La lección mal aprendida

En este mismo instante, mientras lees estas líneas, hay un niño en una granja de Oklahoma, en Estados Unidos, que ve a su padre sonreír al recordar la noticia de que Osama Bin Laden ha sido asesinado y su cuerpo echado al mar. El padre mira al cielo, da las gracias a Dios – el suyo – y sus ojos se humedecen al recordar el rostro ilusionado de su hermana en el aeropuerto, rumbo a New York para conocer a sus futuros suegros. “Tú no la conociste porque aún no habías nacido”, dice a su hijo, “pero desde allá, en el cielo, tu tía te mira y te protege”. El niño, consciente de la emoción de su padre, se acerca, le toma de la mano, y le escucha decir que hoy el mundo es un poco más justo gracias a la muerte de un hombre malo. Tras unos segundos de duda, el niño le pregunta por qué dice eso, ya que matar –según le han explicado siempre- es algo malo. “Ellos empezaron primero, hijo mío”, contesta el padre. “Nosotros vivíamos tranquilos en nuestras casas, sin hacer daño a nadie, sintiéndonos felices de oler la tierra mojada después de la lluvia, y de pronto llegaron ellos, y con esos aviones malditos nos destrozaron la vida. Teníamos que matarlos para que nuestros muertos pudieran descansar, y ahora que ha sucedido esto no ha habido ningún jefe de estado de ningún país que haya condenado el acto. Ha habido unanimidad, ¿me entiendes? Por eso estoy contento: porque ahora ellos han perdido.” Esta noche ese niño dormirá tranquilo, pensando que el mundo –su mundo- es ahora más seguro todavía. No sabe que él tiene la suerte de estar con los buenos de esta historia.

En este mismo instante, mientras lees estas líneas, hay un niño en una granja de Afganistánque ve a su padre llorar al recordar la noticia de que Osama Bin Laden ha sido asesinado y su cuerpo echado al mar. El padre mira al cielo, pide clemencia a Dios – el suyo – y sus ojos se humedecen al recordar el cuerpo de su padre destrozado en el mercado de Kandahar, en una escaramuza entre rusos y americanos, antes del fin de la guerra fría. “Tú no le conociste porque aún no habías nacido”, dice a su hijo, “pero desde allá, en el cielo, tu abuelo te mira y te protege”. El niño, consciente de la emoción de su padre, se acerca, le toma de la mano, y le escucha decir que hoy el mundo es un poco más injusto a causa de la muerte de un hombre bueno. Tras un segundo de duda, el niño le pregunta por qué dice eso, si ese hombre del que hablan–según le han explicado siempre- se dedicaba a matar gente. “Ellos empezaron primero, hijo mío”, contesta el padre. “Nosotros vivíamos tranquilos en nuestras casas, sin hacer daño a nadie, buscando un futuro y un amor con quien compartirlo, y de pronto llegaron ellos y con esos tanques malditos nos destrozaron la vida. Teníamos que matarlos para que nuestros muertos pudieran descansar, y ahora que ha sucedido esto no ha habido ningún jefe de estado de ningún país que haya condenado el acto. Ha habido unanimidad, ¿me entiendes? Por eso estoy triste. Porque ahora ellos han vuelto a ganar.” Esta noche ese niño dormirá intranquilo, pensando que el mundo –su mundo- es ahora más inseguro todavía. No sabe que él tiene la desgracia de estar con los malos de esta historia.

Para ambos será una lección que forjará sus principios. Nunca nadie, por más que les expliquen en la escuela, les podrá convencer de que sus respectivos padres estaban equivocados. De que siempre hay otra opción ante la violencia de los otros. De que hasta los nazis tuvieron su Nüremberg. Hoy, sin embargo, ningún niño ha aprendido nada sobre la justicia, sino sobre la venganza. Y dentro de un tiempo, cuando tú hayas olvidado estas líneas, la lección que ambos han aprendido hoy supondrá la muerte de muchos otros inocentes, en cualquier parte del mundo, a manos de cualquiera de esos niños. Y entonces ya será muy tarde para recordar que esos otros inocentes habrán muerto por culpa de nuestro silencio y del de nuestros gobernantes.

