De lado a lado de Queen Street

Queridas hijas:

Hace poco más de dos horas que os he dejado con vuestra madre, y mientras regresaba a casa andando me ha sorprendido mucho lo vacía que estaba hoy la calle. No sé si por el coronavirus o porque es Navidad o por el fresquete que hace en esta ciudad o por todo eso a la vez, pero no recuerdo haber visto nunca Queen Street tan vacío a mediodía. He hecho unas fotos para enseñároslas la próxima vez que nos veamos, dentro de casi dos semanas, y al ver qué tal habían quedado me ha venido a la cabeza lo que hemos estado hablando hoy sobre lo complicado que es para vosotras vivir en dos casas y tener que lidiar con echar de menos a papá cuando estáis en casa de mamá y viceversa. Como sabéis, yo tenía planes de irme a Madrid hoy a visitar a la familia que tenemos allí, pero he tenido que cancelar el billete a causa de esta pandemia tan larga que tanta pena está trayendo al mundo entero. Por eso he pensado que, en vez de hacer la maleta para irme al aeropuerto dentro de un rato, voy a poneros por escrito lo que he pensado al ver esa calle vacía. Quizás cuando leáis esto, sea dentro de seis meses o de seis años, pueda ayudaros un poco a hacer las paces con ese sentimiento que, me temo, tendréis toda vuestra vida (y os pido perdón por ello): echar de menos. No solamente a mamá y a mí, sino todo aquello que tendréis siempre a un océano de distancia. Es decir, a España cuando estéis en Canadá y a Canadá cuando viajéis a España. Os imagino preguntándome qué demonios tiene que ver eso con una foto de Queen Street el día de Navidad, si acaso esto será uno de esos rollos que os suelto de vez en cuando. Bueno, dejadme que empiece por el principio.

La foto en cuestión es esta: nada especial que no conozcáis, ya que seguramente habéis pasado por esa calle miles de veces. Por eso lo único que puede llamaros la atención es que no haya tráfico ni apenas gente y es justo esa ausencia de todo la que me permite ver con claridad a Queen Street como lo que significa en mi vida. Por ejemplo, es la calle que os lleva de casa de mamá a mi casa, aunque ni ella ni yo vivamos allí. Una calle que podría parecerse a cualquier otra de tantas que hay en Toronto, pero que para nosotras tiene un significado especial por ser “nuestra calle»: es la calle a la que de vez en cuando vamos a hacer la compra, la calle donde hacen las pizzas que cenamos cada miércoles, la calle donde me hice estos tatuajes con diseños vuestros que me van a acompañar por toda mi vida y muchas otras cosas muy representativas de esta vida que tenemos las tres en esta ciudad. También es la calle por la que pasamos cuando os llevo al cole, y me gusta esa idea de que una calle tan importante para nosotras sea también una «calle de paso» porque resume un poco lo que quiero deciros.

Vosotras dos, ya lo sabéis, nacisteis en España y llegasteis a Canadá con unos pocos meses. Solo habéis podido cruzar el océano dos veces en los nueve años que tenéis, y aún así sentís que España es una parte importante de vuestra vida. Entre otras cosas, porque tanto para mamá como para mí era imprescindible que el español fuera vuestro idioma. Que lo sintiérais como algo vuestro, como parte de vuestra identidad, porque tanto para ella como para mí lo fue durante muchísimo tiempo (y os aseguro que lo sigue siendo, aunque ahora os ponga tristes que ella y yo solo hablemos por email y en inglés). Hoy en día, Queen Street es una calle importante en vuestras vidas, sí, pero recordad que antes de ella también lo fueron otras calles de Toronto, como Bloor o Coxwell. Y antes de ellas hubo otros lugares imprescindibles en vuestras vidas aunque apenas los recordéis, como es el caso de Brampton o Torrejón o Alcalá. Además de ellos, es hermoso que sepáis que hubo otros lugares imprescindibles antes de que naciérais, pero que sin ellos seguramente seríais muy diferentes. Hanói, Chiang Mai, Luang Prabang, Palermo, Oporto… Incluso podría hablaros de lugares que estuvieron a punto de ser igual de importantes pero no llegaron a serlo, como Calgary, Ottawa, Roma, Kobe, Bahamas, Newcastle, Reunión, Barcelona… Todos ellos, tanto los que fueron imprescindibles como los que no lo fueron nunca, han sido lugares de paso con los que vuestra madre y yo soñamos en su momento, en los que hubo caricias y lamentos y amigos y comida deliciosa y mal tiempo y posibilidades de futuro. Igual que ahora sucede con Queen Street, esa calle siempre llena y hoy vacía que os da al mismo tiempo la alegría de ir a una de vuestras casas y la pena de dejar la otra por unos días. De todos esos lugares guardo recuerdos increíbles (en el caso de los lugares a los que nunca fuimos, recuerdos de lo mucho que planeamos lo que haríamos allí) y de varios de ellos echo de menos a mucha gente a la que hace mucho, demasiado tiempo que no tengo delante para darle un abrazo. Hoy iba a ir a España para solucionar eso y ya veis, no ha sido posible. Hace cuatro años que no celebro una Navidad con la familia de España, tres que no veo a los abuelos, y en todo ese tiempo he vivido una separación, una enfermedad larga y otros cuantos problemas para los que me hubieran venido de maravilla todos esos abrazos perdidos que llevo apuntados en una libreta del corazón para intentar recuperarlos algún día. Echo de menos a rabiar a toda esa gente, y sé que sería aún peor todo lo que os echaría de menos a vosotras dos si yo estuviera allí. ¿Os acordáis de la película de Los Vengadores, cuando Hulk dice «mi secreto es que siempre estoy furioso»? Ser emigrante es un poco eso, solo que no nos ponemos verdes y lo que siempre estamos es echando de menos. Pero al final nos terminamos acostumbrando, aunque solo sea porque tampoco hay más opciones.

