Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

04. Commitment Ceremony

Sin hacerse daño

Para @oh_rus.

 Ya hace un año que llegamos a Canadá. Un año desde que mi mujer y yo nos marchamos de España para dar a Amelia y Victoria un futuro digno. Pero futuro digno es un concepto muy abstracto y nuestra historia es una historia concreta, como la de miles de españoles más que han tenido que emigrar. Así que será mejor decir, por ejemplo, que mi mujer y yo nos marchamos de España para darles a Amelia y Victoria una habitación. Hace ya un año por tanto que escribí este post en el que explicaba nuestra situación, asemejándola a una suerte de condena centenaria demasiado común en la historia reciente de España. Ahora, un año después, echo la vista atrás y no puedo dejar de alegrarme al ver el camino recorrido. Me gusta más mirar hacia delante, claro. Sobre todo en la habitación de Amelia y Victoria, donde ahora están sus juguetes, sus camas y sus peluches.

Siempre sonrío cuando entro en esa habitación, porque es la mejor demostración de que lo estamos haciendo bien y que mi mujer y yo hicimos lo que teníamos que hacer. Y sobre todo sonrío al verlas a ellas, y pienso cómo irán creciendo -ellas, que aún no han cumplido dos años- y ocupando más espacio en esas camas que ahora parecen gigantescas a su lado. Las imagino, por ejemplo, volviendo del colegio y tirando sus mochilas sobre el colchón, o leyendo a deshoras bajo las sábanas o haciendo un castillo de almohadas y cojines. Ninguna de estas imágenes es muy original, claro. Ni falta que hace. Me interesa más ser feliz que ser original, y es en estas pequeñas cosas donde radica la felicidad: en las cosas concretas. Imagino que sabéis a lo que me refiero, pero dejadme que os explique.

Hace un año esas camas eran solo una idea. Sabíamos, por supuesto, que algún día Amelia y Victoria tendrían una habitación para ellas y dormirían en unas camas. También imaginábamos que al menos uno de los dos tendría trabajo para que el otro se encargara de las niñas y que por las noches, cuando estuvieran durmiendo, veríamos nuestra serie favorita. No hay nada de extraordinario en esto, al menos en el primer mundo. Una vida de lo más común la que queríamos, como podéis ver. No hay nada de extraordinario y sin embargo hace un año no nos lo podíamos plantear. Hace un año, digo, esas camas eran una idea. Un concepto abstracto, general. Y ahora están delante de mí. Las puedo tocar, me tumbo en ellas. Y nuestro futuro ahora es un poco más concreto porque en él aparecen esas camas y también el sofá azul en el que vemos The good wife, y el conductor de autobús que cada día me saluda cuando voy al trabajo, y los vecinos que nos invitan a las fiestas de cumpleaños de sus hijos y nuestra cerveza canadiense favorita y los columpios de debajo de casa en los que Amelia y Victoria se ríen juntas cuando una se tira por el tobogán y la otra aplaude. Hace unos meses este país era para nosotros un camino por recorrer y hoy ya es un proyecto de vida en el que las cosas tienen una forma concreta y las personas una cara reconocible.

Lo último que escribí en este blog sobre mi vida laboral es que conseguimos independizarnos gracias a que yo había estaba trabajando en una fábrica de salchichas. Esto fue a través de una empresa de trabajo temporal con la que también hice hamburguesas, carne picada, botellas de plástico para líquido de lentillas, envases de cartón e incluso desmonté televisores en una planta de reciclaje. Fue una etapa de mi vida que siempre recordaré con mucho cariño: Canadá es un país de muchas oportunidades, pero para acceder a ellas necesitas tener experiencia laboral canadiense. Eso obliga en muchas ocasiones a hacer una cura de humildad y aceptar cualquier trabajo que encuentres. Imagino que esa cura de humildad habrá quienes la llevarán mejor y otros peor. En mi caso, como ya os dije, me sirvió para sentirme muy orgulloso de mí mismo.

