El fin de la condena

Amelia y Victoria aún no han cumplido los diez meses. Son dos hermanas gemelas dulces, tranquilas y sonrientes. Desde hace unas semanas sus manos diminutas pretenden agarrar todo, aunque se frustran cuando no lo consiguen; y ahora que comienzan a gatear, el mundo (su pequeño e inocente mundo) comienza a quedárseles pequeño. Inmersas en un presente continuo, apenas han tenido tiempo todavía para atesorar muchos recuerdos, aunque gracias a sus pequeñas rutinas cotidianas no tienen problema en identificar como suyo todo lo que les rodea. Hay pocas cosas tan tiernas como el verlas acurrucarse contra sus padres cuando tienen sueño, aparte de ver cómo  sonríen cuando presienten que ellos están cerca.

Amelia y Victoria son tan pequeñas que aún no saben que un tatarabuelo suyo fue enviado a luchar a Filipinas para defender el poder colonial de España. En los cuatro años que estuvo allí vio morir a sus compañeros y tuvo que matar a desconocidos cuyo único delito había sido, en origen, pretender que Filipinas tuviera los mismos derechos que cualquier otro territorio español; fue apresado en una emboscada, encarcelado, torturado y condenado a muerte en nombre de un país que jamás se lo agradeció. Mientras esperaba que llegara el día de su ejecución se prometió a sí mismo que no moriría. No fue fácil, pero lo consiguió: escapó, regresó a España -donde todos le daban por muerto-, fue a casa de su novia, la besó delante de todo el pueblo y pidió su mano a sus padres. Tras formar una familia, el resto de su vida lo pasó solicitando una pensión que nunca le fue concedida mientras los gobernantes que habían llevado el país a la ruina se alternaban en el poder en un sistema bipartidista que continúa hoy, más de un siglo después. “En momentos como este”, le decían, “España necesita héroes que sepan dar hasta la última gota de sangre si fuera necesario”. Nunca fue reconocido oficialmente como “héroe”, pero las fiebres tropicales que sufrió en Filipinas le hicieron crónica una enfermedad del hígado de la que terminó muriendo años después.

En plena Guerra Civil, una bisabuela de Amelia y Victoria dio a luz un niño muerto mientras su marido luchaba en el frente. Las únicas palabras que dijeron los facultativos fueron “un rojo menos”. Deseosos de salvar a España de la “amenaza comunista”, dejaron el cadáver del bebé tirado en el suelo del aseo de la habitación. Ella consiguió aguantar varios días sin asearse ni limpiarse los restos de sangre para no tener que ver cómo se pudría lentamente aquel hijo con el que tantos planes había hecho durante el embarazo. Fue en el Hospital Santa Cristina de Madrid, que años después se haría tristemente célebre por los casos de niños robados. La complicación del parto complicó las posibilidades para quedarse embarazada de nuevo. Por eso fue tan grande la alegría cuando años después nació una hermosa niña, abuela de Amelia y Victoria. La carestía durante la guerra les impidió alimentarla debidamente, pero se prometieron a sí mismos que a su hija nunca les faltaría lo necesario. Fue España quien les impidió cumplir su promesa dejando a la niña sin padre: al acabar la guerra, él fue internado en un campo de concentración por haber defendido la democracia. Consiguió el indulto meses después gracias a que durante la contienda ayudó a algunos amigos franquistas a no ser capturados por los leales a la República. A cambio, le ofrecieron que trabajara como carcelero y torturador de los suyos para poder dar de comer a su familia. Nunca llegó a aceptarlo y, tras mucho suplicar, logró un simple trabajo de pintor de brocha gorda que apenas disfrutó porque la tuberculosis que contrajo en el campo de concentración se lo llevó por delante unos meses antes de que su hija hiciera la comunión vestida de luto.

