Mis lecturas del 2016

Nunca me había planteado escribir sobre lo que he leído a lo largo de un año, ni siquiera había hecho nunca recuento de los libros que iba leyendo. Pero una buena parte de lo que he leído durante 2016 ha sido gracias a recomendaciones de otra gente, así que aquí está mi lista por si acaso ayuda a alguien a descubrir algún libro que le haga feliz.

Siguiendo la idea de Molinos, desde el 1 de enero fui recopilando mis lecturas en un tablero de Pinterest para no olvidarme de ningún libro a final de año. Por si os apetece echar un ojo, el tablero es este. Han salido unas cuantas lecturas, casi setenta. No sé si más o menos que otros años porque, como digo, este es el primero en que llevo la cuenta. También sé que el número es alto porque algunos de los libros son novelas cortas o relatos. Hay también alguna obra de teatro, que por su naturaleza se leen en unas pocas horas. No he incluido lo que he ido leyendo a mis hijas porque eso añadiría fácilmente otros doscientos libros más al tablero, pero tengo el propósito de hacer uno exclusivo de lecturas infantiles para el 2017.

Antes de entrar en detalles sobre mis mejores lecturas del año hay algo que quiero destacar: lo mucho que he disfrutado este año leyendo libros escritos por mujeres. No es que no leyera a autoras antes, pero iniciativas como esta, esta o esta me ayudaron a plantearme que debía incluir más variedad en lo que leo. Y gracias a ello me he dado cuenta de lo mucho que me he ido perdiendo estos años. La ficción fantástica escrita por autoras, por ejemplo. Un género que nunca me había entusiasmado -nunca fui capaz de terminar de leer El señor de los anillos, por ejemplo, y los libros de George R. R. Martin los leo con bastante sufrimiento- y que en manos de escritoras me parece algo más atractivo.  No tiene que ver con sensibilidad femenina ni esos estereotipos tan manidos, sino con una serie de temas y obsesiones diferentes a las que aparecen en esos mismos libros escritos por hombres. No estoy seguro de explicarme muy bien y tampoco este es el lugar para divagar sobre ello, así que si os interesa profundizar en esto que digo os propongo que leáis Un mago de Terramar de Ursula K Leguin y después el prefacio que escribió la autora para una edición posterior del mismo libro. Sí, el prefacio después para evitar destripes de la trama, no hay de qué.

Por esa misma razón he buscado conscientemente una paridad de lecturas autor/ autora. Alguien podrá pensar que la paridad en esto o en cualquier otro asunto es un invento del demonio, pero a mí me ha funcionado de maravilla a la hora de obligarme a leer más mujeres. A partir de ahora es posible que ya no necesite la paridad porque ya se ha creado en mí cierta rutina de leer a escritoras, pero para llegar a ello reconozco que me he tenido que “obligar” un poco. Y lo contento que estoy por haberlo hecho.

A raíz de esa variedad, mi propósito para el 2017 es hacer lo mismo pero incluyendo libros de otras nacionalidades. Este año me lo he pasado en grande leyendo ficciones de India, Nigeria, Vietnam, Jamaica… y tengo la impresión de que, al igual que me pasaba con el tema de la literatura de autoras, necesito seguir incidiendo en lecturas que no vengan solo de Europa y Norteamérica (también Latinoamérica, claro, porque el idioma común ayuda mucho; pero la verdad es que solo suelo leer autores de cuatro o cinco países de habla hispana aparte de España y quisiera cambiar eso). Si alguno de vosotros os animáis a hacer lo mismo, os pido que vayáis compartiendo conmigo vuestros descubrimientos literarios asiáticos, africanos y demás.

Dicho esto, los mejores libros que he leído en el 2016 son los siguientes. El orden es aleatorio.

Mr Gwyn, de Alessandro Baricco. No es un secreto que Baricco es, probablemente, mi escritor favorito. Cada vez que alguien me pide que le recomiende un libro, mi pregunta inmediata es “¿has leído Océano mar?”. También es posible que sea el único autor del que puedo decir que he leído casi su obra completa. Tenía pendiente Mr Gwyn desde hacía tiempo y… Qué tío el Baricco este, lo ha vuelto a hacer. Una trama sencilla que le sirve para desplegar una serie de dudas poéticas. Sin alharacas, sin ostentación alguna, al igual que los retratos que hace el protagonista. Y no digo más, porque la misma trama tiene un pequeño componente sorpresa que es mejor disfrutar en persona.

Claus y Lucas, de Agota Kristof. ¿Habéis oído alguna vez esa tontada de que todos los libros escritos por mujeres son de temas románticos, llenos de sentimientos y sensiblerías? A lo mejor hasta me lo oísteis a mí hace no demasiados años. Sí, todos tenemos un pasado oscuro y un machismo propio contra el que luchar. Bueno, pues la próxima vez que alguien os salte con eso le dejáis este libro para que le explote la cabeza con esta autora húngaro-suiza. Para leer con cuidado y sin fiarse del tono aséptico empleado desde el mismo arranque: es un libro duro como pocos, sin necesidad alguna de levantar la voz ni de americanpsychear con excesos de adrenalina. ¡No sabes nada, Easton Ellis!

