Erbarme Dich, meine Liebe

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Erbarme dich, Mein Gott,
Um meiner Zähren willen!
Schaue hier, Herz und Auge
Weint vor dir Bitterlich.
Erbarme dich, Mein Gott.

Acariciándose, desnudos ambos
con la ternura a flor de piel, buscando
limpiar de sus conciencias todo aquello
que una vez ensuciaron con rencores
cuando fueron pareja.

Por el aire, de algún sitio llegaba
una pasión de Bach que asemejaba
la muerte del Señor y la esperanza
de su resurrección
con la de aquel amor suyo que ahora
yacía entre penachos de ternura,
retales de dolor no compartido
y nudos de pasión sin esperanza,
eterno agonizante.

Con nervios acerados y dispuestos
Jesús de Nazaret era apresado
en el momento justo en que sus dedos
prendían cada punto de sus cuerpos
despertando la lumbre de otros días,
Getesemaní ardiente de recuerdos.

Se preguntaron luego uno a otro
-pues habían marcado como pacto
entre los dos completa confianza-
si alguien ocupaba ya ese hueco
que se horadaron mutuamente entonces,
y aunque ambos portaban nuevos sueños
y otros labios dormían en sus ojos,
decidieron mentirse sin saberlo
y tres veces negaron sus deseos
guardando sus traiciones y rompiendo
por tanto su promesa.

Entonces el teléfono sonó
y ella respondió al instante.
Mientras ella reía, Pedro se lamentaba.
De sus labios surgían frases como:
“¿Cuándo nos vemos? ¿Por qué no dormimos
juntos? ¿Y qué tal te viene esta noche?
¡Tengo unas ganas de estar a tu lado…!”

Un violín subrayaba la tensión
mientras daba cobijo a una contralto
que acentuaba el eco de sus almas.

Él, que por cortesía cambió de habitación
cediendo intimidad a quien no conocía
(alguien que con su voz
le hacía sonreír sinceramente
de una forma que él no recordaba)
se vistió con desdén mientras pensaba
lo absurdo y lo patético que era
todo aquel cambalache,
marcando en su interior punto final
a la vez que se ataba los zapatos.

Al despedirse, sólo besos fríos
(sin duda aún peor que los de Judas)
dejaron que adornaran sus mejillas
y evitar así que, en vez del cuerpo,
terminaran prendiéndose las almas
sufriendo entre los dos otro calvario.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario Penúltimo momento. Hoy, Viernes Santo, @misspasternak ha escrito esto en Twitter y me he acordado de él. Así que aquí os lo dejo. Os recomiendo que lo leáis escuchando la música original en la que se basa el poema y que es la del vídeo que os he puesto. Feliz Viernes Santo y feliz Pésaj)

La nueva Penélope

Para Florentino Ariza, maestro

El día en que Penélope no quiso
seguir con su costumbre tejedora,
escogió de su armario aquel vestido
cortado en telas mágicas y alegres
y pidió a su doncella que anunciara
que la reina quería diversiones.
Brotó entonces en Ítaca la danza
y el teatro y el canto y la poesía.
Penélope reía como nunca
desbordándose toda de alegría,
y era un prodigio verla entreteniendo
la fiesta con sus frases ocurrentes:
“Lo malo de casarse con un héroe
-decía a sus amigos más cercanos-
es que emplea sus fuerzas en batallas
que no tienen que ver con mi hermosura”.
Y de repente iba hacia la orquesta
para pedir el ritmo chispeante
de una canción entonces muy de moda
que hacía las delicias de la gente
“collige, virgo, rosas”, y bailaba
con locura la polca no inventada,
y en brazos de otro hombre halló el consuelo
de verse, con sus años, deseada.

Hasta el día en que Ulises llegó a puerto
y el aire se inundó de dalias frescas,
pues el amor eterno nunca muere
aunque a veces disfrute entre la espera.

