La culpa no era nuestra

Amelia y Victoria van a cumplir tres años y medio a final de mes. Se han convertido en dos charlatanas incorregibles que se pasan el día entero explicando a mamá y a papá todo lo que ven, lo que descubren, lo que imaginan. Ya empiezan incluso a construir sus primeras frases en inglés, su segundo idioma, con el que interactuarán diariamente en el colegio en este país al que llegamos hace casi tres años. Todavía son muy pequeñas para comprender conceptos como emigración, arraigo o nostalgia, pero para ellas sus abuelos son una gente muy graciosa que aparece de vez en cuando en la pantalla del ordenador haciendo monerías. “Mamá, mamá, vamos a ver a los yayos por Skype”, dicen de vez en cuando, y cuando la diferencia horaria nos permite conectarnos sus risas iluminan a la vez dos viviendas alejadas entre sí por un océano tan grande que un avión tarda ocho horas en cruzarlo.

Tras tanto tiempo en Canadá –dos años y ocho meses, exactamente- por fin vamos a tener la ocasión de volver a España, aunque solo será por vacaciones. Será la primera vez que nos reencontremos con tanta gente querida, con aquella luz cotidiana que apenas recordamos, con ese país añorado y algo ingrato donde nacieron Amelia y Victoria y del que tuvimos que emigrar para buscar la salida que no conseguíamos encontrar. Tres de los cuatro abuelos han conseguido saltar el charco al menos una vez para venir a vernos, pero este viernes –apenas puedo creerlo- será la primera vez que pueda abrazar a mi padre en todo este tiempo. El último abrazo nos lo dimos ente lágrimas en la zona de salidas de Barajas y el próximo nos lo daremos en la zona de llegadas, presumiblemente entre lágrimas también.

Una ocasión así, como os podéis imaginar, nos tiene nerviosos a todos. Llevamos semanas hablando con unos y con otros para cuadrar agendas y ver a la máxima cantidad de gente posible. No sé cuántos planes llenos de cocido y croquetas hemos escuchado desde que anunciamos nuestras vacaciones, y este fin de semana pasado nos hemos encerrado en casa a preparar las maletas para no dejarlo para el último minuto. En uno de los descansos que nos tomamos echamos un ojo a las noticias y leímos algo que nos dejó algo tocados: según El Confidencial, Rodrigo Rato recurrió al despacho panameño Mossack Fonseca para borrar el rastro del patrimonio que ocultaba en el exterior. Más de tres millones y medio de euros que necesitaba esconder para que Hacienda no le pillara.

¿Y por qué, os preguntaréis, nos dejó tocados esta noticia? No es que nos pillara de sorpresa, claro que no. Era una cuestión de fechas, básicamente: la primera de las dos sociedades opacas de Rato se cerró el 12 de julio de 2013, poco más de un mes antes de aquella despedida en Barajas. La última transferencia con la que se culminó el tinglado tiene fecha del 11 de febrero de 2014, una semana después de que nos confirmaran que por fin íbamos a tener un apartamento propio tras un año y pico de vivir en España en casa de mis suegros y seis meses viviendo en casa de mi hermano, aquí en Canadá. Dicen que hay noticias que se entienden mejor cuando las lees en conjunto con otras, así que a todos aquellos que no conozcáis nuestras andanzas canadienses os puede interesar leer este texto que publiqué por aquel entonces en este mismo blog una vez que hayáis leído lo de Rato. Quizás al leer ambas cosas comprenderéis un poco mejor los sentimientos mezclados que me pasaron por la cabeza. Que el gran artífice del milagro económico español era un bluf ya lo sabíamos desde hacía un tiempo, pero las fechas ayudan a que todo tenga un poco más de sentido.

Nosotros, por ejemplo, emigramos el 16 de agosto de 2013. El día antes tuiteé esto, cuando –siempre según El Confidencial- el apaño ya estaba más que en marcha.

 

Aunque ya llevábamos pensándolo desde hacía un tiempo, decidimos hacer las maletas cuando se nos acabó la famosa prestación de 425 euros para los que ya no tenían derecho a paro. Todo ello con Amelia y Victoria recién nacidas, y tras dos años seguidos en los que mi esposa estuvo trabajando en el extranjero para dos ministerios españoles. Pero ambos contratos eran de becaria, con lo que no llegó a cotizar nada por ello y, por tanto, con poco podíamos contar cuando debido a la crisis esos ministerios decidieron incluso recortar aquellos puestos. Eran los tiempos del “todos tenemos que apretarnos el cinturón”, del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Nos hicieron creer que la culpa era nuestra, de los ciudadanos, que éramos unos despilfarradores por querer tener una tele HD. Y es ahora, tres años de mis hijas sin abuelos después, que confirmamos la sospecha de que en esas mismas fechas –en esas mismas fechas, insisto- alguien se lo estaba llevando por debajo de la mesa.

Hablamos de un señor que estuvo ocupado moviendo dinero de un lugar a otro mientras yo esperaba el autobús a -35º para ir a hacer salchichas, y mientras tantos otros como yo –miles, decenas de miles de emigrantes como nosotros- estaban emprendiendo nuevas vidas por causas ajenas. Lo que ninguno de nosotros sabíamos entonces es que esa causa fuera tan cutre, pero estoy seguro de que tanto ellos como los que no pudieron ni siquiera marcharse (y por supuesto también todos aquellos que apretaron los puños mientras veían a los suyos marcharse con solo un billete de ida) habrán sentido estos días un sentimiento agridulce: una cierta satisfacción por que se sepa todo esto pero teñida a su vez por una amargura que ojalá nunca se nos convierta en rencor hacia nadie. Ni siquiera hacia esos patriotas de pega que se dan golpes de pecho con sus pulseritas de España mientras a causa de sus delitos fiscales miles de compatriotas tienen que marcharse fuera.