Pero de eso hace ya unos cuantos meses. Ahora trabajo en el departamento de estudiantes internacionales de Centennial College, en Toronto. El college que mayor cantidad de estudiantes internacionales recibe de todo Canadá. Si alguno de los que estáis leyendo esto os planteáis estudiar en Centennial, es muy posible que paséis por mi mesa en algún momento. Así que estoy de nuevo en un entorno laboral que me gusta, que conozco, en el que me muevo con comodidad y para el que sé que valgo. Además de eso, sigo escribiendo para Jot Down, sigo haciendo traducciones, y tengo entre manos algunos proyectos teatrales y literarios que parece que van a salir adelante.

(Lo que son las cosas: el párrafo anterior es el más corto de los que llevo escritos en este post, y es el que más me hubiera gustado leer hace un año)

En los primeros meses fuera de su país, un emigrante se enfrenta simultáneamente a dos aspectos que tiene que solucionar. Por un lado está el aspecto práctico: el trabajo, la vivienda, las facturas, el móvil, el transporte… Todas aquellas cuestiones necesarias para comenzar una nueva vida y que en nuestro caso ya están bien encarriladas. El otro aspecto es el emocional. Es decir, la asimilación de una nueva cultura y el darse cuenta de que para bien o para mal ya no estás en casa. Nunca se escribirá suficiente sobre este aspecto emocional, ya que cada persona lo vive de distinta forma. Hay quienes a los cinco años siguen deseando regresar y quien a los dos meses ya ni se acuerda de dónde venía. Además, es un proceso que en algunos aspectos es más complejo que el tener cubiertas tus necesidades económicas porque, como digo, se vive de forma individual: conozco parejas bien establecidas aquí en los que uno no ve la hora de marcharse y el otro está encantado de la vida, con lo que no siempre se puede contar con el apoyo de la pareja. Por si acaso alguien lo duda, no es este nuestro caso.

Sea como sea, ese sentimiento agridulce y pendenciero al que llamamos morriña suele cobrar gran protagonismo en la vida del expatriado: como ya escribí en este poema, todos los que nos hemos ido a vivir a otro lugar cargamos siempre con la maldición de echar de menos a alguien. Ahora mismo yo estoy en Canadá y echo de menos a mucha de mi gente en España. Pero si alguna vez logro recuperar una vida laboral estable en España sé que echaré de menos a otras cuantas personas que ahora tengo aquí. Es lo que tenemos las personas: que nos encariñamos de otras personas. Yo me enfrenté a esa maldición por primera vez hace unos años, y ahora puedo sonreír con la seguridad del que sabe que está consiguiendo vencerla.

¿Pero cómo es eso, Filardi? ¿Es que acaso ya no echas de menos a toda esa gente imprescindible en tu vida? Sí, pero no. La echo de menos, por supuesto. Pagaría (casi) cualquier cosa por estar ahora mismo tomándome una caña -o comiéndome unas croquetas- con alguna gente que no necesito mencionar, porque ellos saben quiénes son. Gente que estoy seguro que al leer esta misma frase sentirán que les estoy guiñando un ojo cómplice. A algunas de esas personas, incluso, no las conozco en persona sino que han arraigado en mi corazón gracias a las redes sociales. Pero de eso hablaremos otro día con más calma. Lo que quiero decir ahora es que a todas esas personas las echo de menos, pero en este año he aprendido a asumir que casi nadie es imprescindible. Para bien o para mal, por supuesto, y habida cuenta de que en ese casi solo hay lugar para tres personas que viven en mi casa. Yo me marché de España y mi gente sigue su vida, igual que aquí sigue la mía sin ellos. Es cierto que ya no es la misma vida, pues su ausencia es como un pequeño hoyito donde a veces se queda incrustada la arena de la melancolía y de los recuerdos de aquellos tiempos. Ya no es la misma vida, pero es vida a fin de cuentas. Contamos con la tecnología suficiente para estar en contacto, aunque no siempre se dispone del tiempo ni la entereza suficiente como para ponerse a escribir: hay veces que por fatiga, por rutina o por dejarlo para un mejor momento se aplaza el escribir unas palabras para mantener el contacto, pero también es cierto que una verdadera amistad no se desvanece así como así. Todo esto es un poco como aquel terrible tango de Gardel: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. Siempre me ha provocado una terrible angustia esa segunda parte de la frase. Y ahora, ay, ya la he comprendido.

