Todo va a ir bien

(Nota: esta carta la escribí por encargo del centro comunitario multicultural de Brampton (Ontario, Canadá), donde durante meses nos proporcionaron la ayuda necesaria para emprender nuestra nueva vida en este país. Se trata de una carta de motivación para aquellos emigrantes que, como me sucedió a mí, estaban a punto de tirar la toalla al ver que no todo se solucionaba tan rápido como creían. La original, por supuesto, estaba en inglés, pero aquí os dejo la versión traducida por mí mismo)

Llegué a Canadá en agosto del 2013 con mi esposa y nuestras dos gemelas. Por aquella época tenían nueve meses y vinimos desde España para darles su propia habitación. Las cosas en España se habían complicado bastante en los últimos años a causa de la crisis económica, el desempleo había alcanzado límites insospechados y no parecía que las cosas pudieran ir a mejor. El año anterior habíamos vivido con mis suegros, unas personas extraordinarias que nos ayudaron cuando más lo necesitábamos. Pero hacía años que mi mujer y yo soñábamos con irnos a vivir a Canadá, el país en el que nací ya que mis padres fueron también emigrantes en este país. Esa es la razón por la que tanto mis hijas como yo tenemos la nacionalidad canadiense. Como les sucede a muchos inmigrantes que llegan por primera vez a este país, tanto mi esposa como yo tenemos bastante experiencia internacional. Mi hermano, que vive en Brampton, nos ofreció vivir en su casa hasta que pudiéramos encontrar trabajo y casa propia. Todo tenía muy buena pinta, así que ¿por qué no íbamos a arriesgarnos a dar el salto?

Y así lo hicimos. Cogimos nuestros ahorros, metimos en la maleta unos cuantos trastos, nos despedimos de nuestros amigos, dejamos a nuestros padres llorando en el aeropuerto y dimos el salto, como los héroes de una película de aventuras. Mi hermano nos recogió en el aeropuerto y nos ayudó con el papeleo: abrir nuestra primera cuenta de banco, pedir la tarjeta sanitaria… Modifiqué mi CV europeo al estilo del resumé canadiense. Fui a cursos de búsqueda de empleo, conocí a mucha gente y todos me decían lo mismo: aunque yo era canadiense, no tenía experiencia canadiense de ningún tipo. Nunca había estudiado ni trabajado aquí, así que a fines administrativos yo solo era un número en una carpeta. Y lo que tenía que hacer era llenar esa carpeta como fuera. Así que mis dos carreras y mi doctorado valían de poco porque, básicamente, nadie en Canadá podía dar referencias de mí y, seamos sinceros, por muy buenos títulos que tengas nadie va a llamar a otro país para preguntar si eres de fiar.

Además de eso, yo estaba en una extraña zona sin acotar ya que, aun siendo inmigrante recién llegado, técnicamente no lo era por ser canadiense. Eso conllevaba no poder acceder a ningún tipo de ayudas o cursos reservados para inmigrantes. Por si fuera poco, el gobierno canadiense me exigía demostrar tener algún tipo de ingresos para poder comenzar el proceso de esponsorización de mi mujer y así evitar que tuviera que volver a España. Necesitaba desesperadamente cualquier trabajo si no quería que se llevaran a mi mujer a España. Cualquier trabajo.

Mi cuñada y mi mujer llevaban por las mañanas a las gemelas a actividades para niños en un colegio de la zona. Un día regresaron a casa gritando: “¡El próximo día te vienes con nosotras!” “¿Por qué?”, pregunté. “¡Porque en el mismo colegio hay una consejera para recién llegados que cree que, aún con tu situación tan particular, te puede ayudar!” Así que me reuní con ella y esa reunión era justo lo que necesitaba en ese momento de mi vida. Entre otras cosas me sugirió que hiciera cita en el centro comunitario multicultural de Brampton, donde ella trabajaba y desde donde cada día de la semana iba por unas horas a un colegio distinto a ayudar a los padres de los alumnos a arraigarse en Canadá. Me acerqué al centro comunitario, por supuesto. Allí conocí a gente tan maravillosa como Yazmín Páez o Cecille Cansino, que me dieron consejos y valor para enfrentarme a lo que fuera. “Van a ser unos meses duros, lo sé. Pero confía en mí: este es un país maravilloso y al final vas a encontrar tu sitio”.