Pero no quiero que este texto suene a resentimiento. Que odien ellos si quieren. A nosotros, a esos centenares de miles, no nos hace falta porque estamos satisfechos de saber que, pese a todo, pudimos salir adelante mediante nuestro esfuerzo. Tenemos claro que en esta historia nosotros somos los buenos y ellos los delincuentes. En nuestro caso particular, por ejemplo, el vuelo Toronto-Madrid para cuatro personas nos ha salido por un buen pico, pero volaremos con la certeza de que lo hemos pagado con nuestro trabajo. Habrá, imagino, quien lea esto pensando que somos unos ingenuos o unos muertos de hambre y no se me escapa que, mientras tecleo, algún otro gran preboste patrio estará brindando con Moët & Chandon por un nuevo pufo del que quizás nunca llegaremos a saber. Me da igual, nos da igual. Lo único que nos quita el sueño es que alguna de nuestras hijas se despierte con sed en mitad de la noche. Otros, sin embargo, sospecho que no podrán dormir tranquilamente.

En los últimos meses, Amelia y Victoria han empezado a comprender que a veces las personas nos sentimos de formas diferentes. Ya saben que ellas mismas a veces están contentas, a veces tristes, a veces sorprendidas y a veces frustradas. Cada vez que les sucede algo intentan explicárselo a sí mismas mediante alguno de esos estados de ánimo, y su madre y yo estamos haciendo lo posible por ampliarles su abanico de sentimientos con otros nuevos. Es muy posible que durante nuestras vacaciones aprendan unos cuantos. Tendremos que explicarles en el aeropuerto, por ejemplo, que papá y el abuelo no están tristes sino emocionados porque hace casi tres años que cruzamos aquel maldito detector de metales con ellas en brazos y que ahora no paran de saltar y correr de un lado a otro. Y aunque ahora sea un poco pronto para que comprendan conceptos como emigración o nostalgia, son suficientemente inteligentes para apreciar que sus padres regresan a casa con la cabeza bien alta.

4814758w-640x640x80.jpg      (Foto: http://www.que.es)
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Las dos caras de la moneda

Para Gloria Montero y Yazmín Páez,

porque sin ellas no sería lo que soy.

 Hace ya año y medio que emigramos a Canadá. Un año y medio lleno de nieve y de autobuses, pero sobre todo de triunfos pequeños y grandes. Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido en este tiempo, pero también tenemos claro que nadie consigue nada sin ayuda. Por eso, más que contar nuestros logros os quiero hablar hoy de los trabajadores sociales y otras profesiones similares en las que normalmente no reparamos cuando pensamos en el desarrollo y el bienestar de un país y sus habitantes. Hoy, por tanto, os voy a presentar a Gloria y Yazmín, dos mujeres extraordinarias que no se conocen pero que tienen muchas cosas en común a pesar de que las historias que voy a contar de una y de otra están separadas por cuarenta años.

Cuando mi madre llegó a Canadá no sabía lo que le esperaba. Era la década de los sesenta y nada más bajar del avión, con mis dos hermanos aún en pañales, comenzó una experiencia digamos complicada que ya os resumí aquí. Ella, al igual que tantos emigrantes que habrán venido a Canadá en todo este tiempo, contactó con un centro comunitario multicultural de los muchos que hay en este país y que son el verdadero lugar de encuentro para los recién llegados. En uno de estos centros consiguió la ayuda necesaria para, entre otras cosas, que alguien cuidara a los niños mientras ella iba a clase de inglés.

Gloria es una australiana encantadora de ojos oscuros y palabras claras a la que mi madre conoció años después, cuando ya había conseguido sacarse un título universitario y conseguir un trabajo para sacar adelante a mis hermanos. Gloria, por tanto, no fue la asesora de mi madre, pero sí quién más le ayudó a entender quién era y qué quería en esta vida. Además de su trabajo en el Centro para Gente de Habla Hispana, centro que ella misma ayudó a fundar, Gloria también era parte activa del comité antifranquista en Toronto. Gracias a ella mi madre entabló amistad con muchos veteranos de las Brigadas Internacionales, descubrió que existían otros tipos de gobierno además de la dictadura, conoció a la viuda de Allende, leyó por primera vez a Lorca, a Machado y a otros autores prohibidos en España…

Algunos diréis que menuda pajarraca esa tal Gloria e incluso habrá quien deje de leer aquí mismo, encolerizado por haber malgastado su tiempo en leer sobre mi madre, una señora que emigró en los sesenta con una mano atrás y otra delante para terminar siendo una roja de esas que le ponían a sus hijos el nombre del Che Guevara. Pero no es ahí donde quiero llegar. Para lo que os quiero contar, hubiera dado igual que Gloria hubiera encaminado a mi madre hacia la apatía política o hacia la presidencia del club de fans de la División Azul. Y es que aparte de la logística, la burocracia y la nostalgia, todo migrante se enfrenta tarde o temprano a la terrible dicotomía de la identidad. A lo largo de su vida, mi madre había sido hija, huérfana, esposa y madre soltera: categorías todas ellas en función de su madre, su padre, su marido y sus hijos. Pero una vez que consiguió su independencia personal y económica tras evitar tener que regresar a la España de los sesenta y convertirse en la mujer abandonada con niños, ¿quién era realmente ella? ¿A qué aspiraba? ¿Quería regresar alguna vez a España o prefería quedarse para siempre en Canadá? Tuvo que ser Gloria, una australiana en Canadá, quien le mostrara la mitad de España prohibida por la otra mitad. Solo así, abriendo el abanico de posibilidades, podría elegir teniendo toda la información necesaria para ello. Y eligió regresar para luchar por una España mejor tras la muerte de Franco.

toronto-baldwin9(Toronto, 1970. Foto: Charles Dobie)