Quizás os acordéis también de Momo, ese libro de Michael Ende que comencé a leeros hace tiempo y que algún día deberíamos terminar. Ya os dije por aquel entonces que ese libro contiene uno de los textos que más me han ayudado en toda mi vida. Sí, exacto, cuando Beppo el barrendero explica a Momo lo que hay que hacer para no frustarse:

«Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga que crees que nunca podrás acabarla (…) Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer (…) Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente (…) Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser (…) De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se está sin aliento (…) Eso es importante».

Hoy, al colocarme en medio de Queen Street para hacer la foto, me han venido a la cabeza esas palabras de Beppo. Por un lado, claro, por todo el camino que me llegaba hasta llegar a casa, cerca de los edificios que se ven casi al final de la foto. También porque la calle no estaba demasiado limpia que digamos, las cosas como son. Y sobre todo porque se me ha ocurrido darme la vuelta para hacer esta foto del otro lado de la calle.

No sé si se ve bien, pero en esa segunda foto se aprecia que la calle está cortada por obras. Por eso probablemente la calle estaba vacía, ya que muchos coches se desvían igual que lo ha hecho hoy el autobús que nos ha llevado al parque donde os habéis reencontrado con mamá. A vosotras, que queréis ser sois escritoras, os viene muy bien comprender que a veces las metáforas aparecen así, cuando menos te lo esperas. Porque hoy, durante unos minutos, esa calle de paso se ha convertido en una metáfora de mi propia vida: Queen Street es una calle muy, muy larga en la que es mejor pensar solo en el paso siguiente que tengo que dar, porque el camino hasta casa es cansado. Si miro hacia delante, el camino que tengo detrás de mí es una calle cortada, igual que se cortó ese viaje mutuo que empezó en Torrejón y Alcalá y continuó en todos esos sitios que os he dicho antes. Echo de menos todos esos lugares, pero también tengo la tranquilidad de que ahora no puede venir ningún coche del pasado a atropellarme. Queen Street no es una calle especialmente bonita, pero nos es útil y le tenemos mucho cariño aunque a veces os ponga tristes ir por ella de un domicilio al otro. Y al fondo está mi casa, vuestra casa, adonde dentro de poco volveréis a jugar y a acariciar a los gatotes.

Solo hay que pensar en el paso siguiente, entonces es divertido, decía Beppo. Y qué razón tenía. Sí, podemos pensar en cuánto echamos de menos a quienes no tenemos cerca. Y también podemos disfrutar de quienes sí están cerca cuando estamos con ellos. Disfrutad de la maravillosa compañía de mamá mientras estáis con ella, igual que disfrutáis de estar conmigo la otra mitad de vuestro tiempo. Así es más fácil sobrellevar toda la calle que queda por barrer, todo el camino que nos queda por delante. Yo me quedo estas dos semanas aquí en vez de ir a Madrid y escribir estas líneas me está ayudando mucho a superar el disgusto, por ejemplo. Como le sucede a Momo en la novela, ya llegará mi momento de encontrarme con la tortuga Casiopea y conocer al Maestro Hora. Pero no hay prisa. Porque, aunque haya mucha distancia entre un lugar y otro, tenemos una calle de paso que algún día volveremos a recorrer para recuperar esos abrazos perdidos que tenemos apuntados en la libreta del corazón.

Maneras de entender una obra

Para que este piano suene así,
para temblar así con esta música,
ha sido necesario
ir llenándola poco a poco
de belleza y de daño, ir llenándola
con nuestra propia vida…

(Vicente Gallego)

Pocas obras de teatro me han ayudado tanto a comprender el mundo como Nuestro pueblo, de Thornton Wilder. En ella todo parece transcurrir de forma apacible y monótona en un pueblecito de la costa este de Estados Unidos, pero el tercer acto nos da un hachazo al mostrarnos cómo uno de los personajes llega al cementerio el día de su entierro. El personaje está muerto, claro, y es consciente de ello, pero no entiende muy bien las reglas de ese juego que acaba de comenzar. El maestro de ceremonias de la obra, un narrador que podría muy bien ser el paso del tiempo, le explica que la muerte es un lugar que consiste en ir poco a poco olvidándose de todo aquello que nos une a la vida para poder así fundirse con el cosmos. El recién llegado no es capaz de aceptar ese destino y pide volver a revivir algún instante de la vida que ya ha llegado a su fin, pero al hacerlo, sabiendo que solo tiene unos minutos antes de marcharse –o precisamente a causa de ello-, siente el dolor de no poder disfrutarlo en su plenitud. “Apenas me da tiempo para mirar nada”, dice antes de volver a su tumba, justo a tiempo en el momento en que logra por fin comprender el valor de las pequeñas cosas: el olor del desayuno, la voz de su padre al volver del trabajo o el tictac de los relojes.

Hace algunos años, gracias a mi amiga Iria, tuve la inmensa suerte de interpretar al maestro de ceremonias, uno de mis personajes favoritos de la literatura teatral universal. Yo conocía el texto desde mucho tiempo atrás, cuando en la carrera de arte dramático lo trabajamos con Juan Pastor –uno de los grandes maestros de los que he tenido la suerte de ser alumno, y quien me contagió el amor por el subtexto y las pequeñas cosas. Al licenciarme conseguí trabajo como profesor de teatro en un centro cultural e Iria fue una de mis primeras alumnas en un grupo en el que, por supuesto, también trabajamos con Nuestro pueblo. Pasó el tiempo, ella se planteó tomarse la carrera de actriz más en serio, le sugerí que tomara clases con Juan, lo hizo, se convirtió en actriz profesional en su compañía teatral y poco a poco, al igual que yo, también se hizo profesora y directora escénica. Cuando tiempo después ocupé un puesto que me permitió ofrecerle que se encargara de un curso de teatro para adultos, ella se echó la manta a la cabeza y al cabo de unos años montó con aquellos alumnos la obra de Wilder, reservando para mí aquel personaje tan extraordinario.