Madre noche, de Kurt Vonnegut. No había leído nada de Vonnegut, y tampoco es que me llamara demasiado. Pero el bueno de Hugo Izarra -¡vuelve a twitter, maldito!- me recomendó que le metiera mano a este novelón sobre un espía americano durante la Segunda Guerra Mundial cuya misión es tan secreta que termina siendo juzgado por nazi. Es un libro loco pero no divertido, con tal desapego hacia la sociedad que a uno le dan ganas de echarse a llorar a carcajadas.

Temblor, de Rosa Montero. Otra recomendación, esta vez de mi amiga Cristina Blanco. Llevaba años pensando hincarle el diente gracias a ella, pero ha sido finalmente este año ya que con eso de obligarme a leer más autoras no quería retrasarlo más. Cristina, desde aquí te pido perdón por no haberte hecho caso antes. ¿Una ficción fantástica carente de ambiciones, luchas de poder a puñaladas y monstruos diabólicos? ¡Sí, se puede! Es un libro sobre la búsqueda de la identidad y de la ternura en un mundo cruel. Es muy posible que si lo hubiera leído hace veinte años mi vida hubiera sido diferente. Es de esos libros que, si lo pillas en la edad apropiada, te habla al corazón y te marca para siempre. A mí me ha pillado algo mayor, pero lo recomiendo como el que más.

Instrumental, de James Rhodes. La culpa de que me leyera este libro la tiene David Marzal. Su recomendación explicaba tan bien por qué hay que leer este libro que prefiero callarme para darle la palabra a él. Leed a Rhodes, por favor. Y hacedlo mientras escucháis la selección musical que el mismo autor ha hecho para cada capítulo.

Nada, de Janne Teller. Este lo encontré por casualidad. Por casualidad y porque soy un cotilla que me puse a echar un ojo al TL de una amiga y vi que @verofreire, a quien no conocía por entonces, le estaba recomendando este libro con tanta pasión que me lo apunté. Y qué suerte haberlo hecho. Imaginad una versión renovada de El señor de las moscas pero en humor cafre y escrito para adolescentes. Un libro que empieza como aquellos que leíamos de pequeños de El pequeño Nicolás y que termina pareciéndose a El extranjero de Camus. Un libro juvenil que podría resumirse como La panda de Snoopy meets Takeshi Kitano. Tanto al Kitano ridículo de Humor amarillo como al bruto de Hojas de fuego como al poético de Dolls. Un libro con el que me odié a mí mismo por mis ataques de risa incontenibles. Por cierto, ha sido prohibido en algunos institutos en medio mundo. No por eso es mejor o peor libro, pero tiene su aquel saberlo.

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie. Esta autora nigeriana ha sido uno de mis grandes descubrimientos literarios durante 2016. Estuve a punto de incluir en esta lista su novela Medio sol amarillo, sobre la guerra de Biafra. Pero finalmente he preferido dejar este librito que se lee en un ratito pequeño (50 páginas) y que da para reflexionar una semana. En Suecia una asociación lo ha empezado a regalar a los alumnos de instituto, así que es posible que las próximas generaciones de suecos ya no digan esa bobada de “Ni machistas ni feministas, todos iguales”.

Ramayana (versión de Ramesh Menon). Siempre me han encantado la mitología y la épica, desde que visité Japón me enamoré de Asia y algunos de nuestros mejores amigos aquí en Toronto son de la India. Es decir, que tenía todas las papeletas para quedarme rendido ante el Ramayana y el Mahabharata, los dos grandes poemas épicos hindúes, pero por algún motivo nunca me había acercado a ellos. La puerta de entrada al primero fue una versión infantil que eligieron Victoria y Amelia en la biblioteca, seguramente porque los colores de la portada eran muy vivos. Se convirtió en su libro favorito, es posible que se lo leyera unas cincuenta veces por lo menos y meses después siguen jugando a ser Rama, Sita, Ravana o Hanuman. Así que cuando tuve ocasión me zampé una buena versión y cuánto lo disfruté. Tanto por la historia en sí como por haber entrado en la mitología hindú, que es tan abrumadoramente distinta a otras que conozco que me siento como un crío pequeño disfrutando de la fuerza de los mitos por primera vez. Es posible que sea el libro con el que más he dado la tabarra este año a todo el mundo, hasta el punto de que escribí todo esto para contar la historia por twitter. Si me queréis, leed el Ramayana. Y mejor que lo hagáis en el 2017, porque estoy seguro de que en mi entrada de “Mis lecturas del 2017” también os recomendaré el Mahabharata.