Gloria vive desde hace décadas en Barcelona y se dedica a su pasión de siempre: la escritura. Como todo aquel que desafía profesionalmente al vértigo del folio en blanco, ella sabe dónde hay una buena historia. Durante años, mientras trabajaba en aquel centro, escuchó muchas que merecían la pena ser contadas. Así que pidió permiso a sus protagonistas y en 1977 publicó «The Immigrants», un buen reflejo de la multiculturalidad que ya se respiraba en Canadá en esa época. Entre las muchas historias que hay en ese libro se encuentra la de mi madre, con lo que en casa teníamos un ejemplar que yo siempre miraba de forma casi reverencial cuando era un niño porque, uy, lo había escrito una amiga. Una amiga nuestra que escribía libros, qué locura. Y nosotros teníamos uno, un objeto casi mágico que, además, estaba escrito en inglés y hablaba de nosotros, de nuestra familia. Incluso era posible que hablara de mí. Me recuerdo de pequeño leyendo ese libro a escondidas con un diccionario para desvelar el misterio de mi familia, como un Génesis enigmático del que un niño no alcanza a comprender ni el idioma ni el contenido ni mucho menos un concepto tan grande como el de tener que emigrar para dar una vida mejor a tus hijos.

Pasaron muchos años y fui yo el que se convirtió en escritor, sobre todo gracias a las clases de don Miguel. Estrené mi primera obra de teatro, estrené mi segunda y otras tantas más. Un día, casi treinta años después de que Gloria publicara su libro, mi amiga Déborah Vukušić me pidió que le escribiera un texto teatral para su proyecto de final de carrera de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, donde yo mismo había estudiado unos años antes. El único requisito era que debía ser una obra para cuatro actrices que girara en torno a la emigración. Acepté, claro, porque con un encargo así era ella quien me estaba haciendo un favor.

Y decidí adaptar «The Immigrants». Era la época de la preburbuja en la que España era un país lleno de posibilidades y de gente que decía que los emigrantes venían a llevarse el dinero. Ahora que sabemos que quienes se llevaron el dinero fueron otros, es posible que muchos de esos patriotas de boca grande y corazón pequeño estén trabajando de quién sabe qué en algún país en el que les llaman gallegos o PIGS o bloody spaniards, y ya no les harán tanta gracia esos motes tipo panchito o machupichu. Pero qué más da. El caso es que por aquella época la emigración era un tema a la orden del día porque éramos un país que, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, presumía de tener migas de pan en la casaca.

En mi caso, la emigración era un tema conocido pero que me tocaba de lado. Mis padres regresaron a España cuando yo tenía dos años, y todo lo que sabía de su vida en Canadá era de oídas, como sucede con cualquier batallita familiar de la que uno se siente orgulloso solo porque a quien te la contó le brillaban los ojos al hacerlo. Aun así, me sentía bastante concienciado sobre el tema como para afrontar un texto así. En la obra, a la que titulé «Lo que dejé por ti», planteé una doble trama con dos mujeres protagonistas: una de ellas me serviría para tratar el drama del desarraigo y la identidad perdida mientras que la otra se enfrentaría a todo tipo de problemas legales y administrativos. Dos caras distintas para hablar de esas dos grandes cruces a las que se enfrenta todo migrante. El libro de Gloria estaba lleno de testimonios sobre ambos aspectos, y fue un placer doloroso bucear en todos ellos para ponerlos en boca de unos personajes que se relacionaran entre ellos sin que el resultado fuera una mera acumulación de historias. En un momento determinado de la obra, por ejemplo, unas cuantas mujeres coincidían en un locutorio para compartir sus penas cuando la protagonista estaba a punto de tirar la toalla y regresar a casa. La dueña del locutorio entonces le respondía con un texto que alguien le dijo a Gloria allá por los años setenta:

Hace tiempo me llamó alguien de inmigración diciéndome que meses antes había llegado un matrimonio de mi país que no hablaba bien el idioma. Me pidieron que fuera a visitarles porque estaban muy deprimidos con lo que habían encontrado. Cuando llegué a su casa, les vi empaquetando sus cosas. Me dijeron que se volvían, que llevaban tres meses aquí y no aguantaban más. Esperad un momento, les dije, os prometo que de aquí a un año vais a tener un trabajo y una casa y un coche. Quedaos un año y prometedme que cuando tengáis el coche me llevaréis a dar una vuelta a la ciudad. Pensaron que estaba loca, pero el case es que se quedaron. Un día, al año siguiente, llamaron a mi puerta y eran ellos. Venían a visitarme con frecuencia, pero ese día no les esperaba. Les dije que entraran. No, no entramos, eres tú la que tiene que salir, me dijeron. Salí con ellos y me enseñaron su coche nuevo. De segunda mano, pero para ellos como nuevo. Sólo habían venido para cumplir su promesa.

La obra se estrenó hace años y funcionó muy bien, aunque fue una pena que Gloria no pudiera verla por cuestiones de agenda. Hace dos años mi gran amiga Iria Márquez la adaptó para volver a representarla con un grupo de alumnos de teatro, y esta vez ni siquiera yo pude asistir porque acababan de nacer mis hijas. Es un texto al que tengo mucho cariño, por supuesto, y que está disponible por si algún productor está leyendo esto y le pica la curiosidad. Aunque solo sea para darle la alegría a Gloria, claro.

Lo+que+dejé+por+ti+010(Imagen del estreno de «Lo que dejé por ti»)

Pero pasó el tiempo y llegó el día en que tuve que decirle a mi madre, igual que ella se lo dijo a mi abuela, que ahora era yo quien tenía que marcharse a hacer las Américas. Aterrizamos en Canadá los cuatro con nuestras maletas y ahí comenzó nuestra aventura. Bastaron unas pocas semanas para comprender que no todo iba a ser tan fácil como pensábamos en un primer momento. Tras muchas vueltas y revueltas alguien me sugirió acudir a uno de esos centros comunitarios multiculturales que, ¡oh, sorpresa!, seguían existiendo tanto tiempo después. Allí llegué con mis papeles y mis preguntas, y allí conocí a Yazmín Páez, una colombiana de gafas pequeñas y sonrisa grande.

