Joan Sutherland

Debía yo tener 13 o 14 años, más o menos. Era la época en la que yo suspiraba por las esquinas al salir de clase de francés. Llegaba a casa y me refugiaba en el piano, en las piezas de Mozart que tenía que preparar para clase, y mientras los dedos trastabillaban yo soñaba que aquellas no eran teclas, sino plumas que se convertían en alas dispuestas a llevarme a un sitio lejano y mágico en el que la timidez fuera un grado y la melancolía una virtud. En aquel entonces, Mozart era para mí todo lo que una persona podía desear.

Fue gracias a él, por tanto, que llegué a la fascinación de la ópera, que me cautivó con sus arrebatados encantos pasionales y trágicos. Mientras la música sinfónica me parecía el caballero apuesto, decidido y sentimental en que yo quería convertirme algún día, la ópera fue la mujer madura en cuyos brazos quise descubrir los misterios que creía reservados para los elegidos por su gracia.

(Me costó años comprender que el arte no tiene que ver con una casta divina tocada por la mano de ningún dios, pero prefiero dejar esa historia para otro momento.)

En poco tiempo, y gracias al apoyo, al dinero y a la paciencia de mis padres conseguí hacerme con una colección de ópera bastante aceptable. Era tal mi obsesión que llegué a aprenderme óperas completas que iba cantando por la calle, que llevaba en el walkman, que escuchaba en diferentes versiones a altas horas en Radio 2. En carnavales me disfrazaba de Papageno, escribí poemas sobre personajes de ópera y una obra de teatro en la que aparecía una relación de amor anónima basada en la de los protagonistas de “La flauta mágica”, elegimos a Puccini para que sonara en el momento del beso en nuestra boda, bauticé a mis discos duros externos con nombres de personajes de óperas de Mozart… No miento, pues, si digo que la ópera ha sido y es un elemento importante en mi vida.

El pasado domingo calló para siempre una de las voces más fascinantes del siglo XX: la soprano australiana Joan Sutherland. No voy a detenerme en encontrar adjetivos que describan su voz, ni incluiré datos biográficos que deben ser fácilmente encontrables a un golpe de google. Prefiero dejar claro que ella fue una de las culpables de todo lo que acabo de contar. Sin su Lucia, su Olympia, su Marguerite, su Gilda, su Lakmé, su Turandot… no sabría explicar lo que ha sido mi vida, pues son, sin duda alguna, parte de su banda sonora.

De su inmensa carrera, como podéis imaginar, no es fácil seleccionar una pieza. Yo me he decantado por el aria de Julieta “Je veux vivre…” del Romeo et Juliette de Gounod. Buscad en youtube y encontraréis maravillas. Os lo aseguro. Yo, desde este pequeño blog, escribo estas líneas para darle las gracias de todo corazón, porque nadie (excepto, por supuesto, la Castafiore) supo reírse como ella al verse tan bella en un espejo.

Dos horas para el estreno

Faltan dos horas para el estreno de la obra sobre Cervantes. Aquí, en Yasnaya Polyana, el tiempo pasa de un modo distinto. Así que aquí me tenéis, escribiendo una entrada en el blog en vez de, no sé, descansar, ensayar, repasar el texto…

Esta mañana hemos tenido un ensayo técnico. Nuestra representación es al aire libre, y desde el escenario vemos la casa de Tolstoi. Hay un momento en la obra en que Andrea, la hermana de Cervantes, le convence para escribir teatro en vez de novelas, a pesar de las reticencias del propio Miguel. El texto es el siguiente:

ANDREA: No te estoy hablando sólo de buscar el éxito rápido, Miguel. Lo que quiero es que estés bien, teniendo en tu gracia a las comedias y las tragedias, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la patria, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales.

CERVANTES: Sí he visto.

ANDREA: Pues lo mismo sucede en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

En este festival actuamos seis compañías de teatro internacionales, cada una representando a un país y a un escritor: Italia con Dante, Inglaterra con Shakespeare, Francia con Víctor Hugo, Irlanda con Joyce, Alemania con Goethe y nosotros con Cervantes. En un entorno como éste, con un público expectante en el que cada persona tiene un auricular con traducción simultánea de cada una de las obras, acompañado de gente con distintas visiones de lo que es el teatro, me considero muy afortunado de poder reivindicar de un modo tan poético la importancia social que tiene nuestra profesión.

