Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

04. Commitment Ceremony

Viva la Pepa

Actor 1 – La Revolución Francesa fue el principio del fin de las monarquías absolutistas europeas. Cada país evolucionará de un modo distinto, sea hacia la República, la Monarquía Democrática u otros sistemas de gobierno. Durante el siglo XIX la sociedad española se verá envuelta en guerras, alzamientos, golpes de estado, revoluciones, dictaduras… porque los españoles no se ponían de acuerdo en cuál era el mejor modo de gobierno.

Actor 2 – Estamos, pues, en 1808. La Guerra de la Independencia, que duró 4 años. El rey oficial es José Bonaparte, que procuró, al principio, llevarse bien con los españoles. No lo consiguió.

Actriz – De todas partes de España llegan a Cádiz miembros de la resistencia contra los franceses y se proclaman a sí mismos herederos de la soberanía del reino. Son las llamadas Cortes de Cádiz.

Liberal – Seamos constructivos. En Francia, para cambiar las cosas, cortaban cabezas. Aquí vamos a hacerlo con una Constitución. De modo ordenado.

Absolutista ¿Cambiar? Aquí no hay nada que cambiar.

Liberal – ¿Pero entonces para qué estamos haciendo una guerra? ¿Para dejarlo todo igual que antes?

Absolutista – Queremos que Fernando VII tenga poder absoluto. Por eso somos absolutistas.

Liberal – Nosotros, los liberales, creemos que su gobierno debe estar controlado por las Cortes.

Absolutista –  Pues tenemos un problema. (Suena el teléfono. El abolutista responde) ¿Cómo? ¿Las colonias americanas? ¿Que estáis despistados porque no sabéis si obedecer a los franceses o a nosotros y vais a comenzar vuestra independencia? ¿Y a mí qué? ¡Con el lío que tenemos aquí! (Cuelga) ¿Por dónde íbamos?

Liberal – Un rey controlado por las Cortes.

Absolutista – ¿Nos lo jugamos a los chinos? (Juegan y pierden los absolutistas) Vaya por Dios.

Liberal – Pues hala, fuera de aquí, que tenemos que hacer una Constitución liberal.

Absolutista – Bueno, menos mal que el pueblo no os va a hacer caso.

Liberal – ¿Cómo que no? Si nosotros somos la prosperidad. El futuro.

Absolutista – Es muy fácil convencer a los españoles de que el progreso es malo. ¿No ves que son medio tontos? Sólo hay que asustarles un poco y decirles que el mundo se va a acabar. (Sale)

Liberal –  Hoy, 19 de marzo de 1812, queda proclamada la Constitución de Cádiz, popularmente conocida como “La Pepa”, según la cual la nación es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. Creemos asimismo en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la división de poderes: la ley será aplicada por los tribunales y no por el Rey. Éste, además, estará controlado por las Cortes, cuyos miembros serán elegidos por sufragio universal. Masculino, eso sí, que las mujeres aún no votan en ningún país del mundo. ¡Viva la Pepa! (Música festiva. El liberal baila. La música se interrumpe con la entrada de Fernando VII, acompañado por el pueblo)

Fernando VII – Hola a todos. He vuelto.

Pueblo – ¡Viva nuestro rey! ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!

Liberal – Majestad, qué alegría verle. Es usted el rey deseado por todos los españoles.

Fernando VII – Que sí, que sí, que vale. ¿Qué es eso?

Liberal – La Constitución. Un ejemplo maravilloso de libertad para comenzar juntos un periodo…

Fernando VII – (Rompiéndo la Constitución) ¿Pero tú qué te has creído? Aquí el Rey soy yo. ¿Te enteras?

Pueblo – ¡Viva Fernando VII! ¡Viva!

Liberal – Pero… Majestad… La libertad…

Fernando VII – Ni libertad ni gaitas en vinagre. A ver, ¿qué han hecho los franceses? ¿Eliminar la Inquisición? Pues yo la vuelvo a poner. Porque el Rey soy yo. Y punto. ¿Qué es eso de la libertad?

