Ellas. Sextina a lo intangible

Hay chicas que resurgen de la niebla
trayéndote el almíbar de la luna
que hará que resucites aquel sueño
que hace tiempo enterraste muy al fondo:
son esas que aparecen una noche
al fondo de una barra en plena risa.

Hay otras, que, escondidas tras la risa,
despluman fríos pájaros de niebla
al morirse las luces de la noche,
que no cantan boleros a la luna
porque están convencidas que, en el fondo,
despertarán un día de su sueño.

Hay chicas que te roban hasta el sueño
al salpicarte entero con su risa;
de repente te calan hasta el fondo
dejando entre los huesos como niebla
y luego se evaporan con la luna
rompiendo calendarios en la noche.

Hay otras que te duran una noche
para ayudarte a conciliar el sueño:
tú le prometes todo, hasta la luna
-procura no morirte de la risa-,
que ya verás que son de triste niebla
y están todas vacías en el fondo.

Hay chicas que te arrastran hasta el fondo
despiertas por el día y por la noche,
que te inyectan canela entre la niebla
destrozando con saña cualquier sueño,
que llegan a aterrarte con su risa
de dientes antipáticos de luna.

Hay otras que residen en la luna
porque no tienen nada por el fondo,
que a veces te dedican una risa
y que temen salir ya muy de noche;
es normal que estas tengan algún sueño
que luego se confunda entre la niebla.

Pero otras son la luna entre la niebla,
un fondo de violines cada noche
y un sueño en la frescura de una risa.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

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Taller de coches

Para Victoria Herrero, que supo comprender,
in memoriam.

Muy cerca de mi casa hay un taller de coches:
un taller de desguace, de chapa y de pintura
donde constantemente pernoctan viejos autos
vencidos, reventados, vacíos y abollados.
Yo les oigo de noche sus lloros añorantes
por lo que antaño fueron antes de ser chatarra,
cuando, ebrios de furia, devoraban kilómetros.
Es un llanto muy triste que pronto ha de apagarse
con una llave inglesa y un poco de soplete.
Pero me da más miedo descubrir observando
el amasijo crudo en que se han convertido,
(pensando que, inocentes como nosotros mismos,
jamás tuvieron claro que otro los guiaba
cambiando, por su antojo, sus marchas y sus ritmos),
que les era imposible a sus revoluciones
sentir que hay más caminos, no todos paralelos,
pero envidiables todos si llevan a buen puerto.
Y que nunca supieron ni por mínimo asomo
en qué mojón exacto su ruta acabaría,
que no hay prisa en llegar al final del trayecto
por esta carretera tan nuestra que es la vida.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

La dulce indecisa

Para Iria Márquez

Inquietos se deslizan estos dedos
buscando servilletas en la mesa
para evitar tu mano, que no cesa
de causarme sin pausa mil enredos.

Y entre miradas, puedos y no puedos,
comprendo que tu boca no se expresa
con calma, para así no quedar presa
de luchas con fantasmas y otros miedos.

Juro que intentaré ser consecuente
con lo que me has pedido, aunque se iguale
mi ardor con el mejor de los cantares.

Pero entiende que es duro ser paciente
mientras tu risa fresca me regale
margaritas de pétalos impares.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Party Zone

Para Enka Alonso, por supuesto.

Duránte cuánto tiempo cumpliré mi condena
de buscar en los cuerpos y en la noche
todo eso que sé
que no esconden la noche ni los cuerpos.
(Vicente Gallego)

Ocurre algunas veces, sobre todo
en las noches tranquilas, apacibles,
cuando todo está en calma y a lo lejos
parece que resuenan nuevas voces
que te invitan, de nuevo, a lo de siempre,
y accedes, cómo no, tan complaciente,
pues piensas de algún modo no consciente
que al fin y al cabo aquello es atractivo
como un sueño prohibido y renovado
que tan solo se ofrece a elegidos.

Durante algunas horas todo marcha
sin prisa pero amigo qué más quieres
tranquilo muchachito ya habrá tiempo
todo vendrá la gracia está en la espera
y sigues dale dale que te pego
y vuelve y vienes no te espero fuera
dormirás para qué ya tendrás siesta
y si no pues total por seis horitas
nadie se muere tío esto es la hostia,
y comienzas a pensar en retirarte
cuando llega la hora prometida
en forma de canción, beso, cerveza,
alboroto, partida o cachondeo
compartido con alguien (o con muchos)

Lo prometido es deuda, por supuesto,
pero ocurre (ya dije) algunas veces
que al estar disfrutando de tu premio
(sea líquido, sólido o intangible)
llega ella otra vez, parapetada
en un gesto, en un vaso, en un verso
de una canción trivial de versos cutres,
bajo un ventilador, sobre una risa,
desde un espejo frío, entre los vómitos
o en una cucharada de café,
y te mira y pregunta lo que haces.

Siempre hay alguno que dice “qué ocurre”;
“Nada”, respondes, y entonces, te largas.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

La media vuelta

Ya se muere la tarde, ya me marcho
con ciento ochenta grados tras mi espalda
y restos de neumático en mis pasos.
Ya has probado otros labios con un dueño
que espero haya sabido comprenderte
(quererte como yo es más complicado
por mucho que te marches por el mundo)

Sólo era una canción. ¿Por qué tuviste
que hacer caso precisamente a esa
de todas las que habíamos vivido?

Valses, boleros, rumbas, rocanroles,
y tuvo que ser esa.
Detesto las rancheras, Jose Alfredo.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

Regreso

Vengo para arrugar tus manos
como la tristeza en los camisones.
(Déborah Vukusic)

Si no hubiera tu boca de libélula
ni suspiros que quiebren las pendientes;
si acaso nuestros brindis fueran suelo
en que, ebrios, bailáramos sobre mil cascabeles,
y los nichos dejasen de alojar nuestro idioma.
O que fuera posible no soñarte
allá, por las colinas, con banderas roídas
por el fuego, los peces y tu vientre,
por tarántulas negras y por panes,
por olivos, por charcos, por iglesias
y por niños que silban viejos valses.
Si pudiera jurarme en dos segundos
otro credo profano entre tinieblas,
o esbozarte con ríos cinco o diez juramentos,
o cercar mis delirios y teñirlos de musgo.
Si la tierra se abriera ante tus dedos
y gritara, consciente de su rabia,
suplicando una nueva madrugada…

Soy grande como un velo de amapolas
que proclama, en la noche, buenas nuevas,
y me elevo hacia el canto de los astros
casi siempre que lloran las calumnias.

Júrame tu regreso entre licores.
Muérdeme los nudillos con angustia.
Piérdeme para siempre entre tu espalda.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento” (Madrid, Sial, 2005)

Geometría básica

Durante aquellos días tan sonoros
con mil notas de tiza por las calles
y derroches de amor por las esquinas,
me convencía y quise convencerte
de que éramos pareja inigualable
como esas que se ven en los carteles
del cine, de que el suelo nos unía
como en esos poemas de Neruda
tiernos que yo te leía de noche,
y de un blanco viaje a Dinamarca
con tan solo el batir de aquellas alas
que nos crecieron durante esos días.
Como eras tan incrédula te dije
que nuestras almas iban enlazadas
pues nuestras vidas eran paralelas.

Ahora, mientras sube el ascensor
y has cerrado la puerta a mis requiebros,
sangrando tu “hasta siempre” en mis adentros
me insulto por no haber cogido ciencias
en vez de letras, para así haber sido
menos cuentista y más calculador,
y no permitir más que se me olvide
el que nunca jamás dos paralelas
tuvieron ni tendrán su conexión.

Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)