Durante las semanas que me ha llevado escribir este texto en el metro que me lleva al trabajo cada día, he reflexionado mucho sobre este año y medio. Además del (imprescindible) apoyo familiar y de los amigos, hay dos o tres personas sin las que nos hubiera sido imposible salir adelante. Y una de ellas es, sin duda alguna, Yazmín. Ella fue la que nos desentrañó los entresijos burocráticos, quien se informó debidamente para ayudarme ya que mi caso era un poco especial. Yazmín me puso en contacto con unos y con otros e incluso nos trajo a casa regalos de Navidad de parte del centro multicultural: pañales, potitos y juguetes para las niñas que nos vinieron más que bien por aquel entonces, cuando aún no teníamos ingresos de ningún tipo. Pero lo más importante es que supo decirme en cada momento lo que yo necesitaba escuchar. A veces yo llegaba a su oficina ilusionado con un proyecto y ella decía que no me esforzara porque eso no me iba a servir para nada. Otras era yo quien no lo veía claro y Yazmín me animaba a seguir porque veía luz al final de ese camino.

Recuerdo una vez en que estuve tentado de bajar la cabeza y comprar el billete de vuelta para los cuatro. Llevábamos meses allí y no había conseguido trabajo porque con casi cuarenta años mi experiencia laboral previa en Canadá era cero. Había empapelado media ciudad con mi currículum, del que había eliminado previamente mis títulos académicos para que no consideraran que estaba sobrecualificado. Recorrí gasolineras, tiendas de ropa, supermercados, bazares chinos, cafeterías, papelerias, restaurantes… En algunos centros comerciales los dependientes ya me conocían y me deseaban buena suerte cuando me veían aparecer. Pero pasaron semanas y nunca conseguí que me llamaran para ninguna entrevista. Me fui a ver a Yazmín más para desahogarme que para pedirle consejo. Y no sé cómo lo hizo, pero el caso es que consiguió animarme prometiéndome que un día iba a encontrar mi sitio. “Este es un país enorme lleno de posibilidades, solo que las posibilidades aún no te han encontrado a ti. Pero créeme, llevo años trabajando en esto y no eres el primero ni el último en sentirse así. Encontrarás tu sitio”.

Poco después empecé a hacer salchichas y otros trabajos a través de una agencia temporal, pero esta historia ya os la he contado antes. Tuvieron que pasar unos meses aun hasta que, gracias a la ayuda de Yazmín, me inscribí en un evento de networking en el que conocí a Minerva, una española tan encantadora como profesional que trabaja en Centennial College, el college más antiguo de Toronto. Le dejé mi CV (o, como lo llaman aquí, resumé) y al cabo de unos días ya estaba trabajando con ella como asistente de admisión de estudiantes internacionales. Unos meses después de llegar a Centennial me ofrecieron cubrir una baja de maternidad de un año, y ahí es donde estoy ahora. Soy el gerente de la oficina de movilidad exterior y me dedico a enviar estudiantes a otros países para que adquieran experiencia internacional. Lo que es la vida, ¿verdad? Yo, que siempre tuve la espinita de no haber estudiado en el extranjero; yo, que tanto he disfrutado siendo un extraño en países en los que he vivido; yo, emigrante hijo de emigrantes, me dedico a convencer a gente de que lo mejor que puede hacer uno es marcharse un tiempo a otro país. El mismo día en que me dieron mi identificación personal lo celebré, por supuesto, bajándome a la cafetería a comerme una salchicha.

Podría acabar aquí poniendo una imagen de mi oficina con su asiento reclinable y sus fotos de lugares exóticos. Sería un final adecuado para esta aventura, claro, aunque no sería el mejor porque, como he dicho al principio, eso es solo lo que se ve desde fuera. Podría también dar un golpe de efecto diciendo que nos compramos un coche e invitamos a Yazmín a dar una vuelta, como hizo aquel inmigrante en el libro de Gloria. Pero tampoco es eso: el seguro de automóvil es aquí carísimo (hasta cuatrocientos dólares al mes para alguien sin experiencia previa como conductor en Canadá), así que hemos preferido mudarnos a un apartamento en Toronto cerca del metro.

Lo que hice, en cambio, fue escribir a Yazmín para decirle que por fin había conseguido trabajo en lo mío, pero sin especificar más. En educación, en un college. Me respondió enseguida diciendo que se alegraba mucho, que le diera más detalles. Y entonces no respondí por escrito, sino que me acerqué a su oficina para darle la noticia en persona. Ella, que lo último que sabía de mí era que trabajaba horas sueltas en una planta de reciclaje desmontando televisiones, se encontró de repente con mi nueva tarjeta de visita y mi flamante título de gerente en ella.

Un momento tan hermoso se describe por sí mismo, así que os ahorraré las palabras innecesarias. Dejadme decir tan solo que no recuerdo haber dicho nunca un muchas gracias que significara tantas cosas.

Estábamos a finales de noviembre, y en el centro multicultural estaban terminando de preparar los regalos de navidad para todos los recién llegados inscritos allí, igual que el año anterior nosotros habíamos recibido los pañales y todo lo demás. Ese año, además, querían añadir algo más en el paquete de regalos: una carta de alguien que, tras vivir esa incertidumbre, hubiera llegado a buen puerto. Alguien que compartiera su testimonio para pasar el testigo del claro que se puede aunque ahora te cueste creerlo. Tanto Yazmín como su jefa, Jimena, pensaron que yo era el candidato ideal para escribir esa carta. Y la escribí, claro. No la incluyo en este post para no extenderme aún más, pero por si acaso os apetece echarle un vistazo la tenéis aquí.

