Héroes de pacotilla, Quijotes analfabetos

Cuando Cervantes levantó la pluma aquel día y escribió “En un lugar de la Mancha”, no podía imaginarse la que iba a liar. A lo largo del siglo XVI se había fraguado una necesidad de ficción fantástica, como respuesta a la ficción sentimental por un lado y al avance de la ciencia y la razón por otro. Las novelas de caballerías, basadas en un código de nobleza conocido y compartido por sus lectores, aunaban el idealismo de la épica medieval y la fantasía sin límites de los romans de Chrètien de Troyes y sus infinitos seguidores. Y el público se volvía loco porque de ese modo se fundía la tradición con su necesidad de fantasía. ¿Os dais cuenta? Una sociedad entera consciente de que la fantasía le es necesaria. ¿No es eso algo bellísimo? Una sociedad que reclama unos héroes nobles y justos, como un espejo que proyectara una imagen ideal a la cual intentar parecerse. Y los encuentra, por supuesto, en la Literatura. Con mayúsculas.

Pero llega Cervantes, que ha sido más héroe que todos los caballeros del rey Arturo juntos, que ha conocido de primera mano -y esto no es un chiste cruel- el horror de la guerra, el infierno de la sociedad española y los demonios de la burocracia, y se pone a escribir como diciéndonos que somos todos unos hijosdeputa, que no tenemos vergüenza, que se nos pone dura hablando de héroes soñados mientras damos por el saco a los de carne y hueso; que si nosotros nos cagamos en sus héroes, él lo hace en los nuestros. Y se marca él solito la mejor novela de la historia de la literatura universal -y esto no es una exageración-, cerrando la puerta desde entonces a lo que podría haber sido una maravillosa corriente de literatura fantástica española. Pensad ahora un poco en eso, en cómo en Inglaterra, Francia, Italia o Rusia existe una prodigiosa e imparable corriente de literatura fantástica, mientras que nosotros aún seguimos ceñidos con el corsé del realismo. ¿Cómo es posible? Porque las letras requieren de espíritu, como las armas, y Cervantes, que era experto en ambas cosas, tejió una venganza que más de 400 años después sigue vigente. Y hoy en día se nos hincha la boca cada 23 de abril con palabras huecas y lugares comunes como “Cervantes nos da una lección de grandeza” o “la lección de don Quijote es la de saberse fuerte ante las adversidades”. Hablamos de él de paso, como recordando vagamente de lo que habla, pero sin saber lo que nos dice. Como si de nuevo le ignoráramos. Y olvidamos, porque es mejor así, que ahora mismo Cervantes nos escupiría a la cara al vernos impasibles ante unas listas electorales llenas de pequeños duques de Lerma que, en nombre de una nación crispada por ellos mismos, sólo piensan en el lucro personal. Y esto no es una ficción.

Se puede comprender una sociedad por los héroes que fabrica, en los ídolos que construye. En mi generación teníamos a Mario Conde, que acabó en el trullo por chorizo; a Supermán, que murió por una decisión empresarial de la DC; a Butragueño, al que se le salió la cola en un partido y nunca pasaba de cuartos. Hoy somos campeones del mundo, sí, pero nuestros supuestos héroes se han convertido en un coro de verduleras que berrean y rebuznan lo más fuerte posible para que los de Carrusel Deportivo tengan algo de lo que hablar de martes a viernes. Así que, lo que son las cosas, ahora mismo no tenemos héroes. Se quedaron todos en el camino de la corrupción, el libre mercado y la corrección política. Tenemos ídolos, sí, pero de barro. Nos queremos parecer a Cristiano, esa niña consentida que se enorgullece de que le insulten y se pone a llorar tras ganar la Champions porque él no metió un gol; a Carmen Lomana, que nos da lecciones de elegancia mientras anuncia los whoppers en oferta; a Belén Esteban, de la que no es preciso hacer comentario alguno. Hasta el rock cañero y ruidoso que tanto molestaba a nuestras abuelas y fascinaba a nuestros padres está muriendo para dar paso a esos ñoños grupos indies cuyos cantantes anoréxicos ladean la cabeza mientras susurran canciones sosas llenas de rimas en “-ón” y en “-ado”.

