Party Zone

Para Enka Alonso, por supuesto.

Duránte cuánto tiempo cumpliré mi condena
de buscar en los cuerpos y en la noche
todo eso que sé
que no esconden la noche ni los cuerpos.
(Vicente Gallego)

Ocurre algunas veces, sobre todo
en las noches tranquilas, apacibles,
cuando todo está en calma y a lo lejos
parece que resuenan nuevas voces
que te invitan, de nuevo, a lo de siempre,
y accedes, cómo no, tan complaciente,
pues piensas de algún modo no consciente
que al fin y al cabo aquello es atractivo
como un sueño prohibido y renovado
que tan solo se ofrece a elegidos.

Durante algunas horas todo marcha
sin prisa pero amigo qué más quieres
tranquilo muchachito ya habrá tiempo
todo vendrá la gracia está en la espera
y sigues dale dale que te pego
y vuelve y vienes no te espero fuera
dormirás para qué ya tendrás siesta
y si no pues total por seis horitas
nadie se muere tío esto es la hostia,
y comienzas a pensar en retirarte
cuando llega la hora prometida
en forma de canción, beso, cerveza,
alboroto, partida o cachondeo
compartido con alguien (o con muchos)

Lo prometido es deuda, por supuesto,
pero ocurre (ya dije) algunas veces
que al estar disfrutando de tu premio
(sea líquido, sólido o intangible)
llega ella otra vez, parapetada
en un gesto, en un vaso, en un verso
de una canción trivial de versos cutres,
bajo un ventilador, sobre una risa,
desde un espejo frío, entre los vómitos
o en una cucharada de café,
y te mira y pregunta lo que haces.

Siempre hay alguno que dice “qué ocurre”;
“Nada”, respondes, y entonces, te largas.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario «Penúltimo momento«)

La media vuelta

Ya se muere la tarde, ya me marcho
con ciento ochenta grados tras mi espalda
y restos de neumático en mis pasos.
Ya has probado otros labios con un dueño
que espero haya sabido comprenderte
(quererte como yo es más complicado
por mucho que te marches por el mundo)

Sólo era una canción. ¿Por qué tuviste
que hacer caso precisamente a esa
de todas las que habíamos vivido?

Valses, boleros, rumbas, rocanroles,
y tuvo que ser esa.
Detesto las rancheras, Jose Alfredo.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

Regreso

Vengo para arrugar tus manos
como la tristeza en los camisones.
(Déborah Vukusic)

Si no hubiera tu boca de libélula
ni suspiros que quiebren las pendientes;
si acaso nuestros brindis fueran suelo
en que, ebrios, bailáramos sobre mil cascabeles,
y los nichos dejasen de alojar nuestro idioma.
O que fuera posible no soñarte
allá, por las colinas, con banderas roídas
por el fuego, los peces y tu vientre,
por tarántulas negras y por panes,
por olivos, por charcos, por iglesias
y por niños que silban viejos valses.
Si pudiera jurarme en dos segundos
otro credo profano entre tinieblas,
o esbozarte con ríos cinco o diez juramentos,
o cercar mis delirios y teñirlos de musgo.
Si la tierra se abriera ante tus dedos
y gritara, consciente de su rabia,
suplicando una nueva madrugada…

Soy grande como un velo de amapolas
que proclama, en la noche, buenas nuevas,
y me elevo hacia el canto de los astros
casi siempre que lloran las calumnias.

Júrame tu regreso entre licores.
Muérdeme los nudillos con angustia.
Piérdeme para siempre entre tu espalda.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario «Penúltimo momento» (Madrid, Sial, 2005)

Geometría básica

Durante aquellos días tan sonoros
con mil notas de tiza por las calles
y derroches de amor por las esquinas,
me convencía y quise convencerte
de que éramos pareja inigualable
como esas que se ven en los carteles
del cine, de que el suelo nos unía
como en esos poemas de Neruda
tiernos que yo te leía de noche,
y de un blanco viaje a Dinamarca
con tan solo el batir de aquellas alas
que nos crecieron durante esos días.
Como eras tan incrédula te dije
que nuestras almas iban enlazadas
pues nuestras vidas eran paralelas.