Me marcho ahora. El telón está a punto de abrirse.

Un ex-poema de Vicente Gallego

Uno de mis poetas favoritos ha sido, desde hace años, Vicente Gallego. Hay dos libros suyos que están siempre en mi retaguardia poética, que son “Los ojos del extraño” y “La plata de los días”. Según he leído en una conferencia que dio en la Fundación Juan March y en otros sitios y en otros sitios, el propio Gallego ha renunciado de ambos libros, ya que, según él, en ambos libros se ve demasiado al autor. Sobre esto, aquí hay unas cuantas declaraciones del propio Gallego que he encontrado en la red:

La poesía es sólo inocente en la medida en que el poeta no se inmiscuye en el poema, lo deja fluir, sirve sólo de cauce.

Yo declino cualquier mérito sobre mis poemas, son un regalo que recibo.

Son vuestros como lectores, pero no míos como autor, os pertenecen.

Así que aquí os dejo uno de mis poemas favoritos, que por esta regla de tres (regla cuadrada, que diría alguien que yo me sé) debe ser un ex-poema de Vicente Gallego. Me parece fantástico, porque yo lo firmaría sin problema: quizás, hace años, este hombre se metió en la Tardis del Doctor Who, viajó en el tiempo, llegó a nuestro presente, me conoció y escribió este poema.

Tonterías aparte, la pregunta es: si se me ocurre hacer un espectáculo teatral sobre estos versos ¿tengo que pagar derechos de autor?

MI IDEA DEL AUTOR

Entrego muchas horas a mi cuarto,
comparo algunas tardes, por ejemplo,
a un animal prehistórico y herido,
o a la dama que arroja, lentamente,
su lencería oscura a mi ventana.
Pero sé que la tarde es sólo eso:
una costumbre antigua de mis ojos.
Me reprocho a menudo muchas cosas
a las que no me atrevo, y los errores
que a veces cometió mi atrevimiento.
Procuro parecer un poeta mundano,
como John Donne, profundo y algo frívolo,
que se cuente conmigo en cualquier fiesta,
aunque suelen mis versos, y mi vida,
traicionar esa imagen.
No sabría explicaros, con rigor,
por qué razón escribo, abandono
esa fatiga a mis colegas doctos,
mas no quiero curarme el vicio absurdo
de las letras. Me gustan las mujeres,
pero ellas, por más que yo lo intento,
no me ayudan a ser un mujeriego.
Por su causa he sufrido de verdad
–jamás finjo el dolor que hay en mis versos,
aunque finja tal vez otros motivos–.
Se podría decir que soy feliz
en general, sin sorna ni entusiasmo,
y me veo corriente –aunque me gusto–,
creedme que lo siento, pues habría
querido para mí más altas metas,
otros tiempos proclives a la gloria.
Intento sin embargo acomodarme
a este papel que a veces me incomoda
por discreto, por triste o por amargo.
Hago inventario de los nombres idos
–procuro hacerlo con palabras bellas–,
y pierdo el tiempo censurando al tiempo
su actitud descortés para con todos.

(Nota final: La foto está tomada de photos8.com, una página muy recomendable de imágenes gratuitas.)

Huelga de poetas

España se ve afectada hoy por la segunda jornada de huelga convocada por el sindicato internacional de poetas PAA (Poetas que Aúllan al Amanecer) y que ha secundado la mayoría de los rapsodas del país. Pese al caos que ha generado el paro, las movilizaciones de protesta se están desarrollando sin incidencias. Únicamente dos poetas han sido detenidos a primera hora de la mañana por escribir unos versos de Machado en los cristales de una entidad bancaria.