Pero esta dulce y rocambolesca anécdota que acabo de contar –que ella me dirigiera en una obra que conoció por mí cuando yo era su profesor y que yo conocí gracias a mi maestro que después fue también el suyo- no es ni mucho menos la mejor de nuestras anécdotas. Algún día, si eso, os contaré cuando Iria y yo hicimos llorar a doscientos rusos con una obra sobre la vida de Cervantes, o las cerca de cien funciones de una campaña teatral de incitación a los clásicos para centros de secundaria en la que los alumnos susurraban “eso es verdad, a mí me ha pasado” con textos de Sor Juana Inés de la Cruz o Emilia Pardo Bazán antes de terminar preguntando –todas y cada una de las veces- si éramos pareja en la vida real (por si acaso viste la obra y no te lo creíste: no, de verdad que no lo éramos). Y esas son solo las historias laborales, por decirlo así: Iria, ya lo he dicho y lo diré siempre, es mi amiga. Mi gran amiga, de hecho, desde hace unos veinte años que para Gardel no serán nada pero para mí un motivo de orgullo porque su amistad me ha ayudado en muchos momentos a salir adelante, a ponerme el mundo por montera y enfrentarme a mis complejos con música de Led Zeppelin.

Pienso mucho en todo esto últimamente porque con esto de vivir a seis mil kilómetros y un océano de por medio es inevitable echar de menos las pequeñas cosas. Lo aprendí, como ya sabéis, gracias a Juan Pastor. Pero he tardado mucho en comprenderlo de verdad, entender que igual que dicen “cuando seas padre comerás huevos” habría que decir “cuando vivas lejos echarás de menos esas minucias”. Hace años, al comenzar a plantearnos la idea de emigrar a Canadá, mi mujer y yo pensábamos en lo mucho que echaríamos de menos a los amigos, a la familia, a ciertos lugares que no volveríamos a pisar en muchos sitios. Y claro que se echa de menos, faltaría más, pero siempre a través de algo concreto, sutil, que se convierte en un intenso símbolo de todo aquello que dabas por sentado y que, de repente, ya no está. Una de esas cosas de las que aquel personaje lamentaba no tener tiempo apenas para ver, sí. De qué me iba yo a imaginar, por ejemplo, estas ganas irracionales que me entran de vez en cuando de abrir la caja de galletas danesas en la que mi madre guarda las regañás o de sentarme en una de las banquetas altas de la cocina de la casa de mi prima.

El caso es que ya hace casi cuatro años que no veo a Iria en persona y cuando me da por imaginar nuestro próximo encuentro, sea donde sea y cuando sea, me imagino que jugamos de nuevo al raca-raca, una payasada muy tonta en la que somos especialistas y que consiste en comernos la cabeza durante horas para encontrar el mayor número de juegos de palabras, a ser posible con alusiones pedantes. Que surja de repente la palabra silla en la conversación y empezar a desbarrar con “si ya lo sabía yo” o “si Jacques Cousteau se enterara de esto”. Ya veis, una tontería, pero nadie dijo que la nostalgia debiera tener, además, sentido común. Son cuatro años de no vernos pero siguiendo en contacto –benditas redes sociales, nunca lo diremos lo suficiente-, en los que he podido seguir sus éxitos y sus alegrías. Cuatro años en los que ir apuntando en un cuaderno la lista de abrazos y conversaciones pendientes, aunque ahora tenga que buscar un cuaderno nuevo y más grande porque Iria se ha casado y no he podido ir a la boda. No voy a decir aquello de “oh, cielos, no he podido acompañar a mi amiga en el día más importante de su vida” porque conozco a Iria y sé que su vida está repleta de días extraordinarios (algunos de los momentos más importantes de mi vida los he vivido a su lado, de hecho). Pero seguro que me entenderéis si digo que hubiera dado casi cualquier cosa por estar allí y darle un abrazo y sonreír mientras la veía bailar con David, su marido, y después, yo qué sé, decirle alguna tontería tipo “Iria se casa de muñecas de Ibsen”.

Es posible que jamás me hayan pesado tanto estos seis mil kilómetros como el otro día, cuando vi algunas fotos de la boda en facebook. Eso que dicen de que la distancia es el olvido es una gilipollez, pero sí es posible que la distancia se parezca un poco a ese necesitar que las cosas te dejen de doler que nos contaba Wilder en Nuestro pueblo. Algo como sentarse en una nube, igual que la protagonista de Desde mi cielo, de Alice Sebold, para observar con cariño cómo tus seres queridos continúan la fiesta de la vida sin ti. Pero no puede ser eso, claro, porque aquellas lágrimas y estos párrafos que aquí terminan son la prueba de que no estoy muerto en absoluto sino todo lo contrario: feliz de saber que la gente a la que quiero está contenta, orgulloso de ser amigo de una persona tan extraordinaria y satisfecho al pensar que soy yo el que está aprendiendo, una vez más, de mi antigua alumna. Quién se hubiera imaginado, aquel día de hace veinte años en que leímos en clase por primera vez Nuestro pueblo, que sería ella quien terminaría dirigiéndome a mí en esa misma obra. Quién nos iba a decir el día de aquel estreno que años después, con un océano de distancia entre los dos, ver una foto suya vestida de blanco me ayudaría a comprender no solo un texto tan hermoso, sino también que la vida, nuestra vida, en su plenitud, es tan insignificante y tan grande, tan triste y tan hermosa.

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Mis lecturas del 2016

Nunca me había planteado escribir sobre lo que he leído a lo largo de un año, ni siquiera había hecho nunca recuento de los libros que iba leyendo. Pero una buena parte de lo que he leído durante 2016 ha sido gracias a recomendaciones de otra gente, así que aquí está mi lista por si acaso ayuda a alguien a descubrir algún libro que le haga feliz.

Siguiendo la idea de Molinos, desde el 1 de enero fui recopilando mis lecturas en un tablero de Pinterest para no olvidarme de ningún libro a final de año. Por si os apetece echar un ojo, el tablero es este. Han salido unas cuantas lecturas, casi setenta. No sé si más o menos que otros años porque, como digo, este es el primero en que llevo la cuenta. También sé que el número es alto porque algunos de los libros son novelas cortas o relatos. Hay también alguna obra de teatro, que por su naturaleza se leen en unas pocas horas. No he incluido lo que he ido leyendo a mis hijas porque eso añadiría fácilmente otros doscientos libros más al tablero, pero tengo el propósito de hacer uno exclusivo de lecturas infantiles para el 2017.