Liberal – (Sacando una pistola mientras suena el himno de Riego) ¡No lo permitiré! ¡O acatas la Constitución o la liamos! ¡El movimiento liberal triunfará en toda Europa!

Fernando VII – Tú eres tonto. ¿Tú no sabes que Napoleón ha sido derrotado y hay muchos reyes en Europa que quieren volver al absolutismo? (Llamando por el móvil) Hola, ¿es la Santa Alianza? Oye, que tengo problemas aquí con unos liberales. Venga, gracias. (Cuelga) Hala, ya está. Me envían un ejército para venceros. Los cien mil hijos de San Luis. Ya podéis rendiros.

Pueblo – ¡Viva Fernando VII! ¡Muera la libertad! ¡Vivan las caenas!

Fernando VII – Gracias, gracias.

Liberal – (Saliendo) Este pueblo es imbécil.

Fernando VII – Ahora es cuando os vais a enterar de quién soy yo. (Suena el móvil) ¿Qué pasa ahora? ¿Qué se han independizado Argentina, Colombia, Venezuela, Chile, México y Perú? ¿Y a mí qué me importa? Estoy castigando a un país entero. (Cuelga) Lo que os decía: os esperan diez años finos. Pero finos, finos. Y si algún liberal de esos intenta rebelarse…

Fernando VII – De momento, toda influencia francesa será prohibida. Los españoles afrancesados, fuera del país o los matamos. No nos interesan las ideas extranjeras.

Pueblo – Pero entonces, los adelantos culturales y científicos…

Fernando VII – A la porra los adelantos. Ah, y quedan cerradas las Universidades.

Pueblo – ¿Las universidades? ¿Por qué?

Fernando VII – Porque un pueblo idiota es la mayor seguridad de un tirano.

 

(Fragmento de “Historia de España en 70 minutos“)

Acerca de “Historia de España en 70 minutos”

Hace ya casi dos años que estrenamos “Historia de España en 70 minutos”. Un espectáculo didáctico y divertido que repasa de modo ininterrumpido la Historia de nuestro país desde Altamira a la Democracia.

En todo este tiempo, este espectáculo nos ha dado muchas alegrías a todos los componentes del equipo. Una de ellas, el haber cumplido ya un año en el Café Teatro Arenal.

ACTUALIZACIÓN SEPTIEMBRE 2012: Comienza la temporada 2012/13 y continuamos en el Teatro Arenal. Todos los sábados a las 20.00 horas.

Las críticas, además, han sido muy favorables. Hemos disfrutado como enanos leyendo cosas como:

Los tres actores sobre los que recae todo el peso de la obra, Luna Paredes, Carlos Fapresto y Javi Rodenas hacen uso de un ingenio y una energía remarcables, llegando a interpretar hasta 70 personajes diferentes sin mostrar ápice alguno de despiste o cansancio. (Crítica de Vicente Rodrigo en el Blog RedCarpet)

Seven Inks es una compañía que ha surgido hace no mucho tiempo, vinculada a la ciudad madrileña de Alcalá de Henares. Uno de sus objetivos: ser referente por la calidad de sus producciones, algo que después de ver ‘Historia de España en 70 minutos’ en el Teatro Café Arenal, no cabe duda de que van por buen camino. (Entrevista en el mismo blog)

Lo mejor de todo: esta breve función abrirá las mentes de algunos (en lugar de las cabezas de otros). No es una obra que quiera ser patentemente didáctica y “aleccionadora”, y sin embargo, creo que aporta mucho más que otras que tienen esos fines, en parte por el propio texto, en buena medida por la puesta en escena y el estupendo trabajo de sus componentes. (Crítica de Julio Castro en La República Cultural)