Los principales afectados en Europa son precisamente los ciudadanos españoles que, sin poder acudir a fuentes fiables para construir metáforas, comparaciones y otras figuras retóricas, han visto muy mermada su capacidad para expresar sentimientos. “No sé, lo de esta huelga me deja más cabreado que… que… Vaya, que es una mierda esta situación”, se quejaba un ciudadano que no encontraba palabras para expresarse. Muchos jóvenes han optado por emplear emoticonos y hacer ruidos con las axilas para mostrar su desacuerdo con la huelga.

Puedes leer la noticia completa aquí.

(Aprovecho para recomendaros la lectura diaria de www.elmundotoday.com. Es una joya)

De vanguardias y caligramas

Para Óscar Santos

El joven aprendiz de poeta, alumno de Secundaria, se aburre desde hace unos meses en clase de Lengua y Literatura. Él, que en los últimos años siempre ha destacado en el certamen de poesía del instituto (2 primeros premios y una mención especial), siente que la poesía ya no le ofrece el consuelo que solía. La Lengua, a la que nunca le hizo demasiado caso, le ha enseñado que el futuro de su familia (y, por tanto, el suyo) tiene, en la mirada de su padre, forma de sintagma nominal: expediente de regulación de empleo. Es lógico, pues, que las Rimas, el Romancero Gitano, los 20 poemas de amor, la canción desesperada, y, en todo caso, los relatos de Poe, no puedan ayudarle a explicar el mundo que él solo no sabe aún explicar porque ni siquiera lo comprende. Sabe, eso sí, lo que puede suponer para la familia el despido del padre, pues la madre es ama de casa y su hermana sigue cobrando, años después de terminar la facultad, con hoja de colaboración. La profesora explica las características de la poesía modernista, y el joven aprendiz de poeta piensa que la princesa está triste porque es una ñoña insufrible y que el príncipe de Golconda o el de China deberían darse una vuelta por el mundo real.

En la fábrica no hay descanso, pero el padre necesita parar un momento porque la rehabilitación de la espalda no fue tan satisfactoria como se esperaba. Pide a un compañero que le eche un ojo a lo suyo y va al baño a refrescarse la cara. Finge una sonrisa ante el espejo, y mientras se mira las entradas susurra:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.

El padre, que fue quien inculcó a nuestro protagonista su amor por la literatura, también vino, de joven, a llevarse la vida por delante. Pero aquellos tiempos, como los de hoy, tampoco fueron fáciles: el primer trabajo en el taller en plena Transición, la incertidumbre, la esperanza, Libertad sin ira, la legalización del PCE, el golpe de estado… Como a muchos, la utopía le duró el tiempo necesario para confirmar que la economía y la política se convertían en una merienda de negros donde a unos se les permitía forrarse para que otros se marcharan de rositas. Las horas extras que le ayudaron a pagar cada año las vacaciones de verano en Denia le impidieron escribir la novela que siempre soñó. Las pocas veces que, por curiosidad, ha intentado leer poemas de autores jóvenes, le han confirmado la sensación de que la sociedad le ha alejado de la poesía. No sabe que, por lo general, es la poesía la que se ha alejado de la sociedad.

No pasa mucho tiempo antes de que la profesora de Lengua y Literatura explique en clase las vanguardias artísticas de principios del siglo XX. El futurismo, el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo… Y nuestro joven aprendiz de poeta, como buen adolescente, siente la urgente y paradójica necesidad de parecerse a alguien para así sentirse distinto a los demás. Y las oscuras golondrinas y Preciosa con su pandero y los astros que tiritan a lo lejos se diluyen, todos juntos, en el rincón del cerebro destinado a “lo que ya no me puede gustar porque ahora soy mayor”.

Las vanguardias. La belleza de lo ininteligible. La fuerza de lo irracional. La atracción de lo distinto. Un entorno ideal para el joven que desea, a la vez, sentirse distinto a los demás mientras forma parte de un grupo. Un grupo de elegidos. Un grupo de intelectuales. Un grupo del que sólo pueden formar parte aquellos que cultivan el silencio, lo inasible, la pureza léxica. Sí, sí, sí, algo está llamando a la puerta y nuestro joven aprendiz de poeta no puede negarse a abrir porque desea que los invitados entren y ocupen la casa y renueven su ideario estético.