La nueva Penélope(Nota: Este poema forma parte de mi poemario “Penúltimo momento“)

Don Quijote

Para José Manuel Lucía Megías

 

Yo vivía en un lugar que era como cualquier otro,
rodeado de costumbres, de semáforos y normas.
Es posible que tú fueras mi vecino
o viviéramos a cientos de kilómetros. No importa,
porque en esta historia “yo” podrías haber sido “tú”.

Yo vivía tan tranquilo, sin problemas,
porque no me interesaban las noticias
ni su torpe inmunidad reglamentada.
Yo era de esos que pensaba que las cosas son así
y qué voy a hacer yo si no soy nadie
y total para qué voy a hacer yo nada si, total,
no se puede hacer nada.

Un día me encontré con un amigo al que habían despedido:
su empresa prescindió de 400 empleados alegando un descenso en los ingresos
mientras que sus directivos terminaron repartiéndose
un 20% más de beneficios.
“Eso no puede ser cierto”, respondí, “lo habrían dicho en las noticias”
(me dio un poco de vergüenza admitirle que yo nunca las veía).
“No me creas si no quieres, pero esa es la verdad”.

Llegué a casa aquella noche, encendí el televisor,
y no decían nada en ningún sitio de la empresa de mi amigo.
Pero se me ocurrió buscar en Google
y encontré más de cien páginas que confirmaban la noticia.
Quise leerlo todo, porque no me lo creía
(una página me hizo entrar en otra y otro enlace y otro clic)
y cuando me di cuenta habían pasado ya tres horas.
Pero seguí leyendo. Ese día y muchos más.
Leí sobre el origen de la crisis en la banca americana,
leí que los responsables nunca habían ido a juicio,
leí que muchos gobiernos ayudaban a los bancos
con dinero que debía ser gastado en escuelas y hospitales,
leí que se recortaron los derechos de todos los ciudadanos,
leí que muchas familias se quedaron sin ningún tipo de ingreso,
leí que en todo el mundo había 30 millonarios
que ganaban más dinero que 52 países en un año,
30 millonarios que tenían más que mil millones de personas en el mundo.
Leí, leí, leí, leí, leí,
y no conseguí encontrar la respuesta a mi pregunta,
la pregunta que debiéramos hacernos
antes de que sea tarde.

Así que salí a la calle
por si alguien me podía responder.

DQ

 

Jefferies

Acudes, como siempre, puntual a nuestra cita,
con ropa deportiva y ajustada
sudando tras el jogging por el barrio.
Dúchate, por supuesto. Sé que lo necesitas.
Comprende que no voy a acompañarte,
que tengo que esperar aquí sentado
a que salgas, hermosa como todos los martes,
tarareando algo que no escucho
envuelta en tu toalla, desenvuelta en tu baile,
mitad Carmen Miranda, mitad reina de Saba,
y cien por cien objeto de deseo.

Entonces, sólo entonces
(ese único momento que espero cada martes),
haz todo lo que sabes que me gusta
delante del espejo:
acaricia tus muslos suavemente
usando aloe vera, aceite corporal,
crema depilatoria o lubricante,
recuéstate en la cama,
enséñame tu pecho,
aparta la toalla para que pueda verte,
y, cerrando los ojos
(me excita que no mires hacia aquí),
acaríciate más
mientras piensas en mí o en quien prefieras
-ése con quien te ves últimamente
o en esa compañera del gimnasio
que te sonríe mientras sudáis en el spinning-,
suspira, gime, muérdete los labios,
enarca las caderas, acaríciate toda,
retuércete de gozo y fantasía,
vuélvete un poco puta,
vuélveme un poco loco,
para que, satisfecho, disfrute como siempre.

Y cuando se relaje la tensión del orgasmo
-no te preocupes, sé que tienes prisa-
aguarda unos minutos en silencio
para que imaginemos que al fin estamos juntos,
y lentamente, siempre sonriendo,
con la leve nostalgia que hay después del buen sexo,
acércate e, igual que cada martes,
guíñame, dulce, un ojo,
al bajar la persiana.