Me gusta escribir y tengo la suerte de haber recibido cierto reconocimiento por ello. Aparte de mis obras teatrales estrenadas he ganado algún que otro premio literario, he publicado dos libros de poesía, colaboro en Jot Down y espero algún día escribir la palabra “Fin” en esta novela que tengo entre manos. En cuanto a mis textos en primera persona, hace años que (man)tengo este blog y no se me escapa que escribir sobre uno mismo es, ante todo, un desahogo autocomplaciente. Mis últimos textos sobre nuestra vida de emigrantes han tenido cierta repercusión en redes sociales y no puedo negar que eso me provoca cierto placer ombliguista (aunque, siendo esto un blog, quizás la palabra adecuada sería ombloguista). He recibido comentarios de ánimo de familia, amigos y, aún mejor, mensajes de agradecimiento de desconocidos que están en situaciones similares o están tentados de hacer la maleta. Con todo, creo que mi mayor satisfacción como escritor sería conocer a alguien dentro de unos meses que me dijera que gracias a ese texto que escribí para Yazmín decidió darse una oportunidad más y que ahora ha encontrado, por fin, su sitio.

Ser escritor, ya digo, me ha proporcionado satisfacciones de todo tipo. No me cabe duda de que la mejor parte ha sido haber conseguido transmitir a mis lectores cualquier tipo de emoción. Qué poco es todo eso, sin embargo si lo comparo con la enorme satisfacción que deben sentir todos aquellos que trabajan duro para ayudar a otros a encontrar su sitio. Y sobre todo, qué poco reconocimiento obtienen por ello. Gente anónima y sencilla cuyo propósito en la vida es hacer que otras personas vivan más dignamente. Qué sería de nosotros si no existieran los maestros, las enfermeras, los bomberos o los trabajadores sociales, por poner solo algunos ejemplos.

Si cada uno de nosotros tiene un lugar al que pertenecer, personas como Gloria o Yazmín son quienes se encargan de buscar el modo de encajar ese puzzle de dos piezas que somos los emigrantes. Y hoy, desde este humilde blog de otro emigrante más, quiero darles las gracias. A ellas y a todos sus compañeros de profesión en el mundo entero. Por su tiempo y su dedicación. Por ayudarnos a encontrar nuestro camino y, sobre todo, por mostrarnos que somos mucho más fuertes de lo que creíamos.

Todo va a ir bien

(Nota: esta carta la escribí por encargo del centro comunitario multicultural de Brampton (Ontario, Canadá), donde durante meses nos proporcionaron la ayuda necesaria para emprender nuestra nueva vida en este país. Se trata de una carta de motivación para aquellos emigrantes que, como me sucedió a mí, estaban a punto de tirar la toalla al ver que no todo se solucionaba tan rápido como creían. La original, por supuesto, estaba en inglés, pero aquí os dejo la versión traducida por mí mismo)

Llegué a Canadá en agosto del 2013 con mi esposa y nuestras dos gemelas. Por aquella época tenían nueve meses y vinimos desde España para darles su propia habitación. Las cosas en España se habían complicado bastante en los últimos años a causa de la crisis económica, el desempleo había alcanzado límites insospechados y no parecía que las cosas pudieran ir a mejor. El año anterior habíamos vivido con mis suegros, unas personas extraordinarias que nos ayudaron cuando más lo necesitábamos. Pero hacía años que mi mujer y yo soñábamos con irnos a vivir a Canadá, el país en el que nací ya que mis padres fueron también emigrantes en este país. Esa es la razón por la que tanto mis hijas como yo tenemos la nacionalidad canadiense. Como les sucede a muchos inmigrantes que llegan por primera vez a este país, tanto mi esposa como yo tenemos bastante experiencia internacional. Mi hermano, que vive en Brampton, nos ofreció vivir en su casa hasta que pudiéramos encontrar trabajo y casa propia. Todo tenía muy buena pinta, así que ¿por qué no íbamos a arriesgarnos a dar el salto?

Y así lo hicimos. Cogimos nuestros ahorros, metimos en la maleta unos cuantos trastos, nos despedimos de nuestros amigos, dejamos a nuestros padres llorando en el aeropuerto y dimos el salto, como los héroes de una película de aventuras. Mi hermano nos recogió en el aeropuerto y nos ayudó con el papeleo: abrir nuestra primera cuenta de banco, pedir la tarjeta sanitaria… Modifiqué mi CV europeo al estilo del resumé canadiense. Fui a cursos de búsqueda de empleo, conocí a mucha gente y todos me decían lo mismo: aunque yo era canadiense, no tenía experiencia canadiense de ningún tipo. Nunca había estudiado ni trabajado aquí, así que a fines administrativos yo solo era un número en una carpeta. Y lo que tenía que hacer era llenar esa carpeta como fuera. Así que mis dos carreras y mi doctorado valían de poco porque, básicamente, nadie en Canadá podía dar referencias de mí y, seamos sinceros, por muy buenos títulos que tengas nadie va a llamar a otro país para preguntar si eres de fiar.

Además de eso, yo estaba en una extraña zona sin acotar ya que, aun siendo inmigrante recién llegado, técnicamente no lo era por ser canadiense. Eso conllevaba no poder acceder a ningún tipo de ayudas o cursos reservados para inmigrantes. Por si fuera poco, el gobierno canadiense me exigía demostrar tener algún tipo de ingresos para poder comenzar el proceso de esponsorización de mi mujer y así evitar que tuviera que volver a España. Necesitaba desesperadamente cualquier trabajo si no quería que se llevaran a mi mujer a España. Cualquier trabajo.