Big Magic, de Elizabeth Gilbert. Venga, a calzón sacado: soy fan total de Come, reza, ama. Del libro, eh. La película ni me la acerques, que me entran picores. ¿Que es un best seller con ínfulas de libro de autoayuda y trama típica de blanca rica desvalida que se enfrenta al mundo ella sola para acabar siendo feliz? Ajá. Me encanta esta mujer, qué le vamos a hacer. Y si la oís hablar es posible que la améis más todavía. Big Magic es un ensayo que pretende hablar de la creatividad pero es más que eso. Se trata de una charla desenfadada con el lector para decirle que se deje de bobadas y que si quiere hacer cosas lo mejor que puede hacer es ponerse a hacer cosas. Y de paso se cisca en la pose de malditismo de los escritores que tanto sufren por escribir, que buena falta le hace al mundillo literario universal.

El balcón en invierno, de Luis Landero. Tuve la suerte de ser alumno de Landero hace muchos años y recuerdo sus clases con mucho cariño. Por supuesto, me leí por entonces su excelente Juegos de la edad tardía, pero desde entonces ningún libro suyo me había capturado tanto como este. Un libro tierno, evocador y tramposo porque, como es costumbre en él, uno nunca termina de saber qué parte de esas memorias suyas son ciertas y cuáles ficticias, ya que tenemos claro que nos está engañando igual que a su familia la del pueblo cuando él se marchó a buscar suerte a Madrid. Pero hay tanto amor en esas mentiras y tanta precisión en el modo de contarlas que nos quedamos sonriendo y pidiendo más.

Dimensiones, de Alice Munro. Aquí hago un poco de trampa porque no es un libro sino un relato de su libro Demasiada felicidad, que no incluyo completo en la lista porque a mi juicio no puede competir en esta lista. Pero ese relato… Ay. No tengo la menor duda de que es el mejor relato que he leído jamás. Qué dolor y qué sutilidad y qué pureza y qué cabrona Munro para hacernos llegar hasta ahí. Si tienes hijos es muy posible que quieras leerlo con cuidado.

El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Este libro lo he dejado para el final de la lista porque, bueno, ha sido mi libro del año. Y Margaret Atwood el descubrimiento, lo que no tiene perdón de Dios sabiendo que vivo en Canadá y ella es una de las grandes autoras de por aquí. El caso es que para recomendar este libro uno corre el riesgo de caer en tópicos manidos: que si hay que leerlo porque es muy actual a pesar de haber sido escrito hace décadas, que si es una distopía más cercana que nunca… Pero no quiero contar nada para no destripar la historia, que es, eso, muy aterradora por lo cercana. Solo diré que dentro de poco se estrena la serie basada en el libro y me da que a muchos en Estados Unidos les va a dar qué pensar.

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(Hay otro libro más que me ha cambiado la vida este año, claro. Se trata de Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos. Pero con este libro no puedo ser objetivo ya que soy parte de él. Por eso no lo incluyo en la lista. Bueno, por eso y porque mis opiniones sobre él ya las escribí aquí)

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El sabor de un falafel

No sé dónde leí hace años que a partir de los cuarenta las interconexiones neuronales ya están tan establecidas que no es posible crear nuevas. El artículo en cuestión concluía que a causa de eso el cerebro humano no es tan moldeable y que por tanto no podemos adaptarnos a los cambios a partir de esa edad. Ya por aquel entonces pensé que aquello era un disparate: yo trabajaba en un centro de educación de adultos dando clase de teatro a un grupo de alumnos de tercera edad y aún guardo como oro en paño algunas anécdotas sobre cómo el ir a clase les había cambiado la vida. Como la de Carmen, aquella mujer que al enviudar había perdió el apetito y diez kilos y estuvo dos meses sin salir de su casa. Alguien –su hija, su yerno, no recuerdo- la convenció para apuntarse a teatro porque otro alguien iba y decía que estaba muy bien. Eso había sido dos años antes de empezar yo a trabajar allí y cuando me lo contaron no me lo podía creer ya que en clase era una mujer tremendamente divertida. Cuando hacía buen tiempo Carmen casi nunca aparecía, provocando el cabreo de sus compañeros que no podían ensayar sus escenas con ella. Un día de lluvia se presentó con un paraguas de colores y la llamé aparte.

– Carmen, necesitamos que vengas a los ensayos – le dije-. ¿Ha sucedido algo para que faltes tanto?

– ¿Qué me va a pasar? Que me he echado un novio y prefiero irme con él al parque a darnos besos que quedarme aquí con estas viejas que están todo el día quejándose.

Las demás, que sabían de lo que estábamos hablando y conocían al susodicho, refunfuñaban delante de mí. Pero cuando Carmen volvió a su asiento la miraron con una sonrisa de complicidad, como deseando que les pusiera al día y acaso con un poquito de envidia.