Antes de entrar en detalles sobre mis mejores lecturas del año hay algo que quiero destacar: lo mucho que he disfrutado este año leyendo libros escritos por mujeres. No es que no leyera a autoras antes, pero iniciativas como esta, esta o esta me ayudaron a plantearme que debía incluir más variedad en lo que leo. Y gracias a ello me he dado cuenta de lo mucho que me he ido perdiendo estos años. La ficción fantástica escrita por autoras, por ejemplo. Un género que nunca me había entusiasmado -nunca fui capaz de terminar de leer El señor de los anillos, por ejemplo, y los libros de George R. R. Martin los leo con bastante sufrimiento- y que en manos de escritoras me parece algo más atractivo.  No tiene que ver con sensibilidad femenina ni esos estereotipos tan manidos, sino con una serie de temas y obsesiones diferentes a las que aparecen en esos mismos libros escritos por hombres. No estoy seguro de explicarme muy bien y tampoco este es el lugar para divagar sobre ello, así que si os interesa profundizar en esto que digo os propongo que leáis Un mago de Terramar de Ursula K Leguin y después el prefacio que escribió la autora para una edición posterior del mismo libro. Sí, el prefacio después para evitar destripes de la trama, no hay de qué.

Por esa misma razón he buscado conscientemente una paridad de lecturas autor/ autora. Alguien podrá pensar que la paridad en esto o en cualquier otro asunto es un invento del demonio, pero a mí me ha funcionado de maravilla a la hora de obligarme a leer más mujeres. A partir de ahora es posible que ya no necesite la paridad porque ya se ha creado en mí cierta rutina de leer a escritoras, pero para llegar a ello reconozco que me he tenido que “obligar” un poco. Y lo contento que estoy por haberlo hecho.

A raíz de esa variedad, mi propósito para el 2017 es hacer lo mismo pero incluyendo libros de otras nacionalidades. Este año me lo he pasado en grande leyendo ficciones de India, Nigeria, Vietnam, Jamaica… y tengo la impresión de que, al igual que me pasaba con el tema de la literatura de autoras, necesito seguir incidiendo en lecturas que no vengan solo de Europa y Norteamérica (también Latinoamérica, claro, porque el idioma común ayuda mucho; pero la verdad es que solo suelo leer autores de cuatro o cinco países de habla hispana aparte de España y quisiera cambiar eso). Si alguno de vosotros os animáis a hacer lo mismo, os pido que vayáis compartiendo conmigo vuestros descubrimientos literarios asiáticos, africanos y demás.

Dicho esto, los mejores libros que he leído en el 2016 son los siguientes. El orden es aleatorio.

Mr Gwyn, de Alessandro Baricco. No es un secreto que Baricco es, probablemente, mi escritor favorito. Cada vez que alguien me pide que le recomiende un libro, mi pregunta inmediata es “¿has leído Océano mar?”. También es posible que sea el único autor del que puedo decir que he leído casi su obra completa. Tenía pendiente Mr Gwyn desde hacía tiempo y… Qué tío el Baricco este, lo ha vuelto a hacer. Una trama sencilla que le sirve para desplegar una serie de dudas poéticas. Sin alharacas, sin ostentación alguna, al igual que los retratos que hace el protagonista. Y no digo más, porque la misma trama tiene un pequeño componente sorpresa que es mejor disfrutar en persona.

Claus y Lucas, de Agota Kristof. ¿Habéis oído alguna vez esa tontada de que todos los libros escritos por mujeres son de temas románticos, llenos de sentimientos y sensiblerías? A lo mejor hasta me lo oísteis a mí hace no demasiados años. Sí, todos tenemos un pasado oscuro y un machismo propio contra el que luchar. Bueno, pues la próxima vez que alguien os salte con eso le dejáis este libro para que le explote la cabeza con esta autora húngaro-suiza. Para leer con cuidado y sin fiarse del tono aséptico empleado desde el mismo arranque: es un libro duro como pocos, sin necesidad alguna de levantar la voz ni de americanpsychear con excesos de adrenalina. ¡No sabes nada, Easton Ellis!

Madre noche, de Kurt Vonnegut. No había leído nada de Vonnegut, y tampoco es que me llamara demasiado. Pero el bueno de Hugo Izarra -¡vuelve a twitter, maldito!- me recomendó que le metiera mano a este novelón sobre un espía americano durante la Segunda Guerra Mundial cuya misión es tan secreta que termina siendo juzgado por nazi. Es un libro loco pero no divertido, con tal desapego hacia la sociedad que a uno le dan ganas de echarse a llorar a carcajadas.

Temblor, de Rosa Montero. Otra recomendación, esta vez de mi amiga Cristina Blanco. Llevaba años pensando hincarle el diente gracias a ella, pero ha sido finalmente este año ya que con eso de obligarme a leer más autoras no quería retrasarlo más. Cristina, desde aquí te pido perdón por no haberte hecho caso antes. ¿Una ficción fantástica carente de ambiciones, luchas de poder a puñaladas y monstruos diabólicos? ¡Sí, se puede! Es un libro sobre la búsqueda de la identidad y de la ternura en un mundo cruel. Es muy posible que si lo hubiera leído hace veinte años mi vida hubiera sido diferente. Es de esos libros que, si lo pillas en la edad apropiada, te habla al corazón y te marca para siempre. A mí me ha pillado algo mayor, pero lo recomiendo como el que más.

Instrumental, de James Rhodes. La culpa de que me leyera este libro la tiene David Marzal. Su recomendación explicaba tan bien por qué hay que leer este libro que prefiero callarme para darle la palabra a él. Leed a Rhodes, por favor. Y hacedlo mientras escucháis la selección musical que el mismo autor ha hecho para cada capítulo.