El principal sueño de esa hija (abuela de Amelia y Victoria) fue siempre estudiar. No lo pudo cumplir, pues necesitó trabajar para ayudar a su madre, viuda de un rojo en la posguerra. Con el tiempo, además, se vio obligada a emigrar para buscar un futuro mejor. Ya en su nuevo país conoció al abuelo de Amelia y Victoria: un joven que, huyendo de su destino de capital de provincias (según el cual, si buscaba una formación debía elegir entre falange o seminario), terminó recolectando tabaco. Ninguno de los dos superó nunca el dejar a sus familias en España. Como todos los emigrantes de la historia, tuvieron que escuchar mil veces que volvieran a su país y dejaran de quitar el trabajo a la gente honrada que lo merecía más. Quizás por eso se sentían especialmente satisfechos enviando algo de dinero cada mes: sabían que, gracias a su esfuerzo diario, los suyos podían vivir un poco más desahogados y comprarse una casa decente. En su frío país de acogida descubrieron también que el único modo de gobierno que habían conocido era en realidad una dictadura. Movidos por el sueño de construir una España mejor, ambos participaron activamente en comités de lucha antifranquista. A la muerte del dictador, ambos regresaron. Él militó en un célebre sindicato del que fue expulsado por firmar una circular interna en la que se ponía en duda la necesidad de que el líder nacional tuviera chófer, y en un no menos célebre partido de izquierdas del que fue apartado para dar paso a unas nuevas generaciones que afirmaban en privado que la cultura no era más que un lujo para los burgueses mientras gritaban en público que la cultura nos haría libres.

Algo peor le fueron las cosas a la otra abuela de Amelia y Victoria, hija de familia tan numerosa como pobre, que llegó a compartir habitación con sus padres y sus cinco hermanos. Ocho personas en una mísera habitación sin ningún tipo de ayuda social. Alguno de ellos tenía que dormir en un baúl porque, según dice todavía sonriendo, “creíamos que eso era lo normal”. Pero había que esforzarse por el bien de España, farfullaba el dictador mientras su esposa atesoraba joyas y más joyas. Por su parte, el que años después se convertiría en su marido, abuelo de Amelia y Victoria, jamás pudo ir al colegio porque a los cinco años ya trabajaba como pastor. Ahora que está prejubilado, por fin ha conseguido cumplir su sueño de matricularse en un curso de educación de adultos, aunque los actuales recortes en educación le hacen pensar que tampoco ahora lo podrá cumplir. Hay que apretarse el cinturón, dicen desde arriba, porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Cada vez que escuchan eso recuerdan que ellos no han hecho más que vivir dignamente, sacrificando el ver crecer a sus hijos para poder darles una cama y una mochila escolar en lugar de un baúl y un cayado. Aún así, no dudan que mereció la pena: cada aprobado de los chicos, cada foto de fin de curso, fue para ellos mucho más satisfactorio que el dinero nunca cobrado de tanta hora extra.

Los cuatro abuelos de Amelia y Victoria tienen muchas cosas en común. La principal es que siempre hicieron lo indecible para que sus hijos tuvieran la educación universitaria que ellos no pudieron tener. La mejor formación posible para poder aspirar a un trabajo digno, decían, convencidos de que la consigna iba a cumplirse a base de repetirla. Una consigna en la que sus hijos confiaron ciegamente, y se esforzaron durante años para cumplir con su parte.

El padre de Amelia y Victoria tiene dos carreras y un doctorado. La madre, una carrera y un máster oficial. Ambos hablan varios idiomas y tienen experiencia laboral internacional en puestos de docencia y gestión. Hace años, él perdió el trabajo en cierto ayuntamiento popular días después de pronunciarse públicamente en contra de la guerra de Irak. Hace meses, ella tuvo problemas para conseguir el derecho a la asistencia sanitaria mientras estaba embarazada de Amelia y Victoria. De nada sirvió aportar documentos que demostraban que llevaba años trabajando para varios ministerios difundiendo la Marca España en el extranjero: su contrato era de becaria y, por tanto, llevaba sin cotizar más de cuatro meses. Confiando en el nuevo mensaje lanzado desde arriba, también intentaron hacerse emprendedores. Pero la subida desproporcionada del IVA cultural y la costumbre de la administración de pagar con varios meses de retraso sumieron a su empresa en una situación bastante insostenible. Todo esto les ha obligado a vivir con los padres de ella desde antes del parto en una habitación que comparten con Amelia y Victoria. Una habitación para cuatro en la que no caben dos cunas y una cama de matrimonio. Hay espacio suficiente para que nadie tenga que dormir en un baúl, pero saben que no pueden seguir así: los algo más de cuatrocientos euros del subsidio por desempleo no serían suficientes para volver a emanciparse.