Pero no. He dicho ay y no es así. Ay es una palabra reservada a los que sufren, y tengo la suerte de que ese no es el caso. O en todo caso es un ay pequeñito y juguetón. Porque uno es uno y sus circunstancias, y cuando se marcha a otro país cambian las circunstancias. Así que el silogismo está claro: cuando uno se marcha a otro país, uno deja de ser ese yo para convertirse en otro yo distinto. Mi yo está ahora impregnado de una estabilidad laboral que hace años que no tenía, lo que me ayuda a ser el Ernesto más sereno que recuerdo de los últimos años. Especialmente a raíz de este tuit, que es el causante de toda esta parrafada y -aunque suene exagerado- de una buena parte de mi estabilidad en todo esto de lo que estoy hablando.

OhRus

Echar de menos sin hacerse daño. Qué genialidad, ¿verdad? Esa es la clave en todo esto. Ese es el objetivo. Yo no quiero olvidarme de mis amigos ni de mi familia. Claro que no. Me niego a olvidar las cenas multitudinarias de Nochebuena, las gachas de mi suegra, las horas de ensayos o los cafés a deshoras. Pero he asumido la certeza de que es muy posible que no vea crecer a los hijos de mis mejores amigos igual que ellos quizás no verán crecer a mis hijas, o que una de las personas a las que más quiero en este mundo vive en Tokyo y no tengo la más remota idea de cuándo ni dónde volveremos a coincidir. Ya lo veis: escribo estas líneas y no puedo contener las lágrimas al imaginar el abrazo que daré a cualquiera de esas personas cuando pueda volver a verlas.

Pero poco a poco esas lágrimas están dejando de provocarme dolor para convertirse en otra cosa. Ahora son parte de esas nuevas circunstancias en las que me hallo, y por tanto ya son parte de mí. No es ya un dolor, no, sino más bien una pequeña marca que nos caracteriza a los expatriados: aprendemos a llevarnos bien con nuestras nostalgias, igual que otros aprenden a llevarse bien con sus canas, sus estrías, sus lunares o sus manchas de nacimiento. Preferiríamos no tener esas marcas, pero son parte innegable de nosotros.

Y esto es todo lo que puedo contaros, que no es poco. Quizás esperabais otro texto emotivo y melancólico de esos que de vez en cuando me da por escribir, no lo sé. Hoy no traigo nada de eso porque no tengo lágrimas para compartir con vosotros. Solo felicidad. En un año, nuestra vida ha cambiado lo suficiente como para dar gracias por ella: escribo estas líneas en el autobús que me lleva al trabajo, y cuando regrese me iré al parque a encontrarme con mis tres mujeres. Cenaremos allí -al menos mientras dure el buen tiempo-, jugaremos un rato, ellas disfrutarán de los columpios y mi chica y yo con sus risas. Las dos irán diciendo adiós con la manita a los coches y a los aviones de camino a casa, y una vez allí uno las bañará mientras el otro recoge la casa. Se irán a dormir a sus camas y su madre y yo nos tomaremos nuestra cerveza viendo un capítulo más. Después seremos nosotros los que nos iremos a la cama. Pero antes echaremos un último vistazo a la habitación de Amelia y Victoria para verlas dormir, y volveremos a sonreír con la certeza de que lo estamos haciendo bien y que hicimos lo que teníamos que hacer.

Ya lo veis, nada original. Ni falta que hace.

Lago (2)

 

Metáforas, realidades y salchichas

(Nota: Este texto, como todos los de mi blog, puede leerse de forma individual. Pero es muy posible que para comprenderlo en su totalidad necesites leer antes mi texto «El fin de la condena»)

Para @tanirockk, @estefaldina,
@ruben_caviedes y @CondedeGondomar,
que siempre están al otro lado de la pantalla.