Nada, de Janne Teller. Este lo encontré por casualidad. Por casualidad y porque soy un cotilla que me puse a echar un ojo al TL de una amiga y vi que @verofreire, a quien no conocía por entonces, le estaba recomendando este libro con tanta pasión que me lo apunté. Y qué suerte haberlo hecho. Imaginad una versión renovada de El señor de las moscas pero en humor cafre y escrito para adolescentes. Un libro que empieza como aquellos que leíamos de pequeños de El pequeño Nicolás y que termina pareciéndose a El extranjero de Camus. Un libro juvenil que podría resumirse como La panda de Snoopy meets Takeshi Kitano. Tanto al Kitano ridículo de Humor amarillo como al bruto de Hojas de fuego como al poético de Dolls. Un libro con el que me odié a mí mismo por mis ataques de risa incontenibles. Por cierto, ha sido prohibido en algunos institutos en medio mundo. No por eso es mejor o peor libro, pero tiene su aquel saberlo.

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie. Esta autora nigeriana ha sido uno de mis grandes descubrimientos literarios durante 2016. Estuve a punto de incluir en esta lista su novela Medio sol amarillo, sobre la guerra de Biafra. Pero finalmente he preferido dejar este librito que se lee en un ratito pequeño (50 páginas) y que da para reflexionar una semana. En Suecia una asociación lo ha empezado a regalar a los alumnos de instituto, así que es posible que las próximas generaciones de suecos ya no digan esa bobada de “Ni machistas ni feministas, todos iguales”.

Ramayana (versión de Ramesh Menon). Siempre me han encantado la mitología y la épica, desde que visité Japón me enamoré de Asia y algunos de nuestros mejores amigos aquí en Toronto son de la India. Es decir, que tenía todas las papeletas para quedarme rendido ante el Ramayana y el Mahabharata, los dos grandes poemas épicos hindúes, pero por algún motivo nunca me había acercado a ellos. La puerta de entrada al primero fue una versión infantil que eligieron Victoria y Amelia en la biblioteca, seguramente porque los colores de la portada eran muy vivos. Se convirtió en su libro favorito, es posible que se lo leyera unas cincuenta veces por lo menos y meses después siguen jugando a ser Rama, Sita, Ravana o Hanuman. Así que cuando tuve ocasión me zampé una buena versión y cuánto lo disfruté. Tanto por la historia en sí como por haber entrado en la mitología hindú, que es tan abrumadoramente distinta a otras que conozco que me siento como un crío pequeño disfrutando de la fuerza de los mitos por primera vez. Es posible que sea el libro con el que más he dado la tabarra este año a todo el mundo, hasta el punto de que escribí todo esto para contar la historia por twitter. Si me queréis, leed el Ramayana. Y mejor que lo hagáis en el 2017, porque estoy seguro de que en mi entrada de “Mis lecturas del 2017” también os recomendaré el Mahabharata.

Big Magic, de Elizabeth Gilbert. Venga, a calzón sacado: soy fan total de Come, reza, ama. Del libro, eh. La película ni me la acerques, que me entran picores. ¿Que es un best seller con ínfulas de libro de autoayuda y trama típica de blanca rica desvalida que se enfrenta al mundo ella sola para acabar siendo feliz? Ajá. Me encanta esta mujer, qué le vamos a hacer. Y si la oís hablar es posible que la améis más todavía. Big Magic es un ensayo que pretende hablar de la creatividad pero es más que eso. Se trata de una charla desenfadada con el lector para decirle que se deje de bobadas y que si quiere hacer cosas lo mejor que puede hacer es ponerse a hacer cosas. Y de paso se cisca en la pose de malditismo de los escritores que tanto sufren por escribir, que buena falta le hace al mundillo literario universal.

El balcón en invierno, de Luis Landero. Tuve la suerte de ser alumno de Landero hace muchos años y recuerdo sus clases con mucho cariño. Por supuesto, me leí por entonces su excelente Juegos de la edad tardía, pero desde entonces ningún libro suyo me había capturado tanto como este. Un libro tierno, evocador y tramposo porque, como es costumbre en él, uno nunca termina de saber qué parte de esas memorias suyas son ciertas y cuáles ficticias, ya que tenemos claro que nos está engañando igual que a su familia la del pueblo cuando él se marchó a buscar suerte a Madrid. Pero hay tanto amor en esas mentiras y tanta precisión en el modo de contarlas que nos quedamos sonriendo y pidiendo más.

Dimensiones, de Alice Munro. Aquí hago un poco de trampa porque no es un libro sino un relato de su libro Demasiada felicidad, que no incluyo completo en la lista porque a mi juicio no puede competir en esta lista. Pero ese relato… Ay. No tengo la menor duda de que es el mejor relato que he leído jamás. Qué dolor y qué sutilidad y qué pureza y qué cabrona Munro para hacernos llegar hasta ahí. Si tienes hijos es muy posible que quieras leerlo con cuidado.

El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Este libro lo he dejado para el final de la lista porque, bueno, ha sido mi libro del año. Y Margaret Atwood el descubrimiento, lo que no tiene perdón de Dios sabiendo que vivo en Canadá y ella es una de las grandes autoras de por aquí. El caso es que para recomendar este libro uno corre el riesgo de caer en tópicos manidos: que si hay que leerlo porque es muy actual a pesar de haber sido escrito hace décadas, que si es una distopía más cercana que nunca… Pero no quiero contar nada para no destripar la historia, que es, eso, muy aterradora por lo cercana. Solo diré que dentro de poco se estrena la serie basada en el libro y me da que a muchos en Estados Unidos les va a dar qué pensar.

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(Hay otro libro más que me ha cambiado la vida este año, claro. Se trata de Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos. Pero con este libro no puedo ser objetivo ya que soy parte de él. Por eso no lo incluyo en la lista. Bueno, por eso y porque mis opiniones sobre él ya las escribí aquí)

Vuelve, a casa vuelve

Para Noemí y Fany, por supuesto.