Aquí estaré de nuevo dentro de siete días
fiel a nuestro secreto,
desde la incertidumbre de tu nombre,
desde la impunidad de mi ventana.
 

Jefferies

(Foto: thefemalenude.wordpress.com)

La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Futuro imperfecto

Perdido, despistado, camino por la noche
como un pobre ratero que roba tapacubos
creyendo, en su inocencia, que así saldrá del hoyo,
y a cada paso pienso dónde está la salida
de este tremendo absurdo, de este mérito incierto,
que no seré perfecto y que jamás lo he sido,
o si valdrá la pena querer llegar a serlo.

Afortunadamente, es al llegar a casa
cuando caigo rendido y me dices en sueños
que todo está tranquilo, que duerma sin problemas,
que un amante perfecto tampoco es lo que buscas,
que vas a conjugarme tu amor en imperfecto
y que el futuro entonces será nuestro por siempre.
Me dices “te amaré”, y yo, por fin, descanso.

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(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Bienvenidas

Como un invitado ilustre al que hace tiempo que se espera
aún no habéis llegado y ya sois parte de la casa.
Por eso nos estamos encargando
de que los últimos retoques satisfagan
todas vuestras necesidades, que son muchas.
 
Las normas por aquí son, sin embargo, muy distintas
a aquellas que vosotras conocéis:
los grises son más grises, por ejemplo,
pero la luz es también mucho más intensa, y quema a veces.
Contado así parece complicado,
pero nosotros estaremos sonriendo
en todos los caminos que el azar os proporcione.
Yo, por mi parte, desde ya me comprometo
a que nunca os falte nada que yo pueda conseguir:
cualquier necesidad, cualquier apoyo,
cualquier metro cuadrado de ternura.
 
Tan solo me reservo para mí
un momento imprescindible que jamás me quitarán:
este sol de media tarde iluminando a vuestra madre
que sonríe adormecida con la mano sobre el vientre.
 
Esta imagen, lo lamento, será siempre para mí.
Una imagen de ternura
tan frágil, tan hermosa y tan fugaz
como el mundo al que aún no habéis llegado
y del que pronto seréis protagonistas.

Glosa de la ternura merecida

Para Amalia, por la letra.
Para Soraya, por el alma.

Ahora que me tienes y te tengo
debajo del calor de mi cintura;
ahora que, por fin, no me detengo
a calcular, escéptica, si dura
esto de ser felices, te prevengo;
no pienso hacer el rol de chica dura
que va a exigirte más de lo que eres:
yo no soy de ese tipo de mujeres.

Lo digo, más que nada, porque quiero
saber que sabes que ni soy divina
ni pretendo intentarlo, y que prefiero
un tête a tête fregando en la cocina
a que me muestres siempre en candelero
como a esas niñas monas de oficina
que son, cuando les quitas la armadura,
incapaces de amor y de ternura.

Por eso ahora, por favor, intenta
no imitar ni de lejos a esa gente
que piensa que lo ajeno es una afrenta
dispuesta a ser vengada, y ten en mente
que nunca es el más macho el que más cuenta.
No necesito un vengador valiente
que de amor en la calle se desangre:
yo se lo que es valor y lo que es sangre.

Bésame más, amor, dime al oído
“vamos a amarnos siempre”, como aquellos
que no necesitaron otro nido,
sacrificando todos sus destellos
a la constancia, y que por eso han sido
héroes de un cuento bello entre los bellos;
aunque odies la constancia y te repugne,
aunque odie el sacrificio y me repugne,

prometo serte fiel de pensamiento,
de potencia, de acto y devaneo,
seré protagonista de tu cuento,
y no sospecharé si no te veo
ni sembraré reproches en el viento
si me hablan bien de ti, pues, según creo,
los celos suelen ser siempre, en esencia,
la vanidad que nace en la violencia.