Ahora, mientras sube el ascensor
y has cerrado la puerta a mis requiebros,
sangrando tu “hasta siempre” en mis adentros
me insulto por no haber cogido ciencias
en vez de letras, para así haber sido
menos cuentista y más calculador,
y no permitir más que se me olvide
el que nunca jamás dos paralelas
tuvieron ni tendrán su conexión.

Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

Leandro

En la mitología griega, Leandro era un joven que se enamoró de Hero, una sacerdotisa de Venus que vivía en Sestos, a las riberas del Helesponto, que es lo que hoy llamamos el estrecho de Dardanelos. El asunto no hubiera sido especialmente interesante para nosotros de no ser porque el vivía en Abidos, una población al otro lado del mar. Y es que el bueno de Leandro, que debía tener una espalda impresionante, se decidió a atravesar cada noche el Helesponto a nado para encontrarse con ella, que le aguardaba en lo alto de una torre con una antorcha encendida para hacerle de faro. Así lograron encontrarse varias veces, pero se desató una fuerte tormenta que duró siete días y Leandro, impaciente, no pudo contenerse más. Se echó a nadar, la antorcha se apagó, las fuerzas le fallaron, y las olas arrojaron su cuerpo a las costas de la ciudad donde vivía Hero, que no pudo soportar el dolor y se arrojó al mar desde lo alto de su torre.

Y, sí, como podéis imaginar, os cuento esto para que sirva de introducción a un poema. Se llama, en un alarde de originalidad, Leandro, y está publicado en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005).

Por ti nadaré el mar que nos separa
siempre que el sol nos niegue su cuidado.
Por ti buscaré el buen morir al lado
de este dulce calor que nos ampara.

La luna crecerá y hará más clara
la noche; pero yo, de ti prendado,
me guiaré por el brillo acompasado
que reluce en los rasgos de tu cara.

Sigue pues en tu empeño de adorarme,
alíviame el amor entumecido,
sáname con tus pálpitos traviesos,

pero no dejes nunca de alumbrarme
o se transformará el agua en olvido
y me ahogaré, olvidado de tus besos.

Leda

Hace unos días me contaron el origen de la expresión ab ovo. Por lo visto, hace referencia al huevo del que nació Helena de Troya, cuya belleza causó la guerra de Troya, cuya destrucción causó que Eneas hiciera un viaje larguísimo que supueso al fin la fundación de Roma.

Entre las innumerables leyendas de la mitología griega, siempre me ha llamado la atención la de Leda, madre de Helena de Troya, de Clitemnestra, de Cástor y Pólux. La buena de Leda, cuenta la leyenda, tuvo sexo con Zeus que se había transmutado en cisne, y a los nueve meses tuvo dos huevos de los que salieron sus cuatro hijos.

Podríamos cuestionar un poco esta leyenda, porque si Leda era tan bella como para que Zeus se prendara de ella ¿qué demonios hacía montándoselo con un cisne? ¿Fue la primera y única vez, o también le daba a los patos, faisanes y ánades que encontraba por la ribera del río Eurotas?

En fin, lo que yo quería era dejaros un soneto. Y aquí está:

Aunque de siempre fui patito feo
en cisne me trocaste al conocerte,
y huyendo del olvido y de la muerte
me cediste estas alas que aquí veo.

Renegando de todo lo que creo
en trono salvador quise ponerte,
mas no pensé en las vueltas de la suerte
ni en que llegase el fin de tu deseo.

Lamento que tu amor alas me diera
mientras el mío a ti no te dio tanto,
buscando desde entonces quien te quiera.

Pero al menos consuela mi quebranto
saber que mi pasión fuese sincera
aunque deba morir con este canto.

Nota: el poema original puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento”, publicado por Sial.

Del arte de la glosa

Imaginemos por un momento que, más allá de mirarse el ombligo, intentar convertirse en el paradigma de la incomprensión o hacerse un autolewinsky, llega el día insospechado en que un poeta decide (¡oh dioses!) contar algo en un poema. Esta práctica, tan infrecuente como placentera para el poeta y para los lectores (si los hubiere o hubiese), puede realizarse sin problema, siempre que uno sepa, en primer lugar, qué es lo que quiere contar.