Han pasado casi veinte años de aquello. Ahora vivo en Toronto, una ciudad multicultural en la que, cuando dos personas se conocen, la primera pregunta suele ser cuál es su país de origen. He escrito unas cuantas entradas en mi blog sobre nuestra experiencia de emigrantes. Sin embargo, ya que ahora estamos instalados en nuestra nueva rutina lo que podamos contar de nosotros en este lado del océano es más carne de muro de Facebook para familia y amigos que otra cosa. No puedo prometer una determinada periodicidad, pero a partir de ahora mis entradas serán acerca de otros. Gente fascinante que he conocido por aquí, cuyas historias me han hecho reflexionar hasta qué punto el ser humano puede adaptarse a una nueva realidad, aunque no siempre sea la deseada.

Hace unos días estuvimos en un restaurante de Oriente medio en el que hacen unos shawarmas buenísimos. Amelia y Victoria estaban tan encantadas comiéndose unos falafel cuando oímos dos mesas más allá una voz que decía en inglés: «¡Hola, hola! ¿Nos veis bien? ¿Seguro que nos veis? ¡Hola!» Era un hombre joven y robusto que miraba su móvil con los ojos húmedos mientras no dejaba de gritar y sonreír. Sentado en su regazo había un chico de unos siete años que miraba el móvil con un gesto tan sorprendido como feliz. El hombre abrazaba al chico con fuerza y ternura al mismo tiempo, como si fuera el tesoro más preciado que uno puede imaginar. Por supuesto que todo hijo es un tesoro, pero ese abrazo era mucho más intenso y dulce que lo que yo jamás había visto en un hombre como aquél. El chico también saludaba a los interlocutores del teléfono: «Hola, soy Henry, ¿tú quién eres?», decía.

Alguien dijo algo al otro lado del teléfono y el hombre robusto se echó a reír. «Esa es tu abuela», le dijo al chico. Este sonrió fascinado y dijo «¿Tú eres mi abuela de verdad? ¡Hola, abuela, soy tu nieto Henry!» El hombre seguía riendo con la boca bien abierta. Abrazó al chico, que no tenía ni posibilidad ni ganas de soltarse y le revolvió el pelo con su mano enorme mientras decía a la pantalla «Sí, mamá, este es tu nieto. ¿Has visto qué grande y qué guapo está?»

Entendí que era un momento suficientemente privado, aunque sus gritos se oyeran en todo el local. También es cierto que apenas había nadie en ese momento. Intenté concentrarme en lo sabrosa que estaba nuestra comida, pero no pude evitar mirar cada vez menos de reojo en cada ocasión en la que el chico o el hombre decían algo a sus interlocutores, mezclando frases en inglés con algunas palabras en árabe. «¿Y tú quién eres has dicho? ¿Mi tío? ¡No sabía que tenía un tío tan joven!», decía el chico, cada vez más involucrado en la conversación con aquellos hasta entonces desconocidos. Y el hombre reía, «Sí es verdad que es muy joven para ser tu tío», decía, ya con lágrimas de ternura mientras abrazaba a su hijo, seguramente sintiendo latir la espalda del pequeño en su pecho.

Durante toda aquella conversación aquel hombre y yo nos miramos unas cuantas veces. Yo sonreía casi avergonzado porque no quería meterme donde no me llamaban. No sé si él se daría cuenta de eso, pero en una de las veces en que nuestras miradas se volvieron a cruzar giró el móvil hacia mí con una sonrisa claramente amiga. En la pantalla había una mujer con la cabeza cubierta por un hiyab. Por supuesto, ni ella sabía quién era ese señor alto de Toronto con barba que tenía frente a ella ni yo tenía idea de qué debía decir. El hombre contento gritó a carcajadas: «Es mi familia de Bagdad. Dígale hola, por favor». Saludé a la señora y ella me respondió en inglés con un acento muy marcado. Victoria –que al igual que su hermana ya ha aprendido el vocabulario de los estados de ánimo- señaló hacia el chico y me dijo «¡Papá, papá, niño contento!».

El hombre me preguntó en inglés qué había dicho la niña. Se lo traduje, y mientras el chico volvía hablar con aquella familia a la que no conocía, el padre le dio un beso en la cabeza -casi podría asegurar que se la olió- y le dijo a Victoria: «Sí, niño contento. Y su papá más contento». Y las dos, Victoria y Amelia, se echaron a reír porque les hace mucha gracia comprender a la gente que habla en inglés.

– ¿Cuántos años tienen? –me preguntó.

– Van a cumplir tres.

– Henry tiene ya siete. Hacía más de cinco años que yo no lo veía –dijo, mientras el chico ponía ahora a su abuela al día sobre su comida favorita y otros de esos datos que tanto les gusta saber a las abuelas de todo el mundo.