Otra noche más, el padre llega a casa. Hay sopa en el microondas y un yogur desnatado de ciruela en el frigorífico. Enciende la tele. Un anuncio de seguros de hogar, visita de los reyes a Austria, qué harán este fin de semana el Barça y el Madrid en sus respectivos compromisos de liga, noche de expulsión en la casa de gran hermano, Letizia ha declarado sonriente…

– ¿Papá?
– Dime, hijo.
– ¿Estás ocupado?
– No, no. Dime.
– Verás… Estos días… He estado dándole vueltas a todo esto…
– Ajá.
– Tengo algo para ti.
– Vaya. ¿Has escrito algo?
– Sí.

El padre sonríe, consciente de que ninguna palabra puede reflejar lo que siente.

– Pues venga, dámelo.
– Es un poco distinto a lo que he hecho hasta ahora. Porque, sabes, hay cosas que no pueden explicarse abiertamente, y estoy en un momento de búsqueda interior…
– A ver. Enséñamelo.

El chico, orgulloso, le muestra su nuevo texto, al que ha llamado “Cuadratura del círculo”.

El padre lee el texto. Mira al hijo. Vuelve a ojear el texto.

– ¿Me estás tomando el pelo?
– Es un caligrama. Vanguardias.
– Ya.
– Es actual, papá. Una nueva forma de presentar la realidad.
– ¿Actual?
– Sí. Cubista.
– Pero el cubismo se creó hace ya cien años.

El hijo titubea. Quiere responder, pero no está seguro. Como sucede a menudo en estos casos, el poeta no conoce más teoría que la que su profesora ha explicado en clase.

– Pero es una vanguardia. Y vanguardia significa “estar por delante”.

El padre guarda silencio por un momento. Respira. Mira fijamente a su hijo y le responde:

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Unos instantes de silencio en la cocina. El padre pregunta:

– ¿Te parece actual?
– Sí. Bastante.
– Pues sólo tiene un poco más de medio siglo.
– ¿No es tuyo?
– No lo he escrito yo. Pero hace años éramos muchos los que sentíamos este poema como propio.
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué?
– Que quién lo ha escrito.

El padre le guiña un ojo.

– Búscalo en internet y ahora me cuentas.

Unos minutos después, mientras el padre apura el yogur desnatado de ciruela, el joven aprendiz de poeta descubre el título del poema, y comprende que, en momentos como éste, la poesía verdaderamente necesaria, la que realmente ensancha los pulmones, no puede ser la que está concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

El gran teatro del mundo

Según cuentan algunos libros, parece ser que existió un tiempo tan sombrío como el de ahora, tan triste y tan caduco en tantas cosas, pero en el que la gente, para olvidar, no veía a nadie pegando patadas a una pelota, sino a hombres y mujeres que hablaban en verso, que amaban en redondillas y se desesperaban en sonetos y se quejaban en tercetos encadenados.

Dicen, además, que en esa época los autores eran poetas y los poetas autores y todos a la vez unos golfos que rendían a las mujeres a golpe de endecasílabo y mataban por encontrar un adjetivo, y existían duelos públicos de poesía y los versos eran recitados por el pueblo que aclamaba en la calle al autor que pregonaba el arte de escribir para el alma. Por lo visto, muchos de estos escritores pertenecían a la Iglesia o pertenecerían después, y en el mismo seno del Vaticano se debatía sobre si el teatro sí o si el teatro no, sobre si era escuela de virtudes o espejo de vicios, si enseñaba al inocente o si ilustraba al pecador, y cuando el país se arruinaba era entre otras cosas porque los gastos en teatro eran excesivos, ya que el público pedía más y más y más y no se cansaba de un espectáculo tan divino como humano, tan cercano como enorme. En el teatro se unía el hombre y la mujer, el pueblo y la nobleza, el estudiante y el abad, y todos se admiraban con un actor, dos tablas y una pasión, con unos personajes grandes como un amanecer que piensan y sienten y padecen en un lenguaje preciso, estudiado, con rima y poesía y enredo y filosofía y dolor y amor y honor y traidores y enamorados… ¡Qué época aquella! ¡Con razón se le llama el Siglo de Oro!