Llega la Navidad y con ella aparecen en televisión los anuncios de la lotería y de Campofrío, igual que hace años lo suyo era esperar el especial de Martes y Trece y el anuncio de Freixenet. “Love Actually” se ha convertido en la digna heredera de esa costumbre de otra-vez-la-misma-película-que-ponen-cada-año-pero-que-hay-que-ver-porque-es-lo-suyo-en-estas-fechas, reemplazando a “¡Qué bello es vivir!” y “La princesa prometida”. Sin embargo hay un clásico navideño que sigue provocando lágrimas desde tiempos inmemoriales y que seguramente seguirá así por mucho tiempo: los anuncios de El almendro. Porque siempre habrá alguien fuera deseando volver y, peor aún, alguien en España deseando que vuelvan los que están fuera, aunque solo sea por una noche, para cenar todos juntos como si nada hubiera pasado.

Uno de mis recuerdos más nítidos de infancia es el de mi madre con la lagrimita asomando durante quince días con la melodía aquella de “Vuelve, a casa vuelveeee por Navidaaaaad”. Ella, al igual que mi padre, ya había regresado de Canadá hacía tiempo y cada Nochebuena era una fiesta familiar sin ausencias; pero pensar en todos aquellos años en que no pudo berrear Noche de paz con los suyos hacía que durante las vacaciones navideñas gastáramos una fortuna en kleenex. Años después mi hermano se marchó a Canadá y desde entonces los anuncios de El almendro se convirtieron en una droga tan dañina como adictiva que tuvimos que racionarle.

Ahora, lo que son las cosas, soy yo el que por tercer año consecutivo no podré estar en esa mesa llena de gente a la que quiero y añoro, y me puedo imaginar perfectamente a mi madre echándonos de menos a mi hermano y a mí. Llorosa, sensible y un poquillo pedete, rodeada de mis tíos y primos durante la cena familiar, con la dichosa melodía del anuncio en la cabeza mientras moja un langostino en salsa rosa. Yo mismo estoy emocionado de pensarlo, por supuesto. Este tonito medio graciosete con el que escribo estas líneas no es más que un recurso regulero para que el texto no se contagie de melancolía, impotencia o incluso enfado. Sí, enfado: por aquí también hemos leído las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores acerca de los emigrantes españoles.

Total, que faltan pocas horas para la cena de Nochebuena y, como buen hijo de mis padres, yo afronto estos seis mil kilómetros de distancia con otra buena provisión de kleenex. Pero al mismo tiempo escribo esto desde la comodidad de mi hogar en Toronto y no se me escapa en absoluto que muchos de los que leéis esto quizás os cambiaríais por mí. Tolstoi decía aquello de que cada familia infeliz lo es a su manera, que es el modo poético de decir que en todas partes cuecen habas. Por eso tengo claro que hay quienes darían lo que fuera por marcharse de España a probar suerte fuera pero no pueden porque no tienen la posibilidad de hacerlo, hay quienes se han marchado fuera y no han conseguido la estabilidad de la que por suerte yo sí gozo ahora, hay quienes se han tenido que marchar a la otra punta de España con todos los inconvenientes que ello supone sin que nadie les tenga en cuenta cuando se habla de los que viven lejos de los suyos y hay quienes han perdido a sus seres queridos y ni con todos los aviones del mundo podrán jamás volver a sentarse con ellos en torno a una mesa. Incluso alguno dirá, y con razón, que qué suerte mi madre, que puede mojar un langostino en salsa rosa.

Pero esto no es un concurso de dolor, entre otras cosas porque todavía no se ha inventado el dolorímetro. Cuando yo escribo estos textos en mi blog o hablo de mis sentimientos en redes sociales no pretendo decir que soy el que más sufre del mundo. En absoluto. Pero hay algo que me duele, por trivial o injustificado que a algunos les pueda parecer, y quiero poder contarlo sin que a nadie se le ocurra decirme que cómo se me ocurre, que me tendría que dar vergüenza porque hay otros que están peor. Quiero poder hablar, por ejemplo, de la impotencia que siento cuando pienso que mis padres ya pasan de los setenta, que en cualquier momento puedo recibir una llamada fatal desde España y que es muy posible que cuando eso pase no llegue a tiempo para despedirme de ellos. Quiero poder contar la tristeza que me causa pensar que pocas veces podré acudir al entierro de un ser querido porque los cuatro billetes de última hora que necesitaríamos nos costarían más de tres mil euros, una cantidad que pocas veces podremos permitirnos. Quiero hablar de que precisamente por eso uno termina dividiendo inconscientemente a la gente que añora en dos grupos: aquellos por los que hay que intentar hacer ese esfuerzo económico y aquellos por los que desgraciadamente no se podrá. O, sin ponernos tan intensos, recordar que si hoy no estamos brindando con champán con la familia no es porque seamos unos aventureros sino porque no nos lo podemos permitir. No siempre el dolor está en marcharse, sino en no saber cuándo podrás volver.

Ya escribí por aquí hace tiempo que muchas veces la distancia no se mide en kilómetros sino en celebraciones familiares en las que falta nuestra silla. Ahora escribo estas líneas el mismo día de Nochebuena y quizás tras leerlo a alguno de vosotros se os atragante un poco la sopa esta noche. Disculpadme si es así, porque no es mi intención. Es solo que muchos de los que nos hemos marchado sentimos la necesidad de contar nuestras cosas porque queremos creer que si nos comprendéis podréis disfrutar por nosotros de aquello que echamos de menos con un océano de por medio. Quien entiende a alguien le tiene más cerca, y estar más cerca es justo lo que queremos. Aunque solo sea a través de un blog cualquiera como este.