Estas palabras de Yazmín me acompañaron durante esos meses que, en efecto, fueron un poco duros: me acostumbré a borrar mis títulos académicos de mi resumé para conseguir cualquier trabajo tras haber trabajado como profesor universitario en varios países. Repartí periódicos en la calle a -32º para ganar 70 dólares al mes. Hice entrevistas de trabajo en agencias temporales de dudosa calaña, fui a cursos de venta callejera que básicamente consistían en acosar al peatón hasta convencerle de que se sacara una tarjeta de crédito, me saqué el carnet de manipulador de carretilla elevadora porque en caso de conseguir un puesto de mozo de almacén el sueldo era un poco mejor. Finalmente me aceptaron en una de las mejores agencias temporales de la zona y comencé a realizar trabajos de todo tipo para ellos: hice salchichas en una de las mayores compañías alimentaria de Canadá, empaqueté botellas de plástico, trabajé en una empresa de cartones troquelando y biselando y desmonté televisores en una planta de reciclaje. Todo ello, claro, esperando el autobús cada día en el frío invierno canadiense porque no podíamos permitirnos comprarnos un coche ni menos aún pagar el seguro de automóvil, que puede llegar a 400 dólares al mes para alguien que no tiene experiencia como conductor en Canadá.

Sé que no soy el único que ha vivido todo esto al llegar a este país y entiendo que haya quien piense que estas situaciones son humillantes. Pero no lo son. Tener que dejar de lado mi experiencia previa para empezar de nuevo en otro país en el que no era nadie y en un idioma que no era el mío me ayudó a darme cuenta de que soy mejor y más fuerte de lo que nunca pude imaginar. Y tú, querido amigo, seas quien seas y vengas de donde vengas, sabes que eres suficientemente fuerte para enfrentarte a algo así o a lo que sea en este país frío pero maravilloso. Créeme si te repito las mismas palabras que me dijo Yasmín: encontrarás tu sitio, igual que yo lo he encontrado.

Me llevó un tiempo conseguir experiencia canadiense y por fin pudimos permitirnos alquilar nuestro nuevo apartamento. Unos meses después conseguí un buen trabajo en un College y, por supuesto, nuestras hijas tienen su propia habitación. Ahora tienen dos años y no entienden lo que ha pasado este año, pero cada vez que las veo reír y jugar en su habitación sé que cada minuto en la parada del autobús -o haciendo salchichas, o empaquetando botellas- mereció la pena.

Quién sabe, quizás el año que viene serás tú el que esté escribiendo unas palabras para dar ánimo a los recién llegados. Hace un año jamás se me habría ocurrido que podría ser yo y aquí me tienes, sentado en mi despacho, pidiéndote que no desesperes. Incluso si crees que es imposible y estás a punto de tirar la toalla, créeme: todo irá bien.

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Felicitaciones de Navidad

Para cualquier expatriado, la Navidad es una época del año que no pasa desapercibida. Pasar las fiestas en familia es algo que no todos pueden permitirse, sea por razones económicas, laborales, sanitarias, administrativas o vaya usted a saber por qué. Sea como sea, quienes viven fuera de su país asumen estas fiestas como parte del peaje que se ha de pagar por transitar la carretera del desarraigo. Y no podemos olvidar la tristeza de la familia que se ha quedado en el país de origen: mientras que el expatriado -o inmigrante- suele aprender a (sobre)vivir sin hacerse daño, para la familia la Navidad es un puñadito adicional de impotencia ya que a ellos la ida de su hijo o nieto les fue de algún modo impuesta y no siempre llegan a comprender por qué uno se marcha si en el fondo, ay, cualquier dolor lo es menos con los tuyos cerca.

El caso es que llega esta época y uno se da cuenta del poder terapéutico de las redes sociales. Ya sé que facebook, twitter y demás son también nido de otras muchas cosas menos elogiables, pero yo hoy he venido a hablar de amor y cariño: ojalá mi madre hubiera tenido, cuando emigró hace cincuenta años, las facilidades que tengo hoy en día para comunicarme con unos y otros. En estas semanas me han llegado decenas de mensajes de cariño de parte de gente con la que he tenido la suerte de compartir caricias y lamentos en unas cuantas partes del mundo. Vivo a no sé cuántos miles de kilómetros de donde me crié, pero las benditas redes sociales me han permitido enterarme de que uno de mis mejores amigos está pensando en su posible jubilación y otro ha encontrado trabajo en lo suyo. Ver las fotos de boda en bicicleta de una amiga me ha emocionado casi tanto como saber que alguien muy querido se está recuperando poco a poco de una enfermedad seria.

Algunos dicen que las redes sociales son frías, que son como contenedores de metacrilato en los que metemos nuestras cabezas virtuales de avestruz para no aferrarnos a la vida real, que está esperándonos en la calle con su olor a buenos días y a pan recién horneado. Eso es muy cierto, me temo: yo mismo me he sentido a veces un poco esclavo de la pestaña de menciones y de las actualizaciones de mi muro.