Héroes de pacotilla, Quijotes analfabetos

Cuando Cervantes levantó la pluma aquel día y escribió “En un lugar de la Mancha”, no podía imaginarse la que iba a liar. A lo largo del siglo XVI se había fraguado una necesidad de ficción fantástica, como respuesta a la ficción sentimental por un lado y al avance de la ciencia y la razón por otro. Las novelas de caballerías, basadas en un código de nobleza conocido y compartido por sus lectores, aunaban el idealismo de la épica medieval y la fantasía sin límites de los romans de Chrètien de Troyes y sus infinitos seguidores. Y el público se volvía loco porque de ese modo se fundía la tradición con su necesidad de fantasía. ¿Os dais cuenta? Una sociedad entera consciente de que la fantasía le es necesaria. ¿No es eso algo bellísimo? Una sociedad que reclama unos héroes nobles y justos, como un espejo que proyectara una imagen ideal a la cual intentar parecerse. Y los encuentra, por supuesto, en la Literatura. Con mayúsculas.

Pero llega Cervantes, que ha sido más héroe que todos los caballeros del rey Arturo juntos, que ha conocido de primera mano -y esto no es un chiste cruel- el horror de la guerra, el infierno de la sociedad española y los demonios de la burocracia, y se pone a escribir como diciéndonos que somos todos unos hijosdeputa, que no tenemos vergüenza, que se nos pone dura hablando de héroes soñados mientras damos por el saco a los de carne y hueso; que si nosotros nos cagamos en sus héroes, él lo hace en los nuestros. Y se marca él solito la mejor novela de la historia de la literatura universal -y esto no es una exageración-, cerrando la puerta desde entonces a lo que podría haber sido una maravillosa corriente de literatura fantástica española. Pensad ahora un poco en eso, en cómo en Inglaterra, Francia, Italia o Rusia existe una prodigiosa e imparable corriente de literatura fantástica, mientras que nosotros aún seguimos ceñidos con el corsé del realismo. ¿Cómo es posible? Porque las letras requieren de espíritu, como las armas, y Cervantes, que era experto en ambas cosas, tejió una venganza que más de 400 años después sigue vigente. Y hoy en día se nos hincha la boca cada 23 de abril con palabras huecas y lugares comunes como “Cervantes nos da una lección de grandeza” o “la lección de don Quijote es la de saberse fuerte ante las adversidades”. Hablamos de él de paso, como recordando vagamente de lo que habla, pero sin saber lo que nos dice. Como si de nuevo le ignoráramos. Y olvidamos, porque es mejor así, que ahora mismo Cervantes nos escupiría a la cara al vernos impasibles ante unas listas electorales llenas de pequeños duques de Lerma que, en nombre de una nación crispada por ellos mismos, sólo piensan en el lucro personal. Y esto no es una ficción.

Se puede comprender una sociedad por los héroes que fabrica, en los ídolos que construye. En mi generación teníamos a Mario Conde, que acabó en el trullo por chorizo; a Supermán, que murió por una decisión empresarial de la DC; a Butragueño, al que se le salió la cola en un partido y nunca pasaba de cuartos. Hoy somos campeones del mundo, sí, pero nuestros supuestos héroes se han convertido en un coro de verduleras que berrean y rebuznan lo más fuerte posible para que los de Carrusel Deportivo tengan algo de lo que hablar de martes a viernes. Así que, lo que son las cosas, ahora mismo no tenemos héroes. Se quedaron todos en el camino de la corrupción, el libre mercado y la corrección política. Tenemos ídolos, sí, pero de barro. Nos queremos parecer a Cristiano, esa niña consentida que se enorgullece de que le insulten y se pone a llorar tras ganar la Champions porque él no metió un gol; a Carmen Lomana, que nos da lecciones de elegancia mientras anuncia los whoppers en oferta; a Belén Esteban, de la que no es preciso hacer comentario alguno. Hasta el rock cañero y ruidoso que tanto molestaba a nuestras abuelas y fascinaba a nuestros padres está muriendo para dar paso a esos ñoños grupos indies cuyos cantantes anoréxicos ladean la cabeza mientras susurran canciones sosas llenas de rimas en “-ón” y en “-ado”.

