Mis labios

He salido de casa dejando mis labios
pudrirse en el fondo de una pecera.
Presiento que es ése su sitio, pues ya no me sirven.

No los echaré de menos.
No los necesitaré. Quiero cambiarlos.
Ya sólo repiten palabras y besos que no dicen nada.

Mis labios se pudren en una pecera
mientras busco indeciso el camino que me conduzca
hacia un mundo nuevo que sin ellos no sabré describir.

(Foto: Montse Labiaga)

Anuncios

Reino insomne

No puedo dormir. Un reino
que está en guerra se despliega por mi cuerpo.
Puedo sentir cómo tiembla la tierra
mientras avanza la nada que soy yo mismo,
que soy yo mismo que observa
como un espectador
incompetente
la ruina de mi cuerpo y su deseo.

No puedo dormir. Asisto, impenitente
-porque no puedo hacer otra cosa-
a la sucesiva desolación de un reino
cuyo pretendiente al trono
es un impostor, un tirano sin escrúpulos.
Pero el legítimo es un cobarde inútil
que no tiene el ímpetu suficiente
para mantener a raya a los que
conspiran a su espalda, que son muchos.

No puedo dormir. En penumbra
recorro los rincones del reino que me habita
y sólo encuentro miedo,
furia contenida, sed de sangre, de venganza
y un insaciable deseo de devastación.

Mis ojos

Hay un buey manso y moribundo que mira por mis ojos
el destino que le aguarda y no sospecha.
Si me miro al espejo descubro
otro día más, otra sombra más,
mi mirada hueca, distraída
(reflejo de la ruina de mi reino maldito),
mientras él barrunta, sosegado, el aroma de hacha
que flota en el vahído de un matadero diario.

Mis brazos

Mis brazos son una barca inestable en un mar profundo y hostil.
En ella suben todos aquellos que quieren franquearlo.
Amo a algunos de ellos y soy correspondido,
detesto a algunos otros y soy correspondido,
pero la mayoría me son indiferentes.

Ése es el oficio de mis brazos, y no puedo quejarme.
Aunque sepa que van a hundirse sin remedio.