Madame Godot

Acaba la función, los bravos cesan,
y según el telón cierra la sala,
la esencia de Estragón muere y exhala
los lamentos de amor que tanto pesan.

Ella no ha vuelto y los sueños regresan
mordiendo el corazón en hora mala.
Mientras, los invitados, con gran gala,
riendo en el vestíbulo se besan.

Y el actor por dentro se hace viejo
pues su alma se torna en elegía
a aquel tiempo brillante como el oro.

Se limpia el maquillaje en el espejo,
abre la puerta hacia la calle fría
y de nuevo hace mutis por el foro.

Madame Godot

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

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Dante

Fue soberbia pensar que te tendría
destinada por siempre a mi destino.
La gula, por su parte, no previno
que tus labios sin pausa yo querría.

La envidia apareció en el mismo día
que soñaste el calor de otro camino.
La ira, entonces, vino como vino,
y quebró los espejos de agonía.

Fue lujuria el recuerdo de tu espalda,
me durmió en tus laureles la pereza,
la avaricia prohibió cualquier empate.

Así, siguiendo el guiño de tu falda
he cruzado el cartel que, frío, reza:
“Lasciate ogni speranza voi che entrate.”

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

La dulce indecisa

Para Iria Márquez

Inquietos se deslizan estos dedos
buscando servilletas en la mesa
para evitar tu mano, que no cesa
de causarme sin pausa mil enredos.

Y entre miradas, puedos y no puedos,
comprendo que tu boca no se expresa
con calma, para así no quedar presa
de luchas con fantasmas y otros miedos.

Juro que intentaré ser consecuente
con lo que me has pedido, aunque se iguale
mi ardor con el mejor de los cantares.

Pero entiende que es duro ser paciente
mientras tu risa fresca me regale
margaritas de pétalos impares.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Todo a mi alrededor deja su huella

Todo a mi alrededor deja su huella
repleta de futuro afortunado
mientras yo, prisionero del pasado,
vivo el presente en forma de querella.

No siempre sé avanzar: mi buena estrella
me abandonó, dejándome el recado
de que si quiero andar siempre a su lado
he de saber que el vértigo atropella.

Quiero sobrevivir, pero no encuentro
el ojal del botón de este “no puedo”,
la sinopsis de tanto sinsentido.

Y sin embargo, hay algo muy adentro
que, inmutable, elimina tanto miedo:
muy pronto sonreiré lo que he vivido.

 

 

(Foto: Montse Labiaga)

Plegaria nocturna

No creo en ningún dios. Sólo en tus besos,
y no voy a cambiar aunque lo intentes:
condúceme al infierno de tus dientes
o al cielo de tu boca y sus excesos.

Sacúdeme el pudor de los confesos,
dame la dignidad de los dementes,
bórrame el porvenir de los prudentes,
concédeme la fe de los obsesos,

líbrame de la angustia y sus despojos,
prohíbeme el adiós, el no, el jamás,
despójame de miedos y reproches.

Prometo no cerrar nunca los ojos
sin haber recordado una vez más
el color de los tuyos. Buenas noches.

Cuando llegue la hora

Cuando llegue la hora estaré listo
para partir, sin miedo ni equipaje.
Me vestiré, feliz, mi mejor traje
consciente de que estoy aquí y existo.

Orgulloso de mí y de lo que he visto
pagaré sin dudar cualquier peaje.
Sé que tendré el suficiente coraje
para que no me inquiete un imprevisto.

Si vuelvo alguna vez a tocar fondo,
quizás mi corazón se desabroche
la maldita costumbre de estar triste.

Y tú, que no sabrás dónde me escondo,
querrás imaginarme cada noche
detrás de cada paso que no diste.

Cuando mi mente

Cuando mi mente, tranquila, reposa
pensando en tu mirada más traviesa;
cuando los dos, sentados a la mesa,
reímos al decirnos cualquier cosa;

cuando, en la ducha, piensas sigilosa
el modo de morderme por sorpresa;
cuando tu piel perfumada me besa
formando un remolino que me acosa,

comprendo que el amor no es un combate
donde deba humillarme al enemigo
ni un ejemplo jovial de escaparate,

sino un dejar de mirarme al ombligo
para que el verte alegre me delate
que el mundo es colosal si estoy contigo.