El año en que aprendimos a sobrevivir

Querido Ernesto:

Faltan solo unas horas para cambiar de año y junto al repaso de noticias que se hacen en todos los medios nos vienen (a ti y a mí, que para eso somos la misma persona) a la cabeza imágenes de lo que hemos vivido en este 2017 tan, digamos, peculiar. Nada extraordinario, pues seguro que esto le pasará a mucha gente. En nuestro caso, este año ha sido un año importante por lo que hemos conseguido dejar atrás y todo lo que ello nos ha supuesto de aprendizaje, por decirlo así. Te/nos conozco lo suficiente como para saber que algunas veces, cuando nos ponemos nostálgicos, nos da por releer entradas antiguas de este blog.  Por eso yo, el Ernesto del 31 de diciembre de 2017, te estoy escribiendo ahora estas líneas deprisa y corriendo como si fuera una nota a pie de página que te sirva para recordar que este año ha sido complicado pero hemos aprendido a sobrevivir.

El año empezó, lo recordarás, quedándonos en paro tras varios años en un trabajo en el que llevaban tiempo haciéndonos acoso laboral. Ha pasado un año de eso y, fíjate, todavía nos da vergüenza escribir esas dos palabras juntas, como si fuera una enfermedad contagiosa o yo qué sé qué. No sé qué pensarás de esto cuando releas estas líneas, pero quiero que sepas que es ahora cuando empiezo, por fin, a comprender que nosotros no tuvimos la culpa de esos gritos, esos insultos, esos contratos irregulares y abusivos, ese malmeter en la oficina y ese estrés continuo que tanto mal provocó no solo en el trabajo sino también en casa. Hicimos lo que pudimos, quizás por miedo, quizás porque nos educaron en que los hombres tenemos que soportar y no podemos expresar nuestras emociones porque eso es de blandengues. Tampoco te sientas culpable por los primeros meses de paro en los que no teníamos ganas de hacer nada. Podríamos haber encontrado otras formas de pedir ayuda, de salir de ahí sin autocompasiones gratuitas, pero, recuerda, la culpa de aquello no fue nuestra. Espero que esto lo tengas cada vez más claro, sea cuando sea que leas esto.

El 2017 también fue el año en que estuvimos a punto de morir. No es una metáfora, como recordarás. Una peritonitis aguda que nos hizo llegar al quirófano justo a tiempo. Durante la semana de postoperatorio que estuvimos ingresados en el hospital la cirujana pakistaní que nos operó tenía como costumbre decirnos cada día “de verdad que no sabes lo mal que estaba eso cuando abrimos, nunca había visto nada parecido”. Seguramente era una broma para relajar la tensión y el miedo, pero el susto fue importante. Y Amelia y Victoria nos dieron una lección de vida cuando, el primer día que vinieron a visitarnos al hospital, nos dijeron entre risas que querían ver “tu pupa de la tripa” y preguntaron todo lo preguntable sobre el funcionamiento de las máquinas de la habitación.

Pero esta no fue la única vez que pasamos por quirófano en el 2017: la cicatriz de la laparoscopia decidió hacer vida propia y tuvimos una hernia umbilical que nos supuso otras cuantas semanas de baja. Por suerte, parece que todo quedó en una sesión de “chapa y pintura”, aunque a veces nos siga tirando un poco el ombligo cuando tosemos muy fuerte.

Quizás por todo eso este año no nos ha apetecido mucho escribir. En este blog, por ejemplo, solo hemos publicado dos entradas y apenas dos o tres colaboraciones en los medios en los que solíamos publicar de vez en cuando. No teníamos muchas ganas de estructurar un texto de varios miles de palabras porque primero teníamos que darle una nueva estructura a nuestra propia vida. Lo que sí hemos hecho, y mucho, ha sido dar la tabarra en twitter (¿sigue existiendo twitter en la época en la que me estás leyendo?) contando cosas que hemos aprendido leyendo a otra gente. Porque este año hemos leído cosas nuevas, hemos descubierto nuevos puntos de vista y hemos aprendido juntos que muchas de las convenciones sociales en las que nos habíamos criado eran más que cuestionables y, como tal, nos las hemos cuestionado. Y qué interesante es lo que estamos descubriendo, amigo. Qué de visiones del mundo estamos leyendo y qué rabia que por el motivo que sea no lo hayamos descubierto hasta ahora.

