Por qué hacemos esto

Desde hace días organizo en Palermo las movilizaciones de la #spanishrevolution, aquí llamada #italianrevolution. No hace falta que explique qué es esto, porque hace sólo una semana que ha comenzado y ya no se habla de otra cosa. Pero me parece oportuno hacer algunas puntualizaciones porque se están escuchando demasiadas descalificaciones sobre este movimiento. No soy quién para hablar en nombre de nadie excepto de mí mismo, así que hablaré en mi nombre para defender -no justificar, sino defender- lo que estamos haciendo muchas personas en los cinco continentes.

En primer lugar, hay que entender que esto no es una cuestion partidista sino social. Es cierto que tiene connotaciones políticas por el momento en que se ha producido, pero el alcance que se pretende va mucho mas allá. Nos hemos acostumbrado a escuchar cosas como “el hombre es un animal político” o “todo es política”. Pero esto no es verdad.

La política es un instrumento creado por la sociedad para protegerse y mejorarse. Somos nosotros, ciudadanos, quienes pagamos con nuestros impuestos para que alguien se encargue de que todo vaya bien. Igual que, por ejemplo, un portero en una comunidad de vecinos. Pero la clase política ha aprovechado el poder que nosotros le hemos dado para utilizarlo contra nosotros.

No olvidemos esto: más allá de partidismos o posicionamientos de un lado u otro, lo que la sociedad necesita es recordar que el poder es nuestro, que decidimos cederlo cada cuatro años a quien consideramos oportuno. Así lo dice la Constitución en su artículo 2: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.”

¿A qué viene entonces este tumulto en un momento así? ¿Es accidental que se haya producido antes de una convocatoria electoral? Por supuesto que no. Ante esta convocatoria, una buena parte de la sociedad se ha dado cuenta de que no se sienten representados por la clase política, y han decidido manifestar públicamente su impotencia a la hora de elegir a quién votar. No es casual que, desde hace meses, la clase política en general aparezca en las encuestas como uno de los cinco problemas más importantes en España. No confiamos en que la actual clase política pueda resolver nuestros problemas. Creemos que no están haciendo bien el trabajo por el cual les estamos pagando, y es por eso que se ha instaurado en España la noción de “votar en contra de” o “votar al menos malo” porque “todos son iguales”.

Todos son iguales. Esa es la frase clave. Cuando todas las opciones son iguales ninguna opción es válida. Cuando ninguna opción es válida no podemos elegir. Y cuando no podemos elegir, no hay una verdadera democracia.

Por pensar esto, algunas voces nos llaman antisistema. Por lógica elemental, si pedir una democracia verdadera es estar en contra del sistema, eso significa que el sistema no es verdaderamente democrático. Y un sistema que en el siglo XXI no es verdaderamente democrático es un sistema que necesita reformas. O, al menos, un replanteamiento.

Porque, lo repito una vez más, no estamos en contra de la política ni en contra de los políticos. Estamos en contra de estos políticos, porque pensamos que no nos representan. No queremos eliminar la figura del político, porque sabemos que es una figura necesaria. Tan necesaria, que queremos alguien digno para ostentarla.

Desde hace años, nuestros políticos han jugado al divide y vencerás. Por un lado, los que afirman que España se está rompiendo. Por otro, los que dicen “como vengan los otros vais a saber lo que es bueno”. Los partidarios de ambas opciones están tan enfrentados entre sí que es una utopía pensar que entre ellos pueda establecerse un dialogo cordial.

Frente a este divide y vencerás tan hostil como innecesario para la sociedad, de modo espontaneo ha surgido en España el sentimiento contrario: la unión hace la fuerza. Decenas de miles de personas en todo el mundo nos sentimos unidos por una idea comun. Una ilusión. Y de eso nos estamos encargando unos cuantos. De difundir lo que sucede, porque sabemos que aún quedan muchos miles de personas por unirse.

Los que estamos en Italia -y en Francia, y en Inglaterra, y en Holanda, y en tantos y tantos paises- no somos un ejemplo ni un modelo a seguir. Pero sí somos la prueba de que no es difícil conseguir que la sociedad se ilusione con un futuro mejor. Si yo puedo hacer lo que hago desde un piso de un barrio marginal de Palermo con una conexión a internet de prepago, ¿qué no podrán hacer con tantos medios y tanto dinero los políticos, a quienes se les paga por hacerlo?

Sólo se me ocurren tres opciones por las cuales los políticos no consiguen hacerlo: porque no saben, porque no pueden o porque no quieren. Desconozco cuál de las tres es la verdadera. Pero, sea cual sea, cualquiera de las tres les inhabilita para ostentar el cargo que tienen.