Yo, en cambio, estoy hablando de héroes. Héroes de verdad. Aunque sean ficticios, pero que sean de verdad. Seres que nos recuerden con sus actos que la nobleza en las acciones no sólo es posible sino necesaria; alguien que se atreva a levantar la voz, consciente de que se enfrenta al veto político, a la cárcel, a la lapidación o al tiro en la nuca. Alguien, en fin, que, siendo mejor que nosotros, nos obligue con su ejemplo a ser mejores día a día. Porque, como decía Bowie, nosotros también podemos ser héroes, aunque sea por un día.

Los añoramos. Los necesitamos. Y no están. Nos los han arrebatado, para traernos a cambio lo que la sociedad llama modelos de comportamiento: modelos a seguir que están controlados, por supuesto, dentro de los límites de lo permitido, de lo políticamente correcto, según los cuales el rey Arturo debería ser hoy en día el padre de familia comprensivo que participa en las tareas domésticas; Lanzarote, el joven estudioso, responsable y sacrificado que se esfuerza por conseguir trabajo en una sucursal de La Caixa; y Ginebra, por supuesto, la mujer que busca su identidad en la sociedad machista que la oprime. Un esquema práctico y maravilloso, sí, en el que Aquiles no deja de ser un metrosexual con la cara de Brad Pitt al que se le fue un poco la mano.

Ahora que consumimos más audiovisual que literatura, los guionistas llenan las películas con gangsters y mafiosos que pilotan helicópteros que explotan en 3D, y las discográficas nos saturan con vídeos de raperos malotes que acarician sus cadenas de oro mientras le soban el culo a una tía en bikini dentro de una limusina. Mientras en el XVI se generaba una ficción fantástica llena de héroes nobles porque la sociedad lo necesitaba, parece que nosotros vivimos en una sociedad trivial llena de iconos violentos porque eso es lo que necesitamos. Fijaos bien en esto: somos una sociedad trivial que necesita la violencia. Por supuesto que hay excepciones fabulosas, pero, en lo que a valores se refiere, hemos salido perdiendo con el cambio.

Y si no tenemos héroes ¿qué pasa con don Quijote? ¿Tenemos Quijotes hoy en día? ¿Existen en nuestra sociedad personajes ridículos que crean ser grandes héroes? Por supuesto que sí, pero carentes del aura de grandeza que tenía Alonso Quijano. Con semejantes iconos, no es de extrañar que nuestros Quijotes sean esperpénticos. Me refiero a esa prole de niñatos que se esfuerzan en dar la imagen de malvados con sus Rocinantes tuneados, sus Dulcineas poligoneras, sus Sanchos colegas y su habla extraña de SMS y tuenti. Camorristas de la ESO que cada finde ven gigantes y dragones con su cocktail de pastillas y cubatas. Vigoréxicos de barrio a los que no les mueve ninguna intención noble ni código alguno de caballería. Quijotes analfabetos, en fin, que nada saben de grandeza ni heroismo. Por no saber, es posible que ni siquiera se sepan la tabla del seis. Y así les va. Y así nos va.

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Carta a un adolescente no lector de poesía

Vamos a hablar claro: esto de la poesía es un coñazo ¿verdad? No, no hay problema, tienes todo el derecho a pensarlo. Porque es cierto. La poesía (y la literatura en general, pero ahora quiero hablar de poesía porque de eso trata este blog) puede ser un coñazo, pero también puede ser maravillosa. Y eso sólo depende –como la mayor parte de las cosas- de cómo te la cuenten. De cómo te la vendan. Yo mismo, por ejemplo, no hace demasiado tiempo pensaba que la poesía era algo infumable. Aún hoy, que tengo ya 36, sigo pensando que hay mucha poesía que es una mierda. Pero hay otra que ha hecho que mi vida sea mejor. Y estoy escribiendo estas líneas para explicarte esto último, por si acaso a ti también pudiera sucederte.

Por lo general, en clase de Lengua y Literatura te explican los movimientos artísticos, la época en que nació el autor, sus obras principales… Y tú, que no eres tonto, te preguntas: “¿Y esto, a mí, para qué me sirve?”. Esa es la gran pregunta:

¿Para qué sirve la poesía?