Quizás por deformación profesional de profesor o quizás por la emoción de compartir ideas que has descubierto en otros libros (o porque somos muy pesados, que todo hay que decirlo) algunas veces hemos pecado de vehementes en lo que contábamos. Aparte, el hecho de que cada vez nos lea más gente hace que también crezca el número de gente -sobre todo gente anónima a la que no conocemos- a la que le da por insultarnos porque sí, porque quieren casito (qué gran concepto este del casito, también del 2017) o porque les pica un pie. Puede sonar un poco ridículo basar nuestros principios en una cita de Spiderman, pero si es cierto que un gran poder conlleva una gran responsabilidad entonces un gran poder mediático conlleva una gran responsabilidad mediática. Por eso hemos intentado rebajar el tono, dejar las descalificaciones, intentar escuchar antes de opinar y no hablar de lo que no sabemos o cuando no nos toca porque es el momento de que lo hagan las y los protagonistas de la historia. Y también hemos intentado compartir belleza y buen rollo y crear proyectos colaborativos para que nuestra tristeza (y presumiblemente la de quien nos haga el regalo de leernos) se diluya al menos un poquito. Nos marchamos de eso que te digo que se llama twitter unos meses (entre otros motivos) a causa de una serie de personas que comenzaron a insultarnos a causa de algo que escribimos. Pero de eso ya hace tiempo y sospecho que nos encontramos mejor de todo aquello porque hace poco volvió a pasar algo similar y lo único que hicimos fue soltar una risotada al verlo.

Dolores aparte, este año también ha sido estupendo por muchos motivos: ahora mismo escribo estas líneas desde España, por ejemplo, en las primeras Navidades con la familia en cinco años. También hemos conocido a gente estupenda y formado parte de proyectos increíbles con gente a la que admirábamos cuando éramos pequeños. Hemos visto de nuevo a gente con la que habíamos perdido el contacto, hemos hecho turismo, hemos conseguido un trabajo estable que por primera vez en muuuuchos años nos permite terminar la jornada a las cuatro y media y no tener que preocuparnos por nada hasta el día siguiente. Y aunque las penas hayan sido unas cuantas, recuerda también que gente a la que conocemos lo ha pasado bastante peor: ha habido muertes y enfermedades crónicas. Nadie nos ha pegado una paliza por nuestra identidad de género ni nos ha amenazado de muerte por escribir. Vivimos en un país frío pero civilizado que permite que nuestras amistades y familia vengan a visitarnos cuando quieran o puedan, a diferencia de lo que le pasa a amigos nuestros que viven en nuestra misma ciudad pero que por venir de un país distinto sufren problemas de visado y de permisos de entrada.

Hemos sobrevivido, querido mío. Y por eso hemos tenido la suerte de crecer. No sé lo que nos deparará este 2018, pero estoy haciendo lo posible para afrontarlo del mejor modo posible. Ya me contarás si lo he conseguido o no.

Un fuerte abrazo y feliz año,

Ernesto

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Siempre está en torno a ti

Siempre está en torno a ti.
Le gusta lo que miras. Le divierte.

Le apetece,

y quiere que lo cojas para él
(por alguna razón, le pertenece).

Tú no lo puedes ver
porque cuando lo buscas se diluye
y pierde su atractivo.
Tú no lo puedes ver, pero él te observa
y espera, porque sabe que algún día
te va a vencer. Ya no será posible
renegar de sus garras, de su reino.
El día llegará. No estarás sola,
aunque quizás entre desconocidos,
y él llamará a tu puerta, sonriendo,
y tú dirás que no, que no debes hacerlo,
que arriesgarías mucho, que no vale la pena,
pero él sabrá mirarte como tú no sabías
y con un “¿por qué no?” te habrá vencido.