Precisamente por eso estoy infinitamente agradecido a Noemí López Trujillo y a Estefanía S. Vasconcellos, que me han permitido formar parte de su libro “Volveremos. Memoria oral de los que se fueron durante la crisis”, un texto formado tanto por testimonios de españoles que han tenido que emigrar como por algunos de sus familiares que nos cuentan la versión del que se ha quedado al otro lado de la puerta de embarque. Mi madre y mi suegra, por ejemplo, que tienen algunos momentos estupendos. El libro también incluye la historia de alguien que siempre quiso marcharse pero cuyas circunstancias se lo impidieron. A nadie le parecen sus hijos feos ni le huelen mal sus peos, pero creo que es un libro que refleja fielmente muchas de nuestros sentimientos, dudas y alegrías. Es un texto que huye del victimismo y pone de relieve algunos datos para disipar estereotipos de esos que normalmente se usan a uno y otro lado del espectro político.  No solo agradezco que “Volveremos” esté teniendo cierta repercusión mediática (por ejemplo, la periodista Ana Pastor publicaba hoy mismo esta columna que me ha hecho abrir otro paquete de kleenex) sino la oportunidad que me brindaron Fany y Noemí de reflexionar sobre mi experiencia de emigrante durante los meses que duró el proceso de entrevistas que dio lugar al libro. No exagero si digo que este libro me ha ayudado a comprender mejor lo que soy tras estos años fuera de España. Ojalá también ayude a algunos a entender que cuando nos quejamos de ciertas cosas tenemos claro que no somos los que más sufrimos, pero que tampoco nos gusta que vengan a contarnos si tenemos derecho o no a sentirnos tristes. Como contaba Diego, a ver si el ministro es capaz de ir a decirle esas cosas a la cara a nuestras madres.

Este año no podremos volver a casa y tampoco sabemos si el año que viene lo haremos. Así que si tenéis a mano un trozo de turrón de El almendro, dadle un buen bocado de mi parte. No es que nunca me haya gustado especialmente, pero seguro que os imagináis que ahora mismo no le haría asco alguno. Y ya está, ya me callo. Ahora dejad de leer al cursi este que vive en Toronto y abrazad fuerte a quien tengáis cerca.

Felices fiestas a todos.

volveremos

 

El calor para este invierno

Para @laliliquelee. Ella sabe por qué.

Este año el invierno ha llegado a Toronto de golpe. Estábamos hace nada en pantalón corto y chanclas y al día siguiente amanecimos a cuatro grados con una sensación térmica de dos bajo cero. El cuerpo se resiente con estos cambios tan bruscos, por supuesto. No solo porque malditas las ganas que uno tiene de salir a la calle, sino porque de repente todo es gris y húmedo y el metro huele a penitencia. No es que vivamos alejados del resto del mundo como si fuéramos los Guardias de la Noche comandados por Jon Snow (Toronto está aproximadamente a la altura de Gijón), pero incluso a los que llevan aquí toda la vida les asusta plantearse que Winter is coming. Hace un rato he ido a bajar la basura y en los dos minutos de charla con el vecino –aquí también hablamos del tiempo, por supuesto- parecía que nos estábamos dando el pésame. «Este año va a ser duro», ha susurrado mientras se abrochaba el forro polar. Normal que estemos desmoralizados, porque esto no lo esperábamos hasta dentro de un mes o mes y medio y por lo general el mal tiempo dura hasta casi finales de mayo.

Cuando llega el frío –el de verdad, esto solo es un tráiler de lo que parece que nos espera este invierno- no hay mucho que uno pueda hacer más allá de pisar la calle lo menos posible. Por suerte todo está muy bien preparado, Toronto incluso tiene una serie de galerías subterráneas a modo de ciudad-búnker que podría pasar por refugio atómico pero en realidad es para cuando bajamos de veinticinco bajo cero, que es con bastante frecuencia. Todo está muy bien preparado, en efecto, pero a muchos se les hace demasiado cuesta arriba. Sobre todo a los que han llegado hace poco, dado que a la nostalgia de la distancia y al choque cultural hay que sumarle el hecho de que si no vas con cuidado se te pueden congelar los mocos. Por eso son tan importantes los amigos en esta ciudad, ya que tener a alguien cerca con quien poder quejarse a coro del frío de mierda es imprescindible para no terminar como Jack Nicholson a mitad de El resplandor (porque lo que le pasa al final final de la película es precisamente la pesadilla más recurrente que a todos nos ronda por aquí). Y cuando hablo de amigos me refiero también a los que están en el 2.0, porque al final uno termina buscando calor como los gatos y el calor virtual puede llegar a ser tan válido como el de la estufa catalítica que las abuelas solían tener en sus casas hace tiempo debajo de la mesilla del comedor.

La semana pasada, por ejemplo, recibí una noticia por whatsapp que me puso muy contento: Julio, mi mejor amigo de la infancia, ha sido padre por primera vez. Me ha mandado fotos de su hijo, que es una verdadera monada. Le he visto a él con el niño en brazos y me he acordado de cuando los dos cambiábamos cromos en el cole y admirábamos a los malotes de octavo que fumaban en el patio a escondidas. Julio y yo nos conocimos en sexto de EGB, en aquel colegio en el que don Miguel nos daba pergaminos de colores. Fuimos al mismo instituto, aunque en tercero de BUP separamos nuestros caminos (él letras mixtas, yo puras) pero sin perder el contacto. Al año de empezar la carrera estrené mi primer texto teatral y Julio era el protagonista. Digamos que hace algo más de mes y medio de todo aquello. Je.

No era mi intención hacer un ejercicio de nostalgia, pero cuando vi aquellas fotos de Julio con su hijo no pude evitar pensar en todo aquello. En el patio del cole, en los combates de comer hamburguesas en el primer centro comercial que abrieron en nuestra ciudad, en aquel grupo de teatro que fundamos juntos… Pero sobre todo me dio por pensar en que quién nos lo iba a decir. Quién nos iba a decir hace casi treinta años, por ejemplo, que cuando su hijo naciera yo viviría a seis mil kilómetros. O que él me mandaría las fotos por teléfono para que yo las pudiera ver al instante en otro teléfono que llevaría en mi bolsillo. Y todo eso me llevó a pensar en mis padres, en cuando fueron emigrantes allá por los años sesenta, y en todas aquellas fotos de hijos de amigos suyos que no llegaron a ver de recién nacidos sino mucho después, cuando volvieron a España y se fueron reencontrando poco a poco con su gente, a la que hacía más de una década que no veían.