Pero ha sido, ya digo, a veces. Otras cuantas, quizás la mayoría desde que vivo aquí, me ha conmovido el calor humano que hay detrás de esos ciento cuarenta caracteres y de esos estados a los que ponemos un simple “me gusta” porque sería imposible llegar a expresar el agradecimiento que sentimos al comprobar que aquel bolero que decía que la distancia es el olvido mentía como un bellaco. Y es que además de los bits y los algoritmos y las invitaciones para jugar al Candy Crush, las redes sociales están llenas de avatares. Y detrás de los avatares hay gente. Buena gente. Como @juaneckel, por ejemplo, a quien le he robado este tuit para escribir este párrafo. O como @laliliquelee o como @senorcito o como @08181 o tantos otros tuiteros anónimos a los que no tengo el placer de conocer en persona pero cuyos tuits son tan parte inseparable de este año y medio en Canadá como mi experiencia haciendo salchichas.

La distancia no es el olvido, claro que no. Pero, por muy de perogrullo que suene, la distancia siempre es distancia. Y cualquier expatriado sabe que la distancia no se mide en kilómetros ni en millas sino en reuniones de amigos en las que tu silla está vacía. Por eso, porque nos hemos acostumbrado a que ciento cuarenta caracteres o un rato de skype sean el mejor sustituto del tenerse delante y del respirar profundamente durante un abrazo, es necesario recordar cómo hacían nuestros mayores para sosegar esa distancia.

Ayer recibí en mi buzón un sobre que venía desde España. Lo enviaba @tuices, una tuitera a la que he visto ¿dos? ¿tres? veces en mi vida y con la que sin embargo me siento más cercano que con mucha gente con la que he trabajado durante años. La buena de @tuices se había encargado de poner en marcha junto a otros cuantos amigos del tuiter lo que han bautizado como pandillismo postal. Yo les había oído hablar de ello (sería mejor decir les he leído, claro) y no me quedaba muy claro lo que era. Hasta ayer.

El sobre tenía once postales de otros tantos tuiteros amigos. Solo dos de ellos son amigos al uso, de esos con los que he compartido una vida real y por los que sería capaz de hacer [inserte aquí la exageración que le parezca conveniente] si me lo pidieran. A otros cuatro los he visto tantas veces como a @tuices, y a los otros cinco no los conozco en persona. Pero tengo tantas anécdotas de todos ellos que podría escribir los versos más emotivos y ridículos esta noche.

Todos ellos son buena gente de esa que se esconde detrás de un avatar, como lo demuestran sus mensajes de cariño escritos a mano. Con letra urgente, dulce, sonriente. Y todos ellos mandando abrazos y bares desde Madrid, Granada y qué sé yo qué otros sitios. Amigos, sí, que han comprendido mejor que yo mismo que me hacía falta tener en las manos algo que ellos tocaron con sus manos. Un trocito de ellos, aunque sea un trocito en el que han escrito “caca” o dibujado un pene con patas. Y yo ahora intento con estas líneas darles las gracias por esos trocitos, aunque sé que me voy a quedar corto escriba lo que escriba.

Uno sabe que madura cuando comienzan a emocionarle ciertas cosas que siempre pensó que eran para viejos. A mí me pasó la primera vez que lloré viendo “Sonrisas y lágrimas”, una película que odiaba de pequeño, o aquella tarde en que disfruté por primera vez tomando un helado de vainilla y fresa. Por eso ayer maduré un poco cuando descubrí también que las felicitaciones de Navidad de toda la vida (esas que ya nadie manda porque, total, ya está el Internet) son mucho más que una tradición sosa y cursi. Y que los amigos siempre están ahí. En los bares, en las fiestas con sillas vacías, en los algoritmos, en los ciento cuarenta caracteres o en las tarjetas de Navidad.

Ser expatriado significa, literalmente, estar fuera de la patria, que es un concepto muy serio que no tiene que ver con las banderas ni con los pasaportes ni con los topónimos ni con todo eso que te enseñan y te reseñan unos y otros. La patria es donde está la gente querida. Y con gente tan buena, que diría @juaneckel, es imposible sentirse completamente expatriado.

Tarjetas de Navidad Blog

Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

04. Commitment Ceremony

Sin hacerse daño

Para @oh_rus.

 Ya hace un año que llegamos a Canadá. Un año desde que mi mujer y yo nos marchamos de España para dar a Amelia y Victoria un futuro digno. Pero futuro digno es un concepto muy abstracto y nuestra historia es una historia concreta, como la de miles de españoles más que han tenido que emigrar. Así que será mejor decir, por ejemplo, que mi mujer y yo nos marchamos de España para darles a Amelia y Victoria una habitación. Hace ya un año por tanto que escribí este post en el que explicaba nuestra situación, asemejándola a una suerte de condena centenaria demasiado común en la historia reciente de España. Ahora, un año después, echo la vista atrás y no puedo dejar de alegrarme al ver el camino recorrido. Me gusta más mirar hacia delante, claro. Sobre todo en la habitación de Amelia y Victoria, donde ahora están sus juguetes, sus camas y sus peluches.