No es la primera vez que conocemos aquí a alguien que haya estado años sin ver a un hijo. Soraya y yo le miramos y le sonreímos: sabemos que cuando alguien explica algo tan íntimo a un desconocido es muy posible que lo haga porque necesita hacer las paces con la realidad.

«Llegué de Irak hace unas semanas. Estuve en la cárcel unos años porque, bueno, al gobierno no le gustamos los suníes. La política allí… En fin. Mi mujer se vino a Canadá cuando me detuvieron y se trajo al niño con ella. Mi madre esto de internet no lo entiende bien y Henry nunca había podido hablar con su abuela como ahora. Una vecina tiene un smartphone y gracias a ella estamos hablando. Estaba preocupado porque desde que llegué no había sabido nada de ellos, y en Bagdad ha habido unos cuantos atentados estos días. Ahora mismo debería estar trabajando detrás de la barra, pero esta es la única hora a la que mi madre podía conectarse y el jefe me ha dicho que me tome el tiempo que necesite» Entonces miró a Victoria y añadió: «por eso estoy tan contento. Porque estoy aquí con mi hijo y él está hablando con su abuela por primera vez»

Las dos volvieron a reírse. Ya digo que les hace gracia entender a la gente, y aún son tan pequeñas que no han descubierto que hay cosas que ni siquiera los adultos pueden comprender. Amelia se acercó a él y le dio el falafel que tenía en la mano, que es algo que solo hace con la gente que le cae bien. El hombre le dio las gracias, se lo comió, Amelia se volvió a reír y Victoria se puso a celebrar tanta alegría dando vueltas alrededor de la mesa. Henry seguía a lo suyo, cantándole a su familia su canción favorita.

«Nunca me han gustado mucho los falafel, pero aquí cualquier cosa me sabe a gloria», añadió. «Aquí puedo salir a la calle sin tener miedo, allí no podía ni imaginarlo. Antes nos mataba Sadam, luego nos mataban los americanos y ahora nos mata el gobierno este que tenemos o nos matan los del Estado Islámico. Yo no he conocido otra cosa más que vivir con miedo, pero para Henry estando aquí va a ser distinto. Va a crecer como deberían crecer todos los niños del mundo: sin ver cuerpos despedazados en la calle cada día».

Amelia y Victoria empezaron a decir que querían ir al parque, así que nos despedimos de Henry y de su padre, del que no llegamos a saber el nombre. Un rato después, mientras las veíamos ir cogidas de la mano hacia los columpios, su madre y yo seguíamos pensando en algo a lo que llevamos dando vueltas desde hace meses: nosotros somos emigrantes, sí, y a mucha honra. Estamos saliendo adelante y nos sentimos orgullosos de ello. Pero no tenemos ningún derecho a llamarnos refugiados.

Digo esto no solo porque mucha gente confunde ambos términos, sino porque bastantes veces hemos visto y leído a emigrantes llamarse a sí mismos refugiados o exiliados. Imagino que el motivo es el halo de grandeza poética o yo qué sé qué que desprende la palabra cuando pensamos en la historia reciente de España. Refugiado era Machado cruzando la frontera con su maleta húmeda, o los españoles a los que salvó Neruda cuando fletó el Winnipeg. Pero emigrante era el pobre currito anónimo que se marchaba a Alemania con un hato y dos mudas y  claro, puestos a elegir hoy en día es más resultón compararse con el primero.

Pero no. Los que hemos salido de España a buscarnos las castañas no somos refugiados: somos emigrantes. Nuestra vida no corría peligro en nuestro país, nadie quería encarcelarnos ni estábamos amenazados de muerte. Muchos podríamos incluso habernos quedado y habríamos conseguido tirar para adelante, aunque fuera tras muchas penalidades. Pero nuestro gobierno, por muy mal que lo esté haciendo, no nos persigue para matarnos. En otros países sí sucede esto. En demasiados, de hecho. De ahí que un refugiado necesite ayuda de otro país, y de ahí que los países desarrollados necesiten ponerse de acuerdo para conseguir ayudar a esta gente. Soraya, Amelia, Victoria y yo podríamos volver a España si quisiéramos y ya veríamos cómo nos las apañaríamos. Tal como están las cosas no sería fácil, pero podríamos. El padre de Henry no puede, y como ser humano que es necesita un país que le dé aquello que el suyo le niega.

Aquello fue hace unos días. Desde entonces he encontrado noticias que no sé cómo casar con todo esto. He leído que Rusia está bombardeando Siria y que Estados Unidos ha bombardeado un hospital en Afganistán. He leído que en la ciudad donde me he criado hay un partido con representación en el ayuntamiento que critica las ayudas a los refugiados. Que primero hay que ayudar a los españoles, dicen, y luego, si acaso, a los extranjeros, como si la solidaridad y la cooperación se basaran solo en unas líneas puestas en un mapa. He leído también que en Finlandia unos extremistas vestidos del Ku Kux Klan han agredido a unos refugiados, y que en Hungría se ha legalizado que se les detenga, sabiendo que su único delito ha sido recorrerse miles de kilómetros a pie para encontrar un lugar donde poder dormir sin miedo a que su propio gobierno les mate.