Mi cuñada y mi mujer llevaban por las mañanas a las gemelas a actividades para niños en un colegio de la zona. Un día regresaron a casa gritando: “¡El próximo día te vienes con nosotras!” “¿Por qué?”, pregunté. “¡Porque en el mismo colegio hay una consejera para recién llegados que cree que, aún con tu situación tan particular, te puede ayudar!” Así que me reuní con ella y esa reunión era justo lo que necesitaba en ese momento de mi vida. Entre otras cosas me sugirió que hiciera cita en el centro comunitario multicultural de Brampton, donde ella trabajaba y desde donde cada día de la semana iba por unas horas a un colegio distinto a ayudar a los padres de los alumnos a arraigarse en Canadá. Me acerqué al centro comunitario, por supuesto. Allí conocí a gente tan maravillosa como Yazmín Páez o Cecille Cansino, que me dieron consejos y valor para enfrentarme a lo que fuera. “Van a ser unos meses duros, lo sé. Pero confía en mí: este es un país maravilloso y al final vas a encontrar tu sitio”.

Estas palabras de Yazmín me acompañaron durante esos meses que, en efecto, fueron un poco duros: me acostumbré a borrar mis títulos académicos de mi resumé para conseguir cualquier trabajo tras haber trabajado como profesor universitario en varios países. Repartí periódicos en la calle a -32º para ganar 70 dólares al mes. Hice entrevistas de trabajo en agencias temporales de dudosa calaña, fui a cursos de venta callejera que básicamente consistían en acosar al peatón hasta convencerle de que se sacara una tarjeta de crédito, me saqué el carnet de manipulador de carretilla elevadora porque en caso de conseguir un puesto de mozo de almacén el sueldo era un poco mejor. Finalmente me aceptaron en una de las mejores agencias temporales de la zona y comencé a realizar trabajos de todo tipo para ellos: hice salchichas en una de las mayores compañías alimentaria de Canadá, empaqueté botellas de plástico, trabajé en una empresa de cartones troquelando y biselando y desmonté televisores en una planta de reciclaje. Todo ello, claro, esperando el autobús cada día en el frío invierno canadiense porque no podíamos permitirnos comprarnos un coche ni menos aún pagar el seguro de automóvil, que puede llegar a 400 dólares al mes para alguien que no tiene experiencia como conductor en Canadá.

Sé que no soy el único que ha vivido todo esto al llegar a este país y entiendo que haya quien piense que estas situaciones son humillantes. Pero no lo son. Tener que dejar de lado mi experiencia previa para empezar de nuevo en otro país en el que no era nadie y en un idioma que no era el mío me ayudó a darme cuenta de que soy mejor y más fuerte de lo que nunca pude imaginar. Y tú, querido amigo, seas quien seas y vengas de donde vengas, sabes que eres suficientemente fuerte para enfrentarte a algo así o a lo que sea en este país frío pero maravilloso. Créeme si te repito las mismas palabras que me dijo Yasmín: encontrarás tu sitio, igual que yo lo he encontrado.

Me llevó un tiempo conseguir experiencia canadiense y por fin pudimos permitirnos alquilar nuestro nuevo apartamento. Unos meses después conseguí un buen trabajo en un College y, por supuesto, nuestras hijas tienen su propia habitación. Ahora tienen dos años y no entienden lo que ha pasado este año, pero cada vez que las veo reír y jugar en su habitación sé que cada minuto en la parada del autobús -o haciendo salchichas, o empaquetando botellas- mereció la pena.

Quién sabe, quizás el año que viene serás tú el que esté escribiendo unas palabras para dar ánimo a los recién llegados. Hace un año jamás se me habría ocurrido que podría ser yo y aquí me tienes, sentado en mi despacho, pidiéndote que no desesperes. Incluso si crees que es imposible y estás a punto de tirar la toalla, créeme: todo irá bien.

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Nuevo blog

Este blog surgió como un blog de poesía. Durante algo más de un año he ido colgando poemas de mis dos poemarios y alguno inédito. Desde hace un tiempo, sin embargo, he ido añadiendo artículos de tipo social y cultural. Me he sorprendido a veces diciéndome “no, no publiques esto porque tu blog es sobre poesía”, y me he preguntado cómo puede ser que yo mismo no esté seguro de querer escribir cosas en un blog escrito por mí y que además lleva mi nombre.

Durante mi estancia en Sicilia he comprendido que escribo poesía para explicarme cosas a mí mismo y que escribo artículos para explicarle cosas a los demás. O, si lo preferís, escribo poesía para intentar comprender cómo soy yo mientras que escribo prosa para intentar comprender cómo somos todos.

En estos días tan intensos que estamos viviendo mi cabeza está llena de ideas para poemas y de ideas para artículos. Según palabras de Lorca, “En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas.” Eso es lo que pretendo hacer a partir de ahora. Pero para poder meterme bien en el fango sin miedo alguno a que mis azucenas pierdan su lustre he decidido crear otro blog.

Por eso, amigos, a partir de hoy este blog seguirá su rumbo poético. Si queréis, además, seguir mis reflexiones sociales, os invito a que entréis en  “Ven conmigo a buscarla

Por qué hacemos esto

Desde hace días organizo en Palermo las movilizaciones de la #spanishrevolution, aquí llamada #italianrevolution. No hace falta que explique qué es esto, porque hace sólo una semana que ha comenzado y ya no se habla de otra cosa. Pero me parece oportuno hacer algunas puntualizaciones porque se están escuchando demasiadas descalificaciones sobre este movimiento. No soy quién para hablar en nombre de nadie excepto de mí mismo, así que hablaré en mi nombre para defender -no justificar, sino defender- lo que estamos haciendo muchas personas en los cinco continentes.