Yo, en cambio, estoy hablando de héroes. Héroes de verdad. Aunque sean ficticios, pero que sean de verdad. Seres que nos recuerden con sus actos que la nobleza en las acciones no sólo es posible sino necesaria; alguien que se atreva a levantar la voz, consciente de que se enfrenta al veto político, a la cárcel, a la lapidación o al tiro en la nuca. Alguien, en fin, que, siendo mejor que nosotros, nos obligue con su ejemplo a ser mejores día a día. Porque, como decía Bowie, nosotros también podemos ser héroes, aunque sea por un día.

Los añoramos. Los necesitamos. Y no están. Nos los han arrebatado, para traernos a cambio lo que la sociedad llama modelos de comportamiento: modelos a seguir que están controlados, por supuesto, dentro de los límites de lo permitido, de lo políticamente correcto, según los cuales el rey Arturo debería ser hoy en día el padre de familia comprensivo que participa en las tareas domésticas; Lanzarote, el joven estudioso, responsable y sacrificado que se esfuerza por conseguir trabajo en una sucursal de La Caixa; y Ginebra, por supuesto, la mujer que busca su identidad en la sociedad machista que la oprime. Un esquema práctico y maravilloso, sí, en el que Aquiles no deja de ser un metrosexual con la cara de Brad Pitt al que se le fue un poco la mano.

Ahora que consumimos más audiovisual que literatura, los guionistas llenan las películas con gangsters y mafiosos que pilotan helicópteros que explotan en 3D, y las discográficas nos saturan con vídeos de raperos malotes que acarician sus cadenas de oro mientras le soban el culo a una tía en bikini dentro de una limusina. Mientras en el XVI se generaba una ficción fantástica llena de héroes nobles porque la sociedad lo necesitaba, parece que nosotros vivimos en una sociedad trivial llena de iconos violentos porque eso es lo que necesitamos. Fijaos bien en esto: somos una sociedad trivial que necesita la violencia. Por supuesto que hay excepciones fabulosas, pero, en lo que a valores se refiere, hemos salido perdiendo con el cambio.

Y si no tenemos héroes ¿qué pasa con don Quijote? ¿Tenemos Quijotes hoy en día? ¿Existen en nuestra sociedad personajes ridículos que crean ser grandes héroes? Por supuesto que sí, pero carentes del aura de grandeza que tenía Alonso Quijano. Con semejantes iconos, no es de extrañar que nuestros Quijotes sean esperpénticos. Me refiero a esa prole de niñatos que se esfuerzan en dar la imagen de malvados con sus Rocinantes tuneados, sus Dulcineas poligoneras, sus Sanchos colegas y su habla extraña de SMS y tuenti. Camorristas de la ESO que cada finde ven gigantes y dragones con su cocktail de pastillas y cubatas. Vigoréxicos de barrio a los que no les mueve ninguna intención noble ni código alguno de caballería. Quijotes analfabetos, en fin, que nada saben de grandeza ni heroismo. Por no saber, es posible que ni siquiera se sepan la tabla del seis. Y así les va. Y así nos va.

Parábola del padre que no podía cuidar a sus hijos


Desde la cálida impunidad de su púlpito, el padre Sopena no podía imaginar hasta qué punto la vehemencia de sus sermones cincelaba la personalidad de Arturito Garcés, que a sus imberbes once años no conocía más objetivo que aplicar el mensaje de Cristo en su día a día. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento y poner la otra mejilla eran, nunca mejor dicho, su padrenuestro. Ante la peculiar conducta de Arturito, la opinión de sus progenitores oscilaba entre la admiración orgullosa y el temor a que un niño tan repipi pudiera no valerse a sí mismo cuando ellos faltaran. Con todo, el mayor miedo de doña Catalina, sufrida madre de nuestro protagonista, era que el niño decidiera continuar su vocación espiritual por el camino del sacerdocio. Su preocupación fue en vano, ya que, durante el resto de su vida, Arturito nunca podría olvidar aquel día en que el padre Sopena habló del máximo milagro habido y por haber: la procreación, ese maravilloso sucedáneo de la creación del hombre a cargo de Dios Padre.

