Invitación de boda

“Sebastián y Mercedes se complacen
en invitarle a su esperado enlace
que se celebrará…” Cierras la carta.
Respiras. Te emocionas y sonríes.
La semana pasada aquel muchacho
que te llamó señora, hace dos días
te encontraste una cana, y ahora esto:
el primer matrimonio de una amiga.
La vida avanza a pasos de gigante
y tú sientes que estás perdiendo el tiempo.

Te miras al espejo y te preguntas
quién eres, dónde ha ido aquella niña
que casi no recuerdas. Sientes vértigo.
¿Quién será Sebastián? ¿Ese de gafas?
¿Cuánto hace que no llamas a Mercedes?
¿Irás sola? ¿Con Luis? ¿No es demasiado?
¿Algo precipitado? ¿Te da miedo?
¿Es verdad que de bodas salen bodas?
¿Quieres casarte? ¿Es pronto? ¿Y tener hijos?
¿Te vas a quedar sola, vieja y fea?
¿Morirás rodeada de cuatro o cinco gatos?

Tranquila, que tampoco es para tanto.
Aún no has decidido qué te vas a poner
ni en qué color: azul cielo nublado,
verde falsa esperanza, rojo sangre,
morado porvenir, negro futuro,
amarillo envidiosa sin remedio…

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Yo no tengo la culpa

Yo no tengo la culpa. De pequeña
me leíais cuentos cada noche,
y yo me imaginaba un bosque, un mar,
un caballo que hablaba, una gaviota…
y un día, de repente, no me leísteis más
y yo me quedé triste en el mundo de siempre.
¿Qué queríais que hiciera? ¿Que llorara?
Pues no, mamá, me da igual que te enfades,
me chilles o me quites la linterna:
apagaré la luz cuando yo quiera.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Casandra

Con tu gran clarividencia,
sibila desprestigiada,
no viste en lo nuestro nada.
Mas me pudo la impaciencia,
y, a pesar de tu advertencia,
al caballo abrí la puerta
sin estar la mente alerta
de cualquier posible daño.
Ese amor nuestro de antaño
es ahora Troya muerta.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“. La foto es de greyguardian)

La isla bonita

Para Alessia Petralia

Abriste los ojos
y ya me tenías:
pasé tantos días
bebiendo de ti…

Crucé tus aceras
desnudo y sin prisa:
mi nueva sonrisa
no huía de mí.

Y ahora que soy
una nueva persona
me marcho. Perdona
mi súbito adiós.

No puedo quedarme
aunque me lo pidas,
porque en nuestras vidas
sobramos los dos.

No digo “jamás”
ni miro hacia atrás:
busco mi destino.

Debo caminar,
aprender a andar,
pero no contigo.

He amado tu ruido,
tus noches violentas,
tus lágrimas lentas,
tu forma de ser…

Lo tienes, sí, todo,
y no es suficiente:
ser tan complaciente
no te deja ver

que eres tan pequeña
y el mundo tan grande
que hacia donde ande
estaré mejor.

Y si te conformas
con ser lo que eres,
habrá otras mujeres
que tengan mi amor.

No digas “jamás”
ni mires atrás:
busca tu destino.

Debes caminar,
aprender a andar,
pero no conmigo.

 

De qué hablo cuando hablo de ti

Yo soy de los que cuidan mucho el texto
porque cuando lo lean otros labios
cada palabra mía será mi embajadora.
Por eso, cuando acabe de escribir este poema
lo leeré, lo releeré,
cambiaré unas cuantas cosas
y me daré, quizás, por satisfecho.
Pero no lo daré por terminado
hasta que tus ojos
incendiarios y feroces
no se muestren orgullosos de estos versos.

Yo sé que me equivoco algunas veces
a lo largo del día en lo que hago,
como cuando me agobio o cuando se me olvida
hacer algún recado que te prometí que haría.
Pero cuando me equivoco
tú, en lugar de enfadarte,
me miras fijamente y me sonríes.
No hay nada que no arregle esa sonrisa:
con esa sonrisa
me haces comprender que nada
es más valioso que el lujo de estar juntos.