Ahora que Amelia y Victoria ya han crecido lo suficiente, sus padres se marchan con ellas a buscarse la vida en un país que valore un perfil como el suyo. No lo hacen por impulso aventurero ni consideran que lo suyo sea movilidad exterior. No. Ellos tienen muy claro que lo que van a hacer es emigrar. Emigran, sí, porque es la única posibilidad real que tienen hoy por hoy para poder dar a Amelia y Victoria, al menos, una habitación propia dentro de unos meses. No se sienten especialmente desgraciados, pues saben que historias así son tan comunes en España hoy en día que es muy posible, amable lector, que usted o alguien de su familia haya pasado por alguna situación similar. Tampoco sienten que vayan a vivir peor que lo hicieron sus padres, pues ambos han tenido todas las comodidades que ellos ni siquiera pudieron soñar.

No se sienten desgraciados. No. Pero los padres de Amelia y Victoria –al igual que sus abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos…- sí están cansados de sentirse fracasados en un país en el que no parece haber lugar para ellos. Porque el fracaso es la peor de las soledades posibles, y ambos han leído lo suficiente para saber que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ninguno de los dos quiere pasarse a pensar si esa estirpe condenada es la suya, la de sus antepasados, o la de miles de españoles anónimos que están abandonando el país con historias similares a las suyas. Ahora, tras más de cien años de fracasos y derrotas personales, ambos emigran con la ilusión de poder librarse, por fin, de esa condena. Les gusta pensar que, en el país que les acoja, Amelia y Victoria podrán tener todas las oportunidades que en este se les están negando.

 

Rompiendo la condena(Foto: Imprav Images)

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Hanói, más allá de las motos

Comenzaremos por un lugar común a partir de una frase hecha: “Hanói es una ciudad joven que mira hacia delante”. Así, de entrada, podría encajar perfectamente en una de esas guías de viaje repletas de fotos a todo color en las que conviven la bahía de Halong, el mausoleo de Ho Chi Minh y una vendedora callejera de fruta sonriendo a cámara. Y motos, por supuesto. Muchas motos.

Así comienza el nuevo artículo que he escrito para Jot Down y que puedes leer aquí.

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Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown

Hace ya casi siete años que visité Japón. Estuve cinco semanas en Kobe, dirigiendo unos entremeses de Cervantes para los alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Plasmé mis experiencias en un blog que dejé inconcluso y en el que faltan las tildes en la mayoría de los posts porque el ordenador del que disponía allí tenía teclado asiático. Guardo buen recuerdo de ese blog, aunque, por supuesto, guardo mejor recuerdo de todo lo que viví allí.

Hoy he leído en JotDown un artículo delicioso sobre Mozart y el Miserere de Allegri firmado por Félix de Azúa. Fue precisamente ese miserere, compuesto para dos coros a capella, el causante de una de las mayores experiencias personales en ese viaje a Japón y, por qué no decirlo, de toda mi vida. Muy corta, por supuesto: poco más de once minutos. Pero tras leer el artículo he vuelto a leer el post de ese día, y, más concretamente, lo que escribí para intentar explicar dicha experiencia:

En esto me hallaba cuando llegue al último edificio que me había propuesto visitar hoy: el templo de Ryoanji, que según mis noticias era distinto de todo lo que había visto hasta entonces (y aquí tampoco me refiero solo a Japón), pues el jardín interior es un recinto de grava rastrillada sobre el que se levantan 15 rocas de distinto tamaño y forma. Construido a finales del siglo XV, se habla de este templo como inicio de todas las tendencias minimalistas occidentales desde que gente como Gropius o Brook se entusiasmaran hasta los tuétanos con algo tan simple y profundo a la vez. Algo escéptico por lo que voy a ver, me sitúo en la puerta del templo, me descalzo, me muero de frío porque hoy hace una rasca espantosa y el templo no tiene puerta alguna.