Nunca me gustaron demasiado los falafel. Los encuentro un poco pastosos y algo insípidos. Tras escuchar esas risas y ver esa ternura tan de cerca, sin embargo, los comeré con más frecuencia. No es que ahora me vayan a saber a esperanza y felicidad ni cursilerías de esas. Pero la próxima vez que lea según qué noticias en la prensa sabré qué pedir para quitarme el mal sabor de boca.

Amelia y Victoria de la mano

Todo va a ir bien

(Nota: esta carta la escribí por encargo del centro comunitario multicultural de Brampton (Ontario, Canadá), donde durante meses nos proporcionaron la ayuda necesaria para emprender nuestra nueva vida en este país. Se trata de una carta de motivación para aquellos emigrantes que, como me sucedió a mí, estaban a punto de tirar la toalla al ver que no todo se solucionaba tan rápido como creían. La original, por supuesto, estaba en inglés, pero aquí os dejo la versión traducida por mí mismo)

Llegué a Canadá en agosto del 2013 con mi esposa y nuestras dos gemelas. Por aquella época tenían nueve meses y vinimos desde España para darles su propia habitación. Las cosas en España se habían complicado bastante en los últimos años a causa de la crisis económica, el desempleo había alcanzado límites insospechados y no parecía que las cosas pudieran ir a mejor. El año anterior habíamos vivido con mis suegros, unas personas extraordinarias que nos ayudaron cuando más lo necesitábamos. Pero hacía años que mi mujer y yo soñábamos con irnos a vivir a Canadá, el país en el que nací ya que mis padres fueron también emigrantes en este país. Esa es la razón por la que tanto mis hijas como yo tenemos la nacionalidad canadiense. Como les sucede a muchos inmigrantes que llegan por primera vez a este país, tanto mi esposa como yo tenemos bastante experiencia internacional. Mi hermano, que vive en Brampton, nos ofreció vivir en su casa hasta que pudiéramos encontrar trabajo y casa propia. Todo tenía muy buena pinta, así que ¿por qué no íbamos a arriesgarnos a dar el salto?

Y así lo hicimos. Cogimos nuestros ahorros, metimos en la maleta unos cuantos trastos, nos despedimos de nuestros amigos, dejamos a nuestros padres llorando en el aeropuerto y dimos el salto, como los héroes de una película de aventuras. Mi hermano nos recogió en el aeropuerto y nos ayudó con el papeleo: abrir nuestra primera cuenta de banco, pedir la tarjeta sanitaria… Modifiqué mi CV europeo al estilo del resumé canadiense. Fui a cursos de búsqueda de empleo, conocí a mucha gente y todos me decían lo mismo: aunque yo era canadiense, no tenía experiencia canadiense de ningún tipo. Nunca había estudiado ni trabajado aquí, así que a fines administrativos yo solo era un número en una carpeta. Y lo que tenía que hacer era llenar esa carpeta como fuera. Así que mis dos carreras y mi doctorado valían de poco porque, básicamente, nadie en Canadá podía dar referencias de mí y, seamos sinceros, por muy buenos títulos que tengas nadie va a llamar a otro país para preguntar si eres de fiar.

Además de eso, yo estaba en una extraña zona sin acotar ya que, aun siendo inmigrante recién llegado, técnicamente no lo era por ser canadiense. Eso conllevaba no poder acceder a ningún tipo de ayudas o cursos reservados para inmigrantes. Por si fuera poco, el gobierno canadiense me exigía demostrar tener algún tipo de ingresos para poder comenzar el proceso de esponsorización de mi mujer y así evitar que tuviera que volver a España. Necesitaba desesperadamente cualquier trabajo si no quería que se llevaran a mi mujer a España. Cualquier trabajo.

Mi cuñada y mi mujer llevaban por las mañanas a las gemelas a actividades para niños en un colegio de la zona. Un día regresaron a casa gritando: “¡El próximo día te vienes con nosotras!” “¿Por qué?”, pregunté. “¡Porque en el mismo colegio hay una consejera para recién llegados que cree que, aún con tu situación tan particular, te puede ayudar!” Así que me reuní con ella y esa reunión era justo lo que necesitaba en ese momento de mi vida. Entre otras cosas me sugirió que hiciera cita en el centro comunitario multicultural de Brampton, donde ella trabajaba y desde donde cada día de la semana iba por unas horas a un colegio distinto a ayudar a los padres de los alumnos a arraigarse en Canadá. Me acerqué al centro comunitario, por supuesto. Allí conocí a gente tan maravillosa como Yazmín Páez o Cecille Cansino, que me dieron consejos y valor para enfrentarme a lo que fuera. “Van a ser unos meses duros, lo sé. Pero confía en mí: este es un país maravilloso y al final vas a encontrar tu sitio”.