Yo no tomo café. Me sienta mal,
pero cada mañana me levanto
a preparar el tuyo mientras tú estás dormida.
Es un pequeño esfuerzo que se ha convertido en rito
porque todas las mañanas
cuando regreso a la alcoba
te miro mientras duermes. Luego digo:
“Buenos días, amor. Ya está el café.”
Entornas los ojos,
sonríes, te das la vuelta,
y gracias a mí te duermes más tranquila.

Yo nunca he conseguido ser valiente
al tomar decisiones en mi vida,
y cuando deseo hacerlo casi siempre es la inercia
la que guía mis pasos hacia lo que ya conozco.
Pero tú eres muy distinta:
te gustan los desafíos
y sabes que yo quiero que me gusten.
Tú, que haces que todo sea más fácil,
me coges la mano,
comenzamos a andar juntos,
y el destino de repente es más intenso.

Cuando hablo de ti, mi amor,
hablo del mejor hombre que puedo ser
y que soy gracias a tus ojos, tu sonrisa,
tu modo de despertar, tu mano en mi mano
y tantas otras cosas que no caben en un verso.

Prometeo

Para Sergio Balsera.

He tardado dos mil años en saberlo:
el águila que me devora las entrañas
cada día
no es mi enemiga.

Yo era un hombre satisfecho de mí mismo,
de mi formación y mis principios.
Todo en mí era equilibrio, estructura y realidad
y resumí con ellos mi carrera y mi apellido.
Tuve la suerte de aprender lo que es el fuego,
y me propuse ser el hombre que lograra
dar su luz a los hombres y mujeres de este mundo.
Pensaba que esa era mi misión. La única posible.
Desdeñé cualquier otra alternativa.
Me esforcé, lo logré -eso me gusta pensar-
y fui castigado por ello.

(Habéis escuchado la historia en tantos labios
que no me detendré ahora a explicarla.
Quisiera, sin embargo, matizar algunas cosas.)

He tardado dos mil años en saberlo,
pero ahora sé que fue soberbia lo que hice:
soberbia el suponer que había sólo un fuego y era el mío,
soberbia el renegar de cada fuego de los otros,
soberbia el no admirar en cada sitio su color,
soberbia el olvidarme de reír,
soberbia el convencerme de que esa gran tarea
era lo único que yo necesitaba.

No es mi enemiga, no:
no puedo llamar “enemiga”
a quien me ha ayudado a comprender
que estaba equivocado.

Miradme bien. Estoy aquí, encadenado en esta roca.
Sólo me recordais por mi castigo, y ni siquiera
es para mí un castigo: es una bendición.
¿Por qué olvidais que también me regenero cada día?

No es mi enemiga, no:
también es un animal que me acompaña
con el que, a veces, juego.

He tardado dos mil años en saberlo:
la luz del fuego no es la única verdad que me acompaña.
También traigo conmigo la belleza de la sombra.

Liturgia anual

Crecer es, ante todo, conocerse
dándose a conocer a los demás,
y ya estás en edad de preguntarte
qué imagen quieres dar a todo el mundo:
romántica, rebelde, independiente,
si buscas provocar o ser parte del grupo.
Tardaste una semana en decidirte
entre actores, paisajes, monumentos,
grupos de pop, de rock, fotos abstractas,
películas, caballos o gatitos.

Los adultos que piensan que los jóvenes
no tienen ni principios ni valores
olvidan con frecuencia una liturgia
privada, imprescindible y minuciosa
que debe repetirse cada año:
tijeras, pegamento, algunas fotos,
plástico de forrar y una carpeta.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Noé

Para Masao Arai.

El ángel más oscuro del Señor bajó a la Tierra
para darme la noticia.
Eran sólo tres palabras. Cuánto daño
puede caber en sólo tres palabras.
Maldije mi apellido cinco días con sus noches
hasta aquella mañana en que mojándome la cara y las muñecas
comprendí que era justo y necesario mi destino.
Abrí el portón, oí el bullicio de las calles
y empecé a caminar.

La gente, cabizbaja, se extrañaba de que yo les sonriera.
Ninguno imaginaba que quería despedirme.
El mundo como yo lo conocía estaba a punto de extinguirse;
en unas horas todos morirían y yo era el elegido,
el llamado a vivir y a dar la vida nuevamente.
El brazo ejecutor. El homicida necesario.

Recorrí callejuelas y portales, plazas, parques y mercados;
subí cien o doscientos tramos de escaleras.
Caminé y caminé hasta desgastarme los zapatos,
y al llegar al lugar que me habían indicado
pude observar el mundo una vez más. Mi mundo. Vuestro mundo.