Después llegaron malos tiempos para la lírica porque llegó el tiempo de la razón, y luego otra vez el verso (pero esta vez un poco acartonado), y así sucesivamente hasta que hoy en día nos encontramos completamente desposeídos de esa porción de vida, de ese reducto de sentimientos en bruto que aspiran a ser pulidos por un actor que los encarne, es decir, que los haga carne.

Muchas pueden ser las razones de ese olvido, y todas serán ciertas. Por un lado llegaron unos señores que se quisieron apropiar de ese nuestro teatro clásico, y nos lo contaron a su manera, utilizándolo como mero instrumento para recordar tiempos pasados, que ya se sabe que cualquiera fue mejor. Por otro lado hubo quien se creyó que ese teatro era realmente propiedad de esos primeros, y decidieron detestarlo y desterrarlo per saecula saeculorum pensando que la poesía era cosa de mariquitas o de burgueses, que hasta es posible que sean lo mismo y siempre será mejor, dónde va a parar, escribir como se habla que hablar como se escribe. Además, el siglo XX se encargó de parir una nueva clase social: el especialista, que ya decía Ortega que es un señor que sabe mucho de muy poco, y así los poetas y los dramaturgos se enfadaron entre sí, ya que cada uno sólo sabía y quería saber de lo suyo, con lo que desde entonces uno más uno siempre ha sido dos pero no uno más grande. Así pues, entre todos la casa sin barrer, y mientras tanto en el salón tenemos una tele encendida con lo que nos quieran ir contando, que para eso está. Pero al mismo tiempo el alma (o lo que queramos llamar a esa cosita que se enciende de tarde en tarde al recordar una canción especial o una frase que nos hizo sentir blandos o grandes por un segundo) se aburre y se amojama y se desfigura porque ya no se alimenta de nada humano, sino de una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia de algo que una vez quiso ser humano.

No sé si me siguen o hace tiempo que pasaron de página. En fin, a aquellos que saben de qué hablo quizás les interesará saber que no está todo perdido. Decía el Makinavaja, uno de los grandes poetas de nuestro tiempo, que “en un mundo podrido y sin ética, a las personas honradas sólo nos queda la estética.” ¿Será ese el futuro con el que está cargada el arma de la poesía, como escribió Celaya? ¿Es posible que la belleza del lenguaje pueda aún aportarnos algo? ¿O es que acaso tendremos que belenestebanizarnos todos si queremos ser salvados?

No. Me niego. Habrá que luchar contra aquellos que piensen que es una intención elitista el seguir cultivando algo tan caduco y tan lejano y a la vez tan poco práctico como nuestro teatro clásico. He de suponer que ustedes no pensarán así, porque si no ya habrían mandado a la porra este post antes de acabar el primer párrafo. Pero aunque lo sean, por favor, concédanse un minuto para pensar que Shakespeare, el autor intocable en ese pedestal tan alto, no llegó a escribir cuarenta obras y Lope de Vega pasa de trescientas. Piensen también que Cervantes reconoció que a él le hubiera gustado ser Lope aun habiendo él mismo escrito la mejor tragedia del teatro español, obra que espero conozcan y de la que no digo el nombre para que si no la conocen la busquen y la disfruten a partir de ya. Piensen que Goethe dijo más de una vez que el Romanticismo Alemán no hubiera sido lo mismo sin Calderón.

Y piensen, por favor, que estamos en el único país del mundo que se avergüenza de sus autores clásicos: Italia se enorgullece de Dante y Bocaccio y Petrarca, Francia se muere por Moliere y Corneille y Racine, Inglaterra necesita a Shakespeare y a Marlowe… y en cambio en España casi nadie ha leído o visto representadas “El caballero de Olmedo” o “La vida es sueño”. Excepto “El perro del hortelano”, es imposible encontrar una buena adaptación cinematográfica de alguna obra española del Siglo de Oro. ¿Por qué? ¿Me lo pueden explicar?