Con semejantes valores por montera no era de extrañar que, a los nueve meses exactos de su matrimonio, Arturo Garcés se convirtiera en un padre de familia modélico y respetado. Una lástima, eso sí, que el respeto no fuera suficiente para él: transcurrido el mínimo reposo necesario, su sacrosanta volvió a quedarse encinta. Una y otra vez. Y otra vez más aún. Y más de otra. “Vivimos en tiempos impíos”, solía decir, “y es necesario que alguien se aplique en la ilustre tarea de crear una nueva sociedad”.

Todos en la empresa sabían que la razón de las infinitas horas extra que hacía el señor Garcés era el poder mantener a su prole. Por eso no daban crédito cuando, cada año, les anunciaba que esperaba otro vástago. Y otro más. Y otro, y otro, y otro. Mientras que para el común de los mortales quince hijos es un infierno insoportable, el señor Garcés sólo pensaba en lo orgulloso que debería sentirse el padre Sopena al observarle desde el cielo.

Pero en el hogar no todo era tan rosado como pudiera parecer. Mientras la salud de Merceditas Aguirre de Garcés se debilitaba tras cada embarazo, los niños se lamentaban continuamente por no poder disfrutar de su padre. La ausencia continua de don Arturo hacía inviable una sobremesa de café y helado o una tarde en el parque. Los pocos familiares y amigos de Arturo y Merceditas se acostumbraron a no saber nada de ellos, y llegó el día en que casi nadie recordaba ya el nombre de los hijos.

Una noche, de vuelta del trabajo, don Arturo se encontró a un desconocido intentando entrar en su casa. Asustado por si se trataba de un delincuente que quisiera perturbar la paz del hogar, se enfrentó a él y le golpeó por la espalda. Lo último que dijo el joven antes de perder el conocimiento fue: “Papá, papá, que soy yo.” A la mañana siguiente, la policía se llevó arrestado a Arturo Garcés por abandono de sus obligaciones paternas. Durante la rutinaria sesión de inspección, los agentes descubrieron a doña Mercedes, embarazada de siete meses, con principio de parálisis cerebral, mientras, en el suelo y desnudos, dos menores (de tres y un año respectivamente) jugaban a lanzarse sus propios excrementos.

En los últimos dos años he escrito, interpretado, dirigido, presentado y coordinado algo más de 20 espectáculos teatrales distintos, aparte de mantener este blog y la publicación de un poemario. No me quejo de ello, por supuesto, y menos aún sabiendo cómo está el patio de mis compañeros de profesión. Sé que debo estar orgulloso de lo que he hecho, y lo estoy; porque, como dice J. A. Pérez, el privilegio es crear.

Sin embargo, echando la vista atrás, creo que necesito una fuerte dosis de autocrítica. No tanto con mi trabajo, sino con mi manera de afrontar el trabajo. Los que trabajan conmigo saben que me gusta utilizar la metáfora de que un proceso de ensayos es como un embarazo y, por tanto, un estreno es como tener un hijo. Bien. He tenido muchos hijos en este tiempo, y lo que quiero (y debo) hacer ahora es cuidarlos. Mimarlos. Vestirlos debidamente y sacarlos a pasear. Presumir de ellos. Hacernos fotos, y llevarlos a ver a sus amigos, y charlar con sus padres, y descubrir todos juntos lo grande y hermoso que es el mundo. Y tener más hijos, por supuesto. Pero no quiero tenerlos si no tengo tiempo para verlos crecer.

Llevo una semana dándole vueltas a esto. Tengo la tremenda suerte de poder hacerlo en Sicilia, donde soy feliz con mi chica yendo al mercado y cocinando para ella mientras me corrige cuando hablamos italiano. Aún estaré por aquí unas cuantas semanas, en las que tengo que darle muchas vueltas a la cabeza, plantearme cómo quiero que sea mi vida a partir de ahora: si quiero vivir para trabajar, o si quiero trabajar para vivir. Si quiero tener tiempo para mi familia, para mis amigos. Si quiero comerme el mundo o si quiero que el mundo me coma a mí.

