Siempre está en torno a ti

Siempre está en torno a ti.
Le gusta lo que miras. Le divierte.

Le apetece,

y quiere que lo cojas para él
(por alguna razón, le pertenece).

Tú no lo puedes ver
porque cuando lo buscas se diluye
y pierde su atractivo.
Tú no lo puedes ver, pero él te observa
y espera, porque sabe que algún día
te va a vencer. Ya no será posible
renegar de sus garras, de su reino.
El día llegará. No estarás sola,
aunque quizás entre desconocidos,
y él llamará a tu puerta, sonriendo,
y tú dirás que no, que no debes hacerlo,
que arriesgarías mucho, que no vale la pena,
pero él sabrá mirarte como tú no sabías
y con un “¿por qué no?” te habrá vencido.

Tu vida, desde entonces, será otra.
Y cuando al día siguiente te levantes
quizás arrepentida, quizás insatisfecha
o quizás deseando repetir
te acordarás de él
y sabrás que algún día volverá
con drogas, con alcohol, con hombres, con mujeres,
con joyas, con cuchillos, con dinero…

Tú no lo puedes ver, pero él te observa.
Por alguna razón, le perteneces.

 

 

(Nota: Este poema está incluido en mi libro “La niña y el mar“)

Cuando llegue la hora

Cuando llegue la hora estaré listo
para partir, sin miedo ni equipaje.
Me vestiré, feliz, mi mejor traje
consciente de que estoy aquí y existo.

Orgulloso de mí y de lo que he visto
pagaré sin dudar cualquier peaje.
Sé que tendré el suficiente coraje
para que no me inquiete un imprevisto.

Si vuelvo alguna vez a tocar fondo,
quizás mi corazón se desabroche
la maldita costumbre de estar triste.

Y tú, que no sabrás dónde me escondo,
querrás imaginarme cada noche
detrás de cada paso que no diste.

Hoy yo ya no soy…

Hoy yo ya no soy más un tal y cual
ni un dios sin fiel ni don ni bien ni fe;
hoy, con tu , yo ya no soy – lo sé -,
sol sin luz, bar sin ron, ni mar sin sal.

Sin ti, ser o no ser es hiel o cal,
es dos sin par, es A sin B ni C,
es jazz sin ton ni son, es gol sin pie,
es lar sin pan ni miel, es sed de mal.

La paz que se te ve ¿quién te la da?
¿Soy tu don Juan, tu swing, tu qué sé yo?
¿Es el fin de mi blues al fin por ti?

Quien ve mi bien ve que mi mal se va
y no ve más mi sed, mi tos, mi no,
pues hoy, por ti, por fin soy un gran sí.

Sueña en la calle…

Sueña en la calle con otras nostalgias
que vuelvan como entonces, nauseabundas,
repletas de luciérnagas inertes
que nunca habrán de darte luz ninguna:
olvidas que entre todas las batallas
hay una, quizás dos, poco frecuentes,
y en la noche hay llamadas que se prestan
a comer de tu mano como alondras.

Voy a romper el muro de los muertos
y ver cómo de nuevo se construyen
las calles, las estufas, los dinteles
y los nervios que cierran una mano
en el momento justo de probar la derrota.

Quizás mientan las charcas o los ciervos
y nunca ha habido estampas ni claveles,
quizás es todo esto un simple nido
en que, mudos aún, nos esfumemos.
Has de buscar, no tardes, otros ríos
en que pueda tu afán humedecerse
y teñirse de almíbar a cantar versos frescos,
a pulir los rosales de la noche marchita.

Serán estrellas siempre lo que cuentes;
útil serás a todas, no lo dudes.
Mas piensa en no pensar, vuelve de lado
los ojos a los trinos de la mente,
sacude el polvo a miles de conceptos,
destroza sellos, frases, palcos y palacios,
no vaya a ser que un día te descubras
transformando elefantes en sombreros.

Regreso

Vengo para arrugar tus manos
como la tristeza en los camisones.
(Déborah Vukusic)

Si no hubiera tu boca de libélula
ni suspiros que quiebren las pendientes;
si acaso nuestros brindis fueran suelo
en que, ebrios, bailáramos sobre mil cascabeles,
y los nichos dejasen de alojar nuestro idioma.
O que fuera posible no soñarte
allá, por las colinas, con banderas roídas
por el fuego, los peces y tu vientre,
por tarántulas negras y por panes,
por olivos, por charcos, por iglesias
y por niños que silban viejos valses.
Si pudiera jurarme en dos segundos
otro credo profano entre tinieblas,
o esbozarte con ríos cinco o diez juramentos,
o cercar mis delirios y teñirlos de musgo.
Si la tierra se abriera ante tus dedos
y gritara, consciente de su rabia,
suplicando una nueva madrugada…

Soy grande como un velo de amapolas
que proclama, en la noche, buenas nuevas,
y me elevo hacia el canto de los astros
casi siempre que lloran las calumnias.

Júrame tu regreso entre licores.
Muérdeme los nudillos con angustia.
Piérdeme para siempre entre tu espalda.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento” (Madrid, Sial, 2005)

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.