¿Cuál es el problema? ¿Que es conservador? ¿Que es aburrido? ¿Que es lejano y difícil de seguir? De acuerdo, cierren los ojos e intenten imaginar cómo se debe sentir alguien que dice:

Entre la vida y la muerte
no sé qué medio tener,
pues amor no ha de querer
que con tu favor acierte;
y siendo fuerza quererte
quiere el amor que te pida
que seas tú mi homicida.
Mata, ingrata, a quien te adora:
serás mi muerte, señora,
pues no quieres ser mi vida.

¿Se entiende o no? ¿Nunca se han sentido así?

Señores, el teatro en verso tiene que salir por fuerza del ghetto en el que le hemos encerrado entre todos. Hay mucho que hacer, por supuesto, pero es posible. Y factible. Y merece la pena.

Aquel que la templanza aborrecía

Gabriel Bocángel fue un poeta madrileño del siglo XVII. Sus versos, exquisitos y reflexivos, gozaron de cierto reconocimiento en su época, si bien no son hoy tan célebres como los de sus amigos Lope o Góngora. Bocángel, presagiando que eso iba a suceder, compuso un soneto espectacular dedicado a sus propios poemas, en donde intentaba consolarles del posible olvido al que iban a ser desterrados algún día. El soneto es el siguiente, y quisiera aclarar previamente que, en este contexto, la palabra “avena” designa un tipo de flauta parecido a la zampoña.

Ocios son de un afán que yo escribía
en ruda edad con destemplada avena;
arbitrio del amor, que a tal condena
a aquel que la templanza aborrecía.

Canté el dolor, llorando de alegría,
y tan dulce tal vez canté mi pena
que todos la juzgaban por ajena,
pero bien sabe el alma que era mía.

Si de todos no fuereis celebradas,
voces de amor, mirad mi pensamiento:
veréis que no mejor fortuna alcanza.

Ningún discreto os llame malogradas,
que, si os llevare solamente el viento,
allá os encontraréis con mi esperanza.

No sé, como Bocángel, si dentro de cien años alguien seguirá leyendo alguno de mis versos. Pero me conformaría con cualquier cosa si, al final de mi vida, tuviera la certeza de haber escrito un poema tan bello como éste.

Cuatro horas

La teoría que tenemos es esta:

Ya sabíamos desde hace muchos años que corren malos tiempos para la literatura, cuyo lenguaje poético se ha difuminado en nuestro día a día, hasta el punto de que sólo podemos toparnos con él apenas en las canciones de la radio y no siempre. Por supuesto que siempre tenemos a nuestra disposición los libros y las bibliotecas y ese inabarcable mundo virtual llamado Internet, pero en un mundo tan mercantilista como el nuestro se hace difícil que exista una demanda si no se ha promocionado previamente una oferta que provoque una necesidad. En otras palabras, hoy sólo consumimos literatura aquellos que la conocíamos previamente (gracias a misteriosos afanes del destino en forma de algún profesor excepcional) y que, además de la esencia comunicativa, creemos en el poder evocador de las palabras. Pero necesitamos ofrecer esa riqueza, compartir la experiencia de la palabra a nuevos públicos, nuevos destinatarios a quienes no puede dejar indiferentes un mundo literario que es afín a su mundo interno sin que lo sepan aún.

Hablamos, por supuesto, de los adolescentes, que están respirando amor.

La LOE (Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación) establece en el artículo 23 que “la Educación Secundaria Obligatoria contribuirá a desarrollar en los alumnos y las alumnas las capacidades que les permitan, entre otros aspectos, fortalecer sus capacidades afectivas en todos los ámbitos de la personalidad y en sus relaciones con los demás, así como apreciar la creación artística y comprender el lenguaje de las distintas manifestaciones artísticas, utilizando diversos medios de expresión y representación”.

En cuanto al Bachillerato, el artículo 32 afirma que “tiene como finalidad proporcionar a los alumnos formación, madurez intelectual y humana, conocimientos y habilidades que les permitan desarrollar funciones sociales e incorporarse a la vida activa con responsabilidad y competencia, destacándose entre sus objetivos consolidar una madurez personal y social que les permita actuar de forma responsable y autónoma y desarrollar su espíritu crítico, así como  afianzar los hábitos de lectura y, por último, desarrollar la sensibilidad artística y literaria, así como el criterio estético, como fuentes de formación y enriquecimiento cultural”.