Este blog seguirá abierto, por supuesto, y en los próximos días aparecerán nuevos textos. He cambiado unas cuantas veces la apariencia en los últimos meses y es posible que vuelva a cambiar más adelante. No lo sé. Ahora se trata de cambiar algo más profundo.

Mi cabeza está de mudanza. Avisados quedáis. Temedme, porque traigo nuevas ideas en mi maleta. Y alegraos por mí.

Carta a un adolescente no lector de poesía

Vamos a hablar claro: esto de la poesía es un coñazo ¿verdad? No, no hay problema, tienes todo el derecho a pensarlo. Porque es cierto. La poesía (y la literatura en general, pero ahora quiero hablar de poesía porque de eso trata este blog) puede ser un coñazo, pero también puede ser maravillosa. Y eso sólo depende –como la mayor parte de las cosas- de cómo te la cuenten. De cómo te la vendan. Yo mismo, por ejemplo, no hace demasiado tiempo pensaba que la poesía era algo infumable. Aún hoy, que tengo ya 36, sigo pensando que hay mucha poesía que es una mierda. Pero hay otra que ha hecho que mi vida sea mejor. Y estoy escribiendo estas líneas para explicarte esto último, por si acaso a ti también pudiera sucederte.

Por lo general, en clase de Lengua y Literatura te explican los movimientos artísticos, la época en que nació el autor, sus obras principales… Y tú, que no eres tonto, te preguntas: “¿Y esto, a mí, para qué me sirve?”. Esa es la gran pregunta:

¿Para qué sirve la poesía?

Quizás tu respuesta sea “para nada” o “para ligar” o “para aprobar Lengua” o “ah ¿es que sirve para algo?”. Incluso podrías decirme que no tiene por qué servir para nada. Y tendrías razón. Y, sin embargo, ya te digo que a mí me ayudó y me ayuda mucho en la vida. ¿Por qué? Muy sencillo.

¿Alguna vez has tenido una experiencia realmente estupenda –una fiesta, un viaje, has conocido a alguien…- y, al contárselo a algún amigo que no estuviera allí, te faltaban las palabras exactas para explicarle por qué era tan estupenda y distinta a otras veces parecidas? ¿Unas palabras que no fueran “genial” “la hostia” o “ya ves, chaval”? Es muy posible también, aunque no quieras o no te atrevas a reconocerlo, que algunas veces te levantes triste sin saber por qué, o que ver a una persona determinada te dé mal rollo sin que sepas explicarlo, o que te sientas raro contigo mismo porque piensas que todos los que te rodean son imbéciles y no sabes qué haces con ellos (o, todo lo contrario, te parecen una gente alucinante mientras que tú sientes que no estás a su altura) y quizás te den ganas de llorar o de romper algo o de dar una hostia a las paredes cuando oyes a tus padres discutir en la cocina.

Claro que te has sentido así. Porque de esas y de otras muchas sensaciones está hecha tu vida y la de todos los que te rodeamos. Y para todas esas preguntas sin respuesta -y a otras muchas que tú y yo sabemos- tienes la poesía. Sí, no te quedes con esa cara.

Por supuesto que, cuando te sientes así, hay otras cosas. La play, por ejemplo. O un partido. O pasar un rato en tuenti o en facebook. O irte de fiesta con los colegas. O fumarte unos porros y echarte unas risas. Por supuesto que sí. Pero eso, seamos sinceros, no soluciona el problema. Sólo lo deja a un lado. Con cualquiera de esas cosas lo único que consigues es dejar de pensar en lo que te preocupa. Y eso es muy sano, ojo. Yo soy el primero que a veces necesita hacerlo, así que no lo critico. Lo que sucede es que, por mucho que te esfuerces, la realidad siempre vuelve cuando te quedas solo. Me apostaría cualquier cosa a que muchas noches, en la cama, te cuesta dormir porque no dejas de darle vueltas a la cabeza.