Recordadlo. Ellos no son nuestros jefes. Nosotros, ciudadanos, somos los suyos, porque somos nosotros quienes les pagamos. Nuestros empleados no están haciendo bien su trabajo, y tenemos derecho a exigir responsabilidades.

Comprendo que un movimiento de este calibre provoque todo tipo de opiniones, unas a favor y otras en contra. Siempre he intentado adoptar una actitud crítica en mi vida (es decir, la habilidad de obtener un criterio propio ante lo que sucede) y, como tal, estoy especialmente interesado en escuchar las opiniones críticas a este movimiento. Pero creo que las descalificaciones e insultos inhabilitan a quien los profiere, por muy coherente que sea su discurso. Es por eso que en mis líneas no encontraréis nada de eso. Y es por eso que os invito, por el bien de la sociedad de la que todos somos parte, a que a partir de ahora, sean cuales sean vuestros comentarios, dejemos el divide y vencerás de los insultos para adherirnos todos al la unión hace la fuerza del pensamiento crítico y constructivo.

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Problemas en la comunidad

Hace años que tenemos portero en casa. Los vecinos nos dimos cuenta de que en la comunidad la convivencia era de todo menos pacífica, así que decidimos contratar a una persona externa que se encargara de la limpieza, el mantenimiento, evitar que entraran vándalos en los portales, sacar la basura… A cambio, el portero recibe un sueldo y una vivienda gratuita en nuestro bloque, por si hubiera alguna emergencia a horas intempestivas. Todos los vecinos, por tanto, pagamos mensualmente una cuota para que este señor se encargue de que todo esté perfecto.

El caso es que durante años la cosa ha funcionado bien, pero hace un tiempo que algunos vecinos manifestaron su descontento por los modos groseros y violentos de nuestro portero. Hicimos una junta ordinaria, tal y como tenemos estipulado en nuestros estatutos, y la mayoría decidió que debíamos cambiar de portero. Así se hizo, y, a pesar de que el nuevo apuntaba maneras, en los últimos meses está adquiriendo las mismas costumbres que su predecesor. Lo primero fue cuando decidió meter en su casa no solo a su familia, sino también a sus mejores amigos; como hubo algunas quejas, él alegó que son personas de su confianza que le ayudan a realizar sus tareas.”No es un capricho, es una necesidad”, nos decía, “no pueden imaginarse el desgaste que supone este trabajo. Por no hablar de lo importante que es dar buena imagen ante los demás porteros del barrio”. A algunos vecinos esto les pareció un escándalo, aunque otros dijeron que bueno, que todos los porteros hacen más o menos lo mismo.

Pero la gota colmó el vaso hace unos días. Resulta que, por una mala gestión de la empresa eléctrica, nos hemos quedado en todo el barrio sin luz. Se nos ha comunicado que se está trabajando en ello, que no se sabe cuándo se solucionará, e incluso ha habido bloques a los que hemos tenido que ayudar regalándoles unas velas. Mandamos a nuestro portero para que se enterara de todo. No sabemos qué sucedió en la reunión, pero cuando volvió nos exigió:

1. Que ahorráramos energía.

2. Que sólo utilizáramos el horno una vez por semana.

3. Nada de secador.

Y 4. Que como llevábamos mucho tiempo consumiendo luz por encima de nuestras posibilidades, la empresa eléctrica ha tenido problemas serios y que nuestra obligación era pagar una derrama para ayudar a solventar ese problema.

Además, nos dijo que si no teníamos cuidado era posible que en un futuro nos prohibiera utilizar la nevera. Nosotros sabemos que su familia y sus amigos, que viven en su casa con él, siguen consumiendo la misma cantidad de electricidad y de agua, pero a él parece darle igual: como sabe que el hijo del anterior portero está deseando quedarse con su puesto, cada vez que le decimos algo nos sale con eso de “cuidado, que como me vaya yo ya sabéis quién viene”.

El hijo del portero anterior, por su parte, es el dueño de la empresa de jardinería de la comunidad, cuyos empleados también se las traen: unos cuantos de ellos, seguramente siguiendo órdenes de arriba, vienen a limpiarse la tierra cada día a nuestro portal para después decir que han sido los familiares del portero, que tienen el bloque cada día más sucio. Sabemos que son ellos porque los hemos visto; pero cuando los vecinos vamos a ver a su jefe, éste se sale por las ramas y dice que la portería estaría mucho mejor con él, que nuestro portero está rompiendo el portal (no sabemos a qué se refiere con esto) y que las personas sensatas le apoyan porque son personas de bien. Así que los dos, el portero y el pretendiente a portero, están todo el día a gritos, enfrentados, sin hacer nada por la comunidad; y nosotros, los vecinos, seguimos a oscuras y cabreados unos con otros.