A nadie se le escapa que la literatura es una vía tan insólita como eficaz para lograr dichos objetivos. Consideramos, en contra de la opinión generalizada, que los adolescentes de hoy no son peores que lo fuimos nosotros. Han cambiado los modos y las modas, pero en el fondo subyace el mismo problema: la necesidad de encontrarse a uno mismo en un mundo que cambia más deprisa de lo que nunca, en el resto de nuestra vida, cambiará. Creemos positivamente que los chavales de hoy (como los de ayer, como los de anteayer) son receptivos al placer estético literario. Sólo precisamos ampliarle su horizonte para hacerle ver que la literatura no es únicamente eso de los cuartetos y los tercetos que necesita memorizar para poder aprobar la asignatura de Lengua y Literatura: en la literatura pueden encontrar respuestas a lo que les preocupa, reflexiones íntimas sobre dichas preocupaciones y modos distintos de explicar aquello para lo que no encuentran palabras.

Ahora faltan cuatro horas para que se alce el telón (metafóricamente hablando, porque la obra comienza a telón abierto) y aquí estoy, repasando textos mentalmente, cuidándome un poquito la voz, bebiendo agua, desayunando fuerte. Recordando las locuras de amor que yo también hice a los quince, y a los dieciséis, y a los diecisiete…Y sólo aspiro a cumplir con la teoría.

Quien no comprende a esa edad algo como:

“porque a la hora que os vi

os di cuanto en mí tenía,

así que no soy en mí

sino en vos, señora mía”

no lo podrá comprender nunca.

El Día Internacional de la Belleza

Escribo poesía y dirijo teatro. Puede decirse, por tanto, que el mes de marzo es un mes especial para mí, ya que el 21 de marzo es el Día Internacional de la Poesía, y el 27 el del Teatro (lo cual me recuerda que estáis todos invitados al Ambigú Artístico que haremos mañana sábado en el Teatro La Galera de Alcalá de Henares, dentro de la programación de La Noche de los Teatros de la CAM). Me gusta pensar que esta zoociedad se acuerda, al menos un día al año, de semejantes cosas. Luego leo opiniones como la de Rosalía y me doy cuenta de que también tiene razón. Llevo dándole vueltas unos cuantos días y creo que lo mejor que tengo que decir sobre esto ya lo escribí en un blog que terminé abandonando hace tiempo. Así que retomo ese texto descontextualizándolo y volviéndolo a contextualizar para dar hoy mi opinión sobre esto:

A lo largo de mi vida he tenido la suerte de poder viajar bastante, y si algo he podido aprender de todo ello es que quizás la belleza no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás. Quiero decir que en nuestro día a día se está haciendo cada vez más fuerte el odio generalizado, el mal rollo porque sí, la tensión ineludible, el ruin stress que nos corroe, la mala educación, la lucha por la lucha, el sí porque sí o porque no. Pero el hombre no puede sentirse siempre cansado de estar vivo, y en su intento fugaz por huir de la corriente tenebrosa descubre algo (cada cual lo suyo) que le habita, le complementa y le resume. Y así llegamos a la belleza, pues lo que ha caracterizado al Ser Humano a lo largo de la Historia (y hablo de Seres Humanos con mayúsculas y no de hotentotes militarizados que sólo respiran al ritmo de las guerras, que de todo ha habido en este cielo no siempre azul) ha sido la búsqueda permanente de la Belleza, sea en Kyoto, en Alcalá, o en Roma, en Écija, en Boston o Port Moresby. El concepto de Belleza ha ido cambiando a lo largo de los siglos y los lugares, claro, pero que Rubens se hubiera espantado ante las obras de Modigliani o Tomas Luis de Victoria ante las sinfonías de Mahler no cambia nada. No es un tema que tenga que ver con religiones, culturas, nacionalidades, vivencias esotéricas u otras zarandajas. Hablo de que la Belleza, también con mayúsculas, ha sido, es y seguirá siendo una búsqueda innata del Ser Humano: todas las culturas dejan tras de sí una huella que los identifique en un futuro quizás no tan lejano, cuando hayan muerto todos aquellos que vieron cómo se iba levantando aquella obra. Esas huellas, casi siempre dignas de ser recordadas y conservadas, representan el Patrimonio de la Humanidad, que, como bien indica la Unesco, “es nuestro legado del pasado, con el que vivimos hoy, y lo que dejaremos a las generaciones futuras”. De ahí que necesitemos Días Internacionales de la Poesía o del Teatro.