Siempre sonrío cuando entro en esa habitación, porque es la mejor demostración de que lo estamos haciendo bien y que mi mujer y yo hicimos lo que teníamos que hacer. Y sobre todo sonrío al verlas a ellas, y pienso cómo irán creciendo -ellas, que aún no han cumplido dos años- y ocupando más espacio en esas camas que ahora parecen gigantescas a su lado. Las imagino, por ejemplo, volviendo del colegio y tirando sus mochilas sobre el colchón, o leyendo a deshoras bajo las sábanas o haciendo un castillo de almohadas y cojines. Ninguna de estas imágenes es muy original, claro. Ni falta que hace. Me interesa más ser feliz que ser original, y es en estas pequeñas cosas donde radica la felicidad: en las cosas concretas. Imagino que sabéis a lo que me refiero, pero dejadme que os explique.

Hace un año esas camas eran solo una idea. Sabíamos, por supuesto, que algún día Amelia y Victoria tendrían una habitación para ellas y dormirían en unas camas. También imaginábamos que al menos uno de los dos tendría trabajo para que el otro se encargara de las niñas y que por las noches, cuando estuvieran durmiendo, veríamos nuestra serie favorita. No hay nada de extraordinario en esto, al menos en el primer mundo. Una vida de lo más común la que queríamos, como podéis ver. No hay nada de extraordinario y sin embargo hace un año no nos lo podíamos plantear. Hace un año, digo, esas camas eran una idea. Un concepto abstracto, general. Y ahora están delante de mí. Las puedo tocar, me tumbo en ellas. Y nuestro futuro ahora es un poco más concreto porque en él aparecen esas camas y también el sofá azul en el que vemos The good wife, y el conductor de autobús que cada día me saluda cuando voy al trabajo, y los vecinos que nos invitan a las fiestas de cumpleaños de sus hijos y nuestra cerveza canadiense favorita y los columpios de debajo de casa en los que Amelia y Victoria se ríen juntas cuando una se tira por el tobogán y la otra aplaude. Hace unos meses este país era para nosotros un camino por recorrer y hoy ya es un proyecto de vida en el que las cosas tienen una forma concreta y las personas una cara reconocible.

Lo último que escribí en este blog sobre mi vida laboral es que conseguimos independizarnos gracias a que yo había estaba trabajando en una fábrica de salchichas. Esto fue a través de una empresa de trabajo temporal con la que también hice hamburguesas, carne picada, botellas de plástico para líquido de lentillas, envases de cartón e incluso desmonté televisores en una planta de reciclaje. Fue una etapa de mi vida que siempre recordaré con mucho cariño: Canadá es un país de muchas oportunidades, pero para acceder a ellas necesitas tener experiencia laboral canadiense. Eso obliga en muchas ocasiones a hacer una cura de humildad y aceptar cualquier trabajo que encuentres. Imagino que esa cura de humildad habrá quienes la llevarán mejor y otros peor. En mi caso, como ya os dije, me sirvió para sentirme muy orgulloso de mí mismo.

Pero de eso hace ya unos cuantos meses. Ahora trabajo en el departamento de estudiantes internacionales de Centennial College, en Toronto. El college que mayor cantidad de estudiantes internacionales recibe de todo Canadá. Si alguno de los que estáis leyendo esto os planteáis estudiar en Centennial, es muy posible que paséis por mi mesa en algún momento. Así que estoy de nuevo en un entorno laboral que me gusta, que conozco, en el que me muevo con comodidad y para el que sé que valgo. Además de eso, sigo escribiendo para Jot Down, sigo haciendo traducciones, y tengo entre manos algunos proyectos teatrales y literarios que parece que van a salir adelante.

(Lo que son las cosas: el párrafo anterior es el más corto de los que llevo escritos en este post, y es el que más me hubiera gustado leer hace un año)

En los primeros meses fuera de su país, un emigrante se enfrenta simultáneamente a dos aspectos que tiene que solucionar. Por un lado está el aspecto práctico: el trabajo, la vivienda, las facturas, el móvil, el transporte… Todas aquellas cuestiones necesarias para comenzar una nueva vida y que en nuestro caso ya están bien encarriladas. El otro aspecto es el emocional. Es decir, la asimilación de una nueva cultura y el darse cuenta de que para bien o para mal ya no estás en casa. Nunca se escribirá suficiente sobre este aspecto emocional, ya que cada persona lo vive de distinta forma. Hay quienes a los cinco años siguen deseando regresar y quien a los dos meses ya ni se acuerda de dónde venía. Además, es un proceso que en algunos aspectos es más complejo que el tener cubiertas tus necesidades económicas porque, como digo, se vive de forma individual: conozco parejas bien establecidas aquí en los que uno no ve la hora de marcharse y el otro está encantado de la vida, con lo que no siempre se puede contar con el apoyo de la pareja. Por si acaso alguien lo duda, no es este nuestro caso.