Dentro de unos días tenemos nueva junta, y hay unos cuantos vecinos que nos hemos juntado a hablar entre nosotros porque nos parece que esto no puede seguir así. Que no queremos seguir sin luz. Que no queremos que nos engañen ni uno ni otro. Que queremos un cambio. Pero un cambio de verdad. Sabemos que en la próxima junta se decidirá que el portero sea uno de los dos. No podemos hacer nada por evitarlo.

Pero nuestra idea va más allá: queremos conseguir que todos los vecinos de la comunidad nos reunamos para reescribir los estatutos: no queremos tener que esperar un año para hacer otra junta. Lo que queremos es cambiar las normas entre todos para recordarle a los candidatos que no son ellos quienen mandan. Que nosotros somos sus jefes, porque somos nosotros les pagamos. Y que si no hacen bien su trabajo, tenemos derecho a despedirlos en cualquier momento.

Los de arriba

Dicen los de arriba que cómo no vamos a tener crisis si nosotros, los de abajo, llevamos años viviendo por encima de nuestras posibilidades. Yo no sé a quién se refieren, porque todas las personas de mi entorno llevamos años sufriendo al ver el extracto de nuestra cuenta.

Dicen los de arriba que es normal que ellos ganen más porque trabajan más que nosotros. Yo no sé a qué se refieren, porque algunos amigos y yo mismo hemos llegado a compaginar hasta cinco trabajos.

Dicen los de arriba que los de abajo tenemos que retrasar la edad de jubilarnos, porque el modelo económico está cambiando. Yo no sé a qué se refieren, porque los políticos siguen teniendo una pensión vitalicia desde el momento en que dejan de ejercer.

Dicen los de arriba que todos tendremos que seguir apretándonos el cinturón un poco más. Yo no sé a qué se refieren, porque los banqueros que nos metieron en esta crisis siguen repartiéndose sus incentivos subvencionados por el Estado, en vez de ser juzgados.

Dicen los de arriba que ellos mismos se van a apretar el cinturón. Yo no sé a qué se refieren, pues ni ellos mismos son capaces de viajar en turista.

Dicen los de arriba que esta crisis es igual para todos. Yo no sé a qué se refieren, porque empresas como Telefónica van a despedir a miles de personas mientras logran los mayores beneficios jamás conseguidos por una empresa española.

Dicen los de arriba que tenemos que ser valientes y plantearnos el copago en la sanidad pública. Yo no sé a qué se refieren, pues la sanidad pública ya la pagamos todos con nuestros impuestos.

Dicen los de arriba que en estos momentos es cuando hay que reducir el gasto en educación. Y yo, por fin, sí sé a qué se refieren.

Porque lo lógico sería invertir en mentes pensantes para que no volvamos a tener ninguna crisis. Pero esto no es lógica, sino política. Y en política lo más práctico es que entre los de abajo no haya mentes pensantes. Porque así nadie se dará cuenta de que lo que nos dicen los de arriba es mentira.

La lección mal aprendida

En este mismo instante, mientras lees estas líneas, hay un niño en una granja de Oklahoma, en Estados Unidos, que ve a su padre sonreír al recordar la noticia de que Osama Bin Laden ha sido asesinado y su cuerpo echado al mar. El padre mira al cielo, da las gracias a Dios – el suyo – y sus ojos se humedecen al recordar el rostro ilusionado de su hermana en el aeropuerto, rumbo a New York para conocer a sus futuros suegros. “Tú no la conociste porque aún no habías nacido”, dice a su hijo, “pero desde allá, en el cielo, tu tía te mira y te protege”. El niño, consciente de la emoción de su padre, se acerca, le toma de la mano, y le escucha decir que hoy el mundo es un poco más justo gracias a la muerte de un hombre malo. Tras unos segundos de duda, el niño le pregunta por qué dice eso, ya que matar –según le han explicado siempre- es algo malo. “Ellos empezaron primero, hijo mío”, contesta el padre. “Nosotros vivíamos tranquilos en nuestras casas, sin hacer daño a nadie, sintiéndonos felices de oler la tierra mojada después de la lluvia, y de pronto llegaron ellos, y con esos aviones malditos nos destrozaron la vida. Teníamos que matarlos para que nuestros muertos pudieran descansar, y ahora que ha sucedido esto no ha habido ningún jefe de estado de ningún país que haya condenado el acto. Ha habido unanimidad, ¿me entiendes? Por eso estoy contento: porque ahora ellos han perdido.” Esta noche ese niño dormirá tranquilo, pensando que el mundo –su mundo- es ahora más seguro todavía. No sabe que él tiene la suerte de estar con los buenos de esta historia.