Quizás tu respuesta sea “para nada” o “para ligar” o “para aprobar Lengua” o “ah ¿es que sirve para algo?”. Incluso podrías decirme que no tiene por qué servir para nada. Y tendrías razón. Y, sin embargo, ya te digo que a mí me ayudó y me ayuda mucho en la vida. ¿Por qué? Muy sencillo.

¿Alguna vez has tenido una experiencia realmente estupenda –una fiesta, un viaje, has conocido a alguien…- y, al contárselo a algún amigo que no estuviera allí, te faltaban las palabras exactas para explicarle por qué era tan estupenda y distinta a otras veces parecidas? ¿Unas palabras que no fueran “genial” “la hostia” o “ya ves, chaval”? Es muy posible también, aunque no quieras o no te atrevas a reconocerlo, que algunas veces te levantes triste sin saber por qué, o que ver a una persona determinada te dé mal rollo sin que sepas explicarlo, o que te sientas raro contigo mismo porque piensas que todos los que te rodean son imbéciles y no sabes qué haces con ellos (o, todo lo contrario, te parecen una gente alucinante mientras que tú sientes que no estás a su altura) y quizás te den ganas de llorar o de romper algo o de dar una hostia a las paredes cuando oyes a tus padres discutir en la cocina.

Claro que te has sentido así. Porque de esas y de otras muchas sensaciones está hecha tu vida y la de todos los que te rodeamos. Y para todas esas preguntas sin respuesta -y a otras muchas que tú y yo sabemos- tienes la poesía. Sí, no te quedes con esa cara.

Por supuesto que, cuando te sientes así, hay otras cosas. La play, por ejemplo. O un partido. O pasar un rato en tuenti o en facebook. O irte de fiesta con los colegas. O fumarte unos porros y echarte unas risas. Por supuesto que sí. Pero eso, seamos sinceros, no soluciona el problema. Sólo lo deja a un lado. Con cualquiera de esas cosas lo único que consigues es dejar de pensar en lo que te preocupa. Y eso es muy sano, ojo. Yo soy el primero que a veces necesita hacerlo, así que no lo critico. Lo que sucede es que, por mucho que te esfuerces, la realidad siempre vuelve cuando te quedas solo. Me apostaría cualquier cosa a que muchas noches, en la cama, te cuesta dormir porque no dejas de darle vueltas a la cabeza.

Lo que quiero que entiendas con esto es que, a partir de ahora, esas preocupaciones te van a acompañar toda la vida. Y cuando digo “toda la vida” quiero decir toda. Porque los seres humanos estamos hechos de esa pasta. De alegrías, ilusiones y sonrisas, sí, pero también de dudas, incertidumbres y temores. Así que deberías acostumbrarte a ello lo antes posible. Y, por supuesto, comenzar a buscar modos de enfrentarte a esas dudas, a esas incertidumbres, o, por lo menos, de comprenderlas. Es decir, de comprenderte. Porque hay veces en que el principal problema es que no sabemos qué es lo que nos pasa.

Lo que te quiero decir es que la poesía puede ayudarte a saberlo. Sí, sí. Sé que no ves qué relación puede haber entre eso que estudias en clase que se llama soneto y el que haya veces que te apetezca mandarlo todo a la mierda. Sobre todo porque es muy probable que lo que te apetezca mandar a la mierda sea precisamente el soneto, el complemento del verbo y todo eso que te enseñan en clase y que sigues sin saber para qué sirve.

La explicación es sencilla: como te he dicho antes, los seres humanos estamos hechos de esa pasta, y todos nos hemos sentido así. Y cuando digo todos quiero decir todos: tú, yo, tus amigos, tus profesores y tus padres, pero también Garcilaso y Cervantes y Lope de Vega y Bécquer y Machado y Lorca y Neruda y tantos y tantos otros. La diferencia está en que ellos, además de sus fiestas y sus porros (o lo que fuera que existiera en sus respectivas épocas), también se preocuparon de darle vueltas a la cabeza para dejar por escrito cómo se sentían, para así intentar entenderse ellos mismos y que les entendieran los demás. No te voy a negar que, hoy en día, algunas de las palabras que usaban se han quedado antiguas y parece difícil entenderles. Pero no olvides que sus textos hablan de amor, de soledad, de desesperación, de felicidad, de impotencia, de incertidumbre, de miedo al fracaso, de esperanza, de desilusiones… Y tú y yo sabemos que esos temas nos son familiares.