Sea como sea, ese sentimiento agridulce y pendenciero al que llamamos morriña suele cobrar gran protagonismo en la vida del expatriado: como ya escribí en este poema, todos los que nos hemos ido a vivir a otro lugar cargamos siempre con la maldición de echar de menos a alguien. Ahora mismo yo estoy en Canadá y echo de menos a mucha de mi gente en España. Pero si alguna vez logro recuperar una vida laboral estable en España sé que echaré de menos a otras cuantas personas que ahora tengo aquí. Es lo que tenemos las personas: que nos encariñamos de otras personas. Yo me enfrenté a esa maldición por primera vez hace unos años, y ahora puedo sonreír con la seguridad del que sabe que está consiguiendo vencerla.

¿Pero cómo es eso, Filardi? ¿Es que acaso ya no echas de menos a toda esa gente imprescindible en tu vida? Sí, pero no. La echo de menos, por supuesto. Pagaría (casi) cualquier cosa por estar ahora mismo tomándome una caña -o comiéndome unas croquetas- con alguna gente que no necesito mencionar, porque ellos saben quiénes son. Gente que estoy seguro que al leer esta misma frase sentirán que les estoy guiñando un ojo cómplice. A algunas de esas personas, incluso, no las conozco en persona sino que han arraigado en mi corazón gracias a las redes sociales. Pero de eso hablaremos otro día con más calma. Lo que quiero decir ahora es que a todas esas personas las echo de menos, pero en este año he aprendido a asumir que casi nadie es imprescindible. Para bien o para mal, por supuesto, y habida cuenta de que en ese casi solo hay lugar para tres personas que viven en mi casa. Yo me marché de España y mi gente sigue su vida, igual que aquí sigue la mía sin ellos. Es cierto que ya no es la misma vida, pues su ausencia es como un pequeño hoyito donde a veces se queda incrustada la arena de la melancolía y de los recuerdos de aquellos tiempos. Ya no es la misma vida, pero es vida a fin de cuentas. Contamos con la tecnología suficiente para estar en contacto, aunque no siempre se dispone del tiempo ni la entereza suficiente como para ponerse a escribir: hay veces que por fatiga, por rutina o por dejarlo para un mejor momento se aplaza el escribir unas palabras para mantener el contacto, pero también es cierto que una verdadera amistad no se desvanece así como así. Todo esto es un poco como aquel terrible tango de Gardel: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. Siempre me ha provocado una terrible angustia esa segunda parte de la frase. Y ahora, ay, ya la he comprendido.

Pero no. He dicho ay y no es así. Ay es una palabra reservada a los que sufren, y tengo la suerte de que ese no es el caso. O en todo caso es un ay pequeñito y juguetón. Porque uno es uno y sus circunstancias, y cuando se marcha a otro país cambian las circunstancias. Así que el silogismo está claro: cuando uno se marcha a otro país, uno deja de ser ese yo para convertirse en otro yo distinto. Mi yo está ahora impregnado de una estabilidad laboral que hace años que no tenía, lo que me ayuda a ser el Ernesto más sereno que recuerdo de los últimos años. Especialmente a raíz de este tuit, que es el causante de toda esta parrafada y -aunque suene exagerado- de una buena parte de mi estabilidad en todo esto de lo que estoy hablando.

OhRus

Echar de menos sin hacerse daño. Qué genialidad, ¿verdad? Esa es la clave en todo esto. Ese es el objetivo. Yo no quiero olvidarme de mis amigos ni de mi familia. Claro que no. Me niego a olvidar las cenas multitudinarias de Nochebuena, las gachas de mi suegra, las horas de ensayos o los cafés a deshoras. Pero he asumido la certeza de que es muy posible que no vea crecer a los hijos de mis mejores amigos igual que ellos quizás no verán crecer a mis hijas, o que una de las personas a las que más quiero en este mundo vive en Tokyo y no tengo la más remota idea de cuándo ni dónde volveremos a coincidir. Ya lo veis: escribo estas líneas y no puedo contener las lágrimas al imaginar el abrazo que daré a cualquiera de esas personas cuando pueda volver a verlas.

Pero poco a poco esas lágrimas están dejando de provocarme dolor para convertirse en otra cosa. Ahora son parte de esas nuevas circunstancias en las que me hallo, y por tanto ya son parte de mí. No es ya un dolor, no, sino más bien una pequeña marca que nos caracteriza a los expatriados: aprendemos a llevarnos bien con nuestras nostalgias, igual que otros aprenden a llevarse bien con sus canas, sus estrías, sus lunares o sus manchas de nacimiento. Preferiríamos no tener esas marcas, pero son parte innegable de nosotros.

