Invicta

Ella está embelesada por tu encanto,
tu risa, tu sabor, tu colorido,
porque la has escuchado y comprendido,
porque le has dado amor y risa y llanto.

Yo, sin saber qué hacer, muerto de espanto,
rabioso, temeroso, confundido,
pensaba que quizás la había perdido
y me entregué al horror del desencanto.

Eso ha cambiado: ahora tengo el gusto
de conocerte, y quiero ser tu amigo;
pero no vale de cualquier manera

porque ella así lo quiere, y es lo justo:
deja que nos amemos, que contigo
juntos recorreremos tu ribera.

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Antígona

Los últimos años han sido turbulentos. Sólo los más ancianos recuerdan al soberbio rey Layo, a quien una profecía anunció que su hijo le daría muerte, convirtiéndose en rey.

Aterrorizado, Layo ordenó que su hijo recién nacido fuera pasto de las bestias. Sin embargo, el niño fue recogido por un pastor que le crió como a su propio hijo.

Años después, Edipo se había convertido en un joven fuerte y valiente. Un día, en un cruce de caminos, se encontró con el rey Layo, a quien no conocía. Discutieron, y Edipo mató a Layo. Se cumplía así la profecía.

Tras derrotar a la esfinge que aterrorizaba a Tebas, Edipo fue proclamado nuevo rey de Tebas y casó con Yocasta, esposa de Layo y madre, por tanto, del propio Edipo.

Los cónyuges, desconociendo el parentesco que les unía, engendraron a dos niñas, Antígona e Ismene, y a dos niños, Etéocles y Polinices. Al descubrir la verdad, Yocasta se dio muerte sobre el lecho en el que había concebido de su marido otro marido y de su hijo otros hijos. El rey Edipo, por su parte, se sacó los ojos.

La joven Antígona, tras lavar, velar y honrar el cuerpo de su madre, acompañó a Edipo en su destierro, hasta que, ya viejo, murió en la lejana Colono.

Ya son muchos los años en camino
con este pobre ciego de mi brazo.
Ya son muchos los años que su abrazo
es la cara feliz de mi destino.

Ya son muchos los años que el divino
augurio nos castiga con su mazo.
Pero aunque sean miles, no rechazo
a un rey que ahora es mendigo clandestino.

El oráculo habló de larga peste,
criaturas sin nacer, muertos sin nombre,
plagas sin fin en cosechas de trigo…

pero nunca predijo nada de este
futuro que me acecha con un hombre
que es mi padre, es mi hermano y es mi amigo.

(El estreno de ayer fue un éxito. En el de hoy, que espero que sea mayor, quiero veros a todos.)

Hoy yo ya no soy…

Hoy yo ya no soy más un tal y cual
ni un dios sin fiel ni don ni bien ni fe;
hoy, con tu , yo ya no soy – lo sé -,
sol sin luz, bar sin ron, ni mar sin sal.

Sin ti, ser o no ser es hiel o cal,
es dos sin par, es A sin B ni C,
es jazz sin ton ni son, es gol sin pie,
es lar sin pan ni miel, es sed de mal.

La paz que se te ve ¿quién te la da?
¿Soy tu don Juan, tu swing, tu qué sé yo?
¿Es el fin de mi blues al fin por ti?

Quien ve mi bien ve que mi mal se va
y no ve más mi sed, mi tos, mi no,
pues hoy, por ti, por fin soy un gran sí.

Como quisiera ser aquel poeta…

Cómo quisiera ser aquel poeta
que escribió o escribirá ese verso exacto
que ha de lograr con sólo su contacto
dibujar tu sonrisa más completa,

o ser ese valiente cuya meta
es que su agua y tu fuego hagan un pacto,
o que la simple magia de tu tacto
me convierta al instante en tu profeta.

Poder, igual que un príncipe de cuento,
lanzar un sortilegio prodigioso
que derrame su ardor mientras te llama…

(Tendrás que disculparme, amor. Lo siento.
Aunque intente ser todopoderoso,
yo sólo soy el hombre que te ama.)

Un soneto de Aldana

“¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando
en la lucha de amor, juntos, trabados
con lenguas, brazos, pies y encadenados
cual vid que entre el jazmín se va enredando

y que el vital aliento ambos tomando
en nuestros labios, de chupar cansados,
en medio a tanto bien somos forzados
llorar y suspirar de cuando en cuando?”

“Amor, mi Filis bella, que allá dentro
nuestras almas juntó, quiere en su fragua
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

»que no pudiendo, como esponja el agua,
pasar del alma al dulce amado centro,
llora el velo mortal su avara suerte.”

(Francisco de Aldana, recordándonos en un diálogo entre dos amantes que el Renacimiento también era erótico.)

Antes de la batalla

Constancio me envió aquí para morir;

por esa razón no me dio un ejército.

(Gore Vidal)

Al norte, un gran ejército despliega
su eficaz armamento y lo reúne:
tu mirada brillante crea, impune,
un fuego duplicado que me ciega.

Al sur, un laberinto que no llega
a cerrarse jamás, pues se desune
porque sabe que nunca estaré inmune
al muslo que se acerca y que se entrega.

Este-oeste: la sed de tu costado
febril; en cuanto al centro, sólo veo
la ruta de tu sexo y de tu pecho.

No hay vuelta atrás: la guerra ha comenzado.
No habrá tregua ni paz. Sólo deseo,
dedos alerta y labios al acecho.

Sobre un tema de Miguel Hernández

Ya sé que sueno grave y aburrido
cuando comienzo a hablar del mismo asunto
y que si lo mirara en su conjunto
vería que no es tanto lo ocurrido.

Os juro que os entiendo y que coincido
con todos en que, más que hablar, barrunto.
¡Si hasta yo mismo ya he llegado al punto
de, cuando pienso, hacerme el distraído!

Quisiera una actitud más divertida,
pues lo que hago es echar más leña a un fuego
que no se va a encender de todas formas;

pero ¿qué voy a hacerle si la vida
se empeña en presentarse como un juego
del que nunca podré saber las normas?