No quiero contarte la milonga de que la poesía puede salvar el mundo. Lo que te estoy contando es que ha habido ocasiones que la poesía ha salvado mi mundo. Gracias a algunos poemas maravillosos conseguí conocer mejor mis problemas, mis dudas, mis miedos, mis frustraciones… Es decir, conseguí conocerme para así poder llevarme mejor conmigo mismo. Quién sabe. Es posible que también te ayude a ti, igual que a veces (estoy seguro de esto) ha habido canciones que te han ayudado a seguir adelante. ¿Por qué no pruebas con la poesía? Al fin y al cabo, se tarda menos en leer un poema que en ver una película.

No sé si esta carta te hará cambiar de opinión. Lo más seguro es que tanto tú como yo volvamos al facebook o a la play para dejar de pensar en los problemas que tenemos. Tú intentarás no darle vueltas a tus cosas y yo haré lo mismo con las mías, e intentaremos olvidar que ahí fuera hay gente que pasa hambre y que no tiene trabajo porque en varias partes del mundo unos cabrones se forraron, se forran y se forrarán en vez de ir a la cárcel, como sería lo lógico si este mundo fuera lógico.

Sí. Lo más probable es que sea eso lo que suceda. Es verdad. Haremos lo posible por no pensar en esas cosas. Y entonces esos cabrones habrán ganado, porque a ellos no les interesa que pensemos. Ni tú, ni yo, ni nadie. Para ellos es mejor que sigamos comprando teles y ordenadores y móviles de última generación para estar entretenidos, porque ellos ganan dinero con nuestra tristeza. Para ellos es mejor que no le demos vueltas a las cosas, que no nos planteemos que a lo mejor las cosas no son como nos las cuentan. Para ellos, lo genial es que cuando nos digan “hay crisis, no hay dinero” nosotros sigamos a lo nuestro en vez de preguntarnos quién tiene el dinero que falta.

No, no pongas esa cara. No he cambiado de tema. Sigo hablando de lo mismo. De cómo la poesía puede ayudarnos a entender el mundo y a nosotros mismos. Fue Quevedo, un grandísimo poeta que nació hace más de cuatrocientos años, quien dijo que un pueblo idiota es la seguridad del tirano. No sé tú, pero a mí no me apetece nada ser parte del pueblo idiota. Pero me apetece aún menos que nuestras ganas de no pensar, de no leer, de no aprender, sean la seguridad del tirano.

(Foto: Montse Labiaga)

La belleza

Las fotos de la agencia de viajes,
como era de esperar,
no hacen justicia al sitio ni a su encanto.
Desde este mirador donde te encuentras,
el paisaje, la luz, los monumentos
son algo más que imágenes: son vida,
legado de otras gentes que dejaron
su belleza en su paso por la tierra.

La belleza,
un concepto sutil, fugaz, voluble
que tiene, sin embargo, un mismo componente
en Londres, en Marruecos, en Jamaica
o en cualquier otro sitio pisado por el hombre:
la belleza es el cauce que nos lleva
a ser mejores en el día a día.
Cuando frente a nosotros se yergue la belleza
algo en nuestro interior quiere ser bello
para que nos avale o nos resuma
cuando no quede nada de nosotros.
Amar es el deseo de ser uno
con lo que nos parece más hermoso.

Luego, mientras sonríes a la cámara,
asumes lo minúsculos que somos
y que es ridículo pensar que estamos
en posesión de la verdad completa.
Tanto por visitar, tantos destinos
que no conocerás,
son la vida entendida de otra forma.

Poco después te marchas consultando
la guía de viajes. A tu espalda
queda el lugar donde has sido feliz
por un momento. Puede que no vuelvas,
pero, a partir de ahora, en muchos de tus gestos
(una sonrisa a tiempo, un buenas tardes,
un cómo estás, un cuánto lo agradezco),
ese lugar, que ya es parte de ti,
se muestra al mundo en toda su grandeza.