En este mismo instante, mientras lees estas líneas, hay un niño en una granja de Afganistánque ve a su padre llorar al recordar la noticia de que Osama Bin Laden ha sido asesinado y su cuerpo echado al mar. El padre mira al cielo, pide clemencia a Dios – el suyo – y sus ojos se humedecen al recordar el cuerpo de su padre destrozado en el mercado de Kandahar, en una escaramuza entre rusos y americanos, antes del fin de la guerra fría. “Tú no le conociste porque aún no habías nacido”, dice a su hijo, “pero desde allá, en el cielo, tu abuelo te mira y te protege”. El niño, consciente de la emoción de su padre, se acerca, le toma de la mano, y le escucha decir que hoy el mundo es un poco más injusto a causa de la muerte de un hombre bueno. Tras un segundo de duda, el niño le pregunta por qué dice eso, si ese hombre del que hablan–según le han explicado siempre- se dedicaba a matar gente. “Ellos empezaron primero, hijo mío”, contesta el padre. “Nosotros vivíamos tranquilos en nuestras casas, sin hacer daño a nadie, buscando un futuro y un amor con quien compartirlo, y de pronto llegaron ellos y con esos tanques malditos nos destrozaron la vida. Teníamos que matarlos para que nuestros muertos pudieran descansar, y ahora que ha sucedido esto no ha habido ningún jefe de estado de ningún país que haya condenado el acto. Ha habido unanimidad, ¿me entiendes? Por eso estoy triste. Porque ahora ellos han vuelto a ganar.” Esta noche ese niño dormirá intranquilo, pensando que el mundo –su mundo- es ahora más inseguro todavía. No sabe que él tiene la desgracia de estar con los malos de esta historia.

Para ambos será una lección que forjará sus principios. Nunca nadie, por más que les expliquen en la escuela, les podrá convencer de que sus respectivos padres estaban equivocados. De que siempre hay otra opción ante la violencia de los otros. De que hasta los nazis tuvieron su Nüremberg. Hoy, sin embargo, ningún niño ha aprendido nada sobre la justicia, sino sobre la venganza. Y dentro de un tiempo, cuando tú hayas olvidado estas líneas, la lección que ambos han aprendido hoy supondrá la muerte de muchos otros inocentes, en cualquier parte del mundo, a manos de cualquiera de esos niños. Y entonces ya será muy tarde para recordar que esos otros inocentes habrán muerto por culpa de nuestro silencio y del de nuestros gobernantes.

Héroes de pacotilla, Quijotes analfabetos

Cuando Cervantes levantó la pluma aquel día y escribió “En un lugar de la Mancha”, no podía imaginarse la que iba a liar. A lo largo del siglo XVI se había fraguado una necesidad de ficción fantástica, como respuesta a la ficción sentimental por un lado y al avance de la ciencia y la razón por otro. Las novelas de caballerías, basadas en un código de nobleza conocido y compartido por sus lectores, aunaban el idealismo de la épica medieval y la fantasía sin límites de los romans de Chrètien de Troyes y sus infinitos seguidores. Y el público se volvía loco porque de ese modo se fundía la tradición con su necesidad de fantasía. ¿Os dais cuenta? Una sociedad entera consciente de que la fantasía le es necesaria. ¿No es eso algo bellísimo? Una sociedad que reclama unos héroes nobles y justos, como un espejo que proyectara una imagen ideal a la cual intentar parecerse. Y los encuentra, por supuesto, en la Literatura. Con mayúsculas.

Pero llega Cervantes, que ha sido más héroe que todos los caballeros del rey Arturo juntos, que ha conocido de primera mano -y esto no es un chiste cruel- el horror de la guerra, el infierno de la sociedad española y los demonios de la burocracia, y se pone a escribir como diciéndonos que somos todos unos hijosdeputa, que no tenemos vergüenza, que se nos pone dura hablando de héroes soñados mientras damos por el saco a los de carne y hueso; que si nosotros nos cagamos en sus héroes, él lo hace en los nuestros. Y se marca él solito la mejor novela de la historia de la literatura universal -y esto no es una exageración-, cerrando la puerta desde entonces a lo que podría haber sido una maravillosa corriente de literatura fantástica española. Pensad ahora un poco en eso, en cómo en Inglaterra, Francia, Italia o Rusia existe una prodigiosa e imparable corriente de literatura fantástica, mientras que nosotros aún seguimos ceñidos con el corsé del realismo. ¿Cómo es posible? Porque las letras requieren de espíritu, como las armas, y Cervantes, que era experto en ambas cosas, tejió una venganza que más de 400 años después sigue vigente. Y hoy en día se nos hincha la boca cada 23 de abril con palabras huecas y lugares comunes como “Cervantes nos da una lección de grandeza” o “la lección de don Quijote es la de saberse fuerte ante las adversidades”. Hablamos de él de paso, como recordando vagamente de lo que habla, pero sin saber lo que nos dice. Como si de nuevo le ignoráramos. Y olvidamos, porque es mejor así, que ahora mismo Cervantes nos escupiría a la cara al vernos impasibles ante unas listas electorales llenas de pequeños duques de Lerma que, en nombre de una nación crispada por ellos mismos, sólo piensan en el lucro personal. Y esto no es una ficción.