Y esto es todo lo que puedo contaros, que no es poco. Quizás esperabais otro texto emotivo y melancólico de esos que de vez en cuando me da por escribir, no lo sé. Hoy no traigo nada de eso porque no tengo lágrimas para compartir con vosotros. Solo felicidad. En un año, nuestra vida ha cambiado lo suficiente como para dar gracias por ella: escribo estas líneas en el autobús que me lleva al trabajo, y cuando regrese me iré al parque a encontrarme con mis tres mujeres. Cenaremos allí -al menos mientras dure el buen tiempo-, jugaremos un rato, ellas disfrutarán de los columpios y mi chica y yo con sus risas. Las dos irán diciendo adiós con la manita a los coches y a los aviones de camino a casa, y una vez allí uno las bañará mientras el otro recoge la casa. Se irán a dormir a sus camas y su madre y yo nos tomaremos nuestra cerveza viendo un capítulo más. Después seremos nosotros los que nos iremos a la cama. Pero antes echaremos un último vistazo a la habitación de Amelia y Victoria para verlas dormir, y volveremos a sonreír con la certeza de que lo estamos haciendo bien y que hicimos lo que teníamos que hacer.

Ya lo veis, nada original. Ni falta que hace.

Lago (2)

 

Alguien tiene que hacerlo

Para mi madre.

Cuando hace unas semanas publiqué «Metáforas, realidades y salchichas» no podía imaginar que se convertiría en solo tres días en el texto más visitado de mi blog: casi cinco mil visitas y unas cuantas docenas de mensajes a través del mismo blog, twitter o facebook llenos de apoyo, esperanzas, ilusiones, agradecimiento y mucho cariño. Entre los comentarios se repetía mucho la idea de que mi cambio de vida tiene mucho mérito y es un ejemplo a seguir. Lo cual me halaga, por supuesto. Pero, y esto no es falsa humildad, creo que hago lo que haría cualquier padre en mi lugar: luchar por el pan de mi familia. Es algo que he visto en casa desde pequeño. Especialmente en mi madre, cuya vida no ha sido lo que se dice un jardín de rosas. Permitidme que os hable de ella para explicar mejor lo que quiero decir.

Mi madre quedó huérfana en plena posguerra antes de cumplir los diez años. Aparte de recorrer el camino hacia el altar vestida de negro para recibir la primera comunión, eso le supuso no poder estudiar por mucho que las profesoras dijeran que era una lástima sacar a una chica tan inteligente del colegio. Pero mi abuela trabajaba limpiando suelos y su sueldo no era suficiente para poder mantener a sus dos hijos. Mi madre tardó poco en aprender en la escuela de la vida que Dios aprieta pero no ahoga, pero que cuando aprieta hay que echarse las penas a la espalda, arremangarse y meterse en el fango de tu realidad –sea la que sea- hasta la cintura. Porque alguien tiene que hacerlo.

Así que comenzó a trabajar. Y lo hizo lo mejor posible porque era muy eficiente y consiguió salir adelante más o menos dignamente. Pasó el tiempo, conoció a un chico con el que peló la pava, se casaron, tuvieron un crío y luego otro más. Él trabajaba en la Base Aérea de Torrejón, y de tanto escuchar a sus compañeros hablar de las maravillas de Norteamérica decidió que lo mejor era marcharse a probar suerte. Habló con mi madre y llegaron a la conclusión de que era más práctico que él se marchara primero. Unos meses, decía, para que cuando ya tenga casa puedas venir con los críos. Y así lo hizo. Se marchó a Canadá y unos meses después escribió a mi madre diciendo que todo estaba listo. Que podían comenzar su nueva vida en un país frío pero lleno de oportunidades.

Mi madre se fue a Canadá con una maleta y dos niños que apenas habían aprendido a hablar. Cuando llegó, un 24 de diciembre por la noche, no había nadie en el aeropuerto esperando. Esperó y esperó, pero su marido no aparecía. Como tenía escrito en un papel su número de teléfono, consiguió como pudo algunas monedas y contactar con él. “Ah, ¿ya estás aquí? Se me había olvidado que venías hoy”, fue la respuesta. Un rato después, ya en el coche, él le explicó que estaba viviendo con otra mujer. Que se había enamorado y que quería que vivieran juntos los cinco. Las dos mujeres, los dos críos y él.

No hace falta explicar que esa fue la Nochebuena más triste de mi madre. Cuando llegaron a la casa conoció a la otra mujer, le mostraron la habitación que ellos habían montado para mi madre y los niños y se marcharon a la suya. Han pasado cincuenta años de eso y mi madre todavía recuerda las risas y los gemidos mezclados con su llanto y el de mis hermanos. No podía permitirse el derrumbarse porque tenía dos hijos que la necesitaban. Había que cuidar de ellos y alguien tenía que hacerlo. Pero no sabía cómo porque ni siquiera sabía dónde estaba y, por supuesto, no hablaba ni una palabra de inglés.