Como imaginaba, el jardín esta lleno de gente hablando y cuchicheando y hablando por el móvil en ese sonsonete wakarimasen que me vuelve loco desde hace ya la friolera de dos semanas, pero para no perderme la sensación primera decido mirar al suelo (un simple tatami de madera) mientras espero a que se abra un hueco entre la gente que admira las delicias de la grava. Cuando noto que alguien se ha marchado me coloco, me siento cómodamente, y una vez instalado busco el Miserere de Allegri, que es tan bello que hace llorar a los vientos del sureste.

De tal modo que levanto la vista según suena el primer acorde, y lo que se presenta ante mí es tan sólo lo que me imaginaba: un conjunto de piedras mal puestas y aburridas como no veía desde aquella exposición de Tapies en el Reina Sofía. Pero algo me dice que me quede los más de diez minutos que dura el Miserere. Subo un poco el volumen para aislarme de las voces a mi alrededor, pensando que la meditación que sin duda buscaba Soami (el pintor y jardinero que lo diseñó) no puede llegar en diez segundos.

Y sucedió que, en una curiosa mezcla de polifonía renacentista y jardines Zen, al cabo de un pequeño rato me empiezan a sacudir algunos pensamientos, no todos definibles, pero que producen una emoción real, casi tangible. Pienso en don Rodrigo rechazado por doña Inés, en que yo soy una simple pieza de grava, en las hojas que mueren en otoño sin que nadie lo sepa, en que el mar no siempre tiene la culpa, en mi madre cabizbaja y en un presente en el que todo vale. Y por un segundo, y por diez segundos, e incluso por algo más, quiero romper a llorar. A llorar de la emoción, a llorar de simpleza, a llorar compungido por no saber recordar siempre que la pena dura tanto como uno le permita. Quiero abrazarme al señor que tengo al lado, enroscarme a él como una salamandra y llorarle a gritos aunque no me entienda o no quiera entenderme.

De repente, mientras todo esto me acomete, un rayo de sol me ciega por un instante, y cuando consigo abrir los ojos noto que algo esta cayendo. Me froto los ojos para comprobar que no es un efecto del deslumbramiento, y me basta estirar la mano para notar que no se trata de eso, sino que comienza a llover, a chispear, a orvallar. Pero el sol no se esconde, sino que hace brillar las poquitas gotas que se atreven a deslizarse hasta mi rostro, y, de nuevo, tan fugaz como vinieron, se marchan.

El Miserere de Allegri ha terminado. Han sido los mejores once minutos dieciocho segundos desde que llegué a este archipiélago tan loco como paradisíaco.

Me giré, disfruté del resto del jardín, volví a calzarme, salí del recinto, y, con las mismas, apagué la música que sonaba en ese momento (Bach, Grieg, qué mas da…) para dirigirme hacia la estación, silbando la grandeza que tenemos los seres anónimos.

No sé si este post de urgencia que estáis leyendo es un ejercicio de nostalgia asiática, o es que me estoy haciendo mayor. Dejadme pensar que se trata de una excusa como otra cualquiera para compartir con vosotros una de las obras de arte más hermosas que ha compuesto el ser humano. Una prueba más de que la belleza quizás no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás.

Mujer con niña en piscina

Todo comienza con una imagen: en una piscina municipal, una mujer vietnamita de unos sesenta y cinco años observa nadar a su nieta de cuatro. Mientras la niña disfruta con sus amigos, la señora, tranquila, sonríe y descansa.