Se puede comprender una sociedad por los héroes que fabrica, en los ídolos que construye. En mi generación teníamos a Mario Conde, que acabó en el trullo por chorizo; a Supermán, que murió por una decisión empresarial de la DC; a Butragueño, al que se le salió la cola en un partido y nunca pasaba de cuartos. Hoy somos campeones del mundo, sí, pero nuestros supuestos héroes se han convertido en un coro de verduleras que berrean y rebuznan lo más fuerte posible para que los de Carrusel Deportivo tengan algo de lo que hablar de martes a viernes. Así que, lo que son las cosas, ahora mismo no tenemos héroes. Se quedaron todos en el camino de la corrupción, el libre mercado y la corrección política. Tenemos ídolos, sí, pero de barro. Nos queremos parecer a Cristiano, esa niña consentida que se enorgullece de que le insulten y se pone a llorar tras ganar la Champions porque él no metió un gol; a Carmen Lomana, que nos da lecciones de elegancia mientras anuncia los whoppers en oferta; a Belén Esteban, de la que no es preciso hacer comentario alguno. Hasta el rock cañero y ruidoso que tanto molestaba a nuestras abuelas y fascinaba a nuestros padres está muriendo para dar paso a esos ñoños grupos indies cuyos cantantes anoréxicos ladean la cabeza mientras susurran canciones sosas llenas de rimas en “-ón” y en “-ado”.

Yo, en cambio, estoy hablando de héroes. Héroes de verdad. Aunque sean ficticios, pero que sean de verdad. Seres que nos recuerden con sus actos que la nobleza en las acciones no sólo es posible sino necesaria; alguien que se atreva a levantar la voz, consciente de que se enfrenta al veto político, a la cárcel, a la lapidación o al tiro en la nuca. Alguien, en fin, que, siendo mejor que nosotros, nos obligue con su ejemplo a ser mejores día a día. Porque, como decía Bowie, nosotros también podemos ser héroes, aunque sea por un día.

Los añoramos. Los necesitamos. Y no están. Nos los han arrebatado, para traernos a cambio lo que la sociedad llama modelos de comportamiento: modelos a seguir que están controlados, por supuesto, dentro de los límites de lo permitido, de lo políticamente correcto, según los cuales el rey Arturo debería ser hoy en día el padre de familia comprensivo que participa en las tareas domésticas; Lanzarote, el joven estudioso, responsable y sacrificado que se esfuerza por conseguir trabajo en una sucursal de La Caixa; y Ginebra, por supuesto, la mujer que busca su identidad en la sociedad machista que la oprime. Un esquema práctico y maravilloso, sí, en el que Aquiles no deja de ser un metrosexual con la cara de Brad Pitt al que se le fue un poco la mano.

Ahora que consumimos más audiovisual que literatura, los guionistas llenan las películas con gangsters y mafiosos que pilotan helicópteros que explotan en 3D, y las discográficas nos saturan con vídeos de raperos malotes que acarician sus cadenas de oro mientras le soban el culo a una tía en bikini dentro de una limusina. Mientras en el XVI se generaba una ficción fantástica llena de héroes nobles porque la sociedad lo necesitaba, parece que nosotros vivimos en una sociedad trivial llena de iconos violentos porque eso es lo que necesitamos. Fijaos bien en esto: somos una sociedad trivial que necesita la violencia. Por supuesto que hay excepciones fabulosas, pero, en lo que a valores se refiere, hemos salido perdiendo con el cambio.

Y si no tenemos héroes ¿qué pasa con don Quijote? ¿Tenemos Quijotes hoy en día? ¿Existen en nuestra sociedad personajes ridículos que crean ser grandes héroes? Por supuesto que sí, pero carentes del aura de grandeza que tenía Alonso Quijano. Con semejantes iconos, no es de extrañar que nuestros Quijotes sean esperpénticos. Me refiero a esa prole de niñatos que se esfuerzan en dar la imagen de malvados con sus Rocinantes tuneados, sus Dulcineas poligoneras, sus Sanchos colegas y su habla extraña de SMS y tuenti. Camorristas de la ESO que cada finde ven gigantes y dragones con su cocktail de pastillas y cubatas. Vigoréxicos de barrio a los que no les mueve ninguna intención noble ni código alguno de caballería. Quijotes analfabetos, en fin, que nada saben de grandeza ni heroismo. Por no saber, es posible que ni siquiera se sepan la tabla del seis. Y así les va. Y así nos va.

