir porque no tienen desperdicio:

  • Caligramas de santos.
  • Caligrama del golpe de estado.
  • Caligramas fáciles.
  • 5 caligramas no protegidos.
  • Caligrama vanguardista.
  • Poesía para papa (sic) en caligrama.
  • El primer gallego en usar caligramas.

Es obvio que la entrada “De vanguardias y caligramas” ha provocado esto. Es curioso, porque en dicha entrada quise reflejar el repelús que me da que, hoy en día, poetas que se consideran “modernos” utilicen una forma creada hace un siglo. Es decir, que no me gustan los caligramas pero son los que me provocan más visitas.

En cambio, el poema “Keywords“, en el que bromeaba sobre estas palabras clave que la gente busca en internet, no ha conseguido ni una sola entrada. Qué mal ojo tengo.

Además de esto, hay otras palabras clave de búsqueda, entre las que destacan:

  • Aprendí francés solo. La crónica de por qué aprendí francés. Por cierto, sigo sin saber qué fue de la chica.
  • Papa con hijos. Sin comentarios.
  • Video Deborah Vukusic desnuda. Cuando se lo conté a mi amiga Déborah no sabía qué decir. Por supuesto, quien hizo la búsqueda no encontró aquí dicho vídeo.
  • Librería cuántas sílabas tiene. No sé cómo llegó aquí, pero quisiera contestar a quien hizo la búsqueda: cuatro.
  • Erótico. Así, a secas. No sé, me deja sin palabras que al buscar “erótico” aparezca mi blog. Qué cosas. Hablaré con los de google.
  • Extraño a mi ex-poema. No sé qué relación tiene con el blog, pero el concepto me gusta.

Y, por fin, mis tres favoritos:

  • Cómo hacer una foto a una cascada y que parezca espuma.
  • Cómo echar la cera en la cara.
  • Soñar con un gavilán que se come un pollo. Imagino que algo tendrá que ver con mi poema Garibaldi.

Y hasta aquí el ombloguismo. Es decir, por hoy ya no hablo más de mí. Pero sí de vosotros, de los que lo seguís, a los que os quiero dar las gracias mil veces. Porque los llamados “internautas” somos la razón de ser de los blogs. Y sin público el escritor no es nadie. Porque la poesía (y la literatura, el arte, la Cultura…) es un proceso de comunicación en el que son igual de necesarios el emisor y el receptor.

Gracias, por tanto. Seguiré escribiendo para que vosotros sigáis leyendo. Y viceversa.

Gracias

Gracias por el arroz y por la fruta, por el vino y el cacao.
Gracias por el sudor, por la nostalgia, por los trenes, por las manos,
por el adiós y por el sí, por la tormenta y por la brisa,
por los árboles, la furia, las canicas y los dados.

Gracias por el azul, por los botones, por la sombra,
gracias por el pecado, por la risa y las ventanas,
por las cunas, las farolas y las buenas intenciones,
por la duda, por el agua, por la miel y las costumbres.

Gracias por la ficción, por el después, por no saber,
gracias por los reencuentros en la calle, por el frío, las cometas,
por el pan, los aeropuertos, las cosquillas, los rumores,
por el vaho, las tostadas y las lágrimas sin dueño.

Gracias por las canciones, los espejos, los rincones.
Gracias por los tejados, los caprichos, las miradas y las olas,
por el ron, los escenarios, los paseos y los gatos,
por los libros, las caricias, por las mantas y los astros.

Gracias por los caballos y la lumbre, por la gloria y la ceniza.
Gracias por los zapatos, las esponjas, el carmín y la comedia.
Gracias por el dormir y el despertar, por la penumbra y por el alba.
Gracias a ti, amor, las cosas tienen nombre, esplendor y sentimiento.

 

Todo a mi alrededor deja su huella

Todo a mi alrededor deja su huella
repleta de futuro afortunado
mientras yo, prisionero del pasado,
vivo el presente en forma de querella.

No siempre sé avanzar: mi buena estrella
me abandonó, dejándome el recado
de que si quiero andar siempre a su lado
he de saber que el vértigo atropella.

Quiero sobrevivir, pero no encuentro
el ojal del botón de este “no puedo”,
la sinopsis de tanto sinsentido.

Y sin embargo, hay algo muy adentro
que, inmutable, elimina tanto miedo:
muy pronto sonreiré lo que he vivido.

 

 

(Foto: Montse Labiaga)

Mis labios

He salido de casa dejando mis labios
pudrirse en el fondo de una pecera.
Presiento que es ése su sitio, pues ya no me sirven.

No los echaré de menos.
No los necesitaré. Quiero cambiarlos.
Ya sólo repiten palabras y besos que no dicen nada.

Mis labios se pudren en una pecera
mientras busco indeciso el camino que me conduzca
hacia un mundo nuevo que sin ellos no sabré describir.

(Foto: Montse Labiaga)