Algunas noches puede que hasta veas
mis lágrimas bailar en tu mejilla.
Conquístame sin más: lo que deseas
lo tendrás frente a ti: soy muy sencilla
y digo la verdad; quiero que creas
que antes que estancarme ante la orilla
de un triste restregón de calendario
quiero ser la mujer de un mercenario.

Si el ardor me encuentra entretenida
rogando por favor a tu costado
estar dentro de ti, roba mi vida
y llévame a un rincón, apasionado,
para ser la constancia del suicida,
la urgencia sin piedad de un abogado;
por ser, seré la causa del abismo
de un poeta, de un mártir, es lo mismo.

Seré pues, sí, tu estatua, tu sorpresa,
tus medias de Berkshire, tu veintitantos,
tu zorra, tu abanico, tu princesa,
la pequeñaja musa de tus cantos
si clavas en mis ojos tu promesa.
Quizás porque he besado ya a unos cuantos
o quizás porque no supe sus nombres,
yo sé mirar los ojos de los hombres.

Y ahora que por fin cierro la boca
delante de tus lágrimas de santo
corramos el telón, porque ya toca
comenzar la función, y, por lo tanto,
recuerda siempre el texto de esta loca:
para que no se desgaste mi encanto
ni tu voz se convierta en mi tortura
conozco a quien merece mi ternura.

(Como indica el título de un poema, se trata de una glosa. Es decir, de una versión ampliada de un poema anterior. En este caso, un poema bellísimo de Amalia Bautista que podéis encontrar aquí. Si os apetece leer algo más sobre las glosas, podéis echar un ojo a este otro texto mío.)

La buena estrella

Todo aquello que en mí anduve buscando
estaba traicionando aquella noche.
Con duda y con reproche, mas sin pausa
como un matón de causa intolerable,
se me cruzó algún cable releyendo
aquel montón tremendo de señoras
vendiendo amor por horas a cualquiera
que pagando acudiera a sus servicios
desvelando sus vicios más secretos.

Con los dedos inquietos pulsé el timbre.
Desde un sillón de mimbre, la madama
me condujo a la cama sin paciencia,
y, con su sabia ciencia, al sonreír,
me propuso elegir entre tres nenas
que ocultaban sus penas malamente.
Quise bajar la frente, pero ellas,
instruidas doncellas en lo suyo
soltaron un murmullo aprobatorio
quemando el purgatorio de mis males:
tres mujeres fatales ahí delante
con un frío talante malherido.
De la primera, Olvido se llamaba,
creo que me asustaba su figura
de vetusta escultura contrahecha.
Atrás, a su derecha, había otra
que aun siendo mejor potra, parecía
regarme de agonía con su tacto.
Nervioso, cerré el pacto con Estrella,
que no era la más bella; sin embargo,
en besos por encargo era precisa,
y un no sé qué en su risa dulce y clara
consiguió que pagara sin recato,
cobrando por un rato diez billetes.

Experta, con arietes en el alma,
me desnudó con calma tras decirme
que cumpliría firme mis deseos
sin prisas ni rodeos, que en la cama
le gustaba ser dama cumplidora
y que hasta que la hora nos llegase
daríamos desfase a nuestros fuegos.

Como en lucha de griegos y troyanos
precipité mis manos en su pecho,
y ella, reina del lecho y sus hechuras,
en mil y una posturas se ofrecía
a la vez que pedía que la entrara
mirándole a la cara con lujuria.
Su desatada furia enfurecida
colmó cada embestida de coraje,
y al soltar lo salvaje de mí mismo
forzando un cataclismo en mi interior
(sabiendo que su ardor era ensayado
y su gesto excitado un burdo engaño)
me provocaba daño darme cuenta
que la carne nos tienta de tal modo
que lo destruye todo cuando pasa,
que el amor sí fracasa algunas veces,
que siempre te mereces el infierno
cuando cambias lo tierno por lo adusto.
Pero era tanto el gusto que por fuera
causaba la ramera en mis sentidos
llenando de gemidos mi pesar,
que no pude aguantar ya ni un momento:
rendido y sin aliento acabé el trato.