Hace seis meses que llegamos a Canadá buscando un futuro mejor para Amelia y Victoria que el que parecía esperarles en España. Seis meses intensos llenos de nuevas experiencias y cosas que aprender: ahora saben pulsar botones para que suene la música en sus juguetes favoritos, estirar los brazos y las piernas para ayudar cuando mamá o papá les ponen la ropa y hasta plantan sus pies en el suelo, comenzando a dar sus primeros pasos sin apoyarse. Soltándose poco a poco de las personas que les ayudan a tenerse en pie.

Esta es la realidad. Pero también es una metáfora de la nueva vida de sus padres.

Es una metáfora porque tras todo este tiempo ya sabemos a qué timbres llamar para conseguir lo que necesitamos, hemos aprendido qué ponernos para sobrevivir a -30º y, lo mejor de todo, nos hemos mudado a un piso en el que Amelia y Victoria no solo tienen un dormitorio sino también una terraza acristalada que hemos convertido en su habitación de jugar.

Durante estos meses hemos estado viviendo en casa de mi hermano y su mujer, cuya generosidad y paciencia infinita son solo comparables a las de mis suegros, que nos alojaron durante algo más de un año, cuando Amelia y Victoria aún no habían nacido. Esto significa que hemos vivido más de año y medio en casa(s) ajena(s), y esos primeros pasos que estamos dando sin ayuda en un país en el que comenzar de nuevo son, como les sucede a ellas, tan complicados como satisfactorios, tan imprecisos como hermosos: nos hemos enfrentado al invierno más duro de los últimos treinta años pero también hemos conocido de primera mano la calidez humana de los canadienses, una gente siempre dispuesta a echar una mano porque saben lo árido que puede ser este país para un recién llegado. Hemos tenido que poner un océano de distancia entre nosotros y nuestros seres queridos, pero hemos encontrado aquí una segunda familia que nos ha hecho comprender el significado profundo de Acción de Gracias. Hemos renunciado a la vida que habíamos construido durante años en España, pero ahora tenemos un proyecto de futuro que allí nos era imposible cumplir.

No hemos empezado de cero porque nunca se empieza desde tan abajo cuando se comienza una nueva vida en otro país: siempre hay un mínimo conocimiento previo de cómo funciona el mercado laboral, y tus habilidades adquiridas previamente (versatilidad, capacidad de realizar varias tareas al mismo tiempo, planificación previa…) siempre te van a acompañar adonde vayas. No hemos empezado de cero, pero sí nos hemos tenido que acostumbrar a no ser nadie durante un tiempo. Oficialmente hablando, claro, pero nadie a fin de cuentas. Eso implica, por ejemplo, que tu experiencia laboral previa no cuenta porque nunca has trabajado aquí y nadie se va a preocupar de llamar a España para preguntar si eres de fiar o no. Por supuesto, eso supone tener que aceptar cualquier trabajo. El que haya, aunque tenemos la suerte de haber llegado a un país en el que trabajo no falta. En mi caso, y aquí abandono el nosotros porque a mi mujer aún no le han concedido permiso de trabajo, estoy ahora en proceso de convalidar mis títulos académicos. Mientras tanto, tengo que quitarlos de mi CV si no quiero que me rechacen cuando pido trabajo en una librería o en una fábrica. Las primeras veces pica un poco, para qué negarlo. Especialmente cuando ves que hay otros a los que les va de maravilla inflando un CV falso. Pero llega un momento en que ves todo con otra perspectiva y comprendes que lo importante es, como dicen aquí, llevar el bacon a casa. ¿Y en qué trabajo entonces? ¿Cómo ha sido posible “independizarnos” en solo unos meses? Muy sencillo: hago salchichas.

Esto no es una metáfora de nada. Es la realidad.

A través de una empresa de trabajo temporal he conseguido trabajo en una fábrica de comida preparada. No solo salchichas, eh. Carne picada, hamburguesas, albóndigas, alitas de pollo con salsa barbacoa… También he trabajado estos meses repartiendo periódicos, trabajando en una cartonera y empaquetando botellas de plástico. Pero a mí me gusta decir que hago salchichas porque es más sonoro y más gráfico a la hora de describir mi nueva vida.