Hace unos años trabajé unas semanas en Japón. Durante los preparativos para el viaje, mucha gente me hacía comentarios del tipo “sayonara baby”, “cuidado con los ninjas” o incluso “saluda al señor Miyagi de mi parte”. Cuando la Comunidad de Madrid seleccionó un espectáculo mío para representar a España en la Casa Natal de Tolstoi en Rusia, todo era “Tovarich”, “llevaros mantas” y “saluda al Doctor Zhivago de mi parte”. Hace unos meses, cuando me fui a vivir a Palermo con mi mujer, las bromas eran algo así como “cuidado con la mafia”, “la comida de la mamma” y, por supuesto, “saluda a Don Vito de mi parte”. Los estereotipos es lo que tienen. Imagino que un guiri, antes de ir a España, escuchará cosas similares sobre las guitarras flamencas, los toros y Antonio Banderas, al que es posible que también sus amigos le pedirán que lo salude.

Cada país tiene sus estereotipos, por supuesto. Cada región. Incluso algunos pueblos. Aún así, sabemos que no dejan de ser estereotipos, y que a fin de cuentas tenemos un mínimo de cultura básica como para saber algo más de Rusia o Japón o Sicilia o de donde sea.

Pero no siempre es así. Para la mayoría de nosotros, occidentales, Vietnam no es un país: es una guerra. Y eso, que para las películas puede ser excitante, trágico o insustancial -según cada uno-, aquí es parte del día a día. O casi.

Antes de llegar a Hanoi, todo era “cuidado con los charlis”, “no siento las piernas” y “saluda de mi parte a Ho Chi Minh”. Más allá de las bromas, me estuve planteando –como hago siempre que planifico un viaje- el estudiar un poco de historia del país, conocer la cultura, la situación sociopolítica… Si eso lo hago como turista, ¿cómo no hacerlo como residente? Después todo se complicó con la mudanza y los papeleos y la burocracia y las vacunas, y lo pospuse hasta llegar aquí. A fin de cuentas, tiempo iba a tener de sobra.

Pues bien, ya llevo aquí unos meses. Y algo he leído. Me encuentro con un país moderno (o que está en camino de serlo) que, como dicen todas las guías, ha superado la guerra y mira hacia delante. No es necesario saber vietnamita para darse cuenta de ello. La típica camiseta para turistas, por ejemplo, es una que pone “Good morning, Vietnam!”.

Se estima que un 40% de la población tiene menos de 20 años. ¡Casi la mitad del país! Se trata de la primera generación que no ha sufrido los horrores de las guerras. Y digo “las” en plural porque de 1940 a 1945 sufrieron la II Guerra Mundial por ser territorio francés, desde 1945 a 1954 la Guerra de Indochina para independizarse de los franceses, y desde 1955 a 1975 contra los americanos. Yo nací en 1974, lo que significa que, cuando voy por la calle, todas las personas mayores que yo recuerdan lo que es vivir en guerra.

No hablo vietnamita, y aquí poca gente habla inglés. Aunque pudiera, tampoco sería cuestión de ponerme a preguntar a la gente que veo por la calle si sufrieron mucho o no. Pero cuando uno se fija con atención puede apreciar, casi como fisuras de una sociedad veloz y ávida de modernidad, a algunas personas distintas. Tullidos, mendigos ancianos, deformes… Son apenas imperceptibles. Y es posible que la guerra les pillara lejos, o que su pierna amputada fuera por la poliomielitis. Quién sabe. El caso es que cuando los ves no puedes evitar quedarte pensando en ellos, y en si fueron víctimas de una mina, o si sus madres tuvieron problemas en el embarazo por el napalm.

Así que, en los momentos en los que me siento delante del libro de cultura vietnamita, me planteo todas esas cosas y me pregunto si verdaderamente quiero conocer en profundidad una historia tan trágica. Tan cercana. Tan demoledora. Es una duda unamuniana, podríamos decir: ¿prefiero saber la verdad y angustiarme en mi día a día o prefiero no saberlo y perderme la posibilidad de conocer en profundidad el país en el que voy a vivir, como mínimo, un año?

Esa duda me corroe continuamente, aunque tengo claro que, sea como sea, ahora ellos están mejor que nunca. Esa mujer tranquila en la piscina es muestra de ello. Y no sé si me aterra o me conmueve el imaginarme lo que podría estar pensando esa mujer en aquel momento.