Tu vida, desde entonces, será otra.
Y cuando al día siguiente te levantes
quizás arrepentida, quizás insatisfecha
o quizás deseando repetir
te acordarás de él
y sabrás que algún día volverá
con drogas, con alcohol, con hombres, con mujeres,
con joyas, con cuchillos, con dinero…

Tú no lo puedes ver, pero él te observa.
Por alguna razón, le perteneces.

 

 

(Nota: Este poema está incluido en mi libro “La niña y el mar“)

Cuando llegue la hora

Cuando llegue la hora estaré listo
para partir, sin miedo ni equipaje.
Me vestiré, feliz, mi mejor traje
consciente de que estoy aquí y existo.

Orgulloso de mí y de lo que he visto
pagaré sin dudar cualquier peaje.
Sé que tendré el suficiente coraje
para que no me inquiete un imprevisto.

Si vuelvo alguna vez a tocar fondo,
quizás mi corazón se desabroche
la maldita costumbre de estar triste.

Y tú, que no sabrás dónde me escondo,
querrás imaginarme cada noche
detrás de cada paso que no diste.

Hoy yo ya no soy…

Hoy yo ya no soy más un tal y cual
ni un dios sin fiel ni don ni bien ni fe;
hoy, con tu , yo ya no soy – lo sé -,
sol sin luz, bar sin ron, ni mar sin sal.

Sin ti, ser o no ser es hiel o cal,
es dos sin par, es A sin B ni C,
es jazz sin ton ni son, es gol sin pie,
es lar sin pan ni miel, es sed de mal.

La paz que se te ve ¿quién te la da?
¿Soy tu don Juan, tu swing, tu qué sé yo?
¿Es el fin de mi blues al fin por ti?

Quien ve mi bien ve que mi mal se va
y no ve más mi sed, mi tos, mi no,
pues hoy, por ti, por fin soy un gran sí.

Sueña en la calle…

Sueña en la calle con otras nostalgias
que vuelvan como entonces, nauseabundas,
repletas de luciérnagas inertes
que nunca habrán de darte luz ninguna:
olvidas que entre todas las batallas
hay una, quizás dos, poco frecuentes,
y en la noche hay llamadas que se prestan
a comer de tu mano como alondras.

Voy a romper el muro de los muertos
y ver cómo de nuevo se construyen
las calles, las estufas, los dinteles
y los nervios que cierran una mano
en el momento justo de probar la derrota.

Quizás mientan las charcas o los ciervos
y nunca ha habido estampas ni claveles,
quizás es todo esto un simple nido
en que, mudos aún, nos esfumemos.
Has de buscar, no tardes, otros ríos
en que pueda tu afán humedecerse
y teñirse de almíbar a cantar versos frescos,
a pulir los rosales de la noche marchita.

Serán estrellas siempre lo que cuentes;
útil serás a todas, no lo dudes.
Mas piensa en no pensar, vuelve de lado
los ojos a los trinos de la mente,
sacude el polvo a miles de conceptos,
destroza sellos, frases, palcos y palacios,
no vaya a ser que un día te descubras
transformando elefantes en sombreros.

Regreso

Vengo para arrugar tus manos
como la tristeza en los camisones.
(Déborah Vukusic)

Si no hubiera tu boca de libélula
ni suspiros que quiebren las pendientes;
si acaso nuestros brindis fueran suelo
en que, ebrios, bailáramos sobre mil cascabeles,
y los nichos dejasen de alojar nuestro idioma.
O que fuera posible no soñarte
allá, por las colinas, con banderas roídas
por el fuego, los peces y tu vientre,
por tarántulas negras y por panes,
por olivos, por charcos, por iglesias
y por niños que silban viejos valses.
Si pudiera jurarme en dos segundos
otro credo profano entre tinieblas,
o esbozarte con ríos cinco o diez juramentos,
o cercar mis delirios y teñirlos de musgo.
Si la tierra se abriera ante tus dedos
y gritara, consciente de su rabia,
suplicando una nueva madrugada…

Soy grande como un velo de amapolas
que proclama, en la noche, buenas nuevas,
y me elevo hacia el canto de los astros
casi siempre que lloran las calumnias.

Júrame tu regreso entre licores.
Muérdeme los nudillos con angustia.
Piérdeme para siempre entre tu espalda.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento” (Madrid, Sial, 2005)

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.