Es posible que al leer esto alguno se burle de mi situación (fíjate qué pringao, que se pone a hacer salchichas con la formación que tiene); o todo lo contrario, sienta algo parecido a la compasión (fíjate qué pena, que tenga que ponerse a hacer salchichas con la formación que tiene) o incluso la indignación (fíjate que por culpa de estos cabrones tenga que ponerse a hacer salchichas, con la formación que tiene). Otros se encogerán de hombros (pues que se ponga a hacer salchichas, tenga la formación que tenga) y, tal como está el cotarro, alguien sentirá algo de envidia (qué suerte tiene, que yo también tengo buena formación y ni siquiera consigo hacer salchichas). Y todos tendríais razón. Cada uno a su manera, claro. Yo, que en estos meses he transitado todos esos estados de ánimo, he llegado a un punto que me gustaría explicaros para compartir con vosotros mi satisfacción.

Hace tiempo escribí un texto en este mismo blog en el que hablaba de lo importante que es cambiar de país para ver el tuyo desde cierta perspectiva. Por aquel entonces yo decía lo siguiente:

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

En aquel momento algo en mí necesitaba irse. Cambiar. Comprender el significado de ese lugar tan común llamado «conocer otras formas de pensar». Así que lo hice. Estuve fuera unos meses. Regresé sin saber que años después tendría que volver a irme por motivos muy distintos para aprenderme de memoria nuevas calles, otro horario de trenes y autobuses e incluso otro olor de otra panadería.

En los últimos seis meses he estado demasiado ocupado buscando trabajo como para empaparme de otros puntos de vista o de otros modos de concebir y explicar la vida, pero han sido suficientes para comprender que no es ninguna vergüenza trabajar haciendo salchichas teniendo un doctorado: la vergüenza es que haya profesores universitarios en España que cobren casi tres veces menos que yo (y sin cotizar) sabiendo que el sueldo mínimo en Canadá no llega al doble. La vergüenza es que mis amigos allí tengan asumido que nunca van a cobrar las horas extra mientras que aquí cuando llega la hora suena un timbre y el jefe me dice sonriendo que muchas gracias y que ya me puedo ir a casa. La vergüenza es que mi mujer no tuviera derecho a asistencia sanitaria cuando estaba embarazada tras años trabajando para varios ministerios, mientras que aquí el gobierno nos concede una ayuda mensual -con la que pagamos la mitad del piso- hasta que Amelia y Victoria cumplan dieciocho años.

Esta es la realidad que nos hemo encontrado, pero también es una metáfora que explica la España salerosa de la que hemos huido.

No estoy diciendo que este sea el mejor país del mundo: aquí tenemos senadores puestos a dedo que cobran sueldos vitalicios y representantes políticos que, ejem, no están a la altura de las circunstancias. Tampoco digo que lo dejéis todo y os vengáis mañana mismo para acá: conseguir los papeles canadienses lleva muchísimo tiempo y aquí son muy estrictos con eso. Lo que quiero decir es que aquí es más fácil crear una familia, y tengo la suerte de hacerlo. Haciendo salchichas o lo que sea.

Pero no quisiera que mis palabras sonaran a despecho, porque este es un texto de amor aunque no lo parezca. De amor incondicional a mi mujer y a mis hijas, que me han ayudado a comprender que ellas –las tres- son lo mejor de mi vida: tengo un currículo bastante decente, hablo varios idiomas y he vivido y trabajado en cinco países. Un espectáculo mío superó las doscientas representaciones, otro fue estrenado en la Casa Museo de Tolstói y por otro fui nominado a un importante premio teatral. He ganado un premio nacional de poesía, he demostrado la autoría de Lope de Vega en una obra que no se consideraba suya desde hacía setenta años y escribo de vez en cuando en una de las más prestigiosas revistas culturales de hoy en día. Conozco cuatro continentes, he hecho submarinismo recorriendo los camarotes de un pecio, he surcado el Mekong, he recorrido la carretera del Pacífico, me he bañado en un río rodeado de elefantes, me he empapado en Iguazú y he estado en la cima de un volcán en erupción. He plantado dos árboles, he publicado dos libros, he montado dos veces en globo y, ya lo sabéis, tengo dos hijas. Aún no he cumplido los cuarenta y puedo decir en voz alta que tengo una vida de la que estoy muy satisfecho. ¿Cómo no estarlo si incluso te tengo ahora a ti, quienquiera que seas, que pudiendo hacer cualquier otra cosa has decidido invertir un rato de tu tiempo leyendo estas líneas?