Parábola del padre que no podía cuidar a sus hijos


Desde la cálida impunidad de su púlpito, el padre Sopena no podía imaginar hasta qué punto la vehemencia de sus sermones cincelaba la personalidad de Arturito Garcés, que a sus imberbes once años no conocía más objetivo que aplicar el mensaje de Cristo en su día a día. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento y poner la otra mejilla eran, nunca mejor dicho, su padrenuestro. Ante la peculiar conducta de Arturito, la opinión de sus progenitores oscilaba entre la admiración orgullosa y el temor a que un niño tan repipi pudiera no valerse a sí mismo cuando ellos faltaran. Con todo, el mayor miedo de doña Catalina, sufrida madre de nuestro protagonista, era que el niño decidiera continuar su vocación espiritual por el camino del sacerdocio. Su preocupación fue en vano, ya que, durante el resto de su vida, Arturito nunca podría olvidar aquel día en que el padre Sopena habló del máximo milagro habido y por haber: la procreación, ese maravilloso sucedáneo de la creación del hombre a cargo de Dios Padre.

Con semejantes valores por montera no era de extrañar que, a los nueve meses exactos de su matrimonio, Arturo Garcés se convirtiera en un padre de familia modélico y respetado. Una lástima, eso sí, que el respeto no fuera suficiente para él: transcurrido el mínimo reposo necesario, su sacrosanta volvió a quedarse encinta. Una y otra vez. Y otra vez más aún. Y más de otra. “Vivimos en tiempos impíos”, solía decir, “y es necesario que alguien se aplique en la ilustre tarea de crear una nueva sociedad”.

Todos en la empresa sabían que la razón de las infinitas horas extra que hacía el señor Garcés era el poder mantener a su prole. Por eso no daban crédito cuando, cada año, les anunciaba que esperaba otro vástago. Y otro más. Y otro, y otro, y otro. Mientras que para el común de los mortales quince hijos es un infierno insoportable, el señor Garcés sólo pensaba en lo orgulloso que debería sentirse el padre Sopena al observarle desde el cielo.

Pero en el hogar no todo era tan rosado como pudiera parecer. Mientras la salud de Merceditas Aguirre de Garcés se debilitaba tras cada embarazo, los niños se lamentaban continuamente por no poder disfrutar de su padre. La ausencia continua de don Arturo hacía inviable una sobremesa de café y helado o una tarde en el parque. Los pocos familiares y amigos de Arturo y Merceditas se acostumbraron a no saber nada de ellos, y llegó el día en que casi nadie recordaba ya el nombre de los hijos.

Una noche, de vuelta del trabajo, don Arturo se encontró a un desconocido intentando entrar en su casa. Asustado por si se trataba de un delincuente que quisiera perturbar la paz del hogar, se enfrentó a él y le golpeó por la espalda. Lo último que dijo el joven antes de perder el conocimiento fue: “Papá, papá, que soy yo.” A la mañana siguiente, la policía se llevó arrestado a Arturo Garcés por abandono de sus obligaciones paternas. Durante la rutinaria sesión de inspección, los agentes descubrieron a doña Mercedes, embarazada de siete meses, con principio de parálisis cerebral, mientras, en el suelo y desnudos, dos menores (de tres y un año respectivamente) jugaban a lanzarse sus propios excrementos.

En los últimos dos años he escrito, interpretado, dirigido, presentado y coordinado algo más de 20 espectáculos teatrales distintos, aparte de mantener este blog y la publicación de un poemario. No me quejo de ello, por supuesto, y menos aún sabiendo cómo está el patio de mis compañeros de profesión. Sé que debo estar orgulloso de lo que he hecho, y lo estoy; porque, como dice J. A. Pérez, el privilegio es crear.

Sin embargo, echando la vista atrás, creo que necesito una fuerte dosis de autocrítica. No tanto con mi trabajo, sino con mi manera de afrontar el trabajo. Los que trabajan conmigo saben que me gusta utilizar la metáfora de que un proceso de ensayos es como un embarazo y, por tanto, un estreno es como tener un hijo. Bien. He tenido muchos hijos en este tiempo, y lo que quiero (y debo) hacer ahora es cuidarlos. Mimarlos. Vestirlos debidamente y sacarlos a pasear. Presumir de ellos. Hacernos fotos, y llevarlos a ver a sus amigos, y charlar con sus padres, y descubrir todos juntos lo grande y hermoso que es el mundo. Y tener más hijos, por supuesto. Pero no quiero tenerlos si no tengo tiempo para verlos crecer.