No hubo pasado un rato de demora,
cuando vi que era hora de marcharme.
Al punto de asearme, la vi quieta;
su oscura silueta de palillo
fumaba un cigarrillo largo y caro.
Mirando sin descaro mi pellejo
me regaló un consejo clandestino
que hizo mi destino comprender:
“Olvida a esa mujer: no te conviene.”

Aún hoy me retiene el pensamiento
recordar ese acento caribeño
que, con mínimo empeño y sacrificio
regresaba a su oficio de fulana
mientras yo, con desgana y desamor
bajé en el ascensor, la cara seria,
llorando de miseria por tu adiós.

(Foto: montecarlodailyphoto)

 

(Nota: Este poema pertenece a mi poemario “Penúltimo momento“)

Marco Polo


Para Luna Paredes

Hace ya tantos años que soñé que comenzaba este viaje
que ahora no recuerdo ni el motivo ni el destino.
Pero me encuentro aquí, dos continentes más allá,
en esta ciudad dorada cuyos ríos son deidades,
esta ciudad caótica y sensible cuya historia se escribió desde el silencio,
esta ciudad desnuda cuyo nombre tiene ásperos sonidos que no sé reconocer.

No es este, sin embargo, el lugar más admirable de la tierra;
el camino ha sido largo y la belleza, una constante bendición:
he descubierto bosques avanzando hacia las costas,
he sentido latir la compasión de antiguas ruinas imperiales,
he conversado con imágenes de dioses sonrientes
que reniegan de castigos y culpables,
he visto el despertar de las luciérnagas, la aurora boreal,
las danzas con antorchas en las noches del desierto,
la lágrima orgullosa del jinete, del pastor y del maestro.
Ante mí se han desplegado sin cesar la Tierra, el Agua, el Fuego, el Aire y el Metal
en dirección a los seis puntos cardinales del Espacio.
He conocido mucho más de lo que muchos creen que es mucho
y toda esa belleza es ahora parte de mi piel.

A lo largo del camino he compartido pan, anécdotas y sueños
con docenas de personas que quizás ya no veré.
Personas como yo que en un momento delicado
se cruzaron en mi vida. O yo me crucé en las suyas, no lo sé.
Amistades efímeras e intensas
gracias a la certeza de que es algo temporal.
Con ellas aprendí que el hombre es bueno,
que en poco tiempo se puede ser bastante para otro,
que la verdad no es nunca un dogma inamovible
que debamos acuñarnos con mayúsculas doradas e indelebles
sino un concepto amplio y permeable
dispuesto a cobijar a quien reniegue del cuchillo y la calumnia.

Soy un hombre afortunado en el sentido más hermoso que conozco.
Soy un hombre afortunado, aunque el precio de esta dicha
sea el no poder jamás abandonar esta nostalgia
que me empuja a echar de menos siempre a alguien.
No sólo a mi familia o a mis amigos de infancia.
También al mercader que cada día con un guiño
me ofrecía una bebida de textura inesperada,
o al chico sonriente que me hizo sonreír durante meses
creyendo que sabía saludarme en mi idioma.
Me encuentre donde me encuentre, en casa o fuera de ella,
siempre me faltará alguien. Es así.
Y sin embargo, ya lo he dicho, soy un hombre afortunado.

No es esta, por lo tanto, la ciudad que yo buscaba
– la más querida es aquella donde ha de estar mi tumba
y quiero pensar que aún no he conocido la ciudad más fascinante-,
pero aquí me he encontrado una rutina sosegada.
Ya no me fascina todo, pero no soy un intruso.
Me invitan a sentarme con ellos mientras comen
y conozco las palabras necesarias para ser agradecido.

No es esta la ciudad que yo buscaba.
Y sin embargo aún no sé cuál de todas estas calles,
estas voces y sonrisas que ahora son mi día a día,
será la que provoque, cuando esté ya entre los míos,
mi deseo incontrolable de volver a estar aquí.

(Foto: http://supermelion.com)