No me extraña que sábado a sábado se llene el café teatro del Arenal si se tienen en cuenta las risas, el asombro del hilvanado del texto y del trabajo de los actores, de un montaje simple que juega tan solo con la voz, con los gestos y con pocos recursos más, pero que son suficientes para que el tiempo vuele y los setenta minutos que dura la obra se conviertan en un instante, en una momento inicial de carcajada que enlaza con la carcajada final, con la reflexión final con que se termina la obra. (José Manuel Lucía Megías, en Diario de Alcalá)

No es una broma. O no solo eso. Es mucho más, es nuestra historia vista desde el ángulo burlón y riguroso que permite que Fernando el Católico baile una jota inolvidable, que todo el mundo logre entender la sucesión de Carlos IV y que Alfonso XIII, en manos del inmenso Fapresto… Pero ya basta. Es teatro. Del mejor. Una obra que todos los españoles deberíamos ver. Y lo bien que nos iba a sentar en estos tiempos. Por Júpiter. (Crítica de Incitatus en Tiempo)

Y, como el público es soberano y es el mejor crítico, cómo no señalar sus críticas en Atrápalo, con (a fecha de hoy) un 8,8 de valoración después de 202 críticas.

Por salir, hemos salido hasta en la tele. (Reportaje de Escenario Madrid, en La Otra de Telemadrid. A partir del minuto 13.40)

Además de esto, el espectáculo ha sido incluido en la Red de Teatros de Castilla – La Mancha, y ya tiene algunos bolos concertados. Puedes encontrar más información en la página web de nuestra compañía, 7Inks.

¿Cómo dices? ¿Que aún no la has visto? ¿Que no te habías enterado? Pues no será por falta de información. Mira, aquí puedes encontrar una estupenda galería de fotos. Aquí, un video promocional. Y hasta un resumen de todo si pinchas aquí.

Y si eres programador teatral puedes contactar con los distribuidores aquí. Y, para que veas si te lo ponemos fácil, puedes encontrar el dossier del espectáculo aquí, en pdf.

Como autor y director de la obra, me siento muy orgulloso de mi trabajo. Pero sé que ese trabajo no sería nada sin el esfuerzo de tres actores formidables (Carlos Fapresto, Luna Paredes y Javi Rodenas) y de la estupenda labor de producción que realiza Iria Márquez.

Sé que estas palabras suenan a lugar común, pero os aseguro que no es así. En absoluto. Porque el boca a boca hace que cada fin de semana el público siga riendo con las gracias y desgracias de la historia de nuestro país.

 

Carlos IV – Hay una revolución en Francia, al rey le han cortado la cabeza, y estoy preocupado. Fernando VII – ¿Por qué, papá?

Carlos IV – Coño, Fernando, porque no quiero que me corten la cabeza. Es que este niño es tonto.

Godoy – Sin problema, majestad. Organicé una guerra contra Francia con el apoyo de los ingleses.

Carlos IV – ¿Y qué tal ha ido?

Godoy – Fantástico. Ahora nos llevamos muy bien con los franceses. Tanto, que ahora somos sus aliados y le hemos declarado la guerra a los ingleses.

Fernando VII – Pero, Godoy, por unirnos a Francia los ingleses nos han derrotado en la batalla de Trafalgar, y ya nunca más volveremos a ser una potencia naval en el mundo.

Carlos IV – ¿Qué dices a eso, Godoy?

Godoy – Majestad, los ingleses se han juntado con Rusia, con Austria, con Suecia y con algunos más para hacerle la puñeta a nuestro amigo Napoleón Bonaparte. Y a Napoleón hay que ayudarle, porque es el Emperador. Y a veces hay que sacrificarse un poco por los amigos.

Carlos IV – ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Esto es lo que hace falta en esta casa! ¡Gente como Godoy! (Sale)

Godoy – Lo siento, Fernando, pero parece que tu padre me quiere más a mí.

Fernando VII – A mí lo que me parece es que mi madre te quiere más que a mi padre.