Llevo una semana dándole vueltas a esto. Tengo la tremenda suerte de poder hacerlo en Sicilia, donde soy feliz con mi chica yendo al mercado y cocinando para ella mientras me corrige cuando hablamos italiano. Aún estaré por aquí unas cuantas semanas, en las que tengo que darle muchas vueltas a la cabeza, plantearme cómo quiero que sea mi vida a partir de ahora: si quiero vivir para trabajar, o si quiero trabajar para vivir. Si quiero tener tiempo para mi familia, para mis amigos. Si quiero comerme el mundo o si quiero que el mundo me coma a mí.

Este blog seguirá abierto, por supuesto, y en los próximos días aparecerán nuevos textos. He cambiado unas cuantas veces la apariencia en los últimos meses y es posible que vuelva a cambiar más adelante. No lo sé. Ahora se trata de cambiar algo más profundo.

Mi cabeza está de mudanza. Avisados quedáis. Temedme, porque traigo nuevas ideas en mi maleta. Y alegraos por mí.

Carta a un adolescente no lector de poesía

Vamos a hablar claro: esto de la poesía es un coñazo ¿verdad? No, no hay problema, tienes todo el derecho a pensarlo. Porque es cierto. La poesía (y la literatura en general, pero ahora quiero hablar de poesía porque de eso trata este blog) puede ser un coñazo, pero también puede ser maravillosa. Y eso sólo depende –como la mayor parte de las cosas- de cómo te la cuenten. De cómo te la vendan. Yo mismo, por ejemplo, no hace demasiado tiempo pensaba que la poesía era algo infumable. Aún hoy, que tengo ya 36, sigo pensando que hay mucha poesía que es una mierda. Pero hay otra que ha hecho que mi vida sea mejor. Y estoy escribiendo estas líneas para explicarte esto último, por si acaso a ti también pudiera sucederte.

Por lo general, en clase de Lengua y Literatura te explican los movimientos artísticos, la época en que nació el autor, sus obras principales… Y tú, que no eres tonto, te preguntas: “¿Y esto, a mí, para qué me sirve?”. Esa es la gran pregunta:

¿Para qué sirve la poesía?

Quizás tu respuesta sea “para nada” o “para ligar” o “para aprobar Lengua” o “ah ¿es que sirve para algo?”. Incluso podrías decirme que no tiene por qué servir para nada. Y tendrías razón. Y, sin embargo, ya te digo que a mí me ayudó y me ayuda mucho en la vida. ¿Por qué? Muy sencillo.

¿Alguna vez has tenido una experiencia realmente estupenda –una fiesta, un viaje, has conocido a alguien…- y, al contárselo a algún amigo que no estuviera allí, te faltaban las palabras exactas para explicarle por qué era tan estupenda y distinta a otras veces parecidas? ¿Unas palabras que no fueran “genial” “la hostia” o “ya ves, chaval”? Es muy posible también, aunque no quieras o no te atrevas a reconocerlo, que algunas veces te levantes triste sin saber por qué, o que ver a una persona determinada te dé mal rollo sin que sepas explicarlo, o que te sientas raro contigo mismo porque piensas que todos los que te rodean son imbéciles y no sabes qué haces con ellos (o, todo lo contrario, te parecen una gente alucinante mientras que tú sientes que no estás a su altura) y quizás te den ganas de llorar o de romper algo o de dar una hostia a las paredes cuando oyes a tus padres discutir en la cocina.

Claro que te has sentido así. Porque de esas y de otras muchas sensaciones está hecha tu vida y la de todos los que te rodeamos. Y para todas esas preguntas sin respuesta -y a otras muchas que tú y yo sabemos- tienes la poesía. Sí, no te quedes con esa cara.

Por supuesto que, cuando te sientes así, hay otras cosas. La play, por ejemplo. O un partido. O pasar un rato en tuenti o en facebook. O irte de fiesta con los colegas. O fumarte unos porros y echarte unas risas. Por supuesto que sí. Pero eso, seamos sinceros, no soluciona el problema. Sólo lo deja a un lado. Con cualquiera de esas cosas lo único que consigues es dejar de pensar en lo que te preocupa. Y eso es muy sano, ojo. Yo soy el primero que a veces necesita hacerlo, así que no lo critico. Lo que sucede es que, por mucho que te esfuerces, la realidad siempre vuelve cuando te quedas solo. Me apostaría cualquier cosa a que muchas noches, en la cama, te cuesta dormir porque no dejas de darle vueltas a la cabeza.