Pongamos, por ejemplo, que ese día el poeta ha discutido (una vez más) con la/el que últimamente se ve algo más de lo que en un principio hubiera pensado. Todo comenzó, como suele pasar en estos casos, cuando la/el susodicha/o (por economía lingüística, lo llamaremos a partir de ahora “rollete ido a más”) y el poeta se conocieron en un recital de este último en un bar o similar. Amigos comunes les presentan, hola qué tal, cómo me ha gustado lo tuyo, qué ojos tan bonitos, se nota que has leído a Sylvia Plath, ábrete un poco más, dónde tienes el café… De eso hace unos meses, y el poeta, a pesar de (o quizás debido a) su imagen maldita de despreocupado sentimental, ha descubierto que eso del jijí jajá está muy bien, pero que necesita a alguien cerca a quien poder leerle su última “deconstrucción semántica” o “marginalidad cosmogónica” y a quien abrazar por las mañanas sin tener que verbalizar su miedo humano a la muerte. Pero hace unos días que el rollete ido a más ha entrado en la esfera de otro poeta / poetisa o, incluso, de un o una artista dedicado a otra expresión artística. Un escultor, un percusionista, un grafittero. Y esto a nuestro poeta no le gusta. De hecho, le da bastante por saco. Así que hete aquí que nuestro protagonista, ofendido como pocos, rememora sus felices y lejanos tiempos de BUP o ESO, aquellos días en que todo era fácil y los dolores de amor se reflejaban en los versos esbozados en los separadores de las carpetas. ¡Oh, poemas de carpeta de instituto, cuánto mal y cuánto bien habéis vertido al mundo!

Movido por su afán sentimentaloide, nuestro poeta decide recurrir (¡oh dolor, oh pavor!) a una práctica tan anquilosada y arcaica como la de la rima y, aún peor, a una técnica tan fascista y retrógrada como la de contar sílabas. Y, tras largas horas de sufrimiento y flexión de dedos, llega a parir los siguientes cuatro versos:

Si quieres jugar conmigo
marquemos reglas del juego
para que no te desprecie
si me necesitas luego.

Eso es. De eso se trata. El poeta lo lee, lo relee, se da cuenta de que ha hecho algo con cierto ritmo y cierta musicalidad. Se va a enterar ese rollete ido a más de lo que es bueno. Que se joda. Que aquí estamos mis algosílabos y yo para dar caña.

Pero se le queda corto. Porque él quiere hacer otra cosa. Decir algo más. El mensaje es potente, sí, pero su ira le lleva a más. Él, con todo, quiere demostrar que, como persona civilizada, como poeta de recital, puede domeñar esa ira en cualquier momento. No le valen ahora, por tanto, esos versículos largos del tipo “la bilis fraudulenta que acarreo ante la pose no ensayada”. Tiene que centrarse. Que seguir por donde iba. Porque, fíjate tú qué cosas, esto de los pocosílabos con ritmo y rima le ha dado cierto placer.

De entre sus variopintos libros, el poeta rescata de su estantería un manual de métrica que alguien le compró una vez en la cuesta de Moyanos para hacer la gracia. Lo abre. Está lleno de palabros extraños (hemistiquio, hipérbaton, heptasílabo… ¿por qué todos empiezan con “h”?) Tras un largo rato, descubre que existe un tipo de composición llamado glosa, al que la RAE define como “Composición poética a cuyo final, o al de cada una de sus estrofas, se hacen entrar rimando y formando sentido uno o más versos anticipadamente propuestos.”

Y así, tras varios cafés, múltiples espidifenes y cientos de temas de música indie desoladoramente autodestructiva, nuestro poeta consigue encajar unos cuantas sílabas para explicar, por fin, al rollete ido a más, lo que necesitaba decirle: unos versos sinceros que condensen su alma.

Cariño, me has traicionado
mas bien por partida doble:
yo creía que eras noble
pero te has enamorado
de un muchacho afortunado
que hace tiempo que es tu amigo.
Escucha bien lo que digo:
podemos hacer un pacto,
pero trátame con tacto
si vas a jugar conmigo.