Cervantes y la Historia de España, en Benicàssim

Este fin de semana, dos obras de un servidor de ustedes se representarán en el FIB (Festival de Benicàssim). Dos obras dos que suponen el lanzamiento de una nueva compañía de teatro: Seven Inks.

Por un lado, el jueves 14, En qué se le haga merced. Vida y obra de Cervantes, desde que volvió de Argel hasta que comenzó a escribir el Quijote.

Por otro, el sábado 16, Historia de España en 70 minutos. Como su título indica, es la Historia de España mú rápido.

Cervantes en el FIB. No se puede ser más alternativo.

Más información, aquí .

¿Nos vemos en Benicàssim?

Vuelve “Historia de España en 70 minutos”

Los días 23, 25 y 30 de junio representaremos en el Teatro Arenal de Madrid mi obra “Historia de España en 70 minutos”. Se trata, como algunos ya sabréis, de un espectáculo en clave de humor en el que se repasa la Historia de España desde la Prehistoria hasta la Democracia.

En el espectáculo, tres actores interpretan 70 personajes a través de un continuo despliegue de elementos de atrezzo y un elaborado trabajo físico y vocal que ayudan a caracterizar a cada personaje. No se trata de una obra de sketches aislados, no hay elipsis ni grandes saltos temporales, sino que estos 70 personajes se van pasando el testigo (sin pausa alguna) en una carrera de relevos que comienza en Atapuerca y aún no ha terminado.

Podéis ver un trailer de la obra aquí.

Teatro Arenal. Calle Mayor 6, Madrid.

Teléfono para reservas: 915234796.

23 de junio: 20.30 horas.

25 de junio: 19.00 horas.

30 de junio: 20.30 horas.

No os lo perdáis: vais a pasar un rato formidable. De verdad. No os arrepentiréis. Nos vemos en el Teatro Arenal.

Parábola del padre que no podía cuidar a sus hijos


Desde la cálida impunidad de su púlpito, el padre Sopena no podía imaginar hasta qué punto la vehemencia de sus sermones cincelaba la personalidad de Arturito Garcés, que a sus imberbes once años no conocía más objetivo que aplicar el mensaje de Cristo en su día a día. Dar de comer al hambriento, de beber al sediento y poner la otra mejilla eran, nunca mejor dicho, su padrenuestro. Ante la peculiar conducta de Arturito, la opinión de sus progenitores oscilaba entre la admiración orgullosa y el temor a que un niño tan repipi pudiera no valerse a sí mismo cuando ellos faltaran. Con todo, el mayor miedo de doña Catalina, sufrida madre de nuestro protagonista, era que el niño decidiera continuar su vocación espiritual por el camino del sacerdocio. Su preocupación fue en vano, ya que, durante el resto de su vida, Arturito nunca podría olvidar aquel día en que el padre Sopena habló del máximo milagro habido y por haber: la procreación, ese maravilloso sucedáneo de la creación del hombre a cargo de Dios Padre.

Con semejantes valores por montera no era de extrañar que, a los nueve meses exactos de su matrimonio, Arturo Garcés se convirtiera en un padre de familia modélico y respetado. Una lástima, eso sí, que el respeto no fuera suficiente para él: transcurrido el mínimo reposo necesario, su sacrosanta volvió a quedarse encinta. Una y otra vez. Y otra vez más aún. Y más de otra. “Vivimos en tiempos impíos”, solía decir, “y es necesario que alguien se aplique en la ilustre tarea de crear una nueva sociedad”.

Todos en la empresa sabían que la razón de las infinitas horas extra que hacía el señor Garcés era el poder mantener a su prole. Por eso no daban crédito cuando, cada año, les anunciaba que esperaba otro vástago. Y otro más. Y otro, y otro, y otro. Mientras que para el común de los mortales quince hijos es un infierno insoportable, el señor Garcés sólo pensaba en lo orgulloso que debería sentirse el padre Sopena al observarle desde el cielo.