(Nota: Este poema está incluido en mi libro “La niña y el mar“)

Joan Sutherland

Debía yo tener 13 o 14 años, más o menos. Era la época en la que yo suspiraba por las esquinas al salir de clase de francés. Llegaba a casa y me refugiaba en el piano, en las piezas de Mozart que tenía que preparar para clase, y mientras los dedos trastabillaban yo soñaba que aquellas no eran teclas, sino plumas que se convertían en alas dispuestas a llevarme a un sitio lejano y mágico en el que la timidez fuera un grado y la melancolía una virtud. En aquel entonces, Mozart era para mí todo lo que una persona podía desear.

Fue gracias a él, por tanto, que llegué a la fascinación de la ópera, que me cautivó con sus arrebatados encantos pasionales y trágicos. Mientras la música sinfónica me parecía el caballero apuesto, decidido y sentimental en que yo quería convertirme algún día, la ópera fue la mujer madura en cuyos brazos quise descubrir los misterios que creía reservados para los elegidos por su gracia.

(Me costó años comprender que el arte no tiene que ver con una casta divina tocada por la mano de ningún dios, pero prefiero dejar esa historia para otro momento.)

En poco tiempo, y gracias al apoyo, al dinero y a la paciencia de mis padres conseguí hacerme con una colección de ópera bastante aceptable. Era tal mi obsesión que llegué a aprenderme óperas completas que iba cantando por la calle, que llevaba en el walkman, que escuchaba en diferentes versiones a altas horas en Radio 2. En carnavales me disfrazaba de Papageno, escribí poemas sobre personajes de ópera y una obra de teatro en la que aparecía una relación de amor anónima basada en la de los protagonistas de “La flauta mágica”, elegimos a Puccini para que sonara en el momento del beso en nuestra boda, bauticé a mis discos duros externos con nombres de personajes de óperas de Mozart… No miento, pues, si digo que la ópera ha sido y es un elemento importante en mi vida.

El pasado domingo calló para siempre una de las voces más fascinantes del siglo XX: la soprano australiana Joan Sutherland. No voy a detenerme en encontrar adjetivos que describan su voz, ni incluiré datos biográficos que deben ser fácilmente encontrables a un golpe de google. Prefiero dejar claro que ella fue una de las culpables de todo lo que acabo de contar. Sin su Lucia, su Olympia, su Marguerite, su Gilda, su Lakmé, su Turandot… no sabría explicar lo que ha sido mi vida, pues son, sin duda alguna, parte de su banda sonora.

De su inmensa carrera, como podéis imaginar, no es fácil seleccionar una pieza. Yo me he decantado por el aria de Julieta “Je veux vivre…” del Romeo et Juliette de Gounod. Buscad en youtube y encontraréis maravillas. Os lo aseguro. Yo, desde este pequeño blog, escribo estas líneas para darle las gracias de todo corazón, porque nadie (excepto, por supuesto, la Castafiore) supo reírse como ella al verse tan bella en un espejo.

Dos horas para el estreno

Faltan dos horas para el estreno de la obra sobre Cervantes. Aquí, en Yasnaya Polyana, el tiempo pasa de un modo distinto. Así que aquí me tenéis, escribiendo una entrada en el blog en vez de, no sé, descansar, ensayar, repasar el texto…

Esta mañana hemos tenido un ensayo técnico. Nuestra representación es al aire libre, y desde el escenario vemos la casa de Tolstoi. Hay un momento en la obra en que Andrea, la hermana de Cervantes, le convence para escribir teatro en vez de novelas, a pesar de las reticencias del propio Miguel. El texto es el siguiente:

ANDREA: No te estoy hablando sólo de buscar el éxito rápido, Miguel. Lo que quiero es que estés bien, teniendo en tu gracia a las comedias y las tragedias, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la patria, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales.

CERVANTES: Sí he visto.

ANDREA: Pues lo mismo sucede en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

En este festival actuamos seis compañías de teatro internacionales, cada una representando a un país y a un escritor: Italia con Dante, Inglaterra con Shakespeare, Francia con Víctor Hugo, Irlanda con Joyce, Alemania con Goethe y nosotros con Cervantes. En un entorno como éste, con un público expectante en el que cada persona tiene un auricular con traducción simultánea de cada una de las obras, acompañado de gente con distintas visiones de lo que es el teatro, me considero muy afortunado de poder reivindicar de un modo tan poético la importancia social que tiene nuestra profesión.

Me marcho ahora. El telón está a punto de abrirse.