Aguantó en esa casa un tiempo hasta que pudo conocer a personas maravillosas (algunas de las cuales siguen todavía en contacto con ella) que le cambiaron la vida para siempre: la ayudaron a salir de allí, a encontrar un hogar, un trabajo para ir tirando, una escuela gratuita de inglés y un divorcio que en España hubiera sido impensable. En ese momento tuvo que afrontar la decisión más trascendente de su vida: una opción era quedarse con dos niños pequeños en un país desconocido, con unos inviernos durísimos y sin más compañía y afecto que la de otros emigrantes que ya iría conociendo. La otra opción era regresar a España: al calor del cobijo familiar, pero al precio de cargar durante toda su vida el estigma de ser, en la España franquista de los años 60, la pobre mujer abandonada con dos críos.

Decidió quedarse, por supuesto. Y puso tanto empeño en sacar a sus hijos adelante que poco tiempo después ya estaba trabajando en un ministerio canadiense a pesar de que entre el trabajo y la escuela de inglés apenas tenía tiempo para cuidar a los niños. Por eso mi abuela decidió vender su casa y se marchó a Canadá con su maleta de cartón y su deseo irrenunciable de ayudar a su hija. Cuando mi madre le preguntó cómo era posible que hubiera vendido la casa que había conseguido pagar tras muchos años limpiando las de otra gente, mi abuela le respondió con sinceridad: mi madre necesitaba ayuda y alguien tenía que hacerlo.

Con el tiempo, la situación fue mejorando. Mi madre conoció a mi padre, peló la pava con él, se casaron y nací yo. Poco tiempo después murió Franco y mis padres decidieron regresar a España, ilusionados con una democracia que nunca habían conocido. Compraron una casa y mi abuela vivió siempre con ellos porque le era imposible a su edad conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse por sí misma. Mis padres estuvieron encantados de poder tenerla en casa porque sin su ayuda en Canadá nada habría sido posible. Ahora era mi abuela la que necesitaba que le echaran una mano y, cómo no, alguien tenía que hacerlo.

Mi madre encontró trabajo, qué casualidad, en la misma Base de Torrejón que había sido el origen de su odisea particular. Ahora mismo, si pienso en mi infancia, no recuerdo desayunar con mi madre de lunes a viernes porque se levantaba a las cinco de la mañana para irse a trabajar. No éramos ricos en absoluto, pero mis hermanos y yo tuvimos la suerte de gozar de una vida sin preocupaciones económicas gracias al esfuerzo de nuestros padres. Era mi padre quien se encargaba de las cuentas; años después, cuando se fue de casa, a mi madre se le cayó el mundo encima porque nunca había sabido de legalismos, hipotecas, letras, plazos, préstamos ni tipos de interés. Lo único que tenía claro es que, tantos años después de lo que había sucedido en Canadá, no quería quedarse de nuevo en la calle. Haría lo que fuera necesario para no perder el piso. Mi abuela tenía casi noventa años y tanto mis hermanos como yo vivíamos una situación personal que no nos permitía ayudar tanto como nos hubiera gustado. En este caso fue mi tío, el hermano pequeño de mi madre, quien se encargó de todas las gestiones y papeleos necesarios. Habló con abogados, con notarios, con directores de banco y otra gente de corbatas gris marengo hasta que finalmente consiguió que mi madre pudiera respirar tranquila.

Pasaron varios años y todos pudimos ver las cosas con más perspectiva. Un día, tomando un café con mi tío en su casa, salió el tema y aproveché para darle de nuevo las gracias por todo lo que hizo. Me contestó que fue una gran satisfacción poder ayudarla: hacía muchos años que le acompañaba el remordimiento de no haber podido echar una mano cuando mi madre decidió quedarse en Canadá, y la separación de mis padres fue la posibilidad que permitió a mi tío limpiarse esa sensación de culpa. Mi tío ya estaba mayor y por aquel entonces comenzaba a sentirse cada día más cansado, pero aún me conmueve recordar su gesto tranquilo y satisfecho. La mirada serenamente orgullosa del que sabe que ha hecho lo necesario cuando alguien tiene que hacerlo.

Ese ejemplo que recibí de mi abuela, de mi madre y de mi tío es un rasgo característico del adulto que ahora soy. Hace ocho meses que emigré a Canadá con mi mujer y mis hijas y mi madre ya no tiene claro si odia o ama este país que ahora me acoge, pues es un país que le recuerda unos años que para ella fueron durísimos pero es a la vez el país en el que crecieron sus hijos y ahora crecen sus nietos. Cada vez que hablamos por skype me pregunta si existe la posibilidad de que volvamos a España alguna vez. Yo sé que ella se guarda sus ganas de preguntarme si echo de menos el estar cerca de mi familia y de mis amigos, y ella sabe que yo me muerdo la lengua para responderle que no estoy aquí por gusto sino porque ahora soy yo el que tiene que hacerlo.