Pero en el hogar no todo era tan rosado como pudiera parecer. Mientras la salud de Merceditas Aguirre de Garcés se debilitaba tras cada embarazo, los niños se lamentaban continuamente por no poder disfrutar de su padre. La ausencia continua de don Arturo hacía inviable una sobremesa de café y helado o una tarde en el parque. Los pocos familiares y amigos de Arturo y Merceditas se acostumbraron a no saber nada de ellos, y llegó el día en que casi nadie recordaba ya el nombre de los hijos.

Una noche, de vuelta del trabajo, don Arturo se encontró a un desconocido intentando entrar en su casa. Asustado por si se trataba de un delincuente que quisiera perturbar la paz del hogar, se enfrentó a él y le golpeó por la espalda. Lo último que dijo el joven antes de perder el conocimiento fue: “Papá, papá, que soy yo.” A la mañana siguiente, la policía se llevó arrestado a Arturo Garcés por abandono de sus obligaciones paternas. Durante la rutinaria sesión de inspección, los agentes descubrieron a doña Mercedes, embarazada de siete meses, con principio de parálisis cerebral, mientras, en el suelo y desnudos, dos menores (de tres y un año respectivamente) jugaban a lanzarse sus propios excrementos.

En los últimos dos años he escrito, interpretado, dirigido, presentado y coordinado algo más de 20 espectáculos teatrales distintos, aparte de mantener este blog y la publicación de un poemario. No me quejo de ello, por supuesto, y menos aún sabiendo cómo está el patio de mis compañeros de profesión. Sé que debo estar orgulloso de lo que he hecho, y lo estoy; porque, como dice J. A. Pérez, el privilegio es crear.

Sin embargo, echando la vista atrás, creo que necesito una fuerte dosis de autocrítica. No tanto con mi trabajo, sino con mi manera de afrontar el trabajo. Los que trabajan conmigo saben que me gusta utilizar la metáfora de que un proceso de ensayos es como un embarazo y, por tanto, un estreno es como tener un hijo. Bien. He tenido muchos hijos en este tiempo, y lo que quiero (y debo) hacer ahora es cuidarlos. Mimarlos. Vestirlos debidamente y sacarlos a pasear. Presumir de ellos. Hacernos fotos, y llevarlos a ver a sus amigos, y charlar con sus padres, y descubrir todos juntos lo grande y hermoso que es el mundo. Y tener más hijos, por supuesto. Pero no quiero tenerlos si no tengo tiempo para verlos crecer.

Llevo una semana dándole vueltas a esto. Tengo la tremenda suerte de poder hacerlo en Sicilia, donde soy feliz con mi chica yendo al mercado y cocinando para ella mientras me corrige cuando hablamos italiano. Aún estaré por aquí unas cuantas semanas, en las que tengo que darle muchas vueltas a la cabeza, plantearme cómo quiero que sea mi vida a partir de ahora: si quiero vivir para trabajar, o si quiero trabajar para vivir. Si quiero tener tiempo para mi familia, para mis amigos. Si quiero comerme el mundo o si quiero que el mundo me coma a mí.

Este blog seguirá abierto, por supuesto, y en los próximos días aparecerán nuevos textos. He cambiado unas cuantas veces la apariencia en los últimos meses y es posible que vuelva a cambiar más adelante. No lo sé. Ahora se trata de cambiar algo más profundo.

Mi cabeza está de mudanza. Avisados quedáis. Temedme, porque traigo nuevas ideas en mi maleta. Y alegraos por mí.

Día internacional del Teatro

Hoy, 27 de marzo, es el Día Internacional del Teatro. Y, como ya hice el año pasado, quiero dejaros aquí un bellísimo texto defendiendo las virtudes de esta profesión tan noble. En este caso, de Cervantes. Más concretamente, el capítulo 12 de la segunda parte del Quijote.

-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.

-Sí he visto -respondió Sancho.

-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

Feliz día, comediantes. Feliz día del Teatro.