Un ex-poema de Vicente Gallego

Uno de mis poetas favoritos ha sido, desde hace años, Vicente Gallego. Hay dos libros suyos que están siempre en mi retaguardia poética, que son “Los ojos del extraño” y “La plata de los días”. Según he leído en una conferencia que dio en la Fundación Juan March y en otros sitios y en otros sitios, el propio Gallego ha renunciado de ambos libros, ya que, según él, en ambos libros se ve demasiado al autor. Sobre esto, aquí hay unas cuantas declaraciones del propio Gallego que he encontrado en la red:

La poesía es sólo inocente en la medida en que el poeta no se inmiscuye en el poema, lo deja fluir, sirve sólo de cauce.

Yo declino cualquier mérito sobre mis poemas, son un regalo que recibo.

Son vuestros como lectores, pero no míos como autor, os pertenecen.

Así que aquí os dejo uno de mis poemas favoritos, que por esta regla de tres (regla cuadrada, que diría alguien que yo me sé) debe ser un ex-poema de Vicente Gallego. Me parece fantástico, porque yo lo firmaría sin problema: quizás, hace años, este hombre se metió en la Tardis del Doctor Who, viajó en el tiempo, llegó a nuestro presente, me conoció y escribió este poema.

Tonterías aparte, la pregunta es: si se me ocurre hacer un espectáculo teatral sobre estos versos ¿tengo que pagar derechos de autor?

MI IDEA DEL AUTOR

Entrego muchas horas a mi cuarto,
comparo algunas tardes, por ejemplo,
a un animal prehistórico y herido,
o a la dama que arroja, lentamente,
su lencería oscura a mi ventana.
Pero sé que la tarde es sólo eso:
una costumbre antigua de mis ojos.
Me reprocho a menudo muchas cosas
a las que no me atrevo, y los errores
que a veces cometió mi atrevimiento.
Procuro parecer un poeta mundano,
como John Donne, profundo y algo frívolo,
que se cuente conmigo en cualquier fiesta,
aunque suelen mis versos, y mi vida,
traicionar esa imagen.
No sabría explicaros, con rigor,
por qué razón escribo, abandono
esa fatiga a mis colegas doctos,
mas no quiero curarme el vicio absurdo
de las letras. Me gustan las mujeres,
pero ellas, por más que yo lo intento,
no me ayudan a ser un mujeriego.
Por su causa he sufrido de verdad
–jamás finjo el dolor que hay en mis versos,
aunque finja tal vez otros motivos–.
Se podría decir que soy feliz
en general, sin sorna ni entusiasmo,
y me veo corriente –aunque me gusto–,
creedme que lo siento, pues habría
querido para mí más altas metas,
otros tiempos proclives a la gloria.
Intento sin embargo acomodarme
a este papel que a veces me incomoda
por discreto, por triste o por amargo.
Hago inventario de los nombres idos
–procuro hacerlo con palabras bellas–,
y pierdo el tiempo censurando al tiempo
su actitud descortés para con todos.

(Nota final: La foto está tomada de photos8.com, una página muy recomendable de imágenes gratuitas.)

Huelga de poetas

España se ve afectada hoy por la segunda jornada de huelga convocada por el sindicato internacional de poetas PAA (Poetas que Aúllan al Amanecer) y que ha secundado la mayoría de los rapsodas del país. Pese al caos que ha generado el paro, las movilizaciones de protesta se están desarrollando sin incidencias. Únicamente dos poetas han sido detenidos a primera hora de la mañana por escribir unos versos de Machado en los cristales de una entidad bancaria.

Los principales afectados en Europa son precisamente los ciudadanos españoles que, sin poder acudir a fuentes fiables para construir metáforas, comparaciones y otras figuras retóricas, han visto muy mermada su capacidad para expresar sentimientos. “No sé, lo de esta huelga me deja más cabreado que… que… Vaya, que es una mierda esta situación”, se quejaba un ciudadano que no encontraba palabras para expresarse. Muchos jóvenes han optado por emplear emoticonos y hacer ruidos con las axilas para mostrar su desacuerdo con la huelga.

Puedes leer la noticia completa aquí.

(Aprovecho para recomendaros la lectura diaria de www.elmundotoday.com. Es una joya)