Ahora bien: es tal la amenaza que nos inflige la fealdad absoluta que nos rodea que se ve urgente contraatacar con belleza. Porque no siempre tenemos el tiempo necesario para visitar una catedral gótica o para escuchar a Brahms o para leer a Garcilaso. Ojalá lo tuviéramos, por supuesto. Pero ya que no es así, saquemos de una vez y sin pudor lo bello que hay en nosotros mismos. Me refiero a las palabras tiernas, los exquisitos modales, los buenos momentos compartidos con nuestros más cercanos, el intento cotidiano de ayudar al prójimo sin más, el cambiar la descalificación gratuita por un intento de conversación, el apagar el claxon para siempre, el sonreír sin motivo aparente, el buenos días, el buenas tardes, el buenas noches, el qué guapa vas esta mañana, el qué suerte tenerte a mi lado, el necesita usted algo, el déjeme que le ayude por favor, el gracias cómo se lo agradezco… Todo eso forma parte también -y cómo- de la Belleza. Y todos somos, de algún modo, bellos. O al menos eso quiero creer. A fin de cuentas, ¿qué es el amor sino el deseo de ser uno con aquello que consideramos bello?.

Por eso, porque no seríamos nadie sin ella, hagamos un trato: procuremos desde hoy, o al menos hoy, entregarnos al gozo indescriptible de ser felices y hacer felices con la Belleza, con la de cada uno de nosotros. Porque no cuesta nada y vale mucho. Porque cuando ya no estemos aquí, será ella quien nos avale y nos haga ser recordados. Porque también nuestra propia e intransferible Belleza es lo que dejaremos a las generaciones futuras.

Feliz día de La Poesía. Feliz día del Teatro. Feliz día de la Belleza.

Teseida

El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros

nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer,

del cual nos defendemos espantados.

(Milan Kundera)


…y no se me ocurre nada.

(Joan Manuel Serrat)




El vértigo es la hoja de papel
que espera –blanca y pura- que la estrenen.
Es ella el mar que temen y añoran los marinos.
Es ella el escenario donde el pánico
convive con el ego y el aplauso.
Es ella el ancho bosque donde acechan
los monstruos que me impiden escribirte
los versos que mereces y no he escrito
por miedo, por pereza, por duda o por despiste.

Yo no conozco a nadie que los merezca más,
y sin embargo hay veces –demasiadas-
en que me es imposible concretarme
una imagen de amor, de este amor nuestro
del que estoy tan seguro como de que eres bella.
Y al decir una imagen
quiero decir un tema o un punto de partida
para empezar a hablar de ese misterio
que son tus manos cerca de mis labios.
Pensar en ti o en cómo he de pensarte
o en cómo pensarás que yo te pienso
o si piensas que no pensamos juntos
es todo un laberinto de posibilidades
del que no sé salir siempre: lo reconozco.
No soy tan buen poeta
como para encerrar el firmamento
en un endecasílabo como éste.
Y, sin embargo, sigo recorriendo
tu imagen con palabras y con dedos,
con gestos, con sospechas,
con sílabas contadas, con suspiros,
en busca de ese ovillo, de esa imagen
que me permitirá,
escribirte, por fin, lo que mereces:
unos versos sinceros que condensen mi alma.


Mientras tanto, amor mío, mientras tanto,
tendrás que conformarte
con un poema frío o extraño que, como éste,
tampoco lo consiga, aunque lo intente.