 

Esta es la historia de mi madre. Una vida complicada que es parte irrenunciable de la mía y de la que, como tal, me siento orgulloso (si es que puede llamarse orgullo a esa extraña mezcla de admiración y compasión que uno siente hacia las personas queridas que están en paz tras mucho sufrimiento­). Esta es la historia de mi madre, sí. Pero estoy convencido de que, al igual que mi historia es la de muchos de vosotros, la de mi madre es también la de muchas otras madres porque en todas partes cuecen habas y en todas las familias ha habido caricias y lamentos.

Por eso me gustaría que de vez en cuando hiciéramos como los actores de teatro con el director después del estreno: echarnos a un lado en el escenario de nuestra vida para pedir el aplauso para ellas, que nos dieron el pecho, el biberón o la papilla y cuando éramos mayorcitos nos preguntaban si preferíamos pollo o macarrones. Para las que nos limpiaron los pañales y la sangre de la nariz y pasaron noches en vela por nuestros cólicos lactantes, nuestras paperas y nuestras anginas. Para las que nos traspasaron sus temores y sus complejos y para las que se enfrentaron a ellos para que no las viéramos llorar. Para las que se llenaron de hijos, para las que abortaron porque no se veían capaces de hacerse cargo de más, para las que murieron en el parto y para las que no pudieron quedarse embarazadas y entregaron su amor incondicional a gatos y a sobrinos. Para las madres solteras, las que alquilaron su vientre y las inseminadas artificialmente por cuestiones de infertilidad o por ser pareja de otra mujer. Para las que lloraron de alegría al enterarse y para aquellas a las que se les cayó el cielo encima. Para las madres adoptivas y para las que dieron un hijo en adopción. Para las que sufrieron un aborto espontáneo, para aquellas a las que les robaron el hijo en el hospital y para las que alguna vez sufrieron el dolor incalculable de tener en sus brazos un hijo muerto. Para las madres que lo hicieron mejor, para las madres que lo hicieron peor, para las madres que se quedaron en el camino. Para aquellas madres que hoy, cuando sus hijos pronuncian palabras como incertidumbre, paro, ERE, recortes o emigrar se sienten impotentes porque saben que ya no surten efecto ni la sopa calentita ni el cura sana ni la tirita con mercromina ni el vaso de agua por la noche. Y, por supuesto, para las madres que aprietan los puños con fuerza mientras intentan disimular la frustración de ver a su hijo atravesar la puerta de embarque con un billete solo de ida.

Todas esas madres merecen que alguien les dé su eterno agradecimiento. Alguien tiene que hacerlo. Y es justo que seamos nosotros, frutos dulces y sufridos de sus ilusiones y sus desvelos.

Terraza con preciosas

Carta de amor a Macondo

Querida mía,

Estos días andarás muy ajetreada y llena de turistas, de curiosos y devotos que estarán recorriendo tus calles, tus plazas y tus páginas. Habrá quien llegue a ti por primera vez, incrédulo y excitado el mismo tiempo, y quien al pasear por tus caseríos y tus galleras se sienta como un peregrino que regresa al hogar. Habrá quien te cubra de halagos —a ti, que nunca recibirás los suficientes— y quien intente tomarte medidas para hacerte un traje gris con olor a estantería académica. Unos y otros haremos lo indecible por…

Así comienza la Carta de amor a Macondo que he escrito para Jot Down y que puedes leer completa aquí.

Macondo

La nueva Penélope

Para Florentino Ariza, maestro

El día en que Penélope no quiso
seguir con su costumbre tejedora,
escogió de su armario aquel vestido
cortado en telas mágicas y alegres
y pidió a su doncella que anunciara
que la reina quería diversiones.
Brotó entonces en Ítaca la danza
y el teatro y el canto y la poesía.
Penélope reía como nunca
desbordándose toda de alegría,
y era un prodigio verla entreteniendo
la fiesta con sus frases ocurrentes:
“Lo malo de casarse con un héroe
-decía a sus amigos más cercanos-
es que emplea sus fuerzas en batallas
que no tienen que ver con mi hermosura”.
Y de repente iba hacia la orquesta
para pedir el ritmo chispeante
de una canción entonces muy de moda
que hacía las delicias de la gente
“collige, virgo, rosas”, y bailaba
con locura la polca no inventada,
y en brazos de otro hombre halló el consuelo
de verse, con sus años, deseada.

Hasta el día en que Ulises llegó a puerto
y el aire se inundó de dalias frescas,
pues el amor eterno nunca muere
aunque a veces disfrute entre la espera.

La nueva Penélope(Nota: Este poema forma parte de mi poemario “Penúltimo momento“)