Lo que quiero que entiendas con esto es que, a partir de ahora, esas preocupaciones te van a acompañar toda la vida. Y cuando digo “toda la vida” quiero decir toda. Porque los seres humanos estamos hechos de esa pasta. De alegrías, ilusiones y sonrisas, sí, pero también de dudas, incertidumbres y temores. Así que deberías acostumbrarte a ello lo antes posible. Y, por supuesto, comenzar a buscar modos de enfrentarte a esas dudas, a esas incertidumbres, o, por lo menos, de comprenderlas. Es decir, de comprenderte. Porque hay veces en que el principal problema es que no sabemos qué es lo que nos pasa.

Lo que te quiero decir es que la poesía puede ayudarte a saberlo. Sí, sí. Sé que no ves qué relación puede haber entre eso que estudias en clase que se llama soneto y el que haya veces que te apetezca mandarlo todo a la mierda. Sobre todo porque es muy probable que lo que te apetezca mandar a la mierda sea precisamente el soneto, el complemento del verbo y todo eso que te enseñan en clase y que sigues sin saber para qué sirve.

La explicación es sencilla: como te he dicho antes, los seres humanos estamos hechos de esa pasta, y todos nos hemos sentido así. Y cuando digo todos quiero decir todos: tú, yo, tus amigos, tus profesores y tus padres, pero también Garcilaso y Cervantes y Lope de Vega y Bécquer y Machado y Lorca y Neruda y tantos y tantos otros. La diferencia está en que ellos, además de sus fiestas y sus porros (o lo que fuera que existiera en sus respectivas épocas), también se preocuparon de darle vueltas a la cabeza para dejar por escrito cómo se sentían, para así intentar entenderse ellos mismos y que les entendieran los demás. No te voy a negar que, hoy en día, algunas de las palabras que usaban se han quedado antiguas y parece difícil entenderles. Pero no olvides que sus textos hablan de amor, de soledad, de desesperación, de felicidad, de impotencia, de incertidumbre, de miedo al fracaso, de esperanza, de desilusiones… Y tú y yo sabemos que esos temas nos son familiares.

No quiero contarte la milonga de que la poesía puede salvar el mundo. Lo que te estoy contando es que ha habido ocasiones que la poesía ha salvado mi mundo. Gracias a algunos poemas maravillosos conseguí conocer mejor mis problemas, mis dudas, mis miedos, mis frustraciones… Es decir, conseguí conocerme para así poder llevarme mejor conmigo mismo. Quién sabe. Es posible que también te ayude a ti, igual que a veces (estoy seguro de esto) ha habido canciones que te han ayudado a seguir adelante. ¿Por qué no pruebas con la poesía? Al fin y al cabo, se tarda menos en leer un poema que en ver una película.

No sé si esta carta te hará cambiar de opinión. Lo más seguro es que tanto tú como yo volvamos al facebook o a la play para dejar de pensar en los problemas que tenemos. Tú intentarás no darle vueltas a tus cosas y yo haré lo mismo con las mías, e intentaremos olvidar que ahí fuera hay gente que pasa hambre y que no tiene trabajo porque en varias partes del mundo unos cabrones se forraron, se forran y se forrarán en vez de ir a la cárcel, como sería lo lógico si este mundo fuera lógico.

Sí. Lo más probable es que sea eso lo que suceda. Es verdad. Haremos lo posible por no pensar en esas cosas. Y entonces esos cabrones habrán ganado, porque a ellos no les interesa que pensemos. Ni tú, ni yo, ni nadie. Para ellos es mejor que sigamos comprando teles y ordenadores y móviles de última generación para estar entretenidos, porque ellos ganan dinero con nuestra tristeza. Para ellos es mejor que no le demos vueltas a las cosas, que no nos planteemos que a lo mejor las cosas no son como nos las cuentan. Para ellos, lo genial es que cuando nos digan “hay crisis, no hay dinero” nosotros sigamos a lo nuestro en vez de preguntarnos quién tiene el dinero que falta.

No, no pongas esa cara. No he cambiado de tema. Sigo hablando de lo mismo. De cómo la poesía puede ayudarnos a entender el mundo y a nosotros mismos. Fue Quevedo, un grandísimo poeta que nació hace más de cuatrocientos años, quien dijo que un pueblo idiota es la seguridad del tirano. No sé tú, pero a mí no me apetece nada ser parte del pueblo idiota. Pero me apetece aún menos que nuestras ganas de no pensar, de no leer, de no aprender, sean la seguridad del tirano.