Juega, de acuerdo, a dos bandas
porque, al menos yo, te quiero
y te adoro y te venero
con cada paso que andas,
y sabes que a tus demandas
siempre sin dudar me pliego;
soy tu esclavo, no lo niego,
y tu costumbre es herirme,
mas, para no confundirme
marquemos reglas del juego.

No importa el cómo ni el cuando
de tu respuesta esperada,
pues las penas no son nada
con tus ojos como mando;
seguiré, pues, esperando
siempre que el dolor no arrecie,
que las penas de esta especie
pueden derretir a un hombre:
así que nombra mi nombre
para que no te desprecie.

No me olvides por el día
si eres tú quien me reclama
y me conduce a la cama
buscando mi compañía
cuando te sientes vacía:
aunque maltrates tu ego
no te escondas, te lo ruego,
o ya no podré encontrarte
para quererte y amarte
si me necesitas luego.

El poeta, satisfecho, se lo leyó al rollete ido a más, que decidió abandonarle definitivamente aduciendo que “definitivamente, a este tío se le ha ido la pelota”. Ahora, el rollete ido a más naufraga dos días por semana entre los brazos de un diseñador gráfico que ha vuelto de Japón. Nuestro poeta sigue dando recitales de tarde en tarde, y cuando le preguntan por Sylvia Plath cambia amablemente de tema.


(Nota: el poema original puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento”, publicado por Sial.)

Con cara de (casi) lunes

Hoy es domingo. En la parte inferior derecha de esta pantalla que tengo delante veo que son las 21.24. Imagino que muchos de vosotros estaréis de acuerdo conmigo en que este momento del día es uno de los peores de la semana: la tarde-noche del domingo. Ese momento en el que es demasiado tarde para hacer nada porque al día siguiente es lunes, pero a la vez quieres hacer algo especial para terminar de aprovechar el finde.


A mí se me ha ocurrido que, tras unos cuantos días con el blog, debería escribir algo para comentar cuál es mi intención, qué pretendo hacer en/con él… Pero es domingo, ha sido un día largo con ensayo incluído, y, de verdad, no se me ocurre nada. Dejemos esa idea para más adelante. De momento, os dejo otro poema con el que, por ejemplo, podemos recordar todo lo que volveremos a encontrarnos a partir de mañana lunes. Se trata de una versión ampliada de un poema que está publicado en Penúltimo momento:




Trabajar sin llevar trabajo a casa,
¿hoy cómo voy? ¿en tren, en bus o en coche?
cumplir con el reparto de tareas
domésticas, pensar en hacer compra,
aguantar al pesado del casero
que siempre se despide con piropos
groseros y poco imaginativos,
tragar cola en el súper y el cajero,
comprar los suplementos de cocina,
contar las calorías, los hidratos, descartando
las grasas saturadas y el azúcar,
comer, alimentarte, hacer la cita
para el chequeo, el médico, el dentista,
el ginecólogo, el taller, la pelu,
revisar las facturas, los recibos
del banco, de la luz, llevar las cuentas
escribiendo, añadiendo, comprobando
las notas de la agenda que no acaba,
poner la lavadora sin pasarse
de jabón, ocupar los todo a un euro,
echar la primitiva, hablar del tiempo
con los vecinos, gracias, hasta luego,
pensar en la comida de mañana,
temerse lo peor al cocinar
con olla exprés, abrirla sin quemarse,
hola mi amor, contar qué tal tu día,
saber qué tal el suyo, consolarle
si fuera necesario, ver la tele
mientras cenáis, llamar a tus amigas,
llevarse bien con todas aclarando
tontos malentendidos cotidianos,
¿podré por fin dormir mis ocho horas?
cerrar (de nuevo) el bote del champú,
desmaquillarte bien, la mascarilla,
la cera, la hidratante, la antiestrías,
limpiar con litros de agua oxigenada
la sangre de la regla de las bragas
mientras él friega y tiende, sacar tiempo
para poder leer esa novela
que te ha recomendado todo el mundo,
echar un polvo, hablar de vuestros planes
y dormirte en su pecho, imaginando
que va a llegar un día en que, de pronto,
todo tendrá sentido y será fácil.