Por eso adoro las redes sociales, que serán lo que sean y están llenas a rebosar de odiadores profesionales y anónimos que las ensucian y las magrean como si la carretera fuera solo suya. Gente cabreada cuyo objetivo es cabrear a otros porque mal de muchos, consuelo de tontos. Me da igual todo eso, la verdad. Incluso en los días en que alguno de ellos consigue afilarme la bilis, hago siempre lo posible por disfrutar con las benditas redes que me acercan a mi gente. Mis padres, como digo, no tuvieron la suerte de contar con una tecnología que les permitiera saber día a día lo que le sucedía a su familia y amigos. Yo, sin embargo, estoy más o menos al día de nacimientos, bodas, funerales, enfermedades, divorcios, mascotas, mudanzas, trabajos y premios no solo de aquellos que se han quedado en España sino de otros amigos que, como yo, tuvieron que emigrar y que ahora están en Irlanda, Holanda, Reino Unido, Alemania, Israel, China o Japón.

Pero cuando hablo de mi gente también tengo que incluir a muchos otros que hacen mi vida más hermosa cada día aunque jamás los haya conocido en persona. Personas con las que tengo un trato cotidiano, a veces incluso diario, a los que me une otro tipo de afinidad. Quizás una afición, o un tema de conversación, o un modo de ver la paternidad o de entender la vida, quién sabe. En esas redes sociales que algunos critican y otros enmierdan hay gente que se emociona con una etimología y otros que te cuentan la historia de las banderas de África. Hay artistas gráficos que comparten sus ilustraciones y periodistas que comparten sus lecturas favoritas o reflexionan en voz alta sobre la paradoja de hacer una maleta. Hay quienes luchan por reivindicar su nueva identidad de género y quienes tienen que esconder su nombre para poder denunciar injusticias sociales sin miedo a represalia alguna. Hay un profesor de Cádiz y otro de Melilla que cada vez que alguien propone sin saber soluciones chapuceras para mejorar la calidad de la enseñanza dedican su tiempo a recordar la labor primordial de la educación pública. Hay una bibliotecaria de Castellón que ha terminado en Buenos Aires enamorada de un obeso marxista y un tipo de Murcia, cuyo avatar es una rana, que a la que te descuidas te recomienda cuentos de ciencia ficción escritos por autoras feministas y una escritora de Valencia que publica con éxito novelas de Sherlock Holmes en inglés. Hay alguien que se hace pasar por una versión cabreada de Jane Austen que lo mismo analiza al detalle las incongruencias de las novelas de las hermanas Brontë que le da por hacer chistes de gargantas profundas con un tipo lúcido como pocos que se hace pasar por el protagonista gordo y maloliente de La conjura de los necios. Hay un arquitecto que me da los buenos días en minúsculas con tal cariño que si alguna mañana no coincidimos siento que me falta algo y hay una administrativa que trabaja en Nuevos Ministerios, que escribe como los ángeles y que cuando saca dos minutos y tiene un balcón a mano hace una foto de las nubes y me la envía porque sabe lo mucho que echo de menos el cielo de Madrid. Todos ellos y muchos otros son ahora mi familia virtual, por raro que esto pueda sonar. Y como familia que son me alegra mucho el día saber lo que hacen, lo que les pasa, sus propias noticias sobre nacimientos, bodas y toda la lista de la compra que he puesto en el párrafo anterior.

Hay también muchos que van de listillos, claro, pero también hay personas inteligentes, y sabios, y otros que quizás no saben mucho porque tampoco lo pretenden pero que lo que saben lo comparten con los demás, llenos de generosidad y amor. Hay, en resumen, infinidad de pantallas tocadas por muchos dedos, en muchos sitios distintos, compartiendo su locura y sus intereses, demostrando que allí es aquí y viceversa. Esta frase que acabo de escribir, por ejemplo, que uso desde hace unos días cuando alguien me pregunta qué es lo que me gusta tanto de las redes sociales, me la escribió alguien que ni siquiera sé si es hombre o mujer. Pero qué más da. Cada loco con su tema, dicen, y todos esos temas y toda esa locura es belleza, esa belleza cotidiana que no siempre sabemos apreciar pero que de algún modo contrarresta el horror que cada día aparece en las portadas de los periódicos. Una belleza quizás diminuta pero colectiva que impregna a quien se acerca, como un virus amable y sonriente o incluso como una vacuna insospechada para el mal rollo, el rencor y el odio con que a veces caminamos por la calle sin darnos cuenta. Una belleza que también es calor. Un calor humano de historias en torno a la hoguera, eso que nuestros antepasados empezaron a hacer hace miles de años quizás siendo ya conscientes en aquel momento de que era una de las mejores aportaciones del ser humano a este mundo. Y ahora mismo, frente a esta ventana que me muestra un Toronto lluvioso e incómodo, no pienso dejar de apreciar ese calor aunque a algunos les dé por decir que estamos alienados y que la esclavitud de la tecnología y que si de pequeños éramos mas felices teniendo solo unas canicas con las que jugar. Estoy seguro de que esta infinidad de afinidades conectadas entre sí por pantallas táctiles hubiera sido un gran consuelo para mi madre, mi padre y tantas otras personas que en otros tiempos tuvieron que separarse de sus seres queridos sin más noticia de ellos que la que muy de vez en cuando trajera el cartero.

Quién sabe cómo será el mundo cuando mis hijas o el hijo de Julio sean mayores. Quién sabe si alguna vez mirarán hacia atrás preguntándose que quién les iba a haber dicho que tal o cual cosa iba a ser tan diferente. Quién sabe siquiera en qué parte del mundo vivirán y cuál será el modo de estar conectados con los suyos o con quien sea. Puestos a pedir, ojalá sea un lugar en el que al frío no le apetezca tener tanto protagonismo. Pero sea cual sea el futuro que les aguarda, tengo claro que siempre van a tener a su disposición gente buena, desinteresada e interesante con la que su rutina diaria será un poco más llevadera. Porque el mundo está repleto de gente dispuesta a compartir su bella locura con quien quiera escucharles. Y quien piense lo contrario que siga buscando, porque se está perdiendo algo muy hermoso.

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(Foto: Nick Cicero)