Estas palabras de Yazmín me acompañaron durante esos meses que, en efecto, fueron un poco duros: me acostumbré a borrar mis títulos académicos de mi resumé para conseguir cualquier trabajo tras haber trabajado como profesor universitario en varios países. Repartí periódicos en la calle a -32º para ganar 70 dólares al mes. Hice entrevistas de trabajo en agencias temporales de dudosa calaña, fui a cursos de venta callejera que básicamente consistían en acosar al peatón hasta convencerle de que se sacara una tarjeta de crédito, me saqué el carnet de manipulador de carretilla elevadora porque en caso de conseguir un puesto de mozo de almacén el sueldo era un poco mejor. Finalmente me aceptaron en una de las mejores agencias temporales de la zona y comencé a realizar trabajos de todo tipo para ellos: hice salchichas en una de las mayores compañías alimentaria de Canadá, empaqueté botellas de plástico, trabajé en una empresa de cartones troquelando y biselando y desmonté televisores en una planta de reciclaje. Todo ello, claro, esperando el autobús cada día en el frío invierno canadiense porque no podíamos permitirnos comprarnos un coche ni menos aún pagar el seguro de automóvil, que puede llegar a 400 dólares al mes para alguien que no tiene experiencia como conductor en Canadá.

Sé que no soy el único que ha vivido todo esto al llegar a este país y entiendo que haya quien piense que estas situaciones son humillantes. Pero no lo son. Tener que dejar de lado mi experiencia previa para empezar de nuevo en otro país en el que no era nadie y en un idioma que no era el mío me ayudó a darme cuenta de que soy mejor y más fuerte de lo que nunca pude imaginar. Y tú, querido amigo, seas quien seas y vengas de donde vengas, sabes que eres suficientemente fuerte para enfrentarte a algo así o a lo que sea en este país frío pero maravilloso. Créeme si te repito las mismas palabras que me dijo Yasmín: encontrarás tu sitio, igual que yo lo he encontrado.

Me llevó un tiempo conseguir experiencia canadiense y por fin pudimos permitirnos alquilar nuestro nuevo apartamento. Unos meses después conseguí un buen trabajo en un College y, por supuesto, nuestras hijas tienen su propia habitación. Ahora tienen dos años y no entienden lo que ha pasado este año, pero cada vez que las veo reír y jugar en su habitación sé que cada minuto en la parada del autobús -o haciendo salchichas, o empaquetando botellas- mereció la pena.

Quién sabe, quizás el año que viene serás tú el que esté escribiendo unas palabras para dar ánimo a los recién llegados. Hace un año jamás se me habría ocurrido que podría ser yo y aquí me tienes, sentado en mi despacho, pidiéndote que no desesperes. Incluso si crees que es imposible y estás a punto de tirar la toalla, créeme: todo irá bien.

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Carta de amor a Macondo

Querida mía,

Estos días andarás muy ajetreada y llena de turistas, de curiosos y devotos que estarán recorriendo tus calles, tus plazas y tus páginas. Habrá quien llegue a ti por primera vez, incrédulo y excitado el mismo tiempo, y quien al pasear por tus caseríos y tus galleras se sienta como un peregrino que regresa al hogar. Habrá quien te cubra de halagos —a ti, que nunca recibirás los suficientes— y quien intente tomarte medidas para hacerte un traje gris con olor a estantería académica. Unos y otros haremos lo indecible por…

Así comienza la Carta de amor a Macondo que he escrito para Jot Down y que puedes leer completa aquí.

Macondo

Mujer con niña en piscina

Todo comienza con una imagen: en una piscina municipal, una mujer vietnamita de unos sesenta y cinco años observa nadar a su nieta de cuatro. Mientras la niña disfruta con sus amigos, la señora, tranquila, sonríe y descansa.

Hace unos años trabajé unas semanas en Japón. Durante los preparativos para el viaje, mucha gente me hacía comentarios del tipo “sayonara baby”, “cuidado con los ninjas” o incluso “saluda al señor Miyagi de mi parte”. Cuando la Comunidad de Madrid seleccionó un espectáculo mío para representar a España en la Casa Natal de Tolstoi en Rusia, todo era “Tovarich”, “llevaros mantas” y “saluda al Doctor Zhivago de mi parte”. Hace unos meses, cuando me fui a vivir a Palermo con mi mujer, las bromas eran algo así como “cuidado con la mafia”, “la comida de la mamma” y, por supuesto, “saluda a Don Vito de mi parte”. Los estereotipos es lo que tienen. Imagino que un guiri, antes de ir a España, escuchará cosas similares sobre las guitarras flamencas, los toros y Antonio Banderas, al que es posible que también sus amigos le pedirán que lo salude.