Pero ya veis: de nada me siento tan orgulloso como de la sonrisa de mi mujer cuando el otro día, al terminar la mudanza, se cerró la puerta y nos quedamos los cuatro en una casa a la que por fin podíamos llamar nuestra.

No pretendo seguir con las salchichas toda la vida: cuando estemos más asentados buscaré otro trabajo. A ser posible relacionado con la educación, porque es con lo que verdaderamente disfruto y en lo que creo que puedo ser más útil. Hasta entonces seguiré haciendo salchichas (o botellas de plástico o cajas de cartón o lo que sea) con la cabeza bien alta. Tuve la suerte de estudiar lo que me gustaba, tuve el privilegio de poder vivir de ello durante años y sé que tendré la fortuna de volver a hacerlo. Pero antes que profesor o escritor soy padre y marido y de ello estoy ejerciendo con notable éxito, ya que solo hemos necesitado unos meses para lograr el objetivo que nos habíamos propuesto. Objetivo que cuando nacieron Amelia y Victoria nos parecía aún más lejano que este país que nos está ayudando a llevarlo a cabo. Solo unos meses ­-quién nos lo iba a decir- para terminar con esa condena, con esa sensación de fracaso centenaria a la que me refería aquí. Estoy convencido de que no soy el único. Que hay miles de titulados que se han marchado fuera y están viviendo dignamente desempeñando otras tareas que aquellas para las que se formaron. Pero otro gallo nos cantaría si cada uno de los responsables de educación y empleo a nivel nacional, autonómico y municipal pudiera compartir sinceramente con nosotros esa sensación de misión cumplida.

Y aquí os dejo, porque se ha quedado muy buena tarde para ir a dar una vuelta. Hoy solo estamos a -8º, con una sensación térmica de -12º. Aunque no lo parezca, es una buena noticia porque eso significa que poco a poco está llegando la primavera. Esa es la gran lección que hemos aprendido en este, a pesar de todo, cálido país: que por muy largo que sea el invierno de nuestro descontento siempre sale el sol.

Esto es una metáfora, por supuesto. Pero también, os lo aseguro, una realidad.

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Condenados a no entenderse

Para Javier, con quien tanto me gusta hablar de poesía.

Cosas que he escuchado a (algunos) poetas:

1. ¿La rima? Qué va, qué va. Eso es un recurso facilón y barato. Nada, nada. La rima, para los cantautores.

2. Yo no escribo poesía para que me entiendan, sino para poder entenderme a mí mismo.

3. Presto mucha atención a la disposición tipográfica, los saltos después del verso, las sangrías… Todo aquello que ayude a potenciar la lectura del poema como una experiencia visual.

4. En un solo verso puede concentrarse todo el Universo.

5. La poesía debe sugerir, provocar, invitar a la reflexión…

6. La poesía es la única literatura posible.

7. Un buen poema nos ayuda a entender lo que no puede explicarse con palabras.

 

Cosas que he escuchado a (algunos) no lectores de poesía:

1. ¿Esto es poesía? ¡Pero si no rima!

2. Pues si este tío no quiere que se le entienda, que no publique.

3. Es que, si no hay rima y no hay ritmo, ¿por qué no lo escriben todo seguido?

4. ¿Una página entera para sólo una línea? ¡Vaya gasto de papel!

5. Yo, cuando cojo un libro, lo que quiero es que me cuenten una buena historia.

6. Tu novela está muy bien. Me ha gustado mucho. Si es que lo que tienes que hacer es dejar la poesía y escribir más literatura.

7. ¿Que por qué no me gusta la poesía? ¡Porque no la entiendo!

El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.

Nuevo blog

Este blog surgió como un blog de poesía. Durante algo más de un año he ido colgando poemas de mis dos poemarios y alguno inédito. Desde hace un tiempo, sin embargo, he ido añadiendo artículos de tipo social y cultural. Me he sorprendido a veces diciéndome “no, no publiques esto porque tu blog es sobre poesía”, y me he preguntado cómo puede ser que yo mismo no esté seguro de querer escribir cosas en un blog escrito por mí y que además lleva mi nombre.