(Foto: Montse Labiaga)

Del amor, lo cursi y demás hierbas

Con la perspectiva de mis treinta y seis años, a veces me da por pensar que, socialmente hablando, eso del amor no se tiene aún del todo claro: recuerdo que primero, en el cole, nos hablaban de él como algo distante, lejano, a lo que sólo tenían acceso los príncipes y las princesas que vivían en castillos con hadas y malísimas madrastras. Luego crecimos un poquito, y según cambiábamos el brazo de nuestros padres por el balón de fútbol, los chicos presumíamos de saberlo todo -qué inocentes los doce años- y nos reíamos de las chicas, que empezaban a soñar con casarse y tener hijos de carne y hueso en lugar de sus muñecas, cuando la verdad era que nosotros habíamos cambiado radicalmente de conceptos y únicamente pensábamos a escondidas en tetas y culos muy grandes: al igual que un movimiento artístico siempre destruye el anterior, nosotros habíamos sustituido la cursilería rosa de Walt Disney por lo que suponíamos que era sexo duro, y tuvimos nuestras primeras experiencias en el “amor” a solas.

Y seguimos creciendo, y un mal día descubrimos -unos y otras- que la tonta de la Nuri, a la que siempre hemos tirado del pelo llamándola piojosa, se ha quitado el aparato y ahora tiene una sonrisa preciosa; o que el Juanjo, con lo bruto que es, que siempre ha disfrutado capando gatos, pues como quien no quiere la cosa, ha echado unas buenas espaldas. Y así, de repente, fue cuando sentimos por primera vez ese gusanillo por entre los pulmones que nos deja tontos cuando vemos a “él” o “ella”, según los casos, y medio empezamos a entender qué es eso del pecado del que tanto nos hablaban. Nosotros, ilusos, nos negamos a creer que eso es algo pasajero -válgame el cielo, yo con quince años, que ya tengo granos y todo, que ya soy todo un adulto- y, claro, como es algo que apetece tanto, unos tenían suerte y conseguían sus primeros besitos dulces como preciados trofeos de guerra, y algunos hasta rozaban un culo. Otros lloraban por primera vez, presumiendo de ser más desgraciados que nadie, sin saber ni unos ni otros lo que aún les quedaba en esta vida. Era el turno de las canciones melosas que nos hacen soñar a base de creernos los protagonistas; los padres, a los que les hace gracia que su pequeñín haya crecido -tú no te preocupes, hijo, que como tus padres no te va a querer nadie-; los amigos, que parece que esas historias les resbalan y que son inmunes a todo eso -lo que tienes que hacer es olvidarlo y pensar en tal otra/o, que está bien buena/o-…

Así, con mejor o peor suerte, pasamos la adolescencia según podemos. Y un día que nos paramos y miramos alrededor haciendo recuento de cuanto hemos pasado, vemos a parejitas perfectas que con dieciocho añitos parece que llevan juntos toda la vida, pobres desgraciados que por más que lo intentan no ligan ni a la de tres, deprimidos, ilusionados, presuntuosos, expectantes, pendencieros, cariñosos, egoístas, polígamos secretos, quimeristas, besucones, humillados, cornudos, tímidos, babosos, vencedores y vencidos, embusteros, ignorados, aburridos, soñadores… Y todos ellos enamorados más o menos locamente. Queramos o no, por maravillosas y singulares que parezcan nuestras historias, todas ellas se repiten hasta la eternidad. Y es que, amigos, en esta vida todo está escrito.

Hoy es catorce de febrero, y ante ese día, desde que tengo memoria y seguro que mucho más, los ejércitos de enamorados se reparten en dos bandos bien diferenciados: la novia de un buen amigo mío acaba de telefonearme urgentemente porque le apetece tener un detalle con él, y duda entre unas cuantas cosas, así que le he sugerido que no hay nada mejor que olvidarse por un día de todo y tener una jornada íntima para recordar mejor ese hoyuelo de la barbilla, el brillo de los ojos, cómo suena la palabra “cariño” dicha de cerca… Al colgar, otra amiga -que estaba oyendo la conversación- ha sentado cátedra: “Pues yo hoy no pienso regalar nada. Mi novio sabe que le quiero igual que ayer y que mañana, sin que nadie nos diga cuándo tenemos que decirlo; y, es más, yo me enfadaría mucho con él si decide hacer una ñoñería así.” Y de nada me ha valido decirle eso de que a nadie le amarga un dulce.

Es curioso: si yo de pequeño era amigo de las chicas me llamaban mariquita; pasado el tiempo, si no iba con chicas, me lo volvían a llamar; pero si por culpa de, digamos, Cupido, me apetecía mandar rosas a su casa, me llamaban cursi. Ante lo cual opté por hacer lo que me dio la real gana, sin que nadie me coartara en ningún momento, y si me apetecía mandar un poema robado a la dueña de esos ojos que no me dejaban dormir, pues a ver quién era el machito que me lo iba a prohibir. Y es que no lo entienden. O no quieren entenderlo, que es peor. Parece ser que ahora lo que está de moda es ser autista, una ameba insensible que castre los impulsos primarios del hombre, la necesidad de abrazar y sentirse abrazado.

En una sociedad -zoociedad, que diría Mafalda- como la que nos ha tocado en suerte, en la que los únicos códigos válidos son la competitividad, las prisas, el stress (esa palabra tan de moda), Internet, los teléfonos móviles y facebook, San Valentín debe ser para todos nosotros un recordatorio de que el amor, como la vida y la muerte, son cosas eternas que el paso del tiempo no podrá nunca tirar por tierra, y si ésta es la única forma que tenemos de recordarlo, como si el mundo fuera una agenda, pues bienvenido sea.

Veamos: tenemos un día del padre, de la madre, del niño, del voluntariado especial, del sida, de la paz, de la ecología, del árbol, de la mujer trabajadora, de la Constitución, del Pilar, del Señor, de la Hispanidad -de la raza, que se decía antes-, del no fumador, del Amazonas, de los damnificados, del deporte, de Santa Cecilia, Santo Tomás de Aquino, Santo Domingo de Guzmán y San Bartolomé, de la Comunidad Autónoma que corresponda, de los tetrabriks de leche caducados y de las vendedoras de Avón. ¿Es que no tenemos derecho los enamorados a tener un día, por simbólico y frío que parezca, para reivindicar nuestro derecho a suspirar por las calles?

Relájense. Tómense hoy cinco minutos libres, caramba, y piensen un poco en esa persona que siempre está en cartelera. Después salgan a la calle silbando un bolerito, olviden la idea absurda de que para demostrar amor hay que ir al Corte Inglés, y proclamen a los cuatro vientos que sí, que efectivamente, digan lo que digan, siempre hay alguien ahí por quien seguir adelante. Verán cómo, después de todo, no es tan malo.

(Nota: este texto se publicó hace exactamente 15 años en el Diario de Alcalá. He tenido que cambiar algunas cosas para publicarlo hoy -antes tenía veintiuno, ahora treinta y seis, por ejemplo-, pero me gusta saber que sigo pensando lo mismo: tras todo este tiempo, nada ha cambiado sustancialmente en mi forma de concebir el amor. Y tengo claro que eso se lo debo a mi mujer, pues entre los dos, y a pesar de la distancia, hemos sabido mantener día a día la hoguera de los besos y las miradas traviesas)

Un camino de aquí al mar

Aún hoy en día, en las tierras de Carewall, todos cuentan aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. Nunca dejarán de contarlo. Para que nadie pueda olvidar lo agradable que sería si, para cada mar que nos espera, hubiese un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de tomamos de la mano y encontrar aquel río -imaginarlo, inventarlo- y posarnos en su corriente, con la levedad de una sola palabra, adiós. Esto, por cierto, sería maravilloso. Sería dulce, la vida, cualquier vida. Y las cosas no harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, podríamos primero rozarlas y luego tocarlas y sólo por último dejarnos tocar. Dejarnos herir, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo finalmente sería humano. Sería suficiente la fantasía de alguien -un padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente y hermoso. Un camino desde aquí hasta el mar.

(Alessandro Baricco: Océano mar.)

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.