Lo que quiero que entiendas con esto es que, a partir de ahora, esas preocupaciones te van a acompañar toda la vida. Y cuando digo “toda la vida” quiero decir toda. Porque los seres humanos estamos hechos de esa pasta. De alegrías, ilusiones y sonrisas, sí, pero también de dudas, incertidumbres y temores. Así que deberías acostumbrarte a ello lo antes posible. Y, por supuesto, comenzar a buscar modos de enfrentarte a esas dudas, a esas incertidumbres, o, por lo menos, de comprenderlas. Es decir, de comprenderte. Porque hay veces en que el principal problema es que no sabemos qué es lo que nos pasa.

Lo que te quiero decir es que la poesía puede ayudarte a saberlo. Sí, sí. Sé que no ves qué relación puede haber entre eso que estudias en clase que se llama soneto y el que haya veces que te apetezca mandarlo todo a la mierda. Sobre todo porque es muy probable que lo que te apetezca mandar a la mierda sea precisamente el soneto, el complemento del verbo y todo eso que te enseñan en clase y que sigues sin saber para qué sirve.

La explicación es sencilla: como te he dicho antes, los seres humanos estamos hechos de esa pasta, y todos nos hemos sentido así. Y cuando digo todos quiero decir todos: tú, yo, tus amigos, tus profesores y tus padres, pero también Garcilaso y Cervantes y Lope de Vega y Bécquer y Machado y Lorca y Neruda y tantos y tantos otros. La diferencia está en que ellos, además de sus fiestas y sus porros (o lo que fuera que existiera en sus respectivas épocas), también se preocuparon de darle vueltas a la cabeza para dejar por escrito cómo se sentían, para así intentar entenderse ellos mismos y que les entendieran los demás. No te voy a negar que, hoy en día, algunas de las palabras que usaban se han quedado antiguas y parece difícil entenderles. Pero no olvides que sus textos hablan de amor, de soledad, de desesperación, de felicidad, de impotencia, de incertidumbre, de miedo al fracaso, de esperanza, de desilusiones… Y tú y yo sabemos que esos temas nos son familiares.

No quiero contarte la milonga de que la poesía puede salvar el mundo. Lo que te estoy contando es que ha habido ocasiones que la poesía ha salvado mi mundo. Gracias a algunos poemas maravillosos conseguí conocer mejor mis problemas, mis dudas, mis miedos, mis frustraciones… Es decir, conseguí conocerme para así poder llevarme mejor conmigo mismo. Quién sabe. Es posible que también te ayude a ti, igual que a veces (estoy seguro de esto) ha habido canciones que te han ayudado a seguir adelante. ¿Por qué no pruebas con la poesía? Al fin y al cabo, se tarda menos en leer un poema que en ver una película.

No sé si esta carta te hará cambiar de opinión. Lo más seguro es que tanto tú como yo volvamos al facebook o a la play para dejar de pensar en los problemas que tenemos. Tú intentarás no darle vueltas a tus cosas y yo haré lo mismo con las mías, e intentaremos olvidar que ahí fuera hay gente que pasa hambre y que no tiene trabajo porque en varias partes del mundo unos cabrones se forraron, se forran y se forrarán en vez de ir a la cárcel, como sería lo lógico si este mundo fuera lógico.

Sí. Lo más probable es que sea eso lo que suceda. Es verdad. Haremos lo posible por no pensar en esas cosas. Y entonces esos cabrones habrán ganado, porque a ellos no les interesa que pensemos. Ni tú, ni yo, ni nadie. Para ellos es mejor que sigamos comprando teles y ordenadores y móviles de última generación para estar entretenidos, porque ellos ganan dinero con nuestra tristeza. Para ellos es mejor que no le demos vueltas a las cosas, que no nos planteemos que a lo mejor las cosas no son como nos las cuentan. Para ellos, lo genial es que cuando nos digan “hay crisis, no hay dinero” nosotros sigamos a lo nuestro en vez de preguntarnos quién tiene el dinero que falta.

No, no pongas esa cara. No he cambiado de tema. Sigo hablando de lo mismo. De cómo la poesía puede ayudarnos a entender el mundo y a nosotros mismos. Fue Quevedo, un grandísimo poeta que nació hace más de cuatrocientos años, quien dijo que un pueblo idiota es la seguridad del tirano. No sé tú, pero a mí no me apetece nada ser parte del pueblo idiota. Pero me apetece aún menos que nuestras ganas de no pensar, de no leer, de no aprender, sean la seguridad del tirano.

(Foto: Montse Labiaga)