En primer lugar, hay que entender que esto no es una cuestion partidista sino social. Es cierto que tiene connotaciones políticas por el momento en que se ha producido, pero el alcance que se pretende va mucho mas allá. Nos hemos acostumbrado a escuchar cosas como “el hombre es un animal político” o “todo es política”. Pero esto no es verdad.

La política es un instrumento creado por la sociedad para protegerse y mejorarse. Somos nosotros, ciudadanos, quienes pagamos con nuestros impuestos para que alguien se encargue de que todo vaya bien. Igual que, por ejemplo, un portero en una comunidad de vecinos. Pero la clase política ha aprovechado el poder que nosotros le hemos dado para utilizarlo contra nosotros.

No olvidemos esto: más allá de partidismos o posicionamientos de un lado u otro, lo que la sociedad necesita es recordar que el poder es nuestro, que decidimos cederlo cada cuatro años a quien consideramos oportuno. Así lo dice la Constitución en su artículo 2: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.”

¿A qué viene entonces este tumulto en un momento así? ¿Es accidental que se haya producido antes de una convocatoria electoral? Por supuesto que no. Ante esta convocatoria, una buena parte de la sociedad se ha dado cuenta de que no se sienten representados por la clase política, y han decidido manifestar públicamente su impotencia a la hora de elegir a quién votar. No es casual que, desde hace meses, la clase política en general aparezca en las encuestas como uno de los cinco problemas más importantes en España. No confiamos en que la actual clase política pueda resolver nuestros problemas. Creemos que no están haciendo bien el trabajo por el cual les estamos pagando, y es por eso que se ha instaurado en España la noción de “votar en contra de” o “votar al menos malo” porque “todos son iguales”.

Todos son iguales. Esa es la frase clave. Cuando todas las opciones son iguales ninguna opción es válida. Cuando ninguna opción es válida no podemos elegir. Y cuando no podemos elegir, no hay una verdadera democracia.

Por pensar esto, algunas voces nos llaman antisistema. Por lógica elemental, si pedir una democracia verdadera es estar en contra del sistema, eso significa que el sistema no es verdaderamente democrático. Y un sistema que en el siglo XXI no es verdaderamente democrático es un sistema que necesita reformas. O, al menos, un replanteamiento.

Porque, lo repito una vez más, no estamos en contra de la política ni en contra de los políticos. Estamos en contra de estos políticos, porque pensamos que no nos representan. No queremos eliminar la figura del político, porque sabemos que es una figura necesaria. Tan necesaria, que queremos alguien digno para ostentarla.

Desde hace años, nuestros políticos han jugado al divide y vencerás. Por un lado, los que afirman que España se está rompiendo. Por otro, los que dicen “como vengan los otros vais a saber lo que es bueno”. Los partidarios de ambas opciones están tan enfrentados entre sí que es una utopía pensar que entre ellos pueda establecerse un dialogo cordial.

Frente a este divide y vencerás tan hostil como innecesario para la sociedad, de modo espontaneo ha surgido en España el sentimiento contrario: la unión hace la fuerza. Decenas de miles de personas en todo el mundo nos sentimos unidos por una idea comun. Una ilusión. Y de eso nos estamos encargando unos cuantos. De difundir lo que sucede, porque sabemos que aún quedan muchos miles de personas por unirse.

Los que estamos en Italia -y en Francia, y en Inglaterra, y en Holanda, y en tantos y tantos paises- no somos un ejemplo ni un modelo a seguir. Pero sí somos la prueba de que no es difícil conseguir que la sociedad se ilusione con un futuro mejor. Si yo puedo hacer lo que hago desde un piso de un barrio marginal de Palermo con una conexión a internet de prepago, ¿qué no podrán hacer con tantos medios y tanto dinero los políticos, a quienes se les paga por hacerlo?

Sólo se me ocurren tres opciones por las cuales los políticos no consiguen hacerlo: porque no saben, porque no pueden o porque no quieren. Desconozco cuál de las tres es la verdadera. Pero, sea cual sea, cualquiera de las tres les inhabilita para ostentar el cargo que tienen.

Recordadlo. Ellos no son nuestros jefes. Nosotros, ciudadanos, somos los suyos, porque somos nosotros quienes les pagamos. Nuestros empleados no están haciendo bien su trabajo, y tenemos derecho a exigir responsabilidades.

Comprendo que un movimiento de este calibre provoque todo tipo de opiniones, unas a favor y otras en contra. Siempre he intentado adoptar una actitud crítica en mi vida (es decir, la habilidad de obtener un criterio propio ante lo que sucede) y, como tal, estoy especialmente interesado en escuchar las opiniones críticas a este movimiento. Pero creo que las descalificaciones e insultos inhabilitan a quien los profiere, por muy coherente que sea su discurso. Es por eso que en mis líneas no encontraréis nada de eso. Y es por eso que os invito, por el bien de la sociedad de la que todos somos parte, a que a partir de ahora, sean cuales sean vuestros comentarios, dejemos el divide y vencerás de los insultos para adherirnos todos al la unión hace la fuerza del pensamiento crítico y constructivo.

Problemas en la comunidad

Hace años que tenemos portero en casa. Los vecinos nos dimos cuenta de que en la comunidad la convivencia era de todo menos pacífica, así que decidimos contratar a una persona externa que se encargara de la limpieza, el mantenimiento, evitar que entraran vándalos en los portales, sacar la basura… A cambio, el portero recibe un sueldo y una vivienda gratuita en nuestro bloque, por si hubiera alguna emergencia a horas intempestivas. Todos los vecinos, por tanto, pagamos mensualmente una cuota para que este señor se encargue de que todo esté perfecto.