Marco Polo


Para Luna Paredes

Hace ya tantos años que soñé que comenzaba este viaje
que ahora no recuerdo ni el motivo ni el destino.
Pero me encuentro aquí, dos continentes más allá,
en esta ciudad dorada cuyos ríos son deidades,
esta ciudad caótica y sensible cuya historia se escribió desde el silencio,
esta ciudad desnuda cuyo nombre tiene ásperos sonidos que no sé reconocer.

No es este, sin embargo, el lugar más admirable de la tierra;
el camino ha sido largo y la belleza, una constante bendición:
he descubierto bosques avanzando hacia las costas,
he sentido latir la compasión de antiguas ruinas imperiales,
he conversado con imágenes de dioses sonrientes
que reniegan de castigos y culpables,
he visto el despertar de las luciérnagas, la aurora boreal,
las danzas con antorchas en las noches del desierto,
la lágrima orgullosa del jinete, del pastor y del maestro.
Ante mí se han desplegado sin cesar la Tierra, el Agua, el Fuego, el Aire y el Metal
en dirección a los seis puntos cardinales del Espacio.
He conocido mucho más de lo que muchos creen que es mucho
y toda esa belleza es ahora parte de mi piel.

A lo largo del camino he compartido pan, anécdotas y sueños
con docenas de personas que quizás ya no veré.
Personas como yo que en un momento delicado
se cruzaron en mi vida. O yo me crucé en las suyas, no lo sé.
Amistades efímeras e intensas
gracias a la certeza de que es algo temporal.
Con ellas aprendí que el hombre es bueno,
que en poco tiempo se puede ser bastante para otro,
que la verdad no es nunca un dogma inamovible
que debamos acuñarnos con mayúsculas doradas e indelebles
sino un concepto amplio y permeable
dispuesto a cobijar a quien reniegue del cuchillo y la calumnia.

Soy un hombre afortunado en el sentido más hermoso que conozco.
Soy un hombre afortunado, aunque el precio de esta dicha
sea el no poder jamás abandonar esta nostalgia
que me empuja a echar de menos siempre a alguien.
No sólo a mi familia o a mis amigos de infancia.
También al mercader que cada día con un guiño
me ofrecía una bebida de textura inesperada,
o al chico sonriente que me hizo sonreír durante meses
creyendo que sabía saludarme en mi idioma.
Me encuentre donde me encuentre, en casa o fuera de ella,
siempre me faltará alguien. Es así.
Y sin embargo, ya lo he dicho, soy un hombre afortunado.

No es esta, por lo tanto, la ciudad que yo buscaba
– la más querida es aquella donde ha de estar mi tumba
y quiero pensar que aún no he conocido la ciudad más fascinante-,
pero aquí me he encontrado una rutina sosegada.
Ya no me fascina todo, pero no soy un intruso.
Me invitan a sentarme con ellos mientras comen
y conozco las palabras necesarias para ser agradecido.

No es esta la ciudad que yo buscaba.
Y sin embargo aún no sé cuál de todas estas calles,
estas voces y sonrisas que ahora son mi día a día,
será la que provoque, cuando esté ya entre los míos,
mi deseo incontrolable de volver a estar aquí.

(Foto: http://supermelion.com)

El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.

Cervantes y la Historia de España, en Benicàssim

Este fin de semana, dos obras de un servidor de ustedes se representarán en el FIB (Festival de Benicàssim). Dos obras dos que suponen el lanzamiento de una nueva compañía de teatro: Seven Inks.

Por un lado, el jueves 14, En qué se le haga merced. Vida y obra de Cervantes, desde que volvió de Argel hasta que comenzó a escribir el Quijote.

Por otro, el sábado 16, Historia de España en 70 minutos. Como su título indica, es la Historia de España mú rápido.

Cervantes en el FIB. No se puede ser más alternativo.

Más información, aquí .

¿Nos vemos en Benicàssim?