Durante mi estancia en Sicilia he comprendido que escribo poesía para explicarme cosas a mí mismo y que escribo artículos para explicarle cosas a los demás. O, si lo preferís, escribo poesía para intentar comprender cómo soy yo mientras que escribo prosa para intentar comprender cómo somos todos.

En estos días tan intensos que estamos viviendo mi cabeza está llena de ideas para poemas y de ideas para artículos. Según palabras de Lorca, “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas.” Eso es lo que pretendo hacer a partir de ahora. Pero para poder meterme bien en el fango sin miedo alguno a que mis azucenas pierdan su lustre he decidido crear otro blog.

Por eso, amigos, a partir de hoy este blog seguirá su rumbo poético. Si queréis, además, seguir mis reflexiones sociales, os invito a que entréis en  “Ven conmigo a buscarla

Héroes de pacotilla, Quijotes analfabetos

Cuando Cervantes levantó la pluma aquel día y escribió “En un lugar de la Mancha”, no podía imaginarse la que iba a liar. A lo largo del siglo XVI se había fraguado una necesidad de ficción fantástica, como respuesta a la ficción sentimental por un lado y al avance de la ciencia y la razón por otro. Las novelas de caballerías, basadas en un código de nobleza conocido y compartido por sus lectores, aunaban el idealismo de la épica medieval y la fantasía sin límites de los romans de Chrètien de Troyes y sus infinitos seguidores. Y el público se volvía loco porque de ese modo se fundía la tradición con su necesidad de fantasía. ¿Os dais cuenta? Una sociedad entera consciente de que la fantasía le es necesaria. ¿No es eso algo bellísimo? Una sociedad que reclama unos héroes nobles y justos, como un espejo que proyectara una imagen ideal a la cual intentar parecerse. Y los encuentra, por supuesto, en la Literatura. Con mayúsculas.

Pero llega Cervantes, que ha sido más héroe que todos los caballeros del rey Arturo juntos, que ha conocido de primera mano -y esto no es un chiste cruel- el horror de la guerra, el infierno de la sociedad española y los demonios de la burocracia, y se pone a escribir como diciéndonos que somos todos unos hijosdeputa, que no tenemos vergüenza, que se nos pone dura hablando de héroes soñados mientras damos por el saco a los de carne y hueso; que si nosotros nos cagamos en sus héroes, él lo hace en los nuestros. Y se marca él solito la mejor novela de la historia de la literatura universal -y esto no es una exageración-, cerrando la puerta desde entonces a lo que podría haber sido una maravillosa corriente de literatura fantástica española. Pensad ahora un poco en eso, en cómo en Inglaterra, Francia, Italia o Rusia existe una prodigiosa e imparable corriente de literatura fantástica, mientras que nosotros aún seguimos ceñidos con el corsé del realismo. ¿Cómo es posible? Porque las letras requieren de espíritu, como las armas, y Cervantes, que era experto en ambas cosas, tejió una venganza que más de 400 años después sigue vigente. Y hoy en día se nos hincha la boca cada 23 de abril con palabras huecas y lugares comunes como “Cervantes nos da una lección de grandeza” o “la lección de don Quijote es la de saberse fuerte ante las adversidades”. Hablamos de él de paso, como recordando vagamente de lo que habla, pero sin saber lo que nos dice. Como si de nuevo le ignoráramos. Y olvidamos, porque es mejor así, que ahora mismo Cervantes nos escupiría a la cara al vernos impasibles ante unas listas electorales llenas de pequeños duques de Lerma que, en nombre de una nación crispada por ellos mismos, sólo piensan en el lucro personal. Y esto no es una ficción.