Todo era tan hermoso y tan fugaz como yo mismo.

Rendirme a esa certeza era la única respuesta,
y comencé a llorar un llanto denso y turbio
nacido muchos años más atrás.
Lloré cada traición, cada enemigo, cada muerte,
cada punto final, cada dolor, cada venganza,
cada fiebre, cada guerra, cada sueño no cumplido,
cada orgullo, cada adiós, cada rencor, cada nostalgia.
Lloré por cada lágrima vertida desde el día en que nací,
y mi llanto obsesivo, feroz y necesario
cubrió todos los campos y ciudades y caminos
y todo lo que el hombre construyó durante siglos
y todo lo que el hombre suponía que era eterno.
En las siete semanas sin descanso que lloré
vi desde donde estaba como todo se cubría con mi llanto
y aún lloré la culpa de que todo pereciera.
Ojalá que lleguéis a perdonarme, vosotros que tuvisteis que morir.

Pero todo tiene un fin. También mi pena.
Y cuando llegó el día en que se agotaron mis lágrimas
y pude, poco a poco, abrir los ojos sin temor,
comprendí la verdad viendo el vacío ante mis ojos:
el fin nunca es el fin sino el principio de algo nuevo.
Ya no tendré derecho a lamentarme
si el futuro que me espera soy yo mismo.

Consciente de que esa era la única sentencia
bendije con el vaho mis manos fuertes y rugosas
y empecé a caminar.
Allá, en lo alto, el sol iluminaba mi camino
y el ángel más oscuro del Señor me sonreía.

(Foto: Angelo Spataro)

Ellas. Sextina a lo intangible

Hay chicas que resurgen de la niebla
trayéndote el almíbar de la luna
que hará que resucites aquel sueño
que hace tiempo enterraste muy al fondo:
son esas que aparecen una noche
al fondo de una barra en plena risa.

Hay otras, que, escondidas tras la risa,
despluman fríos pájaros de niebla
al morirse las luces de la noche,
que no cantan boleros a la luna
porque están convencidas que, en el fondo,
despertarán un día de su sueño.

Hay chicas que te roban hasta el sueño
al salpicarte entero con su risa;
de repente te calan hasta el fondo
dejando entre los huesos como niebla
y luego se evaporan con la luna
rompiendo calendarios en la noche.

Hay otras que te duran una noche
para ayudarte a conciliar el sueño:
tú le prometes todo, hasta la luna
-procura no morirte de la risa-,
que ya verás que son de triste niebla
y están todas vacías en el fondo.

Hay chicas que te arrastran hasta el fondo
despiertas por el día y por la noche,
que te inyectan canela entre la niebla
destrozando con saña cualquier sueño,
que llegan a aterrarte con su risa
de dientes antipáticos de luna.

Hay otras que residen en la luna
porque no tienen nada por el fondo,
que a veces te dedican una risa
y que temen salir ya muy de noche;
es normal que estas tengan algún sueño
que luego se confunda entre la niebla.

Pero otras son la luna entre la niebla,
un fondo de violines cada noche
y un sueño en la frescura de una risa.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Taller de coches

Para Victoria Herrero, que supo comprender,
in memoriam.

Muy cerca de mi casa hay un taller de coches:
un taller de desguace, de chapa y de pintura
donde constantemente pernoctan viejos autos
vencidos, reventados, vacíos y abollados.
Yo les oigo de noche sus lloros añorantes
por lo que antaño fueron antes de ser chatarra,
cuando, ebrios de furia, devoraban kilómetros.
Es un llanto muy triste que pronto ha de apagarse
con una llave inglesa y un poco de soplete.
Pero me da más miedo descubrir observando
el amasijo crudo en que se han convertido,
(pensando que, inocentes como nosotros mismos,
jamás tuvieron claro que otro los guiaba
cambiando, por su antojo, sus marchas y sus ritmos),
que les era imposible a sus revoluciones
sentir que hay más caminos, no todos paralelos,
pero envidiables todos si llevan a buen puerto.
Y que nunca supieron ni por mínimo asomo
en qué mojón exacto su ruta acabaría,
que no hay prisa en llegar al final del trayecto
por esta carretera tan nuestra que es la vida.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)