Cada país tiene sus estereotipos, por supuesto. Cada región. Incluso algunos pueblos. Aún así, sabemos que no dejan de ser estereotipos, y que a fin de cuentas tenemos un mínimo de cultura básica como para saber algo más de Rusia o Japón o Sicilia o de donde sea.

Pero no siempre es así. Para la mayoría de nosotros, occidentales, Vietnam no es un país: es una guerra. Y eso, que para las películas puede ser excitante, trágico o insustancial -según cada uno-, aquí es parte del día a día. O casi.

Antes de llegar a Hanoi, todo era “cuidado con los charlis”, “no siento las piernas” y “saluda de mi parte a Ho Chi Minh”. Más allá de las bromas, me estuve planteando –como hago siempre que planifico un viaje- el estudiar un poco de historia del país, conocer la cultura, la situación sociopolítica… Si eso lo hago como turista, ¿cómo no hacerlo como residente? Después todo se complicó con la mudanza y los papeleos y la burocracia y las vacunas, y lo pospuse hasta llegar aquí. A fin de cuentas, tiempo iba a tener de sobra.

Pues bien, ya llevo aquí unos meses. Y algo he leído. Me encuentro con un país moderno (o que está en camino de serlo) que, como dicen todas las guías, ha superado la guerra y mira hacia delante. No es necesario saber vietnamita para darse cuenta de ello. La típica camiseta para turistas, por ejemplo, es una que pone “Good morning, Vietnam!”.

Se estima que un 40% de la población tiene menos de 20 años. ¡Casi la mitad del país! Se trata de la primera generación que no ha sufrido los horrores de las guerras. Y digo “las” en plural porque de 1940 a 1945 sufrieron la II Guerra Mundial por ser territorio francés, desde 1945 a 1954 la Guerra de Indochina para independizarse de los franceses, y desde 1955 a 1975 contra los americanos. Yo nací en 1974, lo que significa que, cuando voy por la calle, todas las personas mayores que yo recuerdan lo que es vivir en guerra.

No hablo vietnamita, y aquí poca gente habla inglés. Aunque pudiera, tampoco sería cuestión de ponerme a preguntar a la gente que veo por la calle si sufrieron mucho o no. Pero cuando uno se fija con atención puede apreciar, casi como fisuras de una sociedad veloz y ávida de modernidad, a algunas personas distintas. Tullidos, mendigos ancianos, deformes… Son apenas imperceptibles. Y es posible que la guerra les pillara lejos, o que su pierna amputada fuera por la poliomielitis. Quién sabe. El caso es que cuando los ves no puedes evitar quedarte pensando en ellos, y en si fueron víctimas de una mina, o si sus madres tuvieron problemas en el embarazo por el napalm.

Así que, en los momentos en los que me siento delante del libro de cultura vietnamita, me planteo todas esas cosas y me pregunto si verdaderamente quiero conocer en profundidad una historia tan trágica. Tan cercana. Tan demoledora. Es una duda unamuniana, podríamos decir: ¿prefiero saber la verdad y angustiarme en mi día a día o prefiero no saberlo y perderme la posibilidad de conocer en profundidad el país en el que voy a vivir, como mínimo, un año?

Esa duda me corroe continuamente, aunque tengo claro que, sea como sea, ahora ellos están mejor que nunca. Esa mujer tranquila en la piscina es muestra de ello. Y no sé si me aterra o me conmueve el imaginarme lo que podría estar pensando esa mujer en aquel momento.

El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.

Nuevo blog

Este blog surgió como un blog de poesía. Durante algo más de un año he ido colgando poemas de mis dos poemarios y alguno inédito. Desde hace un tiempo, sin embargo, he ido añadiendo artículos de tipo social y cultural. Me he sorprendido a veces diciéndome “no, no publiques esto porque tu blog es sobre poesía”, y me he preguntado cómo puede ser que yo mismo no esté seguro de querer escribir cosas en un blog escrito por mí y que además lleva mi nombre.

Durante mi estancia en Sicilia he comprendido que escribo poesía para explicarme cosas a mí mismo y que escribo artículos para explicarle cosas a los demás. O, si lo preferís, escribo poesía para intentar comprender cómo soy yo mientras que escribo prosa para intentar comprender cómo somos todos.

En estos días tan intensos que estamos viviendo mi cabeza está llena de ideas para poemas y de ideas para artículos. Según palabras de Lorca, “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas.” Eso es lo que pretendo hacer a partir de ahora. Pero para poder meterme bien en el fango sin miedo alguno a que mis azucenas pierdan su lustre he decidido crear otro blog.

Por eso, amigos, a partir de hoy este blog seguirá su rumbo poético. Si queréis, además, seguir mis reflexiones sociales, os invito a que entréis en  “Ven conmigo a buscarla