Se puede comprender una sociedad por los héroes que fabrica, en los ídolos que construye. En mi generación teníamos a Mario Conde, que acabó en el trullo por chorizo; a Supermán, que murió por una decisión empresarial de la DC; a Butragueño, al que se le salió la cola en un partido y nunca pasaba de cuartos. Hoy somos campeones del mundo, sí, pero nuestros supuestos héroes se han convertido en un coro de verduleras que berrean y rebuznan lo más fuerte posible para que los de Carrusel Deportivo tengan algo de lo que hablar de martes a viernes. Así que, lo que son las cosas, ahora mismo no tenemos héroes. Se quedaron todos en el camino de la corrupción, el libre mercado y la corrección política. Tenemos ídolos, sí, pero de barro. Nos queremos parecer a Cristiano, esa niña consentida que se enorgullece de que le insulten y se pone a llorar tras ganar la Champions porque él no metió un gol; a Carmen Lomana, que nos da lecciones de elegancia mientras anuncia los whoppers en oferta; a Belén Esteban, de la que no es preciso hacer comentario alguno. Hasta el rock cañero y ruidoso que tanto molestaba a nuestras abuelas y fascinaba a nuestros padres está muriendo para dar paso a esos ñoños grupos indies cuyos cantantes anoréxicos ladean la cabeza mientras susurran canciones sosas llenas de rimas en “-ón” y en “-ado”.

Yo, en cambio, estoy hablando de héroes. Héroes de verdad. Aunque sean ficticios, pero que sean de verdad. Seres que nos recuerden con sus actos que la nobleza en las acciones no sólo es posible sino necesaria; alguien que se atreva a levantar la voz, consciente de que se enfrenta al veto político, a la cárcel, a la lapidación o al tiro en la nuca. Alguien, en fin, que, siendo mejor que nosotros, nos obligue con su ejemplo a ser mejores día a día. Porque, como decía Bowie, nosotros también podemos ser héroes, aunque sea por un día.

Los añoramos. Los necesitamos. Y no están. Nos los han arrebatado, para traernos a cambio lo que la sociedad llama modelos de comportamiento: modelos a seguir que están controlados, por supuesto, dentro de los límites de lo permitido, de lo políticamente correcto, según los cuales el rey Arturo debería ser hoy en día el padre de familia comprensivo que participa en las tareas domésticas; Lanzarote, el joven estudioso, responsable y sacrificado que se esfuerza por conseguir trabajo en una sucursal de La Caixa; y Ginebra, por supuesto, la mujer que busca su identidad en la sociedad machista que la oprime. Un esquema práctico y maravilloso, sí, en el que Aquiles no deja de ser un metrosexual con la cara de Brad Pitt al que se le fue un poco la mano.

Ahora que consumimos más audiovisual que literatura, los guionistas llenan las películas con gangsters y mafiosos que pilotan helicópteros que explotan en 3D, y las discográficas nos saturan con vídeos de raperos malotes que acarician sus cadenas de oro mientras le soban el culo a una tía en bikini dentro de una limusina. Mientras en el XVI se generaba una ficción fantástica llena de héroes nobles porque la sociedad lo necesitaba, parece que nosotros vivimos en una sociedad trivial llena de iconos violentos porque eso es lo que necesitamos. Fijaos bien en esto: somos una sociedad trivial que necesita la violencia. Por supuesto que hay excepciones fabulosas, pero, en lo que a valores se refiere, hemos salido perdiendo con el cambio.

Y si no tenemos héroes ¿qué pasa con don Quijote? ¿Tenemos Quijotes hoy en día? ¿Existen en nuestra sociedad personajes ridículos que crean ser grandes héroes? Por supuesto que sí, pero carentes del aura de grandeza que tenía Alonso Quijano. Con semejantes iconos, no es de extrañar que nuestros Quijotes sean esperpénticos. Me refiero a esa prole de niñatos que se esfuerzan en dar la imagen de malvados con sus Rocinantes tuneados, sus Dulcineas poligoneras, sus Sanchos colegas y su habla extraña de SMS y tuenti. Camorristas de la ESO que cada finde ven gigantes y dragones con su cocktail de pastillas y cubatas. Vigoréxicos de barrio a los que no les mueve ninguna intención noble ni código alguno de caballería. Quijotes analfabetos, en fin, que nada saben de grandeza ni heroismo. Por no saber, es posible que ni siquiera se sepan la tabla del seis. Y así les va. Y así nos va.