El caso es que durante años la cosa ha funcionado bien, pero hace un tiempo que algunos vecinos manifestaron su descontento por los modos groseros y violentos de nuestro portero. Hicimos una junta ordinaria, tal y como tenemos estipulado en nuestros estatutos, y la mayoría decidió que debíamos cambiar de portero. Así se hizo, y, a pesar de que el nuevo apuntaba maneras, en los últimos meses está adquiriendo las mismas costumbres que su predecesor. Lo primero fue cuando decidió meter en su casa no solo a su familia, sino también a sus mejores amigos; como hubo algunas quejas, él alegó que son personas de su confianza que le ayudan a realizar sus tareas.”No es un capricho, es una necesidad”, nos decía, “no pueden imaginarse el desgaste que supone este trabajo. Por no hablar de lo importante que es dar buena imagen ante los demás porteros del barrio”. A algunos vecinos esto les pareció un escándalo, aunque otros dijeron que bueno, que todos los porteros hacen más o menos lo mismo.

Pero la gota colmó el vaso hace unos días. Resulta que, por una mala gestión de la empresa eléctrica, nos hemos quedado en todo el barrio sin luz. Se nos ha comunicado que se está trabajando en ello, que no se sabe cuándo se solucionará, e incluso ha habido bloques a los que hemos tenido que ayudar regalándoles unas velas. Mandamos a nuestro portero para que se enterara de todo. No sabemos qué sucedió en la reunión, pero cuando volvió nos exigió:

1. Que ahorráramos energía.

2. Que sólo utilizáramos el horno una vez por semana.

3. Nada de secador.

Y 4. Que como llevábamos mucho tiempo consumiendo luz por encima de nuestras posibilidades, la empresa eléctrica ha tenido problemas serios y que nuestra obligación era pagar una derrama para ayudar a solventar ese problema.

Además, nos dijo que si no teníamos cuidado era posible que en un futuro nos prohibiera utilizar la nevera. Nosotros sabemos que su familia y sus amigos, que viven en su casa con él, siguen consumiendo la misma cantidad de electricidad y de agua, pero a él parece darle igual: como sabe que el hijo del anterior portero está deseando quedarse con su puesto, cada vez que le decimos algo nos sale con eso de “cuidado, que como me vaya yo ya sabéis quién viene”.

El hijo del portero anterior, por su parte, es el dueño de la empresa de jardinería de la comunidad, cuyos empleados también se las traen: unos cuantos de ellos, seguramente siguiendo órdenes de arriba, vienen a limpiarse la tierra cada día a nuestro portal para después decir que han sido los familiares del portero, que tienen el bloque cada día más sucio. Sabemos que son ellos porque los hemos visto; pero cuando los vecinos vamos a ver a su jefe, éste se sale por las ramas y dice que la portería estaría mucho mejor con él, que nuestro portero está rompiendo el portal (no sabemos a qué se refiere con esto) y que las personas sensatas le apoyan porque son personas de bien. Así que los dos, el portero y el pretendiente a portero, están todo el día a gritos, enfrentados, sin hacer nada por la comunidad; y nosotros, los vecinos, seguimos a oscuras y cabreados unos con otros.

Dentro de unos días tenemos nueva junta, y hay unos cuantos vecinos que nos hemos juntado a hablar entre nosotros porque nos parece que esto no puede seguir así. Que no queremos seguir sin luz. Que no queremos que nos engañen ni uno ni otro. Que queremos un cambio. Pero un cambio de verdad. Sabemos que en la próxima junta se decidirá que el portero sea uno de los dos. No podemos hacer nada por evitarlo.

Pero nuestra idea va más allá: queremos conseguir que todos los vecinos de la comunidad nos reunamos para reescribir los estatutos: no queremos tener que esperar un año para hacer otra junta. Lo que queremos es cambiar las normas entre todos para recordarle a los candidatos que no son ellos quienen mandan. Que nosotros somos sus jefes, porque somos nosotros les pagamos. Y que si no hacen bien su trabajo, tenemos derecho a despedirlos en cualquier momento.

Los de arriba

Dicen los de arriba que cómo no vamos a tener crisis si nosotros, los de abajo, llevamos años viviendo por encima de nuestras posibilidades. Yo no sé a quién se refieren, porque todas las personas de mi entorno llevamos años sufriendo al ver el extracto de nuestra cuenta.

Dicen los de arriba que es normal que ellos ganen más porque trabajan más que nosotros. Yo no sé a qué se refieren, porque algunos amigos y yo mismo hemos llegado a compaginar hasta cinco trabajos.

Dicen los de arriba que los de abajo tenemos que retrasar la edad de jubilarnos, porque el modelo económico está cambiando. Yo no sé a qué se refieren, porque los políticos siguen teniendo una pensión vitalicia desde el momento en que dejan de ejercer.

Dicen los de arriba que todos tendremos que seguir apretándonos el cinturón un poco más. Yo no sé a qué se refieren, porque los banqueros que nos metieron en esta crisis siguen repartiéndose sus incentivos subvencionados por el Estado, en vez de ser juzgados.

Dicen los de arriba que ellos mismos se van a apretar el cinturón. Yo no sé a qué se refieren, pues ni ellos mismos son capaces de viajar en turista.

Dicen los de arriba que esta crisis es igual para todos. Yo no sé a qué se refieren, porque empresas como Telefónica van a despedir a miles de personas mientras logran los mayores beneficios jamás conseguidos por una empresa española.

Dicen los de arriba que tenemos que ser valientes y plantearnos el copago en la sanidad pública. Yo no sé a qué se refieren, pues la sanidad pública ya la pagamos todos con nuestros impuestos.

Dicen los de arriba que en estos momentos es cuando hay que reducir el gasto en educación. Y yo, por fin, sí sé a qué se refieren.

Porque lo lógico sería invertir en mentes pensantes para que no volvamos a tener ninguna crisis. Pero esto no es lógica, sino política. Y en política lo más práctico es que entre los de abajo no haya mentes pensantes. Porque así nadie se dará cuenta de que